Capítulo 24
Sabela
H ace tres días que Víctor y yo pasamos a segunda base y yo no sé cómo actuar al respecto. ¿Lo llamo? ¿Espero que lo haga él? ¿Me planto en su casa y le como la boca?
La campanilla de la tienda hace que no me coma más la cabeza y levanto la vista de mi teléfono móvil; no es ahí donde voy a encontrar la respuesta. La sonrisa de Antón me saluda desde la puerta y se acerca a darme un abrazo.
—¿Qué haces por aquí? —le pregunto en cuanto nos separamos—. No me dijiste que ibas a venir.
—Estaba comprando en el supermercado y me encontré al guapísimo de Víctor y me acordé de ti. Así que dije: vamos a tocarle las narices a Sabela un rato.
—No sé si me ofende más el hecho de que vengas a molestarme o que te acuerdes de mí por haber visto a ese.
— Ese tiene nombre. Y un tipazo, ya que estamos hablando de él. Lo que daría por tenerlo en una cama y a poder ser en horizontal.
Me atraganto con mi propia saliva y empiezo a toser como si no hubiese un mañana. Antón me mira con una ceja levantada. No sé cómo, pero no tarda en averiguar el motivo de mi vergüenza.
—¡No me jodas, Sabe!
—¿¡Te quieres callar!? —grito, intentando recuperar el aliento. Tomo un trago de agua y respiro profundamente por la nariz—. Eres idiota.
—¡Y tú, una amiga de mierda! ¿Cuándo pensabas decírmelo? Por favor, necesito todos los detalles. ¿Es bueno en la cama? ¿Te hizo tener cincuenta orgasmos?
—Te juro que, como no te calles, cojo un puñado de esas guindillas picantes que tan poco te gustan y te las meto por la boca.
—Que soez eres. Mejor háblame de lo que has tenido tú en la boca y deíxate de lerias .
Me debato entre contarle lo sucedido o no, pero sé que si no lo hago, va a perseguirme hasta el fin de mis días. Y no me apetece, la verdad. Por mucho que lo quiera.
—El viernes fui a su casa para darle las gracias por haber contratado a Nerea en el hotel. Una cosa llevó a la otra y…
—Le acabaste dando las gracias de rodillas como una buena chica.
—Pero ¿¡te quieres callar!? —De verdad, no sé para qué le cuento nada. Debería haberle echado de la tienda en cuanto entró.
—¿Y fue bien? ¿Disfrutaste? —Antón me lo pregunta porque, con Álvaro, el sexo no era nuestro punto fuerte.
No estaba mal, pero tampoco era para echar fuegos artificiales.
Sin embargo, con Víctor, sentí una conexión que nunca antes había sentido.
Y es eso lo que me tiene sin dormir y acojonada, para qué vamos a engañarnos.
—La verdad es que sí.
—¿¡Y a qué esperas para repetir!? Si no quieres tú, voy yo, ¿eh?
Suelto una carcajada y Antón me da un ligero apretón en el brazo que significa más de lo que parece.
Él fue el primero en saber mi movida con mi ex.
Me escuchó varios días llorar hasta bien entrada la madrugada y sabe que, desde aquella traición, no soy la Sabela de siempre.
He alzado unos muros que no sé yo si alguien podrá derribarlos algún día. Y mucho menos Víctor.
—Sé lo que estás pensando, cariño, pero si no arriesgas, no vas a ganar nunca.
No te estoy diciendo que le pidas matrimonio ni muchos menos, pero puedes disfrutar de ese cuerpo serrano y de su compañía hasta que se vaya.
Eso sí, por cómo hablas de él, intuyo que tienes el corazón resguardado bajo cinco candados y dos cajas fuertes.
Sus palabras me hacen pensar y, si antes me comía la cabeza, ahora sí que tengo ganas de meterla en una guillotina y mandar callar a mis demonios internos.
Charlamos durante un buen rato hasta que vienen un par de clientas y me deja seguir con mi trabajo. No sin antes despedirse de una manera poco ortodoxa.
∞∞∞
Al terminar la tarde, decido pasar por la playa antes de subir para casa.
Esta hora es mi favorita en verano. Cuando el sol aún no se ha escondido del todo, pero sí ha empezado a oscurecerse el cielo.
Ahora está de color azul, naranja y con un toque de violeta.
No puedo evitar tomar una foto y guardarla en la carpeta de Solpores que no para de crecer.
Tengo debilidad por los atardeceres y los amaneceres, qué le voy a hacer.
La playa está prácticamente desierta. Hay unas cuantas personas paseando por la orilla y un par de chicos tumbados en la arena, así que puede decirse que la tengo para mí sola. Dejo todas mis cosas al lado de las dunas y voy dando un paseo hasta el mar. Está calmado y a una temperatura perfecta.
Me meto de golpe, como a mí me gusta, y buceo un par de metros mar adentro. Al salir, recojo con la lengua las gotas saladas que están en mis labios y sonrío al saborearlas. Saben a mar y a mi cosa favorita en el mundo.
No sé cuánto tiempo me paso nadando de un lado para otro hasta que una mano se posa en mi hombro mientras observo el horizonte.
Al principio pienso en Enzo, que a veces se escapa a darse un baño.
Pero en cuanto me giro y veo unos ojos marrones que conozco mejor de lo que me gustaría, comprendo que no es mi hermano. El que faltaba.
—¿Qué tal, vecinita ? ¿Me estás evitando? —Su ronca voz se mete ajo mi piel. Tengo ganas de ahogarlo cuando me muestra esa actitud de perdonavidas…
—No eres el centro del mundo, Víctor. Sabes dónde encontrarme.
—Sí, lo sé. Y también sé que llevas dos días subiendo por otro camino para no pasar por delante del hotel.
Mierda. Y yo que pensaba que no iba a darse cuenta .
—¿Acaso me espías?
—No, pero me resulta interesante ver que te escondes como una avestruz día sí y día también. ¿Tan mal lo hice el viernes para que no quieras verme? Que yo recuerde, disfrutaste bastante.
Aunque no quiera, mis mejillas se calientan como si de una estufa se tratase al recordar ese día. Sus manos recorriendo mi cuerpo, sus labios sobre mi piel…
—Vaya, vaya… Con que estás rememorando todo, ¿eh? Si quieres, subimos a mi casa y repetimos.
—Ni en un millón de años.
—Esa boquita tuya acabará conmigo.
Y sin decir nada más, toma mi rostro entre sus manos y pega mis labios a los suyos con una fuerza que jamás había experimentado.
Siento su necesidad en cuanto nuestras lenguas se encuentran y empiezan a saborearse.
Debería pararlo, pero no puedo. Me es imposible pensar en otra cosa que no sea en él abrazándome y besándome hasta dejarme sin aliento.
Baja sus manos por mi cuerpo hasta mi cintura, antes de darme un ligero apretón y pegarme más a él. Me alza sin problema y mis piernas se enroscan en sus caderas mientras el agua nos baña por completo hasta la zona del pecho.
—Da igual cuantas veces escapes de mí, vecinita , siempre te encontraré.