Capítulo 18
Víctor
C ómo coño he llegado a esto?», pienso mientras intento alejarme del abrazo caníbal de Antía. Creo que es la primera vez en mi vida que le digo que no a un beso con una chica guapa. ¿Estaré enfermo? Seguro que he cogido un virus.
Sí, claro. Un virus que mide más de metro sesenta, tiene el pelo rizo y rubio y se llama Sabela.
—Lo siento, pero tengo pareja —le digo para salir del paso. No se me escapa el mohín que muestra en sus labios—. Lo siento, no estoy interesado.
—Tu pareja no tiene por qué enterarse… Seguro que ni siquiera está aquí —murmura mientras intenta besarme de nuevo, a lo que yo respondo agarrándola por los hombros y alejándola de mí.
—Será mejor que me marche. Ha sido un placer.
Sin dejar que responda, corro hacia donde se encuentra Pablo, en el extremo opuesto del lugar. Tiene una sonrisa en el rostro que no me gusta lo más mínimo y, en su mano derecha, cuelga mi chaqueta. La misma que dejé hace escasos minutos sobre los hombros de Sabela.
Mierda .
—¿Te la ha dado ella? — pregunto, intentando que no se me vea el plumero.
—No, la ha tirado al suelo en cuanto ha visto comerte los morros con la pelirroja esa.
—Joder, lo que me faltaba.
—¿Por qué no reconoces que te gusta de una vez y te lanzas? No es tan complicado.
Bufo como respuesta y medito sus palabras mientras tomo de nuevo mi chaqueta y me la pongo antes de salir.
¿Me gusta Sabela? Es guapa, todo hay que decirlo.
Preciosa. Con ese pelo indomable y esos ojazos marrones.
Pero la palabra gustar es muy grande. Prefiero decir que me atrae y que daría lo que fuera por una noche con ella. Pero no para nada más.
—Va a ser mejor que demos por terminada la noche, Don Juan —bromea mi amigo, soltando una carcajada. En el fondo, es un sádico que disfruta viéndome loquear—. ¿Quieres que conduzca?
Niego como respuesta y ambos subimos a mi Mercedes, aparcado al otro lado de la calle.
Conduzco en silencio el trayecto de vuelta a Laxe, mientras de fondo suena Zitti e buoni , una de mis canciones favoritas.
Pablo se queda sopa en el asiento del copiloto, por lo que me doy el lujo de tararear la letra. Mi mente vuela sin que pueda evitarlo.
No entiendo qué me pasa. Yo nunca me he centrado tanto en una chica y menos en una que pasa de mí y me tiene un asco tremendo. O eso es lo que quiere hacerme creer. Joder. Parezco un adolescente con las hormonas a flor de piel que se acaba de liar con su primera novia en el parque.
Dejo a mi mejor amigo en el hotel, ya que no ha querido quedarse en mi casa, y yo sigo el camino hasta mi casa.
Aparco enfrente, como estas últimas semanas.
De hecho, los vecinos guardan ese sitio para mí y aparcan delante o detrás.
He hecho buenas migas con la gente de este lugar.
No esperaba que Laxe me fuera a afectar tanto.
Y menos que fuera para bien. Esperaba un pueblo frío y distante, pero nada que ver con la realidad.
Me siento en casa. Y eso es algo que hacía mucho tiempo que no me pasaba.
Estoy a punto de meter la llave en la cerradura cuando se me enciende una bombilla y una ligera sonrisa intenta asomarse en mis labios.
Me guardo las llaves y emprendo el camino hacia el faro.
Si mis pensamientos no son erróneos y Sabela se ha mosqueado por mi beso con Antía, significa que irá a refugiarse a su lugar seguro.
Aunque ahora mismo sean casi las dos de la madrugada.
Camino a paso lento, como si a mis pies no quisieran llevarme allí, pero a los que estoy obligando a hacerlo.
En cuanto empiezo a ver el faro, vislumbro una silueta junto a la escultura de La Espera . Es ella. Podría reconocerla en cualquier parte y desde cualquier ángulo. Y no sé muy bien por qué.
Me freno al darme cuenta de que no está sola, sino que hay una figura masculina a su lado. Figura que no logré ver antes porque me la tapaba la escultura.
No se dan cuenta de mi presencia hasta que estoy a un par de metros de ellos. El mar está embravecido y las olas chocan con fuerza contra las rocas. La luna llena baña su figura y puedo jurar que es la vez que más preciosa la veo.
—¿Te puedes pirar, Álvaro? ¡No quiero nada contigo!
