Capítulo 14
Sabela
E stás nervioso, canijo? —pico a mi hermano, que retuerce sus manos sobre el regazo—. Deberías tomarte una tila.
—Y tú deberías cerrar la boca, Sabe. ¡No es un simple partido! Es el más importante de la temporada. Si ganamos, ganaremos el torneo gallego.
—Que sí, lo has dicho mil veces y a mí me sigue sonando igual.
Brais pasa de responderme y suelta un bufido antes de volver a mirar por la ventana. Mis padres van en silencio en los asientos delanteros mientras Have you ever seen the rain suena por los altavoces. Es una de mis canciones favoritas, podría escucharla horas y horas.
Cuarenta minutos más tarde, llegamos al Campo de Fútbol de Muxía. Mi hermano salta del coche casi en marcha y se reúne con los compañeros que ya esperan en la entrada. Nosotros nos dirigimos a la cantina y pedimos unos cafés.
—Estás muy callada hoy, ¿todo bien? —La pregunta de mi madre me pilla desprevenida. Razón no le falta. Llevo dos días con un humor de perros .
—Todo bien, mami . —Beso su mejilla y tomo un trago de mi café que me abrasa un poco la garganta.
No sé cómo he sido tan estúpida de haber caído en las garras de Víctor.
¡Si ni siquiera me gusta! Lo detesto con todo mi ser.
Es guapo, sí, todo hay que decirlo. Y tiene un cuerpo que ya les gustaría a muchos hombres.
Pero una vez abre la boca, lo pierde todo.
Sí que es cierto que ayer me pilló en un momento de debilidad.
Lo que me contó de su madre… Joder, no sé qué haría yo si, en vez de la suya, fuese la mía. Me volvería loca.
Decido no martirizarme más con el tema y me centro en cómo mi hermano y sus compañeros entrenan.
Me fijo en su rostro y, aunque lo tengo lejos, veo la determinación y los nervios en sus ojos.
Si yo nací con el mar en las venas, mi hermano nació con un balón de fútbol en las manos.
Lo tengo clarísimo. Ninguno en casa es futbolero, la verdad.
Mi padre y mi hermano son aficionados a la pesca, a mi madre le gusta nadar y pasear y yo…
Bueno, yo tengo una tienda y eso a veces es deporte de riesgo cuando vienen los nietos de mis vecinas.
En verdad, lo admiro. Mi hermano será un cafre en los estudios y demás, pero algo que me gusta de él es que, cuando se compromete con algo, va hasta el final. Y el fútbol saca ese sentimiento en él.
—Buenas. —Una voz a mi espalda consigue que mi piel se erice. Me giro lentamente y ahí está, el dueño de mi actual quebradero de cabeza—. ¿Qué tal?
—Hola, Víctor. ¡Gracias por venir! —Mi padre se levanta y le da un abrazo de hombres, de estos que se palmean las espaldas con fuerza—. Brais se va a poner muy feliz cuando te vea.
¿Acaso yo me estoy perdiendo algo? Sí, definitivamente estoy más perdida que un pulpo en un garaje.
¿Por qué mi hermano ha invitado a Víctor?
—Brais se encontró ayer a Víctor corriendo y le dijo que hoy jugaba la final del torneo —me dice mi madre bajito mientras el susodicho saluda a mi hermano y este le corresponde con alegría desde donde está—. Se llevan bien. Es con el único con el que puede hablar de fútbol.
Genial, Brais, muchas gracias por tu aportación.
Víctor toma asiento a mi lado con un vaso de cerveza en las manos y me guiña el ojo como si nada. Espero que no comente nada de ayer, sino tendré que enterrar su cuerpo y no me apetece.
Intento mantenerme serena y dejo que mis padres monopolicen la conversación mientras yo miro hacia todos lados menos a él. Su rodilla, en un momento dado, se roza contra la mía provocando que dé un respingo que alerta a mis padres, que me miran como si tuviese el pelo verde.
—¿Todo bien, toxiño ? —me pregunta mi progenitor y yo asiento—. ¿Te gusta pescar, Víctor?
—Nunca lo he probado, ahora que lo dices.
—Enzo y yo vamos alguna que otra vez. Si algún día quieres animarte, eres más que bienvenido.
—Gracias, Xoán, te tomo la palabra.
