Capítulo 15
Víctor
L lego a casa con el cuerpo raro. La charla con Sabela no me ha sentado bien. A ver, no voy a ser un mentiroso y decir que esperaba que se lanzase a mis brazos; pero sí que contaba terminar la noche de una manera diferente.
Sabela es caótica, malhumorada y tiene una lengua afilada que me dan ganas de probar para ver si así le quito un poco de veneno. Pero parece que me voy a tener que quedar con las ganas. Decir que me atrae es quedarse corto. No estoy enamorado de ella, jamás lo he estado de nadie.
Pero cada día que pasa, la atracción que se fragua en mi cuerpo hacia ella aumenta.
No sé si es por su pelo rubio y rebelde, que siempre lleva suelto y que huele a coco y salitre.
O por esos preciosos ojos marrones que me miran con un odio fingido, porque en el fondo sé que me desea igual que yo la deseo a ella.
Lo que sí tengo claro es que no pienso ir tras ella. Nunca lo he hecho y nunca lo haré. Tengo objetivos mucho más importantes que conseguir que la loca de mi vecina caiga a mis brazos.
∞∞ ∞
No sé ni qué hora es cuando escucho el teléfono resonar a todo volumen desde mi mesilla. Joder, estoy muerto. Cojo la llamada sin leer el nombre y la voz de mi padre me saluda al otro lado de la línea.
—Buenos días, hijo. —Bufo a modo de respuesta y puedo notar cómo maldice—.
Siento despertarte tan temprano, pero tenemos un problema.
El transportista que iba a llevar los azulejos de los baños de las suites ha tenido un contratiempo y no llegará hasta la semana que viene.
Tienes que buscar otra cosa que hacer por ahí.
—No me jodas. —Genial, mis días no paran de mejorar—. Hablaré con los obreros. A ver si podemos empezar con la cafetería, que era lo siguiente que íbamos a reformar.
—Perfecto. En cuanto sepas algo, me llamas.
—Sin problema.
La llamada se termina y me fijo en la hora: las siete y cuarto de la mañana. Me debato entre volver a dormir unos minutos más o dar mi día por empezado. Aunque la idea de cerrar los ojos es suculenta, el deber me llama. Me levanto a duras penas y me voy a la ducha.
Me preparo un café rápido y me visto con el primer vaquero que encuentro.
También me pongo una camisa blanca y una americana más informal.
Cojo todo lo necesario antes de salir y me voy dando un paseo hasta la obra.
Los obreros empezarán a llegar sobre las ocho menos cuarto, así los esperaré y les contaré la situación .
Bajo por las callejuelas estrechas hasta el puerto y enfilo todo el paseo por la playa.
No soy mucho de madrugar; siempre lo hago por mi trabajo, pero es cierto que madrugar en este lugar tiene magia.
El sol empieza a intuirse por el horizonte y los barcos llegan de faenar. Es una auténtica maravilla.
Me fijo en la playa, y veo que hay un par de personas paseando. Pero mi vista, como si tuviese un imán, se posa en una chica que está en la orilla. Mis labios empiezan a curvarse solos, sin ningún tipo de orden. Me fijo en Simba, que está a su lado saltando sobre las olas que baten en la orilla.
Me acerco hasta el pequeño muro de piedra y me quedo mirándolos un rato, mientras de fondo se escucha el mar.
Como si advirtiese mi presencia, Simba ladra y viene corriendo hacia donde estoy.
Se apoya sobre sus patas traseras y se apoya en el muro para que lo acaricie.
Es un perro precioso. Yo siempre quise uno, pero mi padre nunca me dejó tenerlo, decía que pasaba mucho tiempo fuera de casa como para hacerse cargo de él.
Siempre fue mi sueño frustrado de pequeño.
Ese y el que no me hubiesen regalado nunca el quimicefa , estaba obsesionado con esa mierda.
—¿Qué tal, campeón? —le digo mientras le rasco detrás de las orejas.
Él suelta un ladrido, contento, como si me quisiera responder.
A lo lejos, Sabela se tensa y se da cuenta de quién soy.
Llama a Simba, pero no le hace caso—. Muy bien, campeón, ni se te ocurra marcharte.
Vamos a conseguir que tu dueña venga hasta aquí.
El can vuelve a ladrar y a mover la cola, como si mi plan le pareciese bien. A partir de ahora, es mi ser vivo favorito.
Puedo sentir cómo Sabela protesta, pero se acerca a paso lento hasta mí. Es tan testaruda que me dan ganas de saltar el muro y arrastrarla hasta mi lado.
—¿Qué tal, vecinita ?
Pone los ojos en blanco en cuanto me escucha. Tengo que morderme la lengua para no reírme; sé que, si lo hago, me matará con la mirada.
—Estaba muy bien hasta que te vi.
—Deberías disimular más todo ese deseo que sientes por mí. —Me la estoy jugando diciéndole eso, pero solo por ver cómo sus ojos echan chispas, merece la pena—. ¿Siempre vienes tan pronto a la playa?