Su voz retumba por todo el lugar. El chico se aleja un par de pasos, como si le acabasen de dar una bofetada. Yo, si fuera él, saldría por patas; no lo niego.
—Es imposible hablar contigo… —murmura y se va, pasando por mi lado y mirándome de una forma que no me gusta un pelo.
—¿Qué estás haciendo aquí? —me pregunta Sabela, que no aparta la mirada de mí—. Vete, ya he tenido suficiente con un imbécil. No necesito una segunda ronda.
Y, señora y señores, aquí está mi querida vecina. La inigualable e indomable Sabela. Sonrío, porque parece que eso le jode bastante, y me gano un suspiro antes de que aparte sus ojos de mí.
—Te marchaste sin despedirte y tirando mi chaqueta de cualquier manera. Un poco descortés, ¿no?
—Perdón, no quería interrumpir cómo tu lengua le tocaba la campanilla a esa.
—Si te hubieras quedado, habrías visto que la aparté y que no quería que me besara.
Su cuello se gira como un resorte y su mirada me escruta, intentando buscar si miento o no. Mi rostro debe de decirle que digo la verdad, ya que sus hombros se destensan ligeramente.
—Me da igual lo que hagas, no soy tu madre y mucho menos tu novia. Puedes besarte con quien quieras, Víctor.
—El tema es que no quiero besar a cualquiera. Quiero besarte a ti.
Mis palabras salen de mi boca sin que apenas pueda pensarlas. Sus labios se entreabren, como si me invitaran a probarlos de nuevo. Aunque nuestro beso apenas fue un roce, aún recuerdo su roce aterciopelado y su sabor en mi boca.
—¿No vas a decir nada? —pregunto, intentando parecer coherente y tranquilo. Pero la verdad es que, teniéndola delante, se me está haciendo muy difícil contenerme.
—No quiero nada contigo, Víctor.
—¿Por qué tus ojos y tu cuerpo me dicen lo contrario?
—Será porque he bebido y estoy cansada.
—¿Quién era ese chico? —La pregunta sale de mis labios sin que pueda frenarla. Siento mucha curiosidad por saber quién era ese capullo que la estaba molestando.
Sabela me mira con los ojos entornados, sopesando en si contestarme o mandarme a la mierda. Seguro que va ganando la segunda opción.
—El capullo de mi ex. Y mira qué suerte: ¡habéis compartido babas!
Vaya, vaya, vaya… Con que mi querida vecinita está celosa.
Y enfadada, de eso no me cabe la menor duda.
Supongo que no tiene que ser plato de mal gusto encontrarte a las dos personas que te lo hicieron pasar mal en el pasado.
Aunque, sinceramente, no sé qué cojones se le pasó por la cabeza al tal Álvaro para engañar a Sabela con Antía.
No le llega a la altura de los zapatos ni aun poniéndose de puntillas.
—Ya que no te vas tú, me voy yo.
Hace amago de pasar por mi lado para irse, pero estoy harto de sus idas y venidas.
Tomo su mano y la pego a mi pecho con más fuerza de la necesaria.
Nuestros rostros están separados por escasos centímetros.
Puedo notar su aliento en mi rostro y cómo su cuerpo tiembla bajo mi toque.
Suelto su mano, dejándole la pelota en su tejado, pero para mi sorpresa, no se aparta de mí.
Y cuando creo que voy a morir de puta desesperación, toma mi rostro entre sus manos y pega sus labios a los míos. Joder, esto sí que no me lo esperaba.
Me acerca a ella todo lo posible, como si quisiera fundirse en mi cuerpo.
Tomo sus caderas entre mis manos y nuestras lenguas se rozan.
No voy a mentir y decir que estoy tranquilo, el corazón me late a tal velocidad que siento que se me va a salir del pecho.
Las manos de Sabela se enredan en mi nuca y me acarician el cabello, arrancándome un gemino que queda acallado en nuestro beso.
No sé cuánto tiempo permanecemos así, hechos un manojo de lenguas, gemidos y manos perdidas entre nuestros cuerpos. Solo sé que nos separamos para coger aire, pero no dejamos de tocarnos. Sus labios entreabiertos me llaman a atacarlos de nuevo, tan rosados e hinchados. La hostia de apetitosos.
Su respiración entrecortada se acompasa con la mía y tengo que luchar con la increíble erección que tengo y que lucha por liberarse. Acaricio su mejilla con el pulgar y su rostro se inclina contra mi mano, como si desease de verdad mi contacto.
—¿Estás bien? —le pregunto, pegando mi frente a la suya mientras aún intentamos recuperar el aliento.
—La verdad es que sí.
Y esa respuesta es más de lo que podría desear escuchar de ella.