Capítulo 27
Víctor
A bro los ojos con pereza, como si apenas hubiese dormido cinco minutos. Y puede que así sea cuando noto que la habitación está sumida en la oscuridad. Hay algo que me produce cosquillas en la nariz y no necesito ver para darme cuenta de quién proviene ese olor a coco.
Sabela duerme profundamente a mi lado mientras la abrazo por la cintura y una de mis manos descansa en su estómago.
Está desnuda y la tengo toda para mí. Enciendo la lamparita de la mesilla y la contemplo.
Está de lado, con sus manos debajo de su rostro.
La sábana se enrosca en sus piernas y le llega hasta el pecho.
Lucho contra la tentación de besarla y hacerla mía una vez más, pero me contengo. Está preciosa durmiendo, muy en paz. Es raro verla así, tan calmada. Supongo que solo se consigue cuando duerme.
Alcanzo el móvil de la mesilla y compruebo que son las seis de la mañana.
Me apetece seguir durmiendo, pero mi cuerpo se ha despertado por completo y no le apetece seguir en cama, así que me levanto con cuidado de no despertarla y camino hacia la cocina, donde enciendo la cafetera para prepararme un café.
Alcanzo la ropa que dejamos tirada en el sofá y salgo a la terraza. No hace frío, pero corre una ligera brisa que molesta si no estás abrigado. Debemos estar a unos dieciséis grados, algo impensable en una noche a pleno julio en Madrid. Pero a mí me sabe a gloria.
¿Cómo voy a hacer para volver a mi hogar?
Esta es la segunda vez que me planteo esta pregunta.
La primera vez fue tras la movida de la discoteca con Antía, cuando besé a Sabela y un poco más me mandó a la mierda.
Y ahora lo vuelvo a pensar porque, aunque no esté enamorado de ella, siento una conexión muy fuerte.
Es una conexión que nunca antes había sentido por ninguna chica. Yo jamás he tenido novia.
¿Por qué con ella hago todo lo que nunca me planteé hacer?
Vale, sí, quiero tener hijos y encontrar el amor, pero esperaba tener un par de años de soltería antes de sentar la cabeza.
O esa era mi idea hasta que una mujer testaruda, con cabellos indomables y que trabaja en una tienda de gominolas, puso mi mundo patas arriba.
—Sabes que esto no es Madrid, ¿verdad? Aquí las noches son fresquitas.
No sé cuánto tiempo me paso hablando conmigo mismo hasta que su voz interrumpe mis pensamientos. Me giro y ahí está, vestida solo con una de mis sudaderas de hacer deporte y mirándome con esos ojazos a la vez que se pinza el labio inferior. Puedo notar cómo el pantalón se me empieza a tensar.
¿En serio? ¿Cuatro no han sido suficientes por esta noche ?
Sabela empieza a caminar despacio hacia donde estoy y, sorprendentemente, se instala a horcajadas en mi regazo. Vaya por Dios, qué suerte la mía. En cuanto se da cuenta de mi problema, lejos de avergonzarse como haría cualquier otra chica, se relame los labios con intensidad.
No me jodas, Sabela .
—Alguien se alegra de verme —susurra con picardía antes de posar sus labios en mi cuello y dejarme un lametón. Me encanta cuando toma el control. Si ya de por sí me parece preciosa, así, encima de mí y besando mi cuello, me parece una completa diosa—. ¿Qué haces aquí?
—Me desperté y no quería molestarte, así que decidí salir y tomar un café. ¿Y tú? Es muy temprano hasta para ti.
—Son las siete de la mañana, así que no te creas.
¿Las siete de la mañana? Joder, llevo aquí casi una hora y ni cuenta me he dado.
—¿Quieres desayunar? —le pregunto, intentando no pensar en cómo si cuerpo encaja tan bien con el mío.
—¿Qué me ofreces?
Otra vez se muerde el labio. De verdad, señor, ¿por qué me haces esto? A este paso me voy a convertir en adicto.
—Primero con una ración de besos por aquí.
—Voy paseando mis dedos desde el lóbulo de su oreja y su mandíbula hasta aterrizar en su cuello—.
Luego seguimos con una tapa de besos por aquí.
—Avanzo por su escote, ese que tapa mi sudadera—.
Después, de segundo plato, un buen festín aquí.
—Apoyo mi mano en la unión de sus piernas y me la encuentro caliente y lista para mí.
Tengo que reprimir un gruñido y contenerme para no hacérselo aquí mismo—.
Y para finalizar, de postre, una buena sesión de sexo en la cama. ¿Qué te parece?
—Me parece que estás tardando mucho en llevarme a la cama.
Sus palabras son como si una cerilla cayese en un charco de gasolina: letal. Me levanto con ella en brazos y, literalmente, corro hacia mi habitación para empezar a hacerle todo lo que he dicho y más.
Definitivamente, me considero adicto.
∞∞∞
Son las tres de la tarde cuando doy por finalizada la llamada de rigor semanal con mi padre.
Por suerte, no ha durado mucho. Lo justo y necesario para comprobar que todo sigue en orden.
Ya tenemos listas las habitaciones de la primera planta, pero aún nos quedan las otras cuatro plantas.
Al ritmo que vamos, contamos con inaugurar el hotel dentro de tres meses como tarde; un par de semanas antes de lo acordado.
Y todo por el hecho de haber contratado a diez trabajadores más de lo previsto.
¿Hemos gastado más dinero? Evidentemente.
¿Los socios están contentos? También. Así que por mí genial, menos me tocan las pelotas.
Aunque lo que antes me parecía maravilloso, ahora el mero hecho de pensarlo consigue que se me instale una sensación extraña en el estómago.
¿Cómo voy a volver a Madrid después de estos meses?