No me responde, pero no me sorprende. Parece mentira que —hasta hace un rato— estaba deseando llegar a la obra para contar lo sucedido, y ahora estoy aquí esperando a que me conteste. Parezco idiota.
—Bueno, no eres muy habladora por las mañanas. Me voy, tengo prisa. Ya nos veremos.
—Espero que no —lo dice tan bajo que seguro que piensa que no la he escuchado, pero sí, lo he hecho.
—Es un pueblo pequeño, preciosa , tarde o temprano nos volveremos a encontrar.
Camino sin esperar su respuesta, aunque estoy seguro de que no iba a tenerla.
Al llegar a la obra, algunos de los obreros ya se encuentran en ella.
Les comento de pasada lo mismo que me dijo mi padre hace una hora y se ponen manos a la obra con la cafetería, que va en la primera planta del hotel.
Nuestra intención es que también sea restaurante, pero primero queremos ver cómo queda y, a partir de ahí, tomar la decisión.
Me paso toda la mañana entre llamadas, papeleo, martillazos y todo tipo de sonidos desagradables que están consiguiendo que mi cabeza quiera escaparse de mi cuerpo. Algo me dice que voy a tener que tomarme un par de pastillas para bajar esta molestia que siento.
Cuando se acerca la hora de comer, uno de los obreros me avisa de que Xoán está fuera y que quiere hablar conmigo. Mi cuerpo se tensa, pensando de que ha pasado algo malo, pero me lo encuentro con una sonrisa.
—Buenos días. —Me da un apretón cariñoso en el brazo y pasea su vista por el edificio—. Estáis haciendo un buen trabajo.
—Muchas gracias.
—¿Tienes un minuto? Me gustaría hablar un momento contigo.
Lo hago pasar al despacho y se sienta en una de las dos sillas que hay en la habitación.
—Tú dirás.
—Quería hablar contigo sobre cómo va a ser la selección del personal del hotel. Tú mismo me dijiste que quieres que sea gente del pueblo y me parece maravillosamente bien, pero querría saber si has pensado algo.
—Mi idea es poner un par de anuncios por el pueblo y empezar a hacer entrevistas en un par de semanas. El cotilleo en este pueblo es más rápido que la pólvora, así que cuento conque todo el mundo se dé por enterado .
—¿Te importaría si yo también estoy presente? Puedo echarte una mano. La mayoría de la gente del pueblo es muy válida y muy buena, pero sí que hay algún que otro cafre…
—Me parece una buena idea, Xoán, muchas gracias.
—Gracias a ti, chico. Nunca pensé que un nuevo hotel en el pueblo fuese a parecerme tan bien como me lo parece ahora.
Me tiende la mano y yo se la aprieto. Este hombre cada vez me cae mejor. Su naturalizad y su franqueza es algo que admiro muchísimo. Normal que sea el alcalde del pueblo, daría todo por ellos.
—Ah, por cierto, hoy es la noche de San Juan. El pueblo siempre se reúne en la playa, es tradición. Te espero sobre las siete en mi casa.
Y sin darme opción a réplica, se va por donde ha venido. Fíjate por donde que ir a una hoguera me parece un plan la mar de suculento.
Cuando Xoán sale por la puerta, alcanzo mi móvil del bolsillo de mis pantalones para llamar a mi madre. Es algo que hago todos los días desde que no vivimos juntos, pero desde que me confesó su enfermedad, quiero estar hablando con ella a todas horas. Al segundo tono, contesta con su voz melódica.
—Hola, cariño. ¿Todo bien? —Nunca cambiará. La que está pasando por ese calvario es ella, pero siempre me pone a mí por delante.
—Todo bien. Te llamaba para preguntarte qué tal estás.
—Aburrida, esto de estar de baja no es lo mío.
No la contradigo porque yo sería igual. Mi casa se me cae encima cuando tengo que estar un par de días en ella, así que mis peores épocas son cuando estoy enfermo y no puedo salir a trabajar. No sé a quién habré salido de inquieto .
—Intenta hacer algo con las vecinas. Marga siempre te está invitando a su casa —le propongo. Es una gran vecina y amiga de mi madre desde hace años. Y no es la única. Me alegra que, aunque yo no esté cerca, tenga buena gente a su alrededor por si lo necesita.
—No me controles ni me digas lo que tengo que hacer. ¡Que aquí la adulta soy yo!
Sus palabras consiguen hacerme reír. Me alegra notarla más alegre que hace unos días. Parece que el tratamiento le está yendo bien y que está todo controlado.
—Bueno, señora marquesa, ya no la molesto más. Voy a seguir trabajando.
—Qué envidia me das. Te quiero, cariño. Mucho.
—Y yo a ti, mamá. Descansa, ¿vale? Y cualquier cosa, me llamas.
—Lo sé.
Cuelgo la llamada con una sonrisa en los labios. Si mi madre está bien, nada puede ir mal.