Un hotel con vistas al mar Capítulo 12
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Capítulo 12

Víctor

S algo de la sala de juntas con un buen sabor de boca. La obra lleva dos semanas y está yendo por buen camino. Tenemos al mejor equipo de obreros e ingenieros que se podría desear.

—Víctor, ven un momento. —La voz de mi padre me llama desde el interior, por lo que pongo los ojos en blanco. No me apetece mantener otra charla con él. Ya me molesta llamarlo prácticamente todos los días para informarle de la situación en Laxe.

Pablo me da un ligero apretón en el hombro y se despide de mí antes de dirigirse a su despacho.

Entro de nuevo en la sala y tomo asiento en el mismo lugar que antes. Mi padre se mantiene de pie, impertérrito. Seguramente está pensando qué cosa mala puede sacarse esta vez del bolsillo.

—Estás haciendo un buen trabajo, hijo. —Sus palabras hacen que levante la cabeza de golpe y mis ojos choquen con los suyos.

—¿Y el pero ?

—No lo hay.

Algo me cuadra. ¿Mi padre siendo amable?

Joder, igual se está muriendo. ¿ Tendrá hecho el testamento?

—Siempre hay un pero del gran Víctor Vázquez hacia mi persona —murmuro, o más bien, protesto.

—Esta vez no, estás haciendo un buen trabajo. No esperaba que esta propuesta fuese a salir adelante, pero lo estás consiguiendo. Y en unos meses, habrá un nuevo V.V. Hotel en el mercado. Y en su mayoría es gracias a ti.

Me quedo mudo ante sus palabras. Creo que es la primera vez en mis treinta y un años que no recibo una reprimenda de mi progenitor.

No es que haya sido un mal padre ni mucho menos, solo que la palabra «estricto» debería ser su segundo nombre.

Nunca me permitió un signo de flaqueza. Es cierto que, gracias a él, soy muy bueno en lo mío.

Me matriculé con honores en el doble grado de A.D.E.

y Derecho y fui el segundo mejor de mi promoción.

Menos mal que luego tenía a mi madre, su antítesis, para darme todo lo que él no podía.

No sé en qué momento dos personas tan distintas pasan tantos años juntos y deciden a tener un hijo.

Por suerte, eso ya quedó atrás y ahora viven felizmente separados y haciendo su vida cada uno por su cuenta. Fue lo mejor que les podía pasar.

—¿Vas a ir a visitar a tu madre? —me pregunta tras un buen rato en silencio.

—Sí, me marcho después de comer con Pablo y las chicas.

—Dale saludos de mi parte.

Estoy a punto de contestarle que bien podía dárselos él y preocuparse de vez en cuando, pero voy a dejarlo estar.

El señor está de buenas y no quiero entrar en la boca del lobo.

Me despido de mi padre con un apretón de manos y un casto abrazo y voy hacia mi despacho a recoger mis cosas.

Una Sonia ataviada con una falda negra de tubo por las rodillas y una blusa color cereza me está esperando dentro, apoyada en el escritorio.

—No tengo tiempo, preciosa, voy con prisa —le digo intentando ser educado, pero lo último que me apetece es un polvo. Me siento un momento en la silla y recojo con rapidez todos los papeles que tengo sobre la mesa. Quiero salir de aquí cuanto antes.

—Nunca tienes tiempo —protesta, pero no me hace ni caso. Se mueve con esa aura que la caracteriza hasta donde estoy sentado y toma asiento en mi regazo—. ¿Ni siquiera uno rapidito?

Su boca se pierde en mi cuello y, por un momento, me planteo decirle que sí. Pero cuando abro los ojos y veo el rostro de Sabela en vez del suyo, doy un respingo y consigo que ella se levante asustada.

—¿Estás bien? —me pregunta, preocupada.

—Sí, todo bien. Perdona, ya nos veremos.

Beso su mejilla con rapidez y salgo pitando de la oficina.

Mierda, lo que me faltaba. Empezar a ver a la loca de mi vecina hasta en momentos eróticos.

Llego por los pelos al restaurante en el que hemos quedado.

Puto tráfico de Madrid. Ir por la carretera a las dos de la tarde debería considerarse deporte de riesgo.

Al entrar, me fijo en que Pablo ya está sentado en la mesa toqueteando el móvil.

Cuando se da cuenta de mi presencia, me guiña el ojo y me sonríe con picardía.

—Estás perdiendo tu toque, amigo —me comenta con guasa. Lo miro sin saber muy bien a qué se refiere—. Cada vez duras menos .

—Eres imbécil. No me he tirado a Sonia.

