Capítulo 9
Sabela
S on las ocho de la tarde cuando por fin cierro la tienda.
Voy a achacar mi mal humor a que es lunes y que no he dormido una mierda, pero en realidad es otro el motivo que ayer me mantuvo en vela.
Y es que mi subconsciente decidió tocarme las narices y se dedicó a pensar en Víctor cada vez que cerraba los ojos.
La primera vez lo dejé pasar, pero a la tercera —cuando ya no había mucha ropa de por medio—, decidí no volver a dormir más por si la cosa se ponía aún más seria.
No voy a admitirlo en voz alta, pero si Víctor está tan bueno en persona como aparecía en mi sueño, Antón tiene razón y es un Dios Griego. Qué abdominales, por favor… Y lo que no son abdominales.
Saludo a los pocos vecinos que hay por la calle a estas horas y me debato entre pasarme por el faro o ir para casa, pero estoy tan cansada que deshecho la primera opción.
Al llegar a la curva para subir a mi casa, algo llama mi atención.
No me jodas .
Avanzo a grandes zancadas hasta el lugar y escucho a Víctor hablar por teléfono. Me quedo a escasos metros de él, observándolo un poco. Quién me vea, ha de pensar que he perdido un tornillo.
No soy tan rápida como me gustaría y, cuando se gira, sus ojos se encuentran con los míos y una ligera sonrisa empieza a formarse en sus labios. Al instante, y sin apartar su mirada de la mía, cuelga la llamada y levanta la mano a modo de saludo.
Me acerco sin devolverle el saludo y me fijo en todo el cristo que hay montado. Una excavadora, un camión, no sé cuántos andamios y decenas de cosas más que no voy a nombrar porque solo aumentaría mi rabia.
—¿Qué parte de «no abarcar mucho en la zona» no entendiste, guapito ?
Víctor sonríe aún más y niega con la cabeza antes de responder.
—Para tu información, guapita , tengo el permiso de tu padre y de los vecinos. Han recibido una cuantiosa suma de dinero para dejarnos sus entradas para poder dejar todo esto. Así que no molestamos a nadie.
—A mí sí me molestas.
—Pero tú no cuentas, preciosa . Haga lo que haga, te va a molestar.
—Eres un cretino —contraataco, no pienso dejarle con la última palabra a él.
—Me han llamado cosas peores. —Su voz suena pausada, como si no tuviese ganas de discutir conmigo—. ¿Te apetece ir a dar un paseo? Luego podría enseñarte mi humilde hogar.
—Antes prefiero arrancarme la piel a cachos.
—Tú te lo pierdes. —Y sin más, me guiña el ojo y sube a su carísimo coche, el cual tiene aparcado justo detrás.
No lo aguanto. Juro que no lo aguanto.
Recorro los escasos metros que quedan hasta mi casa y entro como un vendaval. Mi padre, que se encuentra en el salón, grita mi nombre en cuanto escucha la puerta de la entrada cerrarse.
—Voy, pa , déjame subir unas cosas —miento, pero es que no me apetece hablar con nadie.
Subo a mi habitación y me tiro en cama. «Sabela, hija, tienes que centrarte», me digo a mí misma, pero a la vez no sé cómo lograrlo. ¿Cómo alguien a quien apenas conozco puede afectarme de esta manera? ¡No lo entiendo!
Decido tomarme unos minutos para mí y abro Spotify para poner algo de música.
Le doy al play en modo aleatorio y, al instante, Rompeolas de Loquillo empieza a sonar por los altavoces.
Me tumbo boca arriba y cuento las estrellas que tengo pegadas en el techo.
Son de esas que se iluminan con la oscuridad.
No soy capaz de dormir si no las veo antes.
De pequeña, apenas tenía un par de ellas, pero con los años, fui sumando más hasta que apenas se ve el techo.
Un golpe en la puerta me trae de nuevo a la realidad. Esa de la cual estaba escapando.
—¿Todo bien, toxiño ? —La voz de mi madre llega desde el otro lado, por lo que paro la música y la invito a entrar—. Tienes mala cara.
—La gente me pone mala cara, mamá, no es culpa mía.
Suelta una risilla y se acerca a mi cama, justo donde estoy, y toma asiento a mi lado. Sus manos van hacia mi pelo, enredándose en los innumerables rizos que tengo y que me cuesta domar cada día.
—Y esa gente no será un chico guapísimo llamado Víctor, ¿no?
Bufo como respuesta, no pienso darle la razón a mi madre. Jamás. Antes me bebo un chupito de lejía. Darle la razón significaría vivir el resto de mi vida escuchando sus comentarios y no me apetece. Aunque el bufido le ha confirmado que no se equivoca.
