Capítulo 21
Sabela
S orpresa !
Varias voces gritan al mismo tiempo mientras un montón de confeti aterriza en mi cabeza y en el suelo del patio de mi casa. Levanto la vista y veo a toda mi familia y amigos con los cañones en la mano.
—Estáis mal de la cabeza —murmuro, pero no puedo estar más feliz—. ¿En qué momento habéis organizado todo esto?
—Sabemos guardar un secreto, toxiño —comenta mi madre mientras me abraza con cariño y posa sus labios sobre mi sien—. Además, todos hemos participado.
Mi padre también me abraza y luego se suman mis hermanos y mi cuñada, que lleva en brazos a Eloi y no puedo evitar comérmelo a besos.
Se me escapa una lagrimilla cuando veo que en su body pone «La mejor madrina del mundo está de cumpleaños».
Es el bebé más bonito del mundo y no es amor de madrina, de verdad.
Olalla, Nerea y Antón también vienen junto a mí y nos damos un abrazo grupal. Les doy las gracias por venir y me fijo que, justo detrás, hay una persona que conozco muy bien, pero que no esperaba que fuera a estar aquí.
—La idea fue mía —murmura Antón en mi oído y yo lo miro mal—. ¿Qué? ¿Pensabas que no me iba a dar cuenta de que tu escapada nocturna del otro día era con él? Ay, cariño, a mí no me la cuelas.
Bufo como respuesta y me acerco al susodicho, que está de pie en medio del patio con las manos en los bolsillos.
Si mi ahijado está para comérselo, este hombre no se queda atrás.
Esos vaqueros le sientan de muerte, al igual que esa camiseta de manga corta blanca que se le ciñe al torso como una segunda piel.
—Felicidades, vecinita —me felicita con una sonrisa y se acerca a darme dos besos—. Tengo un regalito para ti, pero mejor te lo doy luego a solas.
—Te lo tienes muy creído, ¿no?
—Veo cómo me miras, preciosa .
—¿Y cómo te miro? Si se puede saber, claro…
—Con el mismo fuego en la mirada con el que yo te miro a ti.
Será capullo…
Decidido: voy a pasar de él toda la tarde.
Mis padres y amigos han preparado una fiesta preciosa.
La viña está decorada con banderillas y farolillos.
La mesa está llena de comida y bebida y, justo en la entrada —arriba del todo—, hay un photocall hecho con conchas y arena precioso que pone «Los 28 de Sabe».
Nos hacemos fotos por doquier, comemos hasta reventar y bebemos como si no hubiese un mañana hasta bien entrada la noche .
A las dos de la madrugada, ya solo quedamos Víctor y yo. Y no sé cómo coño ha pasado eso.
Mi hermano, mi cuñada y mi precioso ahijado fueron los primeros en irse; el peque tiene que descansar.
Luego los ha seguido Brais, que quería jugar a la play con los colegas y mis padres fueron los siguientes.
Mis amigos aguantaron un poco más, pero quisieron hacerme una encerrona y hace diez minutos me dejaron sola con este.
Y sinceramente, no sé si alegrarme o quejarme.
Pensaba que, con un año más, iba a tener las cosas un poco más claras. Que me iba a bajar un ángel a iluminarme o algo, pero no. Sigo tan perdida o más que hace unos días. Y lo peor es que no sé cómo dejar de estarlo.
—Espera un momento. —La voz de Víctor me trae de nuevo a la realidad y lo veo perderse en el interior de la casa. A los pocos segundos, vuelve con un pequeño paquete en la mano derecha, el cual me tiende antes de tomar asiento a mi lado—. Feliz cumpleaños.
—No hacía falta que me regalaras nada. Mi madre ya me dijo que participaste en la fiesta.
—Me parecía poco. Además, es un detalle sin importancia. Lo vi hace unos días cuando fui a Madrid y pensé que te gustaría.
Tomo la caja entre las manos con un ligero temblor que no sé de dónde sale. Tendré que echarle la culpa al alcohol para no sentirme tan patética. Lo desenvuelvo con sumo cuidado y abro la pequeña caja que tiene un nombre de una joyería que no conozco.
Mi garganta se cierra en un puño cuando descubro un anillo precioso de estrellas de mar en color dorado .
