Un hotel con vistas al mar Capítulo 20
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Capítulo 20

Vícto r

M entiría si dijera que esperaba terminar así la noche. Cuando pensé en invitar a Sabela a casa, esperaba que me mandase a la mierda, no voy a negarlo. Así que me sorprende haberme salido con la mía.

No sé qué coño me pasa con ella, pero no puedo parar de pensar en sus rizos rubios y ese aroma a una mezcla de salitre, coco y algo que aún no he logrado descifrar.

Hasta pienso en sus tatuajes, esos que son visibles a simple vista.

Tiene una rama de tojo en el brazo, que intuyo que se hizo por su apodo.

También se le intuye uno en la muñeca, pero no lo puedo ver bien dado las incontables pulseras que lleva.

Me gustaría descubrir si esconde alguno más debajo de esa camiseta amarilla que le sienta como un guante y esos vaqueros que se pegan a sus curvas y a su trasero que me están volviendo loco.

Se pasea por la estancia, parándose en cada rincón. No se me pasa desapercibida la mirada que le dedica a la bañera y mi mente viaja a cómo sería tenerla desnuda solo para mí ahí dentro.

Siento un tirón en los pantalones y maldigo para mis adentros .

Lo que me faltaba.

¿Acaso ya no tengo control sobre mi cuerpo?

—Ven, vamos a la cocina y preparo la cena.

Coloco una mano en la parte baja de su espalda y me sorprendo nuevamente al darme cuenta de que no me rechaza ni suelta ningún comentario desafortunado.

Víctor 1 – Sabela 0. Vamos por buen camino.

La hago sentarse en el sofá y dejo que se sienta como en casa. Incluso le cedo el mando de la tele y la insto a que ponga lo que le apetezca.

Abro el vino que tenía enfriándose en la nevera y también alcanzo la tabla de embutidos que preparé hace un par de horas, poco antes de salir a buscarla a la tienda. Noto su presencia a mi espalda mientras estoy sirviendo unos picos de pan en un bol.

—¿Te puedo ayudar en algo?

Me giro sorprendido y la encuentro a escasos centímetros de mí. Estoy tentado en acercarme y tomar esos rosados labios entre los míos, pero me controlo.

—Si quieres, puedes poner la mesa. No me he esmerado mucho con la cena, pero espero que te guste.

—Me sirve cualquier cosa, gracias. ¿Cómo se encuentra tu madre?

Su pregunta me pilla desprevenido.

—Por suerte, bien. Le están poniendo radio estos días, aunque es por prevención. Consiguieron vaciarla del todo y retirar el tumor.

—Eso es muy bueno. Me alegro mucho, Víctor. —Una sonrisa sincera se instala en sus preciosos labios. Tengo que luchar por no apoderarme de ellos—. ¿Tú estás bien?

—Los primeros días apenas dormía, no te voy a mentir. Pero hablando con ella y con su médica, me di cuenta de que la situación estaba prácticamente controlada. Además, sé cómo es mi madre y no aceptaría tenerme allí ni loca.

Le tiendo dos salvamanteles y le indico dónde están las servilletas y los cubiertos y dejo que ella se maneje a su antojo. Cuando termino de preparar todo, me ayuda a llevarlo a la mesa y los dos ocupamos un sitio en el sofá, uno al lado del otro.

Al final, la cena no me ha quedado tan mal. La tabla de embutidos, un par de latas de conservas de la zona de mejillones y berberechos, un poco de pan y otra tabla de quesos con fruta que no pueda faltar.

—¿Qué prefieres: robar un millón de euros y que nadie lo sepa o no robarlo y que todo el mundo piense que fuiste tú?

Dejo el pedazo de queso a medio camino de mi boca y la miro como si pelo se hubiese vuelto verde. ¿Acaso he escuchado bien?

—¿Perdón?

—Te he hecho una pregunta. ¿Prefieres robar un millón de euros y que nadie sepa que fuiste tú o no hacerlo y que todo el mundo lo piense?

No, definitivamente he escuchado bien.

—Pues ninguna opción me gusta, pero supongo que escogería robar un millón de euros y no vivir escondido mientras todos me llaman ladrón.

—Buena respuesta. Yo haría lo mismo —contesta y se lleva un pico de pan a la boca como si nada .

Esta chica cada vez me sorprende más, lo juro.

—¿A qué viene esa pregunta?

—¿Tan viejo eres que nunca has jugado al «Qué prefieres»?

—¿Me acabas de llamar viejo? ¡Tengo treinta y un años! —bufo y ella suelta una carcajada como si acabase de soltar la broma más graciosa del mundo. Será cabrona.

—¿Solo? Y yo que te echaba treinta y ocho… —bromea, sonriendo con picardía mientras toma un trago del vino—. ¿Cuándo es tu cumpleaños?

—El veintiocho de octubre, ¿y el tuyo? Aunque no pienso invitarte por esa gilipollez que acabas de decir.

