Capítulo 13
Sabela
G racias por pasarte. A ver si mañana me paso por el supermercado a saludarla. —Mi querida vecina me coge la mejilla derecha y me la aprieta con gusto mientras me sonríe con familiaridad. Yo intento no exteriorizar lo mucho que me duele su pellizco.
En cuanto se va, me acaricio el rostro y lo masajeo con cuidado.
—Madre mía, un minuto más y me hace un lifting . Que no es que lo necesite, pero eso que me ahorraba en el futuro —murmuro mientras guardo el dinero en la caja registradora.
Me fijo en el reloj y, cuando me percato de que ya casi son las ocho de la tarde, cierro la tienda y voy dando un pequeño paseo hasta casa.
Me debato entre ir por el atajo o por la calle principal para ver la obra.
No sé ni para qué me planteo una segunda opción, si ya sé por dónde voy a ir antes de siquiera pensarlo.
Subo con calma, saludando a los escasos vecinos que hay por la calle y, al llegar a la cuesta de siempre, me fijo en la obra. La verdad es que está avanzando a buen ritmo. No es que yo entienda mucho, pero ya se vislumbra cómo la primera planta está prácticamente terminada .
Me fijo a conciencia, no por nada, sino por mero cotilleo.
Otro día más, me doy de bruces con el mismo resultado: Víctor no está. Llevo desde el fin de semana pasado sin verlo, lo cual me genera curiosidad. Pensé que me lo iba a comer con patatas día sí y día también, pero me está dando una tregua.
¿Y yo por qué cojones me preocupo por ese tío?
Lo que me faltaba.
Camino a regañadientes los escasos metros que me quedan hasta llegar a casa y la voz de mi madre me llega desde la entrada.
—¡Brais, o bajas ya o te voy a buscar por las orejas! —Sus palabras me arrancan una carcajada, sé que es capaz de cumplir con su amenaza. Si mi hermano quiere sobrevivir a esta, más le vale apurarse—. Madre mía, no puedo con él.
Abro la puerta y me encuentro con mi madre en medio de las escaleras, bufando mientras mira el reloj.
—¿Ya estáis a la gresca? —le pregunto, antes de darle un beso en la mejilla.
—Tu hermano, ya sabes cómo es. Tenemos ahora el cumpleaños de Roi y vamos a llegar tarde por su culpa.
Es verdad, mi padre me dijo que hoy no cenaban en casa. Se llevan muy bien con los padres de Roi desde siempre y los invitan a sus cumpleaños. Mientras los adolescentes comen, juegan y hacen de las suyas, los padres se hacen compañía.
Brais aparece con cara de pocos amigos unos minutos más tarde.
—A este paso, vas a matar a mamá de un infarto —le digo de broma, pero me gano una mirada nada amigable de su parte.
—El infarto se lo va a provocar su falta de paciencia —contraataca y me da un abrazo antes de dirigirse al garaje, donde mis padres lo esperan subidos al coche.
Simba viene a mi encuentro en cuanto abro la puerta del recibidor y me agacho para acariciarlo. Su lengua, como siempre, me llena la cara de babas. Pero no me importa, ya me limpiaré luego.
—¿Te parece si cojo algo de cenar y nos vamos al faro? Dentro de poco, va a atardecer —le pregunto, aunque sé que no me va a responder con palabras, pero sí lo hace soltando un ladrido y moviendo la cola con interés. Creo que las palabras «playa» y «faro» las entiende a la perfección.
Me preparo un sándwich rápido de jamón serrano y queso, cojo una toalla, dos botellas de agua (una para mí y otra para Simba) y su correa antes de salir de casa. Caminamos los casi treinta minutos que separan mi casa de mi lugar favorito en el mundo.
La tarde está tranquila, apenas nos encontramos a un par de vecinos paseando.
Son casi las nueve cuando llegamos al faro.
Simba corre contento por la explanada y una figura que está sentada en uno de los merenderos llama su atención.
No sé por qué, pero mi perro corre hacia ella ladrando y moviendo la cola de felicidad. Como si ya la conociese.
—Hola, amigo. —Es él. Podría reconocer esa voz entre doscientas personas, si hiciese falta. Víctor levanta la vista y clava sus ojos en mí. Una ligera sonrisa se asoma en sus labios como si, en cierto modo, me esperase—. ¿Qué tal, vecinita ? Hace tiempo que no nos vemos.
No lo admitiría ni en un millón de años, pero verlo consigue que mi estómago dé un pequeño salto mortal. Camino en silencio hasta donde está y ocupo asiento a su lado. Simba ladra para que lo acariciemos, rompiendo así el silencio que nos envuelve.
—¿Has llegado hoy? —le pregunto pasando la mano por el suave pelaje de Simba.
—¿Acaso me has echado de menos?
—La verdad es que no. Por mí, como si te vuelves a ir otra semanita más. El pueblo está la mar de tranquilo sin ti.
