Un hotel con vistas al mar Capítulo 19
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Capítulo 19

Sabela

S i tuviera que definir en una palabra cómo me encuentro, sería perdida.

Y no perdida por el hecho de no saber dónde estoy, sino por no saber cómo me siento.

En cuanto noté los labios de Víctor sobre los míos, supe que había metido la pata hasta el fondo.

Me debatí entre seguirle el juego o darle una patada en los huevos, pero claramente ganó la primera opción. Aunque no fue la más sensata.

Me fijo en cómo una ligera luz se cuela por los agujeros de la persiana, y ese simple gesto basta para ponerme alerta.

Raro es el día que me despierto después de que amanezca, pero en cuanto rememoro un poco la noche anterior, una sonrisa se asoma en mis labios.

He besado a Víctor. No, no. Me he dado un pedazo de morreo con Víctor, mejor dicho.

Y me ha gustado. Más de lo que me ha gustado nunca otro beso.

Me fijo en el móvil que descansa sobre mi mesilla y compruebo que pasan de las diez de la mañana. Escucho dos golpes en la puerta y, al segundo, la voz de mi madre al otro lado.

—¿ Toxiño ? ¿Todo bien?

—Sí, ma , puedes entrar.

La puerta se abre despacio y el rostro de mi madre se cuela en mi habitación.

—Ya pensé que tenía que llevarte al hospital. Nunca sueles dormir más allá de las ocho de la mañana. ¿Fue bien la noche?

Habla mientras se acerca a mi cama y toma asiento a mi lado. Alcanza uno de mis mechones descontrolados y lo pone detrás de la oreja con una ligera caricia maternal.

—Lo pasamos genial. —«Y me besé con Víctor, mami , pero eso no te lo voy a contar».

—Me alegro. Estamos todos abajo, menos Enzo, por si quieres desayunar.

—¿Hoy no abrís la farmacia?

—Hoy le toca abrir a Elvira, ya sabes, es nuestro fin de semana libre.

—Pues vayamos a desayunar, entonces.

Me pongo el primer pantalón que encuentro —siempre duermo con camiseta larga y bragas—, y bajo a la cocina donde me espera mi familia. Brais está toqueteando el móvil, y mi cuñada tiene a mi ahijado en brazos mientras lo mece para que se duerma.

Mi madre ha preparado un bizcocho de manzana que está de muerte, así que junto con un café para espabilarme y un poco de charla, esta mañana de sábado me sabe a gloria.

∞∞ ∞

Después de sacar a Simba a dar su paseo de mediodía, bajo hasta la tienda para abrir. Los sábados suelen ser días tranquilos, pero nunca está de más pasarse unas cuantas horas por si hay alguna que otra excursión, que es lo habitual en estas fechas.

Sobre las seis de la tarde, Uxía y Eloi vienen a hacerme una visita y, poco después, mi hermano pequeño viene a gorronear un poco. Como siempre.

Cuando son las ocho,  cierro la puerta y me dirijo al almacén.

Ayer me llegaron varios pedidos por la mañana, pero como por la tarde estuvo mi padre, nadie los colocó.

Así que me voy a pasar una hora pasándomelo en grande mientras organizo y repongo.

Por suerte, la música es mi mayor aliada y de fondo puedo escuchar cómo suenan los primeros acordes de El libro de las sombras .

Sin duda, Mago de Oz siempre es un sí rotundo.

¿Estás feliz? Mago de Oz. ¿Estás melancólico?

Mago de Oz. ¿Estás enfadado? Mago de Oz. Sirve para todo.

Apenas ha llegado el final de la canción cuando alguien da golpes a la puerta.

Lo de que esté cerrada como que no se entiende, ¿no?

No hago caso, intuyendo que el aludido o la aludida se den cuenta de que la tienda ha cerrado, pero pocos segundos después vuelven a oírse los golpes. ¿Será mi familia?

Corro hacia la entrada y me doy de bruces contra un torso musculado y un aroma que conozco a la perfección. Mal que me pese.

Levanto la mirada y mis ojos se cruzan con los de Víctor. Puedo ver un ligero brillo travieso en ellos que no sé cómo interpretar.

—¿Se puede pasar?

—¿No te das cuenta de que está cerrada?

—No vengo a comprar chuches. Vengo a algo mejor…

Sin dejar siquiera que responda, me mete dentro de la tienda y se apodera de mi boca como si fuese un vaso de agua en medio del desierto.

