Capítulo 8
Víctor
L a primera semana en Laxe pasa rápido y, con ella, la segunda le sigue el mismo camino. Dirijo mi vista a la ventanilla que hay a mi izquierda y observo cómo nos vamos acercando a la pista de aterrizaje. Madrid, por fin. Bullicio, caos, edificios por doquier… Lo echaba de menos.
En cuanto salgo del avión, conecto de nuevo mi móvil y le envío un mensaje a mi padre.
Hoy tenemos una reunión junto con Pablo y los demás socios y promotores.
Los arquitectos se pasaron la semana pasada por el lugar para darle el visto bueno y a contarnos todo lo que hay que hacerle al edificio.
Si todo va bien, esta reunión será la clave para empezar mañana con la obra.
Y no voy a negarlo, me muero de ganas. Eso querrá decir que pronto podré volver a casa, a mi piso en el Paseo del Prado y a mis escapadas matutinas al parque del Retiro.
Salgo de la terminal, rumbo al parking , y allí me encuentro a mi amigo esperándome. Levanta la mano y me saluda con brío a medida que me acerco a donde está .
—¿Qué tal el viaje? —pregunta en cuanto llego a su altura y me da un apretón en el hombro—. Por cierto, tu sobrina quiere verte, así que más te vale apañártelas para verla esta tarde. No querrás despertar su ira.
Suelto una sonora carcajada porque no lo dice de broma.
El año pasado se enteró de que estuve al lado de su colegio y puso el grito en el cielo porque su tito no fue a buscarla.
Tuve que llevarla a comprar chuches y dos peluches para que dejase estar de morros.
Dios bendiga a su futuro novio o novia, no tendrá cielo y tierra para escapar de ella.
—Bien, aunque estoy reventado. No dormí nada ayer.
Nos metemos en el coche y ponemos rumbo a la empresa.
Mi padre me llama cuando estamos de camino, pero lo ignoro; total, nos vamos a ver en unos minutos.
Pablo se da cuenta y niega con la cabeza, pero se mantiene callado.
Sabia decisión. No me gustaría empezar el día con el pie izquierdo.
Quiero que mi escapada a Madrid sea lo más tranquila posible para luego volver con fuerzas.
Aparcamos en el garaje de la empresa y subimos en ascensor los cuatro pisos que lo separan de la planta principal de la empresa.
Esa misma planta que alberga el despacho de Pablo, de mi padre y el mío.
Sonia, la asistente de mi padre y una buena amiga mía (si se la puede llamar así), me sonríe en cuanto paso por su lado. Ni a mi amigo ni a mí se nos pasa desapercibida la mirada lasciva que me dedica. Pero no estoy para eso ahora, necesito terminar esto cuanto antes.
Llamo con los nudillos al despacho de mi progenitor y este nos hace pasar segundos después.
Me lo encuentro sentado detrás de su inmenso escritorio de caoba, hablando por teléfono mientras toma notas en un papel.
Nos hace un gesto con la mano para que nos sentemos y, poco después, da por finalizada la llamada.
—Hola, hijo. —Me tiende la mano y esboza lo más parecido a una sonrisa antes de ofrecerle la mano a Pablo—. ¿Bien el viaje?
—Sí, todo en orden.
—Me tienes que poner en contexto de todo lo que pasó estas últimas semanas. Pablo me contó un poco por encima, pero quiero escucharlo de ti.
Le explico todo lo que pasó en Laxe. La reunión con Xoán, la actitud de los vecinos… Omito decir nada de Sabela; no es de su incumbencia, pero mentiría si dijera que —cada vez que me acuerdo de ella— no se remueve algo en mi interior. No sabría decir si rabia o deseo. O ambas. Pero me inquieta.
—Perfecto. Vamos a la sala de reuniones, los demás estarán a punto de llegar.
Me sirvo un café antes de ir detrás de él y cojo todo lo necesario de mi despacho para tomar notas.
La reunión se hace interminable. Los imbéciles de los socios de mi padre se empeñan en buscarme las cosquillas.
Tengo que morderme la lengua en más de una ocasión para no saltarles a la yugular.
No podrían ser más idiotas ni aunque se lo propongan.
Pablo debe de pensar igual porque refugia su mirada en el portátil que tiene delante y apenas abre la boca, lo cual es raro.
—El proyecto está aprobado y, la semana que viene, empezaremos con las obras.
No hubo dudas cuando mi padre hizo la proposición hace unos meses —comento cuando ya no puedo callarme más.
Mi padre sonríe, como cada vez que salgo a su favor.
Aunque nunca lo verás darme las gracias por ello—.
¿Alguna pregunta u objeción? Me gustaría irme a casa y no paráis de retrasarme.
Los demás se quedan callados, así que mi padre da por sentada la reunión. Firmamos el acta que Sonia estuvo redactando en todo momento y, con la misma, salgo como una exhalación de la habitación.
—¡Víctor! —Apenas he puesto la mano sobre el pomo de mi despacho cuando mi nombre suena detrás de mí. No hace falta girarme para saber de quién procede esa voz femenina—. ¿Tanta prisa tienes?
—Una poca, ¿necesitas algo? —La pregunta es mera cortesía, pero si no, sé que no me dejará marchar.
—Sí, quería comentarte una cosa, ¿puedo pasar?