Una sonora carcajada brota de su garganta y no intenta disimularla.
—Gracias —me dice sin más en cuanto termina de reírse. Lo miro con el ceño fruncido, sin saber muy bien a qué se refiere—. Necesitaba batallar contigo un poco y reírme. Ha sido una semana de locos.
Su mirada se pierde en el horizonte en cuanto sus palabras salen de su boca. Ahora que me fijo bien, puedo ver cómo tiene unas prominentes ojeras bajo sus ojos. No sé cómo no me he dado cuenta antes de la cara de cansado que tiene. O más bien, desolado.
—¿Ha pasado algo? —Puede que mi pregunta lo incomode o le haga pensar que soy una maldita cotilla, pero sinceramente, me preocupa un poco verlo así.
—He recibido una mala noticia.
No dice nada más. No soy quién para preguntarle, así que saco una botella de agua de la mochila y se la tiendo. Hace un gesto con la cabeza negando mi ofrecimiento, así que la abro y yo misma le doy un largo trago.
—Mi madre tiene cáncer.
Proceso sus palabras con calma mientras sus ojos vuelven a encontrarse con los míos. Un ligero velo de humedad los acompaña, partiéndome un poquito el corazón. Joder, eso sí que no lo esperaba.
—Lo siento muchísimo, Víctor, de verdad. ¿Cómo está?
—Ahora mismo estable por suerte, la operaron hace unas semanas y no me dijo nada. Mi propia madre me ocultó su enfermedad, no quería preocuparme con todo esto del hotel y demás. Y me siento como una mierda de persona por no entender sus señales.
—¿Qué señales?
—De un tiempo para acá, la he notado más cansada cuando hablaba con ella por teléfono, pero siempre lo achacaba a que trabajaba mucho. Y es cierto, mi madre adora su trabajo y muchas veces se ha desvivido por él. Pero no esperaba esto.
—Siento que te hayas tenido que enterar así. ¿Tu padre lo lleva bien?
No se me pasa desapercibida la mueca de disgusto que se le forma en su rostro. Estoy a punto de hablar y disculparme cuando me interrumpe.
—Están separados desde hace varios años. Estoy seguro de que mi padre no sabe, ni sabrá, nada y menos de parte de mi madre.
Asiento sin decir nada y lucho contra el deseo de estirar la mano y acariciar la suya. Aunque sea un simple roce. Pero me contengo.
¿Qué cojones me pasa?
—¿Y a ti qué te trae por aquí? —La voz de Víctor rompe nuevamente el silencio.
—Es mi lugar favorito de todo el pueblo, vengo prácticamente todos los días.
—No me extraña, es un lugar especial. ¿Qué significa esa escultura?
Víctor me señala la estatua de una mujer que se encuentra antes de llegar al faro, en un pequeño círculo de piedra.
—Se llama La Espera . Fue creada en 1920 por una mujer llamada Iria.
Aparece una mujer sosteniendo a un bebé, y simboliza ese tiempo en el que los hombres iban al mar y las esposas y los hijos los esperaban.
Es un homenaje a toda aquella gente que trabaja en este ámbito y que, por desgracia, no siempre vuelve.
—Es un homenaje muy bonito. Y se nota que a ti también te gusta, que te sabes su historia y todo.
—No hay persona en el pueblo que no la sepa. Cada vez que pasa una desgracia en el mar, ya sea de gente de la zona o no, solemos venir a poner flores. Es una pequeña tradición del pueblo.
Víctor me observa con curiosidad y algo más que no logro descifrar.
¿Podría ser admiración? No estoy segura.
Una ligera brisa hace que mi pelo se revuelva y varios mechones terminen sobre mi rostro.
No me ha dado tiempo a levantar la mano para apartarlos cuando la de Víctor se acerca a mi rostro.
Con una delicadeza sorprendente, los enreda entre sus dedos y los coloca tras mi oreja.
Mis ojos se cierran por instinto cuando va bajando por mi mejilla hasta mi cuello. Un escalofrío recorre mi cuerpo sin que pueda remediarlo. Cuando abro los ojos, está tan cerca que puedo notar su respiración chocar contra mi nariz .
No sé si soy yo, o es él, pero la distancia entre nosotros desaparece y mis labios chocan contra los suyos como si fueran un manantial y los míos estuvieran muertos de sed.
Su lengua me pide paso entre mis labios y yo la dejo pasar, enredándola con la mía.
Una de mis manos sube hasta su nuca, acariciando el nacimiento de su pelo mientras que la suya —esa que hace nada me acariciaba el cuello— baja hasta mis caderas, apretándolas.
Es ahí cuando mis ojos se abren de par en par y me aparto como si me quemase. No, no puede ser. No he podido dejar que me bese.
Víctor me mira con los ojos como platos y no se me pasa desapercibida su errática respiración. Su ceño se frunce y, antes de que pueda decir nada más, me levanto de un salto y salgo por patas de allí.
Esto no puede volver a pasar.