No sé cuánto tardo en aterrizar y corresponderle, pero una vez mis manos encuentran su cuello y le devuelvo el beso, suelta un gemido que queda acallado entre nosotros.

—Debería denunciarte por escándalo público —le digo en cuanto nos separamos e intentamos recuperar la respiración.

Víctor se ríe sin dejar de tocarme. Sus manos trazan círculos en mi cintura, cadera y espalda. Y, aunque me joda, mi cuerpo se eriza con su simple contacto como si fuese una maldita adolescente. Que Dios me pille confesada porque esto no va a acabar bien.

—¿Estás muy ocupada? —me pregunta, mirándome fijamente como si quisiera fundir sus ojos con los míos. No es justo que su simple mirada me haga temblar.

—Estaba haciendo un poco de inventario.

—Perfecto, te ayudo y nos vamos a cenar.

—¿Perdón? —No sé si he escuchado bien. Su ceño se frunce, debe de estar pensando que estoy mal de la cabeza—. Que nos hayamos besado dos veces no significa nada, Víctor. No quiero una relación y menos contigo.

Mierda, quizás he sonado demasiado brusca, pero es la verdad. ¿Cómo me voy a pillar de un hombre como él? Además, esa relación estaría avocada al fracaso. Él volverá a Madrid y yo seguiré aquí con mi vida. Jamás cambiaría Laxe por nada ni por nadie .

—Vaya, hoy te has levantado con un humor maravilloso, nena .

—¡No soy tu nena!

Antes de que pueda seguir cantándole las cuarenta, Víctor vuelve a tomar mis labios entre los suyos y, aunque lucho, acabo dejándome llevar una vez más. No sé qué tiene que sus labios y los míos parecen imanes. No puedo luchar contra la atracción.

—Bueno, como te decía, terminamos lo que estás haciendo y vamos a cenar. No te estoy pidiendo que te cases conmigo, Sabela.

—No te diría que sí, aunque me lo pidieras.

—Me rompes el corazón —murmura haciendo un mohín con los labios que me saca una ligera sonrisa.

Nos pasamos cuarenta minutos recogiendo, hablando lo justo y necesario.

Él para preguntarme qué hace con cada cosa que coge y yo para indicarle su cometido.

Poco más. Pero el rato es meramente agradable.

La música sigue sonando de fondo y, cuando terminamos, desconecto todo y cierro de nuevo la tienda.

—Voy a mandarle un mensaje a mi familia para que no se preocupe.

Víctor asiente y me deja espacio. Antes de abrir el chat familiar, abro el de Antón.

¿Qué planes tienes para esta noche?

Comer pizza hasta reventar con mi prima y ver no sé qué mierda en la tele. ¿Por? ¿Quieres unirte?

Voy a decirle a mi familia que estoy contigo y era para asegurarme de que no te fueran a ver el pelo.

Sabela, tienes 27 años, ¿qué cóño haces? ¡Ya me estás contando con quién te vas, granuja !

Ni yo misma lo sé, querido. Hablamos mañana. ¡ Bicos !

Cuando compruebo que mi plan está bien pensado, escribo por el grupo de mi familia y pongo que voy a ver una película con Antón, que no me esperen despiertos. Al momento, mi padre me responde con su mítico pulgar hacia arriba y sé que todo está en orden.

—¿Terminaste? —La voz de Víctor me devuelve a la realidad.

Asiento y empezamos a caminar hacia su apartamento. No voy a decir que sé el camino, pero puede que un día pasara por la zona para espiar un poco. En mi defensa, diré que fueron los primeros días, así que no cuento como una lunática.

La casa que Víctor tiene alquilada es preciosa.

Ya la conocía de antes porque, sinceramente, pocas son las casas o edificios que no son de gente de toda la vida.

Esta era de Josefa, una mujer que se mudó a Salamanca con su hijo hace varios años y que alquila en vacaciones.

Su hijo le hizo una reforma brutal antes de que se fuera.

Las paredes de piedra son una auténtica belleza. Cuenta con una pequeña terraza con sombrilla, una mesa y dos sillas. La cocina es pequeñita, pero para una persona llega de sobra. También cuenta con un pequeñito salón conectado con esta última y, además, un baño.

Aunque lo mejor es la habitación principal, que cuenta con una cama de matrimonio y una bañera blanca de porcelana justo al lado de la ventana. Se podría decir que me he enamorado a primera vista.

—Si te portas bien, luego podemos usarla. —Y así, señoras y señores, es cómo mi cuerpo entra en erupción.