Pf, ¿en serio? La conozco demasiado como para saber qué es lo que de verdad esconden sus palabras.
Pero una parte de mí no puede negarse. Quizás es lo que necesito para aliviar un poco la tensión que siento por todo el cuerpo.
Le hago un gesto con la cabeza para que entre y, una vez dentro, su boca busca la mía con desesperación.
La apoyo contra la puerta y mis manos se dirigen a su trasero, apretándolo contra mí.
Al momento puedo notar cómo una erección se instala entre nosotros y un gemido ronco brota de su garganta, quedando acallado por nuestros labios.
La llevo hacia uno de los sofás que hay justo en el lado opuesto del escritorio y la siento a horcajadas sobre mí.
Nos desnudamos con rabia y desesperación.
Cuando quiero darme cuenta, me está poniendo un condón que ella misma traía y se deja caer sobre mí, permitiéndome llenarla por completo.
Cierro los ojos y me concentro en el placer que siento.
Sonia se mueve de arriba abajo con movimientos decididos, como siempre que lo hacemos aquí.
Me araña el pecho y, en ese momento, mis ojos se abren.
Pero no es su pelo negro el que me recibe ni sus ojos verdes, sino que son unos rizos rubios los que me saludan.
Sabela me sonríe y echa la cabeza hacia atrás mientras me cabalga.
Espera, ¿qué?
Parpadeo un par de veces y, esta vez, sí puedo ver a Sonia ante mí. En vez de bajarme el calentón, solo consigue encenderme más y termino corriéndome como nunca mientras ella hace lo mismo encima de mí.
Los dos estamos exhaustos y nuestras respiraciones aún se notan entrecortadas. Sonia se baja de mi regazo y yo no tengo valor de mirarla a la cara.
¿Acaso ha pasado lo que creo que ha pasado o estoy delirando?
—Ha estado brutal, como siempre. —Me fijo en cómo se recoloca la ropa y me guiña el ojo—. Cuando vuelvas, si quieres, repetimos.
Aprovecho para vestirme bien antes de que salga y murmuro un «Chao» como despedida que no la entusiasma. Problema suyo.
Camino hacia el escritorio y me llega un mensaje de Pablo en cuanto me siento:
¿Habéis terminado?
Suelto una carcajada justo en el momento en que la puerta se abre y aparece mi amigo con expresión divertida .
—Madre mía, abre la ventana, apesta a sexo —protesta antes de ocupar asiento delante de mí—. Tienes que dejar de tirarte a Sonia, tío, no te conviene.
«¿Me lo dices o me lo cuentas?», pienso, pero no digo nada. Es mejor que no sepa el desliz que mi mente me dio hace escasos minutos.
—¿A qué se debe tu presencia?
—Tu madre me llamó preocupada porque no le cogías el teléfono, aunque ahora entiendo el motivo —comenta con guasa, pero me mantengo impasible—. Ah, y no te olvides que luego comemos los cuatro.
—Tranquilo, no me olvido. Voy a llamar a mi madre.
Nos despedimos y marco el número de la mujer más importante de mi vida. No tenerla cerca es duro, pero saber que está ahí —a pesar de la distancia— es lo único que necesito para mantenerme cuerdo. Al segundo tono, mi madre descuelga y escucho su cantarina voz al otro lado de la línea.
—¿Acaso hay algo más importante que hablar con tu madre? —pregunta y, aunque sé que es broma, no puedo evitar soltar una carcajada. Esta es Celia, mi querida y dramática madre—. Déjalo, prefiero no saberlo. A veces me olvido de quién eres hijo.
—Pues no deberías olvidarte de eso teniendo en cuenta que me llevaste nueve meses en la barriga. ¿O es que acaso soy adoptado?
—Te recuerdo que eres la viva imagen de tu padre cuando era joven, no me toques las narices.
—Hoy estás peleona, ¿todo bien, ma ?
La escucho suspirar y eso no me gusta. Mi madre es abogada, igual que Pablo, y el trabajo le fascina.
Recuerdo muchas veces, de pequeño, que en vez de pedirle que me contase un cuento, le pedía que me dijera cómo le iba en el trabajo.
Con diez años, sabía más de derecho penal que mucha gente en el primer año de carrera.
Pero a mí me encantaba oírla hablar de toda esa gente a la que defendía.
Me parecía curioso que mi madre, la persona más buena del planeta, tuviera que defender a asesinos y ladrones.
—Mucho trabajo, cariño, pero no te preocupes. Estoy bien. ¿Cuándo vas a venir a verme?
—Deberías bajar el ritmo, mamá, que ya tienes una edad.
—Pero ¿¡tú quién te has creído que eres!? ¡Ni se te ocurra volver a hablar así porque te quito del testamento, Víctor!
Una sonora carcajada brota de mi garganta cuando escucho sus palabras. Siempre que saco este tema, se vuelve loca. Y, para qué mentir, me encanta chincharla un poco.
—El domingo me pasaré. Si tienes tiempo, comemos juntos.
—Siempre tengo tiempo para mi hijo, aunque él a veces se olvide de su madre —protesta, pero puedo notar que lo dice con una sonrisa en los labios. Es de lo que no hay.
—Perfecto, pues ya vamos hablando. Te quiero.
—Y yo a ti, tesoro, más que nada.