Capítulo 26
Sabela
E l amanecer ya está casi en su punto máximo cuando Simba y yo llegamos a la playa.
Hoy se me han pegado las sábanas, no voy a negarlo.
Al igual que no voy a negar el motivo por el cual ha pasado ese suceso: Víctor.
Debí quedarme dormida sobre las tres de la madrugada dando vueltas mientras mi mente estaba en bucle en aquella noche que pasamos juntos.
Si cerraba los ojos, casi podía sentir su tacto sobre mi piel y sus labios sobre mi cuello.
Mi piel se eriza al recordarlo de nuevo.
—Sabela, estás fatal —me regaño a mí misma, como si estuviese perfectamente cuerda. Lo cual es mentira.
—No sabía que hablar sola era una de tus aficiones.
No me fastidies.
Me giro en cámara lenta y ahí está, bañado por la tenue luz del amanecer, vestido con unos pantalones negros de deporte y una camiseta a juego que se le adhiere a su torso como una segunda piel.
Simba sale a su encuentro, poniéndolo perdido de arena y agua, pero no parce importarle .
—¿No estabas en Madrid? —le pregunto cuando he terminado de darle un buen repaso. ¿Para qué están los ojos si no?
—Llegué ayer por la noche. ¿Me has echado de menos?
Se acerca lentamente hasta que apenas quedamos a escasos centímetros. Casi puedo sentir su respiración y solo espero que él no pueda escuchar mi errático corazón que se acelera cada vez que lo ve.
—Ni un poquito. Estamos muy tranquilos sin tus aires de prepotencia.
—Eres una mentirosa, vecinita . —Sus manos se anclan en mis caderas, pegándome a él todo lo posible. Quiero luchar por apartarlo. Quiero alejarme y no tener que volver a desearlo. Pero no puedo. Mejor dicho, no quiero—. ¿Cuándo admitirás que estás loquita por mí?
—Cuando admitas que tú estás loco por mí, quizás me lo plantee.
—Llevo loco por ti desde el primer día que te vi, cariño, lo que pasa es que no lo sabía.
Y sin esperar una respuesta, pega sus labios a los míos y da por zanjada esta conversación.
Su lengua no tarda en enredarse con la mía y mis manos se cuelan debajo de su camiseta y acarician su abdomen como si tuviesen vida propia.
Ambos gemimos en la boca del otro, fruto de ese deseo incontrolable que sentimos.
Víctor abandona mi boca para dirigir sus labios a mi cuello y a la parte baja de mi oreja, que sabe que me pierde.
—Adoro cómo voy descubriendo tu cuerpo poco a poco… —susurra sobre mi piel, erizándomela por completo. ¿Cómo puede ser que con una frase ya me tenga temblando?—. ¿Qué tengo que hacer para que vengas esta noche a mi casa?
—Invítame a cenar y puede que me lo piense.
—Prometo darte una cena maravillosa y un postre aún mejor.
Sus palabras consiguen que suelte una carcajada. A arrogante, no le gana nadie.
—Como se suele decir: perro ladrador, poco mordedor.
—No juegues con fuego, vecinita , no queremos que te quemes. Te recojo en la tienda.
Y tras darme un pequeño beso en los labios y despedirse de Simba, se aleja dejándome plantada en medio de la playa con una sensación rara en el estómago. ¿Serán mariposas?
∞∞∞
Decir que la tarde se me ha hecho eterna es un eufemismo, porque decir que he estado más aburrida que una ostra es quedarse corta.
¿Acaso estoy desesperada? Puede ser. Cuando quedan veinte minutos para las ocho, empiezo a recoger para que el tiempo pase más rápido. Dejo todo colocado para el día siguiente y, mientras estoy llevando dos cajas al almacén, suena la campanilla de la puerta.
Ni si quiera he visto quién es, pero no me hace falta. Reconocería ese olor en cualquier lugar. Su mera presencia se nota en el ambiente.
—Has llegado temprano —le digo sin ni siquiera girarme. Puedo notar cómo sonríe con picardía.
—Por si necesitabas mi ayuda.
—Lo tengo todo controlado, cinco minutos y cierro.
—Aquí te espero .
Su voz no debería ponerme nerviosa, pero lo hace. Tengo que luchar contra el temblor que siento en mis piernas para que las cajas no terminen en el suelo.
Al salir, me encuentro a Víctor llenándose una bolsa entera de llaves ácidas y ese simple gesto me saca una sonrisa.
Adora esas gominolas. Desde que lo conocí hace un par de meses, es lo único que compra.
Aún va vestido con traje, aunque la americana la ha dejado apoyada en el mostrador y la camisa la lleva remangada hasta los codos. Está impresionante.
—Cuando dejes de comerme con los ojos, podías cobrarme.
Bufo como respuesta. No pienso darle el gusto de darle la razón, aunque la tenga. Puede ser que haya caído a sus pies. Un poquito. Pero no se lo pienso poner nada fácil.
No le cobro la bolsa de chuches. Me ha invitado a cenar a su casa, así que se la regalo. También alcanzo un par de paquetes de Doritos picantes, que sé que le gustan, y lo meto todo en una bolsa antes de cerrar la tienda.
