Un hotel con vistas al mar Capítulo 16
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Capítulo 16

Sabela

H oy es uno de mis días favoritos del año, junto con el día del Carmen.

San Juan es una fiesta mágica y llevamos décadas celebrándolo en el pueblo como Dios manda.

Todos los vecinos dejan de trabajar al mediodía para prepararse; y yo no iba a ser menos.

Llego a casa a la hora de comer y me encuentro a mi madre preparando canapés variados.

Cada casa suele llevar algo para picar entre todos.

Otros llevan bebida, decoración o música.

La cuestión es que todos aportamos nuestro granito de arena para que la noche sea inolvidable.

Mi padre y mi hermano se van a encargar de asar sardinas junto con algunos pescadores del puerto, como todos los años.

—¿Te ayudo en algo? —le pregunto, situándome a su lado.

—Ya tengo cuatro bandejas en la nevera y dos más en la de Conchi.

Creo que voy por buen camino. —Conchi es una de nuestras vecinas, ya entrada en años y con un carácter un poco complicado.

Pero a decir verdad, siempre nos ha tenido cariño—.

¿Puedes decirle a tu padre que las parrillas están en el lavadero?

Seguro que anda buscándolas como un loco .

Bajo al garaje y, efectivamente, mi padre anda como pollo sin cabeza. Enzo, a su lado, intenta disimular una sonrisa.

—Mamá me ha pedido que te diga que las parrillas están en el lavadero.

Puedo escuchar cómo suelta un suspiro y se pasa una mano por el rostro.

—Vuestra madre va a conseguir que no llegue a los sesenta.

Sale disparado del garaje y me quedo a solas con mi hermano, que me mira con una mueca divertida en los ojos, pero a la vez tiene un brillo diferente.

—¿Todo bien, hermanito ?

—Hoy es un día especial, toxiño , es el primer San Juan con Eloi.

Me acerco y lo abrazo con cariño. No me había dado cuenta.

Debo de ser una mierda de madrina; a veces, se me olvida que tenemos una nueva personita en la familia.

Pero ahí está y, como bien dice mi hermano, va a ser su primer San Juan.

Puede que no lo disfrute porque apenas tiene unas semanas de vida, pero yo misma conseguiré que cuando crezca sea la mejor fiesta de su vida, al igual que mis padres hicieron conmigo.

Pasamos la tarde trabajando y de un lado a otro. Vamos a casas de vecinos a llevar cosas y otros muchos vienen a la nuestra a lo mismo. Al final, esto es como un hormiguero: todos trabajamos a una para conseguir el botín.

A eso de las siete, mientras Barbie de extrarradio suena de fondo, termino por fin nuestras camisetas.

Cada año las hacemos de una temática diferente, esta vez tocó «Las sardinas», así que nuestra camiseta cuenta con tres sardinas azules en horizontal.

Justo debajo de ellas, en letras, pone «San Juan 2025».

Hasta le hice una a Eloi, ¡va a estar para comérselo!

El timbre de casa suena justo cuando estoy terminando de ponerme la mía. Empiezo a bajar las escaleras y me llega una voz que conozco más de lo que me gustaría. Víctor.

¿Y a este que se le ha perdido por aquí ahora?

Bajo los escalones de dos en dos y lo encuentro en medio de la cocina, conversando con mi madre. La boca se me seca de inmediato en cuanto lo veo. Va guapísimo con unos vaqueros azul marino y un jersey fino de color gris.

—Hola, vecinita . —Creo que esas dos palabras se han convertido en mi peor pesadilla estas últimas semanas. De verdad lo digo—. ¿Te ha comido la lengua el gato?

—Ya te gustaría. —Paso por su lado sin mirarlo y me centro en mi madre—. Ma , tu camiseta.

—¡Ay, toxiño , es preciosa! Cada año las haces mejor.

Sonrío agradecida y me fijo en cómo se la pone sobre su camisa azul cielo. Le queda bien. Incluso las sardinas hacen juego con ese color. Ni que lo hubiese hecho a posta.

—Víctor, Xoán está abajo con Enzo. En breve se irán para la playa, igual deberías ir a preguntarles.

—Perfecto, Fátima, gracias.

Se despide de mi madre con una sonrisa y me guiña un ojo. Hago un amago de una arcada que solo consigue que suelte una carcajada y que baje las escalaras al garaje sin mirarme. Estúpido.

—Compórtese, señorita .

—No he hecho nada, mami .

Pone los ojos en blanco y sigue con sus tareas. Antón aparece poco después con su coche y me ayuda a meter todo lo que tenemos listo. Mis hermanos, mi padre y Víctor ya han desaparecido y mi madre luego bajará con Conchi, así que no hay tiempo que perder.

El paseo y la playa están hasta la bandera y eso que aún quedan dos horas para que empiece la fiesta. Aún no hay hoguera ni música ni comida, pero el ambiente está cargado de magia.

Nerea y Olalla están en medio de la playa, alrededor de donde se va a hacer la hoguera.

Nos saludan con la mano y vienen a nuestro encuentro para ayudarnos con lo que traemos.

Antón coloca el altavoz en la arena y, entre los cuatro, empezamos a hacer un círculo de piedras que será donde encenderemos el fuego.

