Capítulo 25
Víctor
A terrizo en Madrid media hora más tarde de lo previsto. Pablo tiene que estar tirándose de los pelos, con lo poco que le gusta esperar. Alcanzo mi maleta de mano de uno de los compartimentos superiores y enfilo el pasillo del avión, cediéndole el paso a la gente mayor que tengo delante.
Al llegar a la puerta de llegadas de la terminal, veo a Pablo con los brazos cruzados. A su lado está Mara, que ojea todo con curiosidad. Esta última me abraza con cariño en cuanto la tengo delante. Podría decirse que es como una especie de hermana pequeña para mí.
—¿El terremoto con patas está en la escuela? —le pregunto a la madre de la criatura en cuanto nos separamos. Me mira con un brillo malicioso en los ojos. Normal que Andrea sea así. Su madre es igual.
—¿Volviendo locas a sus profesoras? Sí.
—Esa es mi niña —comento con orgullo, aunque en el fondo siento lástima por ellas—. ¿No piensas saludar a tu mejor amigo?
—Nunca vivo tan bien como cuando estás fuera de Madrid.
Me llevo una mano al pecho, como si sus palabras se me hubiesen clavado como una puñalada. Intento darle el mayor dramatismo posible.
—Esta no te la perdono.
—Pues la próxima vez que te venga a buscar quien yo te diga.
Salimos del aeropuerto entre bromas y piques.
Pablo es de esos amigos que se convierten en familia.
Me lleva dos años y yo lo conozco desde que tengo uso de razón.
Nuestros padres eran amigos de la facultad y decidieron juntarnos para seguir con el legado.
Es de las pocas cosas que le agradezco a mi padre: darme la posibilidad de crecer con mi mejor amigo.
Ambos me dejan en la entrada de mi edificio. Les dije que quería llevarme a Laxe un par de cosas, así que me prometen que en una hora vendrán a buscarme.
Un aire caliente me recibe en cuanto abro la puerta y siento que, por primera vez, el calor de Madrid se me hace insoportable.
Solo me han hecho falta dos meses en Galicia para acostumbrarme a su clima.
La gente dirá que no hace sol y que solo llueve, pero nada más lejos de la realidad.
Aunque mi parte favorita es dormir tapado, aunque sea con una sábana fina.
Es un placer que en Madrid es impensable y menos en pleno julio como estamos ahora.
Deshago la maleta en tiempo récord y dejo todo ordenado en la habitación de la colada para que, cuando vengan a limpiar, puedan ponerme la lavadora.
Mientras coloco dentro todo lo que necesito, mi mente se acuerda de Sabela.
Voy a echarla de menos estos días. Echaré de menos su olor a coco y salitre, su pelo rizo rubio que tanto me gusta acariciar y esa actitud que me pone más de lo que debería.
Cada vez tengo más claro que me está haciendo un conjuro o algo similar.
Si no, no entiendo este repentino deseo hacia ella que no deja de crecer.
Alcanzo el móvil y llamo a mi madre, como hago cada día, para despejar esos pensamientos de mi mente que no me van a llevar por buen camino.
—Hola, tesoro.
Su voz cantarina es justo lo que necesitaba. Parece mentira que, con todo lo que lleva pasando estas semanas, sea capaz de estar con ánimos. Me duele en el alma no estar con ella desde que me enteré de la noticia, pero cuando se lo propuse, me miró tan mal que me acojoné.
—¿Qué tal está la mujer más guapa del mundo?
—¿Acaso vas a pedirme algo como cuando tenías cinco años? Recuerdo que usabas una frase similar.
—Un plato de comida para mañana estaría bien. Voy a pasar un par de días por ahí, si tienes tiempo para ver a tu hijo favorito.
—Teniendo en cuenta que eres mi único hijo, quizás sí tenga un poquito de tiempo para ti.
—Hoy todos estáis empeñados en romperme el corazón.
—No me digas. Pablo, ¿verdad?
—Sí.
—Siempre igual. Bueno, cariño, te dejo. Tengo que volver al trabajo. Me reincorporé la semana pasada y no doy abasto.
—Pero ¡si el médico te dijo que hasta agosto nada! —protesto como si eso me fuese a servir de algo con esa mujer. Es más terca que una mula .
—Estoy trabajando un par de horas desde casa, no seas agonías. Nos vemos mañana. Te quiero muchísimo, cariño, no lo olvides nunca.
—Yo te quiero más.
