Capítulo 23
Víctor
T ener a Sabela semidesnuda encima de mí debe de ser un sueño hecho realidad. Algo hice bueno en otra vida para tener a semejante mujer completamente dispuesta para mí.
Sus palabras no me enfadan, sino que solo hacen aumentar ese deseo que siento por ella.
Por esa cara preciosa que tiene. Ese pelo indomable que tengo ganas de agarrar mientras la hago mía.
Y ese cuerpo de infarto que deseo tener sin barreras debajo de mí.
Un tirón en mi entrepierna me avisa de que tengo que calmarme un poco.
Joder, ni que fuera un maldito adolescente.
Le quito el sujetador y me deleito con sus pechos, pequeños pero sugerentes. Una delicia en mis manos y en mi boca. Sabela jadea y yo me siento el puto amo del mundo al escucharla disfrutar con mi toque.
Me levanto con ella en brazos y recorro los escasos metros hasta el dormitorio, donde la deposito con sumo cuidado sobre mi cama.
Me despojo de mis zapatos y pantalones, quedándome solo con un bóxer y hago lo mismo con ella hasta que la tengo completamente desnuda y a mi merced.
Me acerco a su rostro y me deleito viendo cómo sus mejillas adquieren un tono rosado mientras la observo.
Beso sus labios antes de descender por su cuerpo.
Me centro en un pecho y masajeo el otro con la mano antes de cambiar.
Bajo por su vientre hasta llegar el vértice de sus muslos.
La miro, pidiendo permiso, porque me muero por probarla y hacerla disfrutar.
Joder, lo estoy deseando tanto que puede que me corra solo de hacerlo.
Beso el interior de los muslos e incluso me permito dejarle un mordisco. Ella protesta e intenta darme una patada, pero se lo impido y termino con su tortura cuando apoyo mi boca en su clítoris y empiezo a darle todo el placer que pueda.
Lamo, succiono y acompaño los movimientos con los dedos fijándome en lo que la hace disfrutar. Me esmero como nunca y, a los pocos minutos, mis dedos se aprietan dentro de ella y sé que está a punto.
—Víctor… Estoy cerca… —susurra entre jadeos.
Levanto la mirada y es, en ese preciso instante, cuando se corre en mi boca y en mis dedos.
No para de mirarme, y puedo jurar que es la imagen más erótica y preciosa que he visto en mi vida.
No dejo de lamer hasta que deja de temblar y apoya una mano en mi mejilla, dándome a entender que me puedo alejar de ella.
Lo hago a regañadientes, estaba la mar de a gusto.
Beso sus labios e introduzco su sabor en su boca entre jadeos. Supongo que le gusta al ver cómo se aprieta contra mí. Lucha por darle la vuelta a la tortilla y situarse encima, pero no se lo permito. Tenerla así es maravilloso .
—¿Vas a dejarme mandar a mí un poco o no? —protesta contra mis labios antes de tomar mi labio inferior entre sus dientes y darle un mordisco más fuerte de lo que debería. Me quejo y ella me guiña el ojo mientras me mira como si no hubiese roto un plato en su vida—. Ups, perdón. No quería hacerlo.
Esta mujer va a acabar con la poca cordura que me queda. Lo tengo clarísimo.
Subo sus manos por encima de la cabeza sin dejar de besar su cuello, volviendo a torturarla un poco.
Beso y mordisqueo la zona de detrás de su oreja y ella se retuerce en mis brazos.
Podría seguir así toda la noche, pero me apetece seguir descubriendo más cosas con ella, así que nos giro de un solo movimiento y termina a horcajadas sobre mi estómago.
Recorre todo mi abdomen con sus dedos hasta mi erección que se mueve con vida propia ansiando su contacto.
Y cuando llega, creo que estoy en el cielo.
Sabela me acaricia con calma, torturándome un poco, al igual que he hecho yo con ella. Su mano baja y sube con un ritmo lento, pero a la vez adictivo. Cierro los ojos y me concentro en el placer que me da y, cuando los abro, me la encuentro acostada entre mis piernas con sus ojos puestos en mí.
—Joder —murmuro en voz alta sin apenas darme cuenta y sus labios se posan en la punta, tentadores a más no poder—. No tienes por qué hacerlo si no quieres.
—Que esté así significa que quiero hacerlo. —Y sin decir nada más, la mete todo lo que puede en la boca y siento como si una corriente eléctrica me atravesase de pies a cabeza .
Sabela me toma en su cálida boca de una manera exquisita. Todo en ella lo es. Dejo que siga un par de minutos hasta que no puedo contenerme más y la atraigo hacia mí, porque me apetece más correrme mientras estoy dentro de ella. Lo necesito.
Me levanto como una exhalación, cojo un preservativo de mi cartera y me lo pongo en tiempo récord antes de regresar a la cama con ella. Me espera tumbada, apoyada sobre los codos y con esa mirada ardiente que me consigue que mi cabeza de vueltas como una peonza.
Apoyándome en mis codos, me introduzco en ella de una embestida. Sabela se arquea, dejándome sus pechos cerca de mis labios, así que me lo tomo como una invitación y tomo uno de sus rosados pezones en mi boca.
Empezamos despacio, pero ambos buscamos más.
Mucho más. Y el ritmo aumenta, al igual que nuestros jadeos y nuestro sudor.
Aparto un mechón de pelo de su frente mientras salgo y entro de ella.
Una ola de placer empieza a intensificarse en la parte baja de mi espalda cuando sus uñas arañan mis hombros y empiezo a notar que ella también está cerca.
—Córrete conmigo, preciosa —le digo antes de besarla.
Y lo hace. Ambos nos corremos a la vez gimiendo nuestros nombres con fuerza.
Me tumbo a su lado para recuperar el aliento y así no aplastarla.
Sabela jadea a mi lado, con una mano descansando sobre su estómago y otra enredada con la mía.
Es preciosa. Sé que lo he dicho decenas de veces, pero no me canso de mirarla.
Y más ahora que sus labios están hinchados y rosados, al igual que sus mejillas .
Me desprendo del condón y lo tiro en la papelera del baño antes de asearme un poco y de poner mis pensamientos un poco a raya.
Cuando regreso, sigue en la misma postura, pero su respiración ya no es irregular. Me mira con un atisbo de sonrisa que no sé cómo interpretar, pero intuyo que no es malo. Espero.
—¿Quieres quedarte a dormir? —le pregunto nada más tomar asiento a su lado. Al principio me mira como si me hubiese salido un tercer ojo, pero luego se ríe.
—Prefiero ir para casa, si no te importa.
No me sorprenden sus palabras, pero las entiendo.
—Pero primero vamos a cenar algo. No puedo permitir que te mueras de hambre. Luego te acompaño.
Dejo un beso en su frente, me pongo unos calzoncillos y camino descalzo hasta la cocina. No tengo mucha cosa; al vivir solo, suelo ir comprando casi cada día, pero algo puedo apañar.
Cojo la pizza de atún que tengo en la nevera y la meto en el horno.
Escucho la ducha de fondo, así que intuyo que mi invitada se está dando un baño.
Me debato entre dejar todo esto y unirme, pero deshecho los pensamientos.
No quiero parecer tan desesperado. ¡Si yo nunca he sido así!
La mayoría de las veces han sido las tías quienes vienen a por mí y no al contrario.
No sé qué me pasa con Sabela, consigue que haga todo al revés.
Debe de ser el aire costero que, como no estoy acostumbrado, me produce alucinaciones.
Pero oye, menudas alucinaciones.