Un hotel con vistas al mar Capítulo 17
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Capítulo 17

Sabela

D ebe de ser la quinta vez que me quedo en ropa interior en lo que va de tarde. Hoy es el cumpleaños de Antón y mi padre me ha cogido el relevo en la tienda para poder prepararme con tiempo. Pero llevo una hora así y no encuentro nada que me guste.

Primero opté por un vestido negro que tengo desde hace varios años, pero al llegar a los muslos, me di cuenta de que no iba a subir más. Conclusión: me ha crecido el culo. Aunque no pienso quejarme por ello.

Luego me probé uno de mis vaqueros favoritos con dos blusas diferentes y el resultado fue el mismo: horrible. ¿Qué me pasa hoy?

También me probé un mono granate al que le tengo mucho cariño, pero se ve que hoy tampoco está de mi lado. Guardo todo a duras penas mientras The winner takes it all suena desde mi móvil, que está descansando sobre la cama.

Escucho dos golpes en la puerta y mi madre entra pocos segundos después. Me sonríe y niega con la cabeza, antes de tomar asiento en mi escritorio .

—¿Qué pasa? Siempre pones esta canción cada vez que tienes un problema.

—No sé qué ropa ponerme para el cumple de Antón. Me veo mal con todo, mamá.

Mi querida madre pone los ojos en blanco y se acerca a donde estoy, tomándome entre sus brazos. Yo jamás he tenido problemas con mi físico. ¿Por qué los tengo ahora?

—Eres tan bonita por dentro como por fuera, toxiño . ¿Aún sigues pensando en Álvaro?

Aunque quiera admitirlo, me duele que haya dado en el clavo.

Estuve saliendo con Álvaro varios años y, cuando me enteré de que me ponía los cuernos, al principio la rabia se apoderó de mí.

Pero esa rabia, dio paso a la tristeza y a ese sentimiento tan jodido que es la insuficiencia.

Si tan buena y tan guapa soy, ¿por qué buscó cariño en otra persona?

—Supongo que me estará a punto de venir la regla y tengo las hormonas revolucionadas, eso es todo. Gracias, ma .

Beso su mejilla y ella me acaricia el rostro con cariño y enreda las manos en mi pelo.

—No estarás poniéndote guapa para cierto chico que yo me sé, ¿no? —La saliva se me va por el lado que no es y empiezo a toser como si no hubiese un mañana—. Me lo imaginaba. No sabía que iría al cumpleaños.

—Es que no va, mamá, no sé qué cosas dices.

—Puedes engañarte todo lo que quieras, tesoro, pero soy tu madre.

Conozco ese brillo en los ojos cuando lo ves.

Aunque sea mínimo, está ahí. —Toma mi rostro entre sus manos y besa mi frente—.

Me voy a la farmacia, estamos teniendo problemas con la dichosa alarma y no para de sonar.

Pásalo bien y saluda a todos de mi parte.

Salgo de casa con tiempo suficiente para ir caminando a casa de Antón, que vive cerca del concello.

Al final me he decantado por un conjunto de punto blanco de falda y jersey que me gusta mucho y me hace estar calentita.

Mi amigo me está esperando en su portal y corro a su encuentro, dándole un abrazo lo más fuerte posible.

—Joder, Sabe, afloja un poco —se queja, pero en el fondo sonríe y me corresponde.

—¡Feliz cumpleaños, pesado! —Le alboroto el pelo como si fuese un niño pequeño y protesta, soltando un bufido—. ¿Cómo llevas los veintiocho? Estás cada vez más cerca de los treinta, ¿eh?

—Te recuerdo que cumples años en una semana y que tenemos la misma edad, idiota.

—Cierto, pero sigo estando más buena que tú.

Suelta una sonora carcajada y enlazo su brazo con el mío antes de empezar a caminar hasta la de Carmiña. Vamos a cenar ahí unos buenos bocadillos y luego nos vamos de fiesta a ahogar un poco las penas en alcohol o lo que sea.

Nerea y Olalla nos esperan sentadas en nuestra mesa favorita, la que está al fondo pegada a la cristalera y desde la cual podemos ver el paseo y la playa .

—La semana que viene seguramente empiecen las entrevistas para trabajar en el hotel —comenta Nerea en cuanto Carmiña aparece con nuestra cena—. ¿Crees que podrás acompañarme? Tú conoces mejor a Víctor y quizás puedas echarme una mano.

