Capítulo 22
Sabela
G racias por acompañarme, cielo, no creo que hubiese podido venir sola. —Nerea toma mi mano entre las suyas y le da un ligero apretón—. ¡Estoy de los nervios!
—Ve tranquila, seguro que te coge.
—¡Si solo tengo la ESO! Sabes que a mí nunca se me dio bien estudiar, Sabe. El bachillerato lo dejé a medias y luego hice ese curso de Animación que no sirvió de nada.
—No hables así de ti misma. Estudiar una carrera no te hace más capaz que la gente que no la estudió. Eres muy buena persona y muy trabajadora. Si Víctor o cualquiera de esos ricachones no lo sabe ver, es que están ciegos.
—¿Te he dicho alguna vez lo mucho que te quiero?
—Unas mil veces, amiga —contesto, pero sonrío porque no he dicho ninguna mentira.
Nerea es una persona de diez. No ha tenido mucha suerte estudiando ni encontrando trabajos, pero es capaz de trabajar en un hotel o de lo que sea .
Entramos por la recepción y nos ponemos a la cola, detrás de tres chicas de nuestra edad que conocemos de sobra. Son amigas de Antía, a la cual no veo por aquí. Por suerte.
Víctor sale de una puerta que hay a la derecha de la recepción y nos saluda a todas, pero sus ojos están clavados en mí.
—Buenos días. Voy con unos minutos de retraso, espero que no os moleste ni tengáis mucha prisa. En breves os atiendo —nos explica y mi amiga le dice que no se preocupe.
Yo, sin embargo, apenas puedo abrir la boca porque temo que se me caiga la baba si lo hago.
Qué guapo es el condenado. Va vestido con un traje negro que parece hecho a medida y una camisa blanca que hace un contraste exquisito.
No se me pasa desapercibida la mirada de caída de bragas que le dedican mis queridas amiguitas .
Nerea y yo tomamos asiento en uno de los sofás que hay en la sala y, a la media hora, Víctor aparece de nuevo y hace pasar a Nerea con él. La abrazo y le doy ánimos, aunque sé que no los necesita. Pero, bueno, para eso están las amigas.
Mientras espero a que salga, me pongo los auriculares y me entretengo escuchando un poco de música. Turnedo de Iván Ferreiro empieza a escucharse por los auriculares, transmitiéndome esa ligera paz que siempre consigue darme.
A los pocos minutos, aparece Nerea con los ojos vidriosos y mi cuerpo se tensa temiendo lo peor. Como el imbécil ese le haya dicho algo desagradable, le voy a arrancar la piel a mordiscos.
Mi amiga corre hacia donde estoy y se lanza a mis brazos, echándose a llorar contra mi hombro .
—¿Qué pasó? ¿Te ha dicho algo ese imbécil? Joder, me va a escuchar.
Me separo de ella a duras penas y doy dos grandes zancadas hacia la puerta, pero Nerea me frena y sonríe.
—¡No! Me ha dado el puesto, Sabe. ¡Voy a ser una de las recepcionistas del hotel!
En ese momento, cuando las palabras salen de su boca y mi cerebro empieza a procesarlas, Víctor hace acto de presencia y me guiña el ojo antes de atender a una nueva persona. Vale, igual no hace falta que le arranque la piel a cachos. Todavía.
—¡Lo sabía! ¡Te lo mereces muchísimo! —le digo y la abrazo de nuevo. Por fin vamos a estar los cuatro juntos en el pueblo. Y eso no hay dinero que lo pague.
∞∞∞
Cierro la tienda puntual como siempre. Me he pasado la última hora mirando al techo, literalmente. Los lunes suelen ser bastante flojos y por la tarde aún más. Pero, bueno, no hay mal que por bien no venga.
Empiezo a caminar hasta casa y el sol aún me recibe en el cielo. Me encanta el verano por esto mismo. Son las ocho de la tarde y aún es de día. De verdad que es maravilloso.
Paso por delante del hotel y mis pies, como si no me obedecieran, se paran justo enfrente.
Noto cómo se me empieza a formar un nudo en el estómago y no sé qué hacer para deshacerlo.
Quizás debería darle las gracias a Víctor por lo de Nerea.
Con todo el lío que tenía por la mañana, apenas pude hablar con él.
Así que doy media vuelta y deshago el camino que acabo de recorrer y me dirijo hacia su casa.
No sé si estará o no, pero vale la pena intentarlo.
Me debato entre timbrar o dar media vuelta y salir por patas, pero antes de que pueda siquiera pensarlo un poco más, una figura se instala a mi espalda.
Y no necesito girarme para saber que es él.
Aún va vestido con el mismo traje que llevaba por la mañana.
Su expresión refleja cansancio, aunque no le quita ni una pizca de belleza.
La camisa está arrugada y desabotonada hasta el pecho y puedo ver cómo una ligera capa de vello oscuro le decora los pectorales.
Trago saliva, intentando aprender como respirar de nuevo.
—¿Acaso ibas a entrar a mi casa a robarme, vecinita ? —Su voz socarrona hace que ponga los ojos en blanco.
—He venido a darte las gracias, pero se ve que tu arrogancia no conoce límites, así que me piro.
No he dado ni un paso cuando su mano toma mi brazo y me gira, pegándome a él todo lo posible.
Sus manos aterrizan en mis caderas y las mías, por desgracia, descansan sobre su musculado pecho.
Víctor baja el rostro hasta que nuestras narices se tocan.
Noto su aliento sobre mis labios. Me debato entre empujarlo y besarlo.
Pero mi subconsciente no está muy fino, por lo que gana la segunda opción.
Víctor me besa con voracidad e impaciencia. Probar sus labios es una auténtica delicia. Su lengua penetra en mi boca. Capturo su labio inferior entre mis dientes, tirando ligeramente de él, y consigo que suelte un pequeño jadeo que eleva mi cuerpo varios grados .
—¿Entramos? —pregunta contra mi boca.
Estoy demasiado alterada como para ser coherente, así que asiento y dejo que me guíe. Mañana ya habrá tiempo para arrepentirse. Creo que ahora es momento de disfrutar todo lo que se pueda.
Víctor abre la puerta mientras sus labios se entretienen con mi cuello. Meto las manos bajo su camisa y recorro sus abdominales con los dedos. Sonrío al sentir cómo se estremece bajo mi contacto. Su piel se eriza y eso me hace sentir sumamente poderosa.
Cierra la puerta de una patada y me lleva hasta el sofá, donde aterriza llevándome a mí detrás, por lo que termino a horcajadas sobre sus caderas.
Su americana desaparece, igual que su camisa y mi top.
Posa sus labios en mi escote y toma un camino ascendente, pasando por mi clavícula, mi cuello y detrás de mis orejas hasta llegar de nuevo a mi boca que lo toma hambrienta.
—¿Quieres continuar? —me pregunta con la voz entrecortada mientras sus dedos me recorren la espalda.
—¿Tú que crees?
—No sé, quiero oírtelo decir. Con la boquita respondona que tienes, no me digas que te he dejado sin palabras.
—Eres lo peor que hay —murmuro y hago amago de levantarme, pero me lo impide, sujetándome con fuerza de las caderas. En verdad no pensaba hacerlo, solo quería picarlo un poco.
—Tú también me gustas.