—Es precioso, Víctor, muchísimas gracias. —Mi comentario le hace reír y yo me apresuro a ponérmelo—. Hasta has acertado con la talla. Me queda genial.
—Lo de la talla fue pura suerte. La chica de la tienda me la preguntó y mi cara le debió de parecer un poema.
Me dio una talla cualquiera y me dijo que, si no te servía, lo podía cambiar —comenta y yo suelto una carcajada, se ve muy mono así de nervioso—.
Pensé que era un buen regalo, siempre llevas muchos anillos.
—Me gusta llevarlos. Hacen que las manos se vean más bonitas.
Un silencio que no sabría categorizar si de incómodo o necesario se instala entre nosotros. Me fijo en mi nuevo anillo en el dedo corazón y lo muevo, admirando el brillo que tiene y lo bonito que es. Levanto la vista y los ojos de Víctor están fijos en los míos.
Hay algo en ellos. No sabría decir qué es, pero me asusta. Me asusta mucho. Porque siento que eso mismo que veo yo en él puede verlo en mí. Y eso significaría que vuelvo a ser vulnerable otra vez.
—Deja de pensar, Sabela. Esa cabecita tuya va a explotar un día de estos.
—No puedo dejar de hacerlo.
—Deberías vivir un poco más sin darle tantas vueltas a todo.
—Ojalá fuera tan fácil.
—Lo es.
Se acerca unos centímetros más hasta que nuestras rodillas se tocan. Alcanza la caja y la deja sobre la mesa para tomar una de mis manos entre las suyas. Su tacto es suave y caliente. Acaricia el dorso de mi mano en círculos y un pequeño escalofrío me recorre todo el cuerpo.
—Necesito besarte, Sabela —murmura tan bajito que apenas lo escucho con claridad. Pero lo hago. Y sus palabras se taladran en mi cabeza una por una.
—No sé si es buena idea.
—A la mierda las buenas ideas. Necesito besarte como nunca antes había deseado besar a alguien.
Y voy a hacerlo, Sabela —me dice, muy seguro de sí mismo, mientras se acerca más y más a mí.
Sus manos me toman las mejillas mientras su mirada no se aleja de la mía.
Trago con dificultad sin perderme ni uno de sus movimientos—.
Si no quieres que lo haga, dímelo o pégame una bofetada, porque no habrá nada que me disuada.
Y sin esperar un segundo más, pega sus labios a los míos como si fuera lo más fácil que ha hecho en su vida. Me pega a él todo lo posible y, no sé cómo, termino a horcajadas sobre sus piernas y pasándole mis brazos por su cuello, intensificando aún más el beso.
Noto su lengua contra mis labios y los entreabro, dejando que penetre en mi boca y se una a la mía. Sabe a ginebra, a limón y a locura. Una locura que va a conseguir que pierda la cabeza por él como no empiece a alzar mis muros una vez más.
Estamos así tanto rato que, cuando nos separamos a coger aire, apenas noto mis labios.
Están dormidos e hinchados, igual que los suyos.
Apenas veo su iris marrón de lo dilatadas que tiene las pupilas y su pecho sube y baja a un ritmo irregular.
Tanto como el mío. Espero que no note los latidos de mi corazón, siento que se me va a salir del pecho de un momento para otro .
—¿Te han dicho alguna vez que besas increíble?
Me pasaría horas entretenido con tus labios —murmura sobre mi cuello, dejando pequeños besos sobre este.
Muerde el lóbulo de mi oreja y me tomo esa señal para alejarme unos centímetros de él—.
¿Ya vas a escapar otra vez? No te estoy pidiendo que me dones un riñón, Sabela.
—Lo sé, es solo que estoy cansada y creo que deberíamos dejar esto por hoy.
—¿Significa eso que lo retomaremos en otro momento?
—Ya se verá.
—Mira que eres difícil —protesta antes de robarme un casto beso en los labios y levantarse del banco. Puedo ver cómo se recoloca el vaquero con dificultad y se me escapa una risilla—. Esto es culpa tuya.
—Me declaro culpable.
—Descansa, preciosa . Nos vemos otro día.
Y tras darme un beso en la mejilla, se marcha dejándome con su sabor aún en los labios y un millón de dudas en la cabeza.