Caminamos en silencio hasta su casa, que está a apenas cinco minutos caminando. Me fijo en su mano, que de vez en cuando choca con la mía. Y para mi sorpresa, me resulta agradable.
Al llegar, Víctor abre la puerta y me hace pasar al interior, colocando una mano en la parte baja de mi espalda.
No sé de dónde saco el valor, pero una vez cierra, me giro y tomo sus labios con fuerza.
No se me pasa desapercibida la mirada de asombro que me dedica, pero no tarda en corresponderme y en girarme para que quede de espaldas a la puerta, con todo su cuerpo pegado al mío.
Se puede decir que el beso empieza de manera calmada, pero cuando mis manos se enredan en los cabellos de su nuca y tiran de ellos, un gemido se escapa de su boca y sé que quiere más.
Me alza en volandas agarrándome de los muslos y mis piernas enroscan sus caderas, como si no quisieran que hubiese espacio entre nosotros.
Me encanta su sabor y la manera en que me besa, como si fuese lo único que desea en esta vida. Me hace sentir poderosa. Todas esas mariposas que llevan días anidando en mi estómago, echan el vuelo sin ton ni son, provocándome un ligero nudo en el estómago.
Víctor empieza a caminar conmigo en brazos a lo que intuyo que es el dormitorio.
Me deja en la cama con sumo cuidado y no tarda en quitarme los zapatos y despojarme de la ropa prenda por prenda.
Se lo toma con una calma que a mí me resulta exasperante, pero parece que a él le encanta hacerme sufrir.
Yo solo quiero sentirlo dentro de mí otra vez.
—No seas impaciente, vecinita , tenemos toda la noche por delante —murmura sobre el vértice de mis piernas antes de pasar la lengua por mi clítoris.
Me arqueo y me entrego a él con tanta facilidad que hasta a mí me da vergüenza.
Pero ya me da igual. Lo único que quiero y necesito en estos momento es él—. Adoro cada uno de tus gemidos, Sabela.
Sus palabras me encienden más si cabe, así que le regalo todos los gemidos que puedo para aumentar su ya desproporcionado ego. Cuando consigue que llegue al más potente que he experimentado nunca, me deja un par de minutos para que recupere el aliento .
—¿Acaso no puedes conmigo? —ronronea contra mi cuello y puedo notar cómo sonríe. Capullo.
—Vamos a ver si puedes tú conmigo, cariño.
—Lo hago girar con toda la fuerza que puedo y me monto a horcajadas sobre sus caderas, tomando su erección entre mis manos.
Empiezo subiendo y bajando con calma, torturándolo.
Víctor se arquea debajo de mí y maldice, sabe que estoy yendo despacio a posta—. A que jode, ¿eh?
—Eres malvada.
—Si me lo pides por favor, quizás me plantee terminar con tu tortura.
Tarda en hacerlo, lo cual no me sorprende. Es tan terco como yo, pero cuando pronuncia las palabras mágicas me bajo de su regazo y lo tomo en mi boca para terminar con su tortura.
Intento darle el mismo placer que él me regala a mí cada vez que me besa o me acaricia.
Y lo consigo, lo noto tensarse bajo mi tacto y siento cómo sus venas se hinchan alrededor de mi boca.
Pero antes de correrse, me toma por debajo de los hombros y me sube hasta quedar a su altura.
Nos besamos de nuevo, enredando nuestras lenguas y acariciando el cuerpo del otro como si quisiéramos aprenderlo de memoria.
Víctor se estira para coger un condón de la mesilla y se lo pone sin apartar sus ojos de los míos. Nunca he visto a nadie tan atractivo. Y más ahora, despeinado, con las pupilas dilatadas y ese rubor en el rostro fruto del placer.
—Si me sigues mirando así, me vas a desgastar —murmura cuando termina de colocarse el preservativo .
Sonrío como respuesta y alcanzo su pene, llevándolo a mi entrada. Me dejo caer sobre él, permitiendo que me llene por completo y, una vez lo hace, un potente jadeo se escapa de nuestros labios al mismo tiempo. Esto es una pasada.
Nos movemos en sincronía, como si lo hubiésemos hecho cientos de veces. Cambios de postura y de ritmo en un par de ocasiones hasta que el orgasmo nos visita de una manera arrolladora.
Un rato más tarde, completamente exhaustos, nos tumbamos en silencio y dejamos que nuestras respiraciones y nuestros latidos vuelvan al ritmo original.
—¿Hoy sí me vas a regalar tu presencia toda la noche? —me pregunta sin dejar de acariciarme la espalda.
Me planteo decirle que no, como la otra vez, pero no me apetece. Quiero quedarme y, por una vez, voy a dejar ese estúpido miedo atrás y voy a hacer lo que de verdad quiero.
—¿Me despertarás con un buen desayuno? Mira que yo madrugo mucho…
Mis palabras consiguen que se incorpore de golpe. No puedo evitar soltar una carcajada, es muy cómodo verlo tan descolocado.
—¿Me lo dices en serio? —inquiere y yo asiento, sonriendo—. Prometo despertarte con el mejor polvo mañanero de tu vida.
Me besa con ansias antes de que pueda siquiera responder. Sin darme cuenta, volvemos a empezar este baile de placer que parece no tener fin, pero que a mí me está dando la vida.