Cuando sea de madrugada, con las brasas ya casi consumidas, retiraremos las piedras y saltaremos siete veces sobre ellas para que nuestros deseos se cumplan y todo aquello que nos atormente se vaya.

En la bajada de la playa, pegado del muro del espigón, mi padre empieza a instalar las parrillas para hacer las sardinas.

Por lo que veo, Víctor ha venido a ayudarlo; no se separa de él.

Algo me dice que mi padre ha tenido algo que ver con el hecho de que mi querido vecino esté aquí.

No me hace ni pizca de gracia, pero pienso evitarlo toda la noche.

Ese no va a conseguir joderme la fiesta.

Los vecinos van llegando a cuentagotas en la hora siguiente.

La música suena por el altavoz y las brasas de las sardinas empiezan a estar listas.

Ya queda menos para encender la gran hoguera.

Todos nos vamos situando en nuestras respectivas toallas por la playa y, a las nueve en punto, da por empezada la celebración.

Comemos, bebemos, reímos y disfrutamos como si fuese nuestra última noche en la tierra.

Mi padre, con Eloi en brazos, se sitúa en el círculo y todos lo miramos en silencio.

—Estamos aquí para celebrar la noche más mágica del año.

Ya son muchos años los que llevamos juntándonos aquí y espero que vengan otros tantos.

Y sobre todo, lo que más quiero, es que sigamos transmitiendo esta tradición a nuestros hijos, nietos e incluso bisnietos.

Que la magia de San Juan no se apague nunca.

Cierro los ojos, disfrutando de sus palabras y, al momento, un destello hace que los abra. Ahora sí que ha empezado la noche.

Las llamas danzan al son de la música. Yo me he zampado unas seis sardinas y cuatro trozos de empana de xoubas y siento que mi estómago no da para más.

En un momento de la noche, empieza a sonar la canción por excelencia de esta celebración y nos ponemos a bailarla como locos. Pousa Pousa es una canción que tiene sus años, pero eso no impide que tanto mis amigos como yo la cantemos a pleno pulmón.

E pousa, pousa, pousa

E non me toques naquela cousa,

E pousa, pousa e xiña

E non me toques naquela cousiñ a

Mientras el estribillo suena, siento los ojos de Víctor sobre mí.

Si antes me parecía guapo, a la luz de la hoguera me parece irresistible.

No voy a echarle la culpa a los innumerables tintos de verano que me he metido entre pecho y espalda, pero es que el tío está para comérselo.

Y ahora que me está viendo con el ceño fruncido y una mueca de diversión, más aún.

—Deja de comértelo con los ojo, Sabe. —La voz de Antón me trae de vuelta a la realidad. La canción ya terminó y dio paso a otra, pero yo ni me enteré. Vale, igual sí que debo de echarle la culpa al vino—. Si quieres ir a por él, hazlo.

—Voy a la orilla a meter los pies en el agua para bajar este colocón.

—Querrás decir calentón ... —bromea y consigue una peineta de mi parte. Odio cuando se pone graciosillo. Es insoportable.

Camino descalza por la arena, saludando a los innumerables vecinos por los que paso.

Meto los pies en la orilla. El agua está en calma, como si supiera que hoy hay fiesta y quisiera disfrutarla.

Noto su presencia a mi espalda mucho antes de lo que quiero admitir.

No sé si es su perfume —que me llega a lo lejos— o su mera presencia que consigue erizarme la piel.

No dice nada cuando se pone a mi lado y me imita.

Mi vista está perdida en el horizonte. No sé cuantos minutos estamos así hasta que se acerca ligeramente y nuestros brazos se tocan.

Siento una descarga, pero intento disimularlo.

¿Qué coño me pasa?

—¿Lo estás pasando bien? —Su voz rasgada consigue levantar el vuelo de unas cuantas mariposas que tengo en mi estómago. O a lo mejor son náuseas por tenerlo cerca. No sé.

—Muy bien. Adoro esta noche.

—Entiendo el por qué. Es mágica.

Sonrío ante sus palabras, pero no le doy la razón.

—¿Qué vas a pedir de deseo? —me pregunta y yo lo miro como si le hubiesen salido tres cuernos en la cabeza—. ¿Qué pasa?

—¡Eso no se pregunta! Los deseos, al igual que cuando soplas las velas de la tarta de cumpleaños, no pueden decirse. ¡Si no, no se cumplen!

—Vale, vale. Perdón. Era solo por establecer un poco de conversación.

—Igual soy yo la que no quiere hablar contigo.

—Entonces, quizás podamos usar los labios para otra cosa.

No me da tiempo de procesar sus palabras cuando su boca colisiona contra la mía. Apenas es un roce de un par de segundos, pero puedo notar cómo sus labios saben a azúcar —seguramente por las torrijas de Marisa— y a vino. Riquísimos.

Su lengua lame mi labio inferior, pidiendo entrar, pero no le dejo. Me aparto de golpe y me doy cuenta de que mis brazos están alrededor de su cuello y sus manos están clavadas en mis caderas.

¿En qué momento?

Sin mediar palabra y con las mejillas más encendidas que nunca, doy media vuelta y vengo por donde he venido, rezando a todos los dioses que conozco para que nadie se haya dado cuenta de esto.

—Tengo todo el tiempo del mundo, Sabela. Algún día dejarás de escapar.