—Tienes que relajarte. Es un vecino más y va a hacer algo bueno para el pueblo. No puedes pelearte con él cada vez que lo veas.
—¿Y quién dice que no puedo?
—Sabela…
Esa mirada. Las miradas de mi madre son matadoras, de verdad. Trago saliva y me tapo los ojos con los brazos. No quiero volver a presenciar otra. Podría hacer como Medusa y convertirme en piedra, así que mejor no arriesgarse.
—¿Por qué no te das una ducha caliente de esas que te gustan con la música a todo trapo y luego cenamos todos? Hoy vienen Enzo y Uxía.
—¿Esa mujer piensa hacerme madrina de una vez o qué? —bromeo, pero razón no me falta. Salió hace dos días de cuentas y mi ahijado no quiere salir. Será que dentro de su madre se está la mar de gusto—. Tendré que hacerte caso.
Mi madre me deja un beso en la frente y me da un apretón en el brazo antes de salir de la habitación. En cuanto me levanto de la cama para coger mi pijama, escucho la voz de mi padre.
—¿Está bien? Hace unos días que la noto rara… —murmura en bajito; bueno, lo intenta. Al final consigo oírlo todo—. Creo que la llegada de Víctor y el nuevo hotel no le están sentando bien.
—Tendrá que acostumbrarse, cariño, no es el fin del mundo.
—Ya sabes cómo es tu hija.
—Igual que su padre —le dice con tono meloso y, al instante, escucho cómo se dan un beso. Madre mía, qué dos.
Cojo todo lo necesario para darme una buena ducha y bajo al piso inferior.
En la planta principal hay un baño, pero a mí me gusta el de abajo.
Está justo al lado del garaje y es minúsculo, pero minúsculo de verdad.
Apenas puedes mear tranquila sin que la lavadora te esté centrifugando las rodillas.
Pero a mí me encanta. De pequeña me escondía aquí para comer los dulces de la tienda que mi tía me daba.
Abro el agua caliente y, mientras espero a que se ponga a la temperatura adecuada, vuelvo a abrir el reproductor de música y dejo que inunde el pequeño cubículo.
∞∞∞
Junio empieza a colarse con calma en el pueblo. A estas alturas, los días son más largos y las mañanas y las noches no son tan frías. Por lo que puedo tomarme la libertad de ir a mojar los pies al mar sin que me caiga la del pulpo.
—¡Sabela! —La voz de Antón me saluda desde la zona de las dunas. Veo cómo se acerca a mí mientras mueve los brazos con entusiasmo—. Ya estás haciendo de las tuyas, ¿eh?
Pongo los ojos en blanco. Según mis amigos y mi familia, es un auténtico delito que quiera bañarme en el mar en los meses que no son verano.
Yo lo veo como una oportunidad de disfrutar de todo lo que me rodea.
Además, si en veintisiete años que tengo, jamás he muerto congelada, será porque tan mal no lo hago, ¿no?
—Sabes que no puedo evitarlo. Hoy se me ha hecho tarde, suelo venir antes.
—Lo sé, todos lo sabemos.
—¿Y tú qué haces aquí? ¿No entras en breve a la consulta? —le pregunto mirando la hora. Son las ocho de la mañana y el centro de salud empieza a las nueve, pero sé que mi amigo prefiere estar antes para organizarse.
—Sí, pero me desperté y vi el día que hacía y me animé a venir. Además, intuía que te encontraría por aquí.
Damos un pequeño paseo de quince minutos antes de que Antón se despida y se vaya al trabajo y yo subo poco a poco caminando hasta casa.
Mis padres ya están despiertos y desayunando, y me uno a ellos tras servirme una buena taza de café.
Brais se une poco después con cara de pocos amigos.
Este chaval no madrugará en su vida, será el mítico pelele que siempre querrá trabajar de tarde.
Nada más terminar, me ofrezco a recoger y me despido de todos. Para ir a la tienda, suelo coger el camino que va hasta la plaza del pueblo. Pero no me voy a engañar, quiero ver cómo avanza la obra, así que doy un atajo y bajo hasta la zona donde se encuentra el edificio.
Intento pasar rápido y sin ser vista, pero no puedo evitar fijarme en Víctor.
Es como si fuese un imán y mis ojos se sintiesen atraídos hacia él.
Acojonante. Está hablando con tres hombres en la entrada.
Esta vez, no va vestido con su espectacular traje ni sus mocasines, sino que lleva un pantalón de chándal gris que se amolda a su increíble trasero y una camiseta de manga larga negra que se ve que usa para hacer ejercicio.
Decir que está para comérselo es quedarse corta. Y eso que lo estoy viendo de espaldas…
Debería ser ilegal pasearse así por la vía pública.