Capítulo 11
Sabel a
P odéis pasar.
La voz de Enzo nos trae de vuelta a la realidad bien entrada la madrugada. Me fijo en la hora: las cuatro y veintidós. Llevamos aquí desde casi las siete de la tarde. Estar tantas horas de parto debería ser ilegal.
Dejamos primero que pasen mis padres y los de Uxía mientras Brais y yo esperamos al siguiente turno. Los ojos de mi hermano reflejan el amor absoluto, cargados de emoción y felicidad. Me alegro por él. Esta familia acaba de crecer y es absolutamente maravilloso.
Cojo mi móvil del bolsillo de mi chaqueta y abro Instagram para matar el tiempo. Los párpados me pesan, pero me niego a cerrar los ojos antes de ver a mi ahijado. Necesito comprobar que está bien y que ha nacido sano.
Mis padres salen junto a los de Uxía media hora más tarde y es, en ese instante, cuando mi hermano pequeño y yo tomamos el relevo y entramos en la habitación donde se encuentran ellos.
Al entrar, la sonrisa radiante de Uxía nos saluda desde la cama.
Se ve que está agotada aunque intente disimularlo, pero es un agotamiento precioso.
Sus ojos, igual de emocionados que los de Enzo, nos reciben con cariño.
Me fijo en su pecho, donde descansa el nuevo miembro de la familia.
—Chicos, os presento a Eloi —nos dice Uxía con voz contenida mientras aparta un poquito la manta para que podamos verlo—. Cariño, este señorito se llama Brais y va a ser tu tío. Y esta preciosa chica es tu madrina. Espero que no nos vuelva locos a los tres.
Sonrío y una lágrima traicionera cae por mi mejilla.
Enzo me abraza contra su pecho y me da un beso en la sien.
Eloi. Por fin conocemos el nombre; mi hermano y mi cuñada lo mantuvieron en secreto.
Ahora que veo su nariz pequeñita y sus labios entreabiertos, no puedo evitar pensar en que es el nombre perfecto.
«Eloi» en gallego significa próspero y feliz.
Y así es cómo esta familia se siente con su llegada.
—¿Quiere la madrina coger a su ahijado? —me pregunta Uxía con cariño.
Asiento sin articular palabra y tomo en brazos al niño más bonito que he visto nunca. Lo pego contra mi pecho y tomo asiento en el sofá, donde hace escasos segundos estaba mi hermano. Con la mano que tengo libre, acaricio su mejilla, cálida y suave.
—Habéis hecho un gran trabajo, chicos —les digo y ellos sonríen agradecidos.
Brais se acerca a donde estoy y también acaricia su otra mejilla con cariño.
—Tú y yo vamos a ser grandes amigos, peque . Me encargaré de que seas del Barcelona, aunque sea lo último que haga —le susurra, como si el niño le fuese a entender.
Madre mía, adolescentes… Solo saben hablar de fútbol. Mi hermano se lleva una mano a la cabeza y sé que en el fondo está pensando en que va a tener que atar corto a Eloi.
∞∞∞
Si no llega a ser por la insistencia de mi madre, no hubiese abierto la tienda en todo el fin de semana.
¡Acaba de nacer mi ahijado! No sería raro que quisiera tomarme unos días para estar con él y con mi familia.
Pero mi hermano no se despega de Uxía ni del niño, así que supongo que yo no pinto mucho.
Con suerte, en dos días le darán el alta y podré consentirlo todo y más. Uxía se va a arrepentir de haberme puesto como madrina cuando vea todos los regalos que tengo escondidos para él.
Llegué a la conclusión de que no podía cerrar, pero me he permitido el lujo de abrir solo por la mañana.
Cierro por la tarde por motivos personales, o eso es lo que dice el cartel que he colgado nada más llegar a la tienda.
Aunque, bueno, estoy segura de que todo el pueblo ya está al tanto de qué motivos son.
Las noticias por estos lares son así: efectivas y rápidas.
Cuando es casi la hora de cerrar, veo a Víctor entrar por la puerta como Perico por su casa.
—Buenos días —me saluda y se acerca al mostrador—. ¿Qué tal Uxía y el bebé?
Su pregunta me sorprende. Lo último que esperaba era que fuese a aparecer por aquí para interesarse por mi sobrino, pero oye, minipunto a su favor. El único que tiene de momento, cabe destacar.
—Los dos bien. Eloi es un bebé precioso y sano; Uxía está cansada pero feliz. Así que todos contentos.
—Me alegro. Enhorabuena por la parte que te toca.