—¿La obra cómo va? —Esta es mi madre, que se lo pregunta con una sonrisa.
—Pues va muy bien, por suerte. Esta semana hemos avanzado mucho. Contamos con abrir a finales de este año, si todo sigue así .
Cuando va a ser la hora de empezar el partido, nos dirigimos a la grada y, cómo no, termino sentada a su lado. Otra vez. Justo en ese instante, Enzo, Uxía y mi ahijado llegan y se sientan en los sitios libres que mis padres guardaron.
Los futbolistas salen al campo y, tras los respectivos saludos y demás, da por comienzo el partido. La primera parte no va bien, perdemos 1-0. Seguro que mi hermano tiene que estar tirándose de los pelos en el vestuario mientras están en el descanso.
Empatamos en el minuto cincuenta, poco después de empezar la segunda parte. Yo sonrío con orgullo porque el gol es obra de Brais. Él viene a celebrarlo a la grada y nos señala a todos, dedicándolo.
Los siguientes minutos son una agonía. Nos pitan un penalti en contra y, por suerte, nuestro portero lo para. Mi hermano y sus compañeros lo abrazan mientras los demás gritamos, dando ánimos.
Quedan seis minutos para que termine el tiempo reglamentario y, en una falta a favor nuestra al borde del área, Roi mete un golazo que consigue que toda la grada estalle en vítores como si hubiésemos ganado la Champions.
En cuanto el pitido final suena, los jugadores se reúnen a celebrarlo. Yo chillo emocionada y me fijo en Víctor, que me mira sonriendo como si quisiera decirme algo pero no se atreve. Me abrazo a mis padres con ansias y puedo ver cómo a mi madre se le escapa una lágrima.
∞∞ ∞
Mi hermano se hace de rogar y aparece media hora más tarde. Nos abraza a todos, incluido a Víctor.
—Menudo partidazo habéis hecho. La segunda parte ha sido una pasada —le dice este, consiguiendo que mi hermano sonría de oreja a oreja.
—El gol por la escuadra de Roi fue una delicia. Vamos todos a cenar, ¿no?
—¡Por supuesto! Yo ya había reservado en la de Carmiña, por si caso —nos informa mi padre y mi estómago ruge. Los bocadillos de jamón asado de Carmiña son los mejores que he probado en mi vida.
—¡Estupendo! ¿A qué esperamos, entonces?
Cada uno se dirige a su coche y quedamos en vernos en la bocatería. Nosotros decidimos aparcar en casa y bajar andando. Hace una noche bastante agradable y, sabiendo el poco aparcamiento que hay por la zona, no vamos a arriesgarnos.
Víctor se encuentra en la entrada del local hablando por teléfono. Su rostro ha cambiado, ya no está sonriente como antes. ¿Estará hablando con su madre? ¿Habrá pasado algo? En cuanto nos ve, se despide y escucho un «Te quiero» antes de ver cómo cuelga y se guarda el móvil en los vaqueros.
—Hoy invito yo —avisa a mi padre en cuanto llegamos a su altura. Este pone cara de asco y niega con la cabeza.
—Ni hablar.
—Brais me ha invitado a ver el partido y, para agradecérselo, os invito a cenar. Otro día dejaré que lo hagáis vosotros.
—Eres un cielo, Víctor. —Mi madre besa su mejilla y yo pongo los ojos en blanco. Lo que hay que aguantar…
Carmiña nos acompaña a nuestra mesa de siempre y se sorprende cuando ve a Víctor con nosotros.
—¿Tú eres el famoso vecino nuevo que tiene locas a todas las mujeres del pueblo?
Su pregunta consigue que la saliva que estoy tragando se me vaya por otro lado y empiece a toser como si no hubiese un mañana.
—Soy el nuevo vecino, sí, pero lo otro creo que es una exageración.
—A mí ya me han venido varias vecinas a decirme lo guapo y buen mozo que eres. Y tengo que darles la razón. Estás de muy buen ver, filliño .
—Gracias, señora.
—Puedes llamarme Carmiña, majo. Os traigo las cartas mientras esperáis a los demás.
Enzo y Uxía llegan pocos minutos más tarde con Eloi en su carrito, profundamente dormido. Tengo que luchar contra mí misma para no tomarlo en brazos y llenarle esa preciosa carita regordeta de besos. Cada día que lo miro es más bonito.