El bocadillo queda a mitad de camino de mi boca y me fijo en mi amiga, que no bromea con lo que dice.

Debería negarme para evitar encuentros innecesarios con el innombrable, pero por ella voy al fin del mundo si hace falta.

Además, si no la contrata, puedo darle una patada en las pelotas y quedarme a gusto.

Cenamos entre anécdotas de nuestra infancia y de estas últimas semanas. Me encanta cuando pasamos de hablar de algo que pasó ayer a contar cualquier tontería de cuando teníamos cinco años. Estar con ellos es lo más fácil del mundo. Siempre acabo con la boca dolorida de tanto reír.

Cuando terminamos, Carmiña aparece con una tarta de queso al horno cubierta de mermelada de fresa, que es la favorita de Antón.

Nosotras y todo el local le cantamos C umpleaños feliz y vemos cómo se sonroja hasta la raíz del cabello.

Lo abrazamos, brindamos y reímos hasta que llega el momento de pasar a la acción.

Olalla se ha ofrecido a ser ella la que no beba esta noche, por lo que nos metemos en el coche y ponemos rumbo a la discoteca.

Dios, qué ganas de tomarme un buen Gin-Tonic.

Saludamos al portero y entramos. El ambiente está cargado, se nota que el verano ya ha llegado, a pesar de que hace un frío de mil demonios a esta hora de la noche. Antón nos invita a una copa a Nerea y a mí y un refresco a Olalla .

Cuando estamos en la pista bailando, un cabello pelirrojo llama mi atención desde la otra punta del lugar. La que faltaba.

Antía.

Sus ojos diabólicos se encuentran con los míos y una sonrisa lobuna aparece en sus labios.

Qué ganas tengo de coger la copa y estampársela en la cabeza.

Antía fue la idiota que se estuvo liando con mi novio durante meses a mis espaldas.

No le voy a echar la culpa; ella estaba soltera y Álvaro fue quien la cagó, pero ella sabía con quién estaba y, aun así, le siguió el juego en vez de decírmelo.

En aquel momento, la consideraba mi amiga.

No al nivel de Nerea u Olalla, pero hablábamos y quedábamos de vez en cuando. Por lo que la traición fue doble.

Mis amigos se dan cuenta de mi postura rígida y mi cambio de expresión y se fijan hacia donde estoy mirando. Escucho la voz de Antón llamándola zorra y sonrío sin poder evitarlo.

—No pienso dedicarle ni un segundo más de atención, seguro que es lo que quiere —les informo mientras le doy la espalda a mi amiguita . Ellos vitorean y piden una ronda de chupitos y Olalla esta vez sí que se anima.

—Por el peso que te has quitado de encima, Sabe, y por nuestro Antón que cada vez es más viejo —grita Olalla a través de la música y yo no puedo evitar soltar una carcajada.

Antón refunfuña, pero en el fondo, le parece divertido.

—Y porque caigas en las garras de cierto vecino buenorro —secunda Nerea, pero eso ya no me hace tanta gracia .

—¡Eso, eso!

—Sois unos pesados, pero os quiero.

Chocamos nuestros chupitos y los bebemos de golpe. Noto cómo me abraso la garganta y la tráquea a medida que el líquido desciende. Un escalofrío me recorre la espina dorsal y no es por culpa del frío.

—Y hablando del rey de Roma, mira quién aparece por aquí —susurra mi amigo en mi oreja.

No. No. No.

Aunque lucho por no girarme y por no caer en la trampa, me es imposible.

Siento como si él tuviese un imán y me atrajese sin poder evitarlo.

Me encuentro con sus ojos marrones, mirándome fijamente desde el otro extremo de la barra.

A su lado se encuentra Pablo, que me saluda con la mano y una sonrisa la cual yo correspondo.

Pero mis ojos no quieren separarse de Víctor.

Está para comérselo. Lleva una camiseta de manga larga de color negro que se pega a su increíble cuerpo y unos vaqueros de tiro bajo que le quedan como un guante.

Me pregunto cómo sería bajárselos y recorrer su piel con mis labios…

¡NO, SABELA, NO!

Por cómo me sonríe, sé que se ha dado cuenta del tremendo escaneo que acabo de darle.