—Vas a conseguir que llore. Yo tampoco te voy a invitar al mío y eso que es el jueves que viene.

—¿Tu cumple es el cuatro de julio? Qué curioso, como el Día de la Independencia.

—Así es. Y ahora, venga, pregúntame tú algo.

Al principio no entiendo su comentario, pero luego me doy cuenta que quiere que le suelte una mierda de esas de «Qué prefieres…». Lo pienso un par de minutos porque es cierto lo que dijo. No lo de que sea viejo, eso no, sino lo de que jamás he jugado a esto.

—Vale, tengo una. ¿Qué prefieres: no poder escuchar música nunca más o no poder ver más la televisión?

—Joder, para no haber jugado, nunca vas a machete. —Sonrío encantado con su comentario, quería ponérselo difícil. Yo mismo no sabría qué responder—. Diría que sin ver la televisión. No puedo vivir sin música.

—Buena respuesta.

—¡Me toca! ¿Qué prefieres: ir al trabajo maquillado como un payaso o vestido como un payaso?

No puedo evitar que se me escape una carcajada ante su pregunta. Sus ojos desprenden diversión y eso me gusta. Se nota que está cómoda y para mí es suficiente. Aunque esté haciéndome preguntas estúpidas como esta última.

—Diría que disfrazado porque puede haber un disfraz chulo y el maquillaje me pica. Odiaba cuando tenía que ir maquillado en carnaval en el colegio, me empezaba a rascar y terminaba hecho un cristo para desgracia de mi madre y mis profesores.

Nos pasamos buena parte de la cena con este juego y, al final, le acabo cogiendo el gustillo. Empiezo a conocer ciertas cosas de ella al leer sus respuestas entre líneas. Descubro que adora el chocolate y que no podría vivir sin él, al igual que no puede vivir sin el mar.

El móvil vibra en mi bolsillo y, al alcanzarlo y ver la hora, me quedo sin palabras.

Son casi las tres de la madrugada. ¿En qué momento ha pasado tan rápido el tiempo?

Creo que es la primera vez que estoy tan a gusto con una chica.

De hecho, juraría que es de las pocas citas que he tenido en mi vida.

No sé, me dedicaba a follar y ya está, pero algo me dice que con Sabela no sería capaz de hacer algo así.

—Quizás debería irme a casa —me dice y, al intentar levantarse en el sofá, noto cómo se tambalea hacia un lado y aterriza de nuevo—. Puto vino. ¿Cuánto bebimos?

—Dos botellas .

—Joder —bufa y me parece adorable. Tiene el ceño fruncido y se está mordiendo el labio inferior de una forma que a mí se me torna sugerente.

—Puedes quedarte aquí a dormir, si quieres. Hay dos habitaciones. No me parece lo más lógico que vayas a casa así ahora.

—¿Y quedarme aquí contigo? ¡Ni loca!

—¡Eh! Que no muerdo. A no ser que quieras que lo haga, claro.

Mis palabras consiguen despertarla de golpe y me mira con ojos inquisitivos mientras planta las dos manos en mi pecho. Su iris está brillante y noto cómo me lanza pequeñas chispas. Si las miradas matasen, estaría muerto y enterrado.

—Jamás va a suceder nada entre nosotros, Víctor. Sé que soy irresistible, pero no puedo permitirme caer rendida a tus pies.

—¿Por qué no? ¿Tan feo soy?

—Ese no es el problema, pero no soportaría salir lastimada de nuevo. Y usted, señor Vázquez, tiene un cartel luminoso en la frente que pone «Peligro».

Después de mucho luchar, al final cedo y acompaño a Sabela a casa. Tenemos que parar cada dos por tres porque la muy idiota se cae para los lados y no me deja sujetarla por la cintura. Es más terca que una mula, lo juro. Pero no puede atraerme más.

La casa de Sabela está en silencio y yo me las apaño para subir detrás de ella e intentar que no muera en el intento.

Al llegar a la planta de arriba, sigue subiendo hasta el fallado y abre la puerta que da a su habitación.

La vez que estuve aquí, no la vi, pero ahora puedo darle una pequeña visual a su territorio y he de decir que me la imaginaba tal cual la estoy viendo.

La estancia no es grande, pero sí lo bastante espaciosa para una persona.

A mano izquierda, tiene una cama de matrimonio con una mesilla a cada lado.

La cama está llena de cojines y peluches de todas las formas, colores y tamaños.

Enfrente tiene una ventana y una pequeña estantería de no más de cincuenta centímetros de altura llena de libros, CDs y vinilos.

Justo a la derecha, un escritorio con una televisión y un tocadiscos.

Es muy ella.

Dejo a Sabela con delicadeza sobre la cama y me molesto en quitarle los zapatos y en arroparla.

Joder, Sabela, ¿qué me está pasando?