Capítulo 7
Sabela
E n cuanto abro del todo la verja de la tienda, una figura alta me saluda desde la puerta. Mis ojos tardan en enfocarlo, pero una vez lo consiguen, bufo como respuesta. ¿Qué se le ha perdido a este tan temprano?
—Hola, vecinita . —Su voz consigue erizarme la piel, pero no quiero que se note—. ¿Puedo pasar?
—¿A qué se debe tu visita?
—Pablo se va hoy a casa con su familia y quería comprarle algo para mi sobrina. He visto que tienes muchas cosas por aquí, así que he pensado: ¿quién mejor que Sabela para ayudarme a escoger?
Lo dice con un retintín que no me gusta un pelo, pero pienso ofrecerle lo más caro para llevarme un buen pellizco de su fortuna y que me deje tranquila.
Me hago a un lado y dejo que pase al interior.
Me fijo en que no va vestido con su habitual traje, sino que lleva un pantalón corto y una camiseta negra que se le ciñe a todos y cada uno de sus músculos.
Si no fuese tan arrogante, besaría el suelo por el que pisa y le pediría que nos dedicásemos algo más que palabras en el almacén, pero me contengo .
No le quito la vista de encima mientras recorