Un hotel con vistas al mar Capítulo 10
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Capítulo 10

Sabela

H asta otro día, Carmen. Espero que se mejore de la rodilla.

Carmen es una de mis mejores clientas. Viene todas las tardes a comprar una revista cualquiera para que su nieta destroce en su casa y un par de Chupa Chups de Coca-Cola para su nieto.

Ella dice que no se los da todos, pero algo me dice que sí.

Qué se le va a hacer, es una abuela consentidora de las de toda la vida.

Me fijo en el reloj de muñeca: las cinco y veinte de la tarde. Aún queda mucho para las ocho. Las tardes suelen ser bastante tranquilas, así que me siento en el mostrador y cojo el libro que estoy leyendo.

Apenas he podido avanzar un par de páginas cuando la voz cantarina de mi cuñada aparece por la puerta.

—¿Tú no deberías de estar en casa descansando? —le pregunto, levantando una ceja a modo sorpresa—. A este paso, normal que el niño no quiera salir. Se lo pasa teta ahí dentro. Debe de pensar que está en una montaña rusa constante.

—Me parto contigo. Y ahora, si me permites, me voy a sentar. Me duelen los pies.

—Los pies te duelen porque no pa…

—¡Ni se te ocurra terminar esa frase, Sabela! —Acompaña sus palabras con un dedo amenazante y cara de pocos amigos. En todos estos años que lleva con mi hermano, he aprendido que a Uxía es mejor no llevarle la contraria si quieres seguir conservando todos tus miembros.

Le cedo mi asiento y voy en busca de uno de los taburetes que tengo en el almacén para cuando viene alguna vecina a cotillear. También alcanzo una de las botellas de agua y se la tiendo.

—¿Cómo te encuentras? —le pregunto nada más sentarme a su lado. Ella suspira, pero a la vez una sonrisa se asoma en sus labios—. Algo me dice que bien.

—Estoy cansada las 24 horas del día y…

—Cualquiera lo diría.

Mi cuñada pone los ojos en blanco, pero se abstiene a decirme nada. En el fondo, sabe que tengo razón y no me la quiere dar. Es casi tan orgullosa como yo. Casi.

—Lo que decía: estoy cansada todo el día, pero sabes cómo soy, Sabe, no me apetece estar en cama.

Me aburro yo sola. Tu hermano pasa toda la mañana fuera y parte de la tarde.

¿Qué hago yo salvo aburrirme como una ostra?

Prefiero dar pequeños paseos hasta aquí o hasta la farmacia y, por lo menos, estoy entretenida.

—Ya, te entiendo. Si algún día soy madre, creo que seré igual o peor.

—Dios bendiga al que se junte contigo.

Y, para darle más dramatismo, se persigna. Como si fuese supercristiana. Lo que hay que ver.

—¿Tienes hambre? ¿Te traigo algo? —No he hecho ni el amago de levantarme cuando una de sus manos me agarra de la chaqueta—. ¡No me he movido!

—Ya, pero ibas, y no puedo engordar más. En serio, ¡no puedo! He engordado quince quilos con este sinvergüenza.

—Puedes estar tranquila, a mi hermano le sigues pareciendo igual de atractiva —bromeo, pero al ver cómo se sonroja, algo me dice que no voy muy desencaminada—. Vale, prefiero no saberlo. No tenéis uno y ya estáis practicando para el segundo, ¿eh?

—Paso de ti.

Seguimos charlando un buen rato hasta que el teléfono de Uxía suena y veo que es mi hermano, por lo que me levanto y voy a dejar un par de cajas en el almacén para darles un poco de privacidad.

En ese instante, el timbre de la puerta suena y un Víctor escandalosamente guapo me saluda desde la entrada.

Va vestido con ropa de deporte, como una de las últimas veces que lo vi.

Y, como no iba a ser de otra manera, me deja un poco sin aliento.

—Hola, vecina —me dice, acercándose poco a poco hasta donde estoy—. Hoy tienes compañía. —Señala a Uxía, que se encuentra hablando acaloradamente con Enzo y yo sonrío.

—Es una buena compañía.

—Por lo menos no estás sola y la tarde se te pasa más rápido, ¿no?

—Exacto. ¿Necesitas algo?

—Venía a por esas llaves ácidas que saben a gloria. Una buena bolsa, por favor.

Voy hacia la zona de gominolas y alcanzo unas pinzas y una bolsa .

—¿Las quieres de fresa, cola o multifrutas? —le pregunto, sintiendo su presencia a mi espalda.

—De las tres clases, por favor.

Le lleno la bolsa hasta más no poder y él asiente con una sonrisa que me pone un poco tontorrona, ¿para qué lo vamos a negar? Voy al mostrador y las peso antes de cerrárselas con la cinta. No le he dicho el precio cuando un grito ensordecedor me hace dar un salto.

—Joder, Uxía, ¿a qué vino eso? —pregunto, llevándome una mano al pecho, sintiendo cómo el corazón me bombea a toda velocidad.

—Creo que estoy de parto —murmura casi sin voz.

Mis ojos, al igual que los suyos, se dirigen al suelo. Mierda, hay un charco enorme de agua.

—¡Vamos! —Le tiendo la bolsa de chuches a Víctor y le grito que ya me las pagará—. Venga, Uxía, yo te llevo.