—Sí, ahora me va a tocar gastarme un dineral en roscones, monas de Pascua y demás hasta que se canse, pero estoy contenta.
Víctor suelta una carcajada ante mis palabras y yo me sorprendo escuchando su risa y encontrándola atractiva.
Por favor, Sabela, para ya.
—¿Necesitabas algo? —le pregunto, intentando librarme de él lo antes posible.
—No, solo venía a preguntarte por ellos. Ya me voy.
Y así es. Sin dejar siquiera que me despida, se da media vuelta y sale de la tienda como si nada de esto hubiera pasado. Va a conseguir volverme loca.
Cierro y me voy dando un paseo para casa. No he traído paraguas y está lloviznando un poco, pero nada que no solucione una buena ducha al llegar a casa y un buen cambio de ropa.
Brais me está esperando en el salón jugando a la play .
Hoy no fue al instituto; ayer, entre pitos y flautas, se acabó acostando a las siete de la mañana en cuanto llegamos del hospital.
Por lo que hoy le dimos el día libre entre todos.
Yo no tuve esa suerte y he tenido que trabajar, pero pienso echarme una siesta de campeonato después de comer .
—¿Y papá? —le pregunto en cuanto dejo mis cosas sobre unas de las sillas del salón—. Pensaba que se iba a tomar el día libre.
—Fue a recoger a mamá a la farmacia, ahora vienen.
Subo a mi cuarto y me cambio de ropa porque odio estar en casa en vaqueros y zapatillas.
Me visto con mi pijama de ositos y voy hacia la cocina tras coger mis auriculares.
Los conecto al móvil y pongo la primera canción de mi playlist semanal.
Por la raja de tu falda de Estopa es la encargada de sacarme el buen humor, a pesar de estar cayéndome de sueño.
Brais pone la mesa y yo meto la lasaña que anoche dejó mi madre en el horno.
No ha terminado la canción cuando la puerta se abre y aparecen mis padres.
—Hola, mis niños. —Mi madre abraza a mi hermano como si no lo hubiese visto desde hace meses y luego toma mis mejillas entre sus manos—. ¿Qué tal la mañana en la tienda, cariño?
—Todo bien, como siempre. Acabo de poner la lasaña en el horno.
—Estupendo, voy a cambiarme y vuelvo.
Me da un beso en la mejilla y desaparece por el pasillo que conduce hasta su habitación. Mi padre también se acerca y me da un ligero apretón en el costado, haciéndome cosquillas. Cosa que odio.
—No sigas por ahí si no quieres acabar mal —lo amenazo con una espátula de madera, pero solo consigo que se ría en mi cara—. Voy a escupirte en el trozo de lasaña, ya verás.
Comemos todos juntos y mis padres se van al hospital. Yo me quedo recogiendo la cocina mientras Brais se prepara para irse a entrenar. Saber que voy a tener la casa para mí sola por la tarde me levanta el ánimo, para qué vamos a negarlo .
Me despido de mi hermanito y subo a mi habitación, donde enciendo el ordenador y busco mi película favorita de todos los tiempos: Objetivo: La Casa Blanca .
No miento si digo que la he visto unas diez veces; de hecho, me sé hasta diálogos y ya no tiene gracia porque el suspense se perdió desde la primera vez que la vi; pero no puedo evitarlo.
Me encanta. Y Gerard Butler es un actor increíble.
Mi móvil suena cuando no ha pasado ni la primera escena y me percato que es una notificación de Instagram.
Una nueva solicitud de seguimiento. Frunzo el ceño porque no es que utilice mucho esta aplicación y pocas son las personas que me siguen, pero la garganta se me seca en cuanto veo de quién proviene la solicitud.
Víctor.
Así que me has estado buscando, vecinito … No esperaba menos de ti.
No acepto la solicitud, solo por el mero hecho de tocarle un poco las narices y hacer que se arrastre un poco.
Entro en su perfil y, para mi sorpresa, lo encuentro público.
Apenas tiene unas diez fotos, parece que es de los míos y usa poco las redes sociales.
Hay un par de fotos que sale con una mujer bellísima; estoy segura de que es su madre, tienen la misma sonrisa.
También hay una foto de uno de los hoteles de su cadena, que —según la ubicación— se encuentra en Madrid.
Las demás fotos son de paisajes. Salvo una, la más reciente.
Sale de perfil, serio y con una cazadora azul marino de Ralph Lauren.
Está para comérselo. De arriba abajo y de un lado a otro. Lástima que sea tan idiota.