—¿Qué me recomiendas? —Tardo bastante en darme cuenta de que la pregunta de Víctor va dirigida a mí. Sus ojos marrones me miran con intensidad—. ¿Estás bien?
—Sí, perfectamente. Todo está rico, así que pide lo que quieras.
Carmiña nos toma nota a todos y no se me pasa desapercibido el comentario de Víctor en cuanto pido mi bocadillo favorito.
—Yo quiero lo mismo que ella, por favor. Y una cerveza .
Intento no centrarme en él y disfrutar de la cena con mi familia.
Eloi reclama atenciones cuando nos traen la comida y mi cuñada lo coge con sumo cuidado, como si se fuera a romper.
El pequeño se tranquiliza al notarse en brazos de su madre y yo me emociono un poquito.
Pero solo un poquito. Porque la escena es de lo más tierna.
Cenamos charlando y contando anécdotas. Yo intervengo lo justo y necesario para no ser maleducada y mi estómago termina feliz al tener la mejor cena de la historia.
—Hice bien en copiarte. Creo que ha sido el mejor bocadillo que he tomado nunca —me dice en cuanto come su último bocado.
—Yo siempre hago buenas elecciones.
Al terminar, Víctor se empeña en pagar la cuenta y Enzo intenta evitarlo, pero a terco no le gana nadie y nuestro querido vecino se sale con la suya.
Uxía y mi hermano se excusan y se van porque le toca toma al peque; mis padres están de acuerdo en irse para casa también.
Que mañana es lunes y hay que madrugar. Nos despedimos de Víctor y, apenas he dado un par de pasos, cuando una mano cálida sujeta mi muñeca.
—¿Puedo hablar contigo un segundo? —Su voz suena diferente.
Como una súplica. Mi primer instinto es gritar que no y salir corriendo por patas como si tuviese dos años, pero quizás tengamos que mantener esta conversación tarde o temprano.
Así que les digo a mis padres que vayan yendo y yo me quedo con Víctor.
Cruzamos la carretera y nos sentamos en uno de los bancos del paseo que da a la playa. El mar está en calma, al igual que el cielo. No hay muchas noches y apenas corre brisa. Se nota que el verano se está acercando. Aunque no es que sea muy bueno en esta zona.
—¿Hasta cuándo piensas seguir ignorándome?
Su pregunta me pilla desprevenida, pero no me sorprende. Quizás he sido demasiado evidente. Pero es que no quiero tener nada que ver con él. Ni con él ni con nadie del sexo masculino que no sea mi padre, mis hermano o mi perro.
—No te ignoro.
—Venga ya, Sabela, que tenemos una edad.
—¡Habla por ti! Yo estoy joven y fresca como una lechuga.
—Pero eres igual de amarga que una berenjena.
—¿Vas a seguir metiéndote conmigo? Porque si es así cojo y me piro.
—Solo quería saber qué pasó el viernes.
—El viernes no pasó nada —le digo, intentando salir del paso. Víctor frunce el caño y me mira con cara de circunstancias.—¿Qué? Es la verdad.
—O sea que el beso que nos dimos existió en mi mente, ¿no? Joder, qué malas pasadas me juegan los sueños.
—Sí, Víctor, nos besamos. Pero como no se va a volver a repetir, pues no hay más vueltas que darle.
—¿Tan mal beso? —Su ceja se arquea y no puedo evitar soltar una carcajada porque su expresión es de lo más cómica.
—No es eso, pero no me gustas, Víctor. Eres guapo, sí. Mucho. No me gustas para un polvo y menos para algo más.
—Vaya, qué manera de mandarme a la mierda. Tendré que devolver el anillo de pedida que compré ayer.
—Eres un idiota.
—Pues nada, vecinita , que vaya bien tu noche. —Se levanta del banco, dejando un hueco a mi lado y una leve sensación de frío que no sé ni por qué siento—. Ah, una cosa más. Podrás negarlo todo lo que quieras, pero decir que no te gusto es como decir que no necesitas el agua para sobrevivir.
—Te lo tienes muy creído, señor Vázquez. Ni en tus mejores sueños me oirás decir algo así.
—En mis mejores sueños… sí que me lo dices y la cosa termina muy bien. Qué descanses, preciosa .