—¿No será mejor que os acerque yo? Estás muy nerviosa para conducir así, Sabela. Además, tengo el coche en la entrada.

Mi cuñada y yo intercambiamos una mirada de auxilio y ella asiente, por lo que entre los dos la metemos en el coche. Víctor arranca en cuanto estamos las dos listas en la parte de atrás.

—Tenemos que llevarla a Cee. Está a unos 40 minutos, es el único hospital de la zona —le indico a Víctor casi sin voz, pero él mete la dirección rápido en su GPS sin perder la vista de la carretera—. Tranquila, cariño, en unas horas ya habrá pasado todo y tendremos a un nuevo miembro en la familia.

Uxía se retuerce de dolor y alcanza mi mano, apretándola a más no poder. En otra ocasión, soltaría alguna barbaridad, pero sabiendo lo mucho que le está doliendo, lo dejo estar.

—Voy a llamar a mis padres y a Enzo, ¿vale?

—Dile a tu hermano que coja todo lo del bebé, por favor —me dice antes de volver a morderse la lengua con una contracción.

Cojo el móvil y busco el nombre de mi hermano y le doy a llamar. Al segundo tono, escucho su voz al otro lado de la línea.

—¿Qué pasó, toxiño ?

—Vas a ser papi, Enzo, estamos de camino a Cee. Nos está llevando Víctor.

—¡No jodas! Vale, mierda, tengo que ir a casa a por las cosas del bebé. —Al instante, escucho un golpe seco y a mi hermano maldecir al otro lado. Uxía, que lo está escuchando todo, pone los ojos en blanco—. ¿Puedes encargarte tú de llamar a mamá y a papá?

—Por supuesto. Nos vemos allí.

Y sin esperar a que conteste, cuelgo y busco el teléfono de mi padre para contarle lo mismo. Por suerte, no reacciona tan mal como Enzo y me asegura que va a recoger a mamá y a Brais y que ya van los tres para allí.

—Ya has avisado a toda la comitiva —murmura Uxía con una sonrisa y yo me acerco para darle un beso en la mejilla—. Gracias, Sabe.

El trayecto hasta Cee se me hace eterno. Víctor y yo intercambiamos alguna mirada fugaz por el retrovisor, pero no tengo tiempo para nada más que para cronometrar las contracciones y darle ánimos a mi cuñada.

Al llegar, Víctor salta del coche en cuanto aparca y me ayuda a sacar a Uxía.

—Vete a por una silla de ruedas, yo la cojo mientras. —Y sin decir más, le pasa un brazo por detrás de las rodillas y otro por la espalda y la alza en brazos del suelo.

—Chaval, ¡peso 65 kilos! Te voy a dejar la espalda hecha un cromo.

No me da tiempo a escuchar lo que él le responde, ya que entro como una exhalación al hospital y pido a gritos una silla de ruedas. Uno de los celadores se encarga de traerla y se la lleva a una de las habitaciones, con nosotros pisándole los talones.

∞∞∞

Media hora más tarde, Enzo llega completamente despeinado y con la sudadera del revés.

—Joder, pensé que no llegaba. ¿Cómo estás, amor? ¿Te encuentras bien? —Se acerca a la cama donde está Uxía, toma su rostro entre sus manos y la mira con una adoración infinita mientras le habla en susurros.

Verlos así, tan bien y felices, hace que se me instale un nudo en la garganta. Eso quería yo con Álvaro antes de enterarme de que tenía una cornamenta tan grande como el papá de Bambi. Por suerte, me he librado a tiempo de él.

—Yo espero fuera, chicos, así os dejo intimidad. —Me acerco a la cama, abrazo a mi hermano y le doy un beso en la frente a Uxía—. Dale duro, cuñi , que quiero conocer a mi ahijado pronto.

Me dedica una sonrisa y un apretón de manos que me llega al alma y mi hermano me da un beso en la mejilla antes de susurrarme un «Gracias».

En cuanto salimos, Víctor y yo nos miramos, pero no decimos nada. La situación ya es bastante surrealista de por sí. Sin poder evitarlo, suelto una risilla de esas que me salen cuando estoy nerviosa. Y él enarca las cejas sin entenderme.

—Gracias por traernos.

—No hay de qué —me asegura sin inmutarse—. ¿Necesitas que te traiga algo? ¿Un café, un bocadillo…?

—No, gracias. Cuando vengan los demás, ya veré qué hago.

—Perfecto.

Pasan los segundos, pero no se mueve del sitio. ¿Acaso no tiene nada que hacer?

—¿No te vas?

Esta vez, es él quien suelta una carcajada y niega con la cabeza. Estoy muy perdida.

—Voy a esperar a que vengan tus padres, no quiero dejarte aquí sola y aburrida.

—No tienes que fingir que te caigo bien, Víctor. —Su nombre lo digo con retintín para chincharlo un poco.

—Yo nunca he dicho que me caigas mal, Sabe. —Él hace lo mismo, pero en ese instante, la voz de mi madre llega desde el fondo del pasillo—. Ahora sí me voy. Hasta otro día, vecina .

Me guiña un ojo y se despide de mis padres y de mi hermano, dejándome con una sensación extraña en la boca del estómago.