∞∞∞
Ayer fue un día bonito, salvo por la reunión con mi padre y los demás.
Empiezo a perder la poca paciencia que tengo en ese tipo de situaciones.
Luego me fui al parque con mis amigos y mi sobrina y, pese al dolor de cabeza que tenía, fue genial estar con ellos.
Adoro a esa renacuaja con todo mi corazón, aunque tenga la voz más chillona del mundo y se empeñe en que la persiga cada cinco minutos.
Un día se me va a salir el pulmón por la boca mientras ella no tiene ni una gota de sudor.
Llego a Valladolid a las doce de la mañana. Hace un sol de mil demonios y el termómetro de la estación marca treinta y un grados. Me encuentro a mi madre esperándome en la entrada, aunque le dije veinte veces que me cogía un taxi. Más terca que una mula, lo he dicho.
La tomo entre mis brazos y doy una vuelta con ella, a pesar de sus protestas.
Me da igual. Me alegra ver que ha ganado peso desde que la vi hace un par de semanas.
También ha recuperado el color en las mejillas y no tiene tantas ojeras.
Poco a poco, vuelve a ser la de siempre y eso consigue que mi corazón se expanda.
—¿Cómo puede ser que cada día que te vea estés más guapo? —Toma mis mejillas entre sus manos y me da un ligero apretón, como si aún tuviese dos años—. ¿Fue bien el viaje?
Charlamos hasta el aparcamiento y me tomo la molestia de conducir hasta casa para que ella descanse un poco.
Hablamos de su recuperación —va viento en popa—, de su trabajo y de cómo va la obra del hotel.
En cuanto lo nombra, puedo notar cómo mis dedos se tensan alrededor del volante sin apenas darme cuenta. Pero mi madre sí que lo nota.
—¿Qué pasó? ¿Va algo mal? —pregunta preocupada y yo niego, sin atreverme a abrir la boca por si acaso—. Adivino: tu padre ya está haciendo de las suyas.
—Por una vez, se está portando medianamente bien.
—Qué sorpresa —murmura en tono bajo, como si no quisiera que la escuchara—.
Entonces ¿qué te preocupa, tesoro? ¡No me digas que hay una chica!
—Aunque lucho por evitarlo, mis mejillas adquieren un ligero tono rosado que mi madre no pasa desapercibido—.
¡Es eso! Ya me estás contando todo, Víctor Vázquez, o te dejaré dos días sin comer.
Entramos en casa con mi madre rompiéndome la cabeza. No sabía que podía llegar a ser tan transparente ni que supiera leerme tan bien. La dejo hablando sola mientras subo la compra y mi maleta. Con suerte, se cansará de preguntar y me dejará tranquilo.
Para hacer más tiempo, me doy una ducha y dejo a mi madre que se entretenga en la cocina. Aunque me da a mí que va a tocar tercer grado en cuanto salga.
Ha preparado su famosa lasaña de berenjena, esa la cual sabe que me encanta. Pongo los cubiertos, los vasos y los platos antes de ayudarla a llevar la comida para la mesa.
Hablamos de todo y de nada en particular. Aunque no nos veamos, no hay día que no hablemos por teléfono, por lo que estamos más que al corriente de todo. Salvo por lo de Sabela. Y viendo cómo me mira de reojo mientras se lleva un trozo de lasaña a la boca, sé que el tiempo de espera se ha agotado.
—¿No piensas decir nada?
—Creo que has batido tu propio récord personal en mantener la boca cerrada.
—No te andes por las ramas. ¿Quién es la chica que ha conseguido domar a mi hijo? —Sus palabras consiguen que se me salga el agua por la nariz.
—No habrá nadie que pueda domarme nunca, ma .
—Pues tu mirada me dice lo contrario. ¿Cómo se llama?
Le cuento un poco por encima de cómo conocí a mi querida vecina, obviando el hecho de que nos hemos enrollado un par de veces y de que me la he tirado. Una madre no tiene por qué saberlo todo.
Para mi sorpresa, me resulta fácil hablar de ella.
Sabela es como ese rayo de sol en medio de la tormenta que no trae calma, pero es bonito de ver y contemplar.
Así es ella. Toda bravuconearía, terquedad y magnetismo.
Y, además, es preciosa hasta decir basta.
Puede que no me haya domado, pero sí ha conseguido algo que ninguna otra chica ha hecho antes: que no deje de pensar en ella ni un puto minuto.