—Pobre, con lo contenta que la vi meterse en tu despacho…

Odio esto, de verdad que sí. Lo mío con Sonia es meramente sexual.

Jamás le he dado pie a nada y no por falta de ganas por parte de ella.

Pero yo no quiero relaciones y menos laborales.

Lo que me faltaba. Sonia es un bellezón, no lo niego, pero para un polvo y ya.

Y ella lo sabe. Tampoco le voy a decir a Pablo el motivo por el cual no he hecho nada con Sonia.

Tendría motivos para tomarme el pelo desde hoy hasta nuestra jubilación.

—¡Titoooooooooo! —La voz de mi sobrina consigue que aleje esos malos pensamientos y me giro, buscándola por el local.

La veo corriendo desde la entrada con sus dos chichos moviéndose a ambos lados de su pequeña cabecita. La cojo en brazos una vez llega a mi altura y giro con ella unas cuantas veces, empapándome del sonido de su risa.

—¡Por fin has venido! —Toma mi rostro entre sus manos y me aprieta los mofletes, consiguiendo que mis labios formen una O—. ¿Me has traído algo?

—¡Pero, bueno! El tito no te va a traer nada cada vez que venga, Andrea —le dice Mara, intentando ponerse seria sin mucho esfuerzo.—¿Qué tal todo, Víctor?

Se acerca a darme dos besos y luego toma a su hija en brazos para sentarla en la trona. Mi amigo le da un beso a su mujer y toma asiento a mi lado, justo enfrente de su hija.

—¿Cómo va el hotel? —pregunta Mara en cuanto el camarero nos toma la comanda .

—Muy bien, la obra va viento en popa y estamos cumpliendo con los plazos establecidos.

—Cuando esté hecho, yo quiero una habitación para mí un par de días. Siempre quise visitar esa zona —me dice con una sonrisa.

—La tendrás. El sitio te va a encantar, creo que hemos hecho una elección muy buena.

Hablamos de todo y de nada, aunque quien lleva la voz cantante es el pequeño diablo que tengo sentado a mi derecha.

¿A esta niña no se le gastan las pilas?

∞∞∞

Sobre las cinco, tras casi tres horas de comida, mis amigos se van para casa alegando que la peque tiene que descansar.

No se lo rebato porque hasta creo que yo necesito una siesta después de un par de horas con esa granuja.

Pobre del novio que la quiera dentro de unos años.

Seguro que se la devuelve a sus padres con lacito y todo.

Conduzco hasta mi apartamento y, una vez dentro, me sorprendo al encontrarlo tan frío y diferente.

La chica que viene a limpiar, ahora que no estoy, se pasa una vez por semana para abrirlo un poco y limpiar lo justo.

Voy a mi dormitorio y, mientras suena Africa de TOTO, preparo la maleta para irme a Valladolid un par de días.

Esta vez no he avisado a mi madre, quiero que sea sorpresa.

El trayecto hasta Valladolid se me pasa en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando quiero darme cuenta, estoy enfilando la calle que me lleva hasta la casa de mi madre.

Vive en un pequeño adosado en la zona de Covaresa, una de las mejores zonas residenciales de la ciudad.

La heredó de sus padres en cuanto fallecieron y, mientras estuvo viviendo en Madrid con mi padre y conmigo, veníamos un par de veces al año para escapar del bullicio de la capital.

Además, tiene el Parque de la Covaresa justo enfrente.

Recuerdo pasar mañanas y tardes enteras con la bicicleta de un lado para otro.

Mis peores caídas fueron allí, no lo niego.

Aparco justo enfrente de la puerta del garaje y bajo en busca de mi madre. No llamo al timbre, sino que entro sin avisar con una sonrisa en la cara esperando a que mi progenitora ponga el grito en el cielo.

La casa está en silencio, lo cual me resulta extraño. Mi madre siempre está escuchando algo del fondo: música, una serie o película que ya vio… Abro todas las puertas y me fijo en todas las estancias, pero el resultado es el mismo: vacío.

Cojo el teléfono del bolsillo de mis vaqueros y marco su número. Al segundo tono, escucho su voz al otro lado de la línea.

—Hola, tesoro. —Las alarmas se disparan al escucharla tan cansada. Los lunes trabaja en casa, ¿cómo es que no está aquí y se la escucha así de mal?

—Ya te vale, me has fastidiado la sorpresa, ma .

—¿Qué sorpresa?

—Estoy en casa, pero tú no. ¿Dónde estás?

Mi madre no me responde al momento, sino que se toma unos pocos segundos en hacerlo. Un suspiro que no me gusta un pelo sale de sus labios.

—Estoy en el hospital, cariño.