En vez de avergonzarme, levanto la barbilla como si fuese la más digna.

En el fondo, quiero salir corriendo y tirarme al mar, pero eso nunca lo va a saber.

Me guiña el ojo y desvía su mirada hacia la camarera que tiene enfrente para pedir su consumición.

—Voy fuera un momento, ahora vengo.

Nerea quiere acompañarme, pero le digo que prefiero ir sola.

Quizás me vengan bien cinco minutos respirando aire fresco.

Camino hacia el paseo, que está justo enfrente del bar, y me apoyo en la barandilla de madera.

No hace viento, pero sí frío, así que me abrazo a mí misma intentando ganar un poco de calor.

Joder, tenía que haber cogido la chaqueta antes de salir.

—¿Todo bien, vecinita ?

Su voz llega a mis oídos antes de que pueda verlo. Camina a paso lento hacia mí, con las manos en los bolsillos y ese andar tan suyo como si fuera el puto rey del mundo.

—No me apetece compañía, Víctor.

—No te la estaba ofreciendo.

—Entonces, ¿qué haces aquí?

—Supongo que lo mismo que tú: tomar un poco de aire fresco. No soy muy fan de las discotecas.

—¿Y por qué has venido a una? —le pregunto mientras se instala a mi lado, a escasos centímetros de donde estoy.

Una ligera brisa consigue erizarme la piel y, sin poder evitarlo, se me escapa un escalofrío que me recorre todo el cuerpo.

Se debe de dar cuenta de ello porque noto cómo se empieza a mover y, a los pocos segundos, su chaqueta descansa sobre mis hombros.

No voy a admitirlo ni aunque me pongan una pistola en la sien, pero su olor es una de las cosas más adictivas que he tenido delante.

Amaderado. Masculino. Fresco. Muy él—. Gracias.

—Me gusta cuando te guardas los colmillos y no me lanzas pullitas.

—No te acostumbres a ello, no soy una persona fácil de domar.

—Eso lo tengo claro. —Puedo notar cómo sonríe mientras habla y me obligo a no mirarlo porque sé que no podré aguantar la tentación—. Bueno, no quiero molestarte más. Si quieres tomar una copa conmigo, me dices.

Me da un ligero apretón en el brazo y se aleja por donde ha venido, con la misma calma imperturbable de antes. Me tomo mi tiempo en volver a entrar porque, para qué negarlo, estoy muy a gusto con su chaqueta mientras inspiro su aroma.

El portero me abre la puerta cuando por fin he conseguido calmarme y mantener a raya esa especie de mariposas que tengo en la boca del estómago. Seguro que ha sido el gin-tonic. Será mejor que me dedique a beber agua a partir de ahora.

Avanzo por el lugar esquivando a todo aquel que se me pone por delante.

Mis ojos se posan en Antón, que baila en una esquina de la pista junto con un chico rubio que está de muy buen ver.

Nerea y Olalla jalean y se ríen. Estoy a punto de unirme a la fiesta cuando una cabellera cobriza pasa por mi lado, dándome un toque en el costado que me lanza hacia el lado contrario.

—Hola, guapo. ¿Puedo invitarte a una copa? —Su voz chillona me hace daño en los oídos. Las personas como ella deberían andar con bozal para no reventarnos los tímpanos de los demás.

—Gracias, estoy servido.

No puede ser.

Me giro pensando que quizás no he escuchado bien, pero cuando veo una mano morena y con las uñas largas y rojas apoyadas en una camiseta negra, siento cómo entro en erupción .

Antía le está hablando a Víctor y él, bastante cortés, la rechaza intentando alejar su mano de su pecho.

Pero esta es muy lista y no se rinde. Acerca su rostro al de él y le dice algo al oído.

Las comisuras de los labios de Víctor se elevan y puedo ver cómo la idiota está encantada con su atención.

Qué ganas tengo de cogerla por los pelos y lanzarla al mar. De verdad lo digo.

No sé cuántos minutos pasan, si cinco o veinte, pero noto cómo mi corazón se salta un latido cuando Antía agarra a Víctor de la nuca y pega sus labios a los suyos.

Una arcada me sobreviene, pero lucho contra ella y salgo corriendo de la discoteca sin avisar a mis amigos y tirando su estúpida chaqueta al suelo.

¿Por qué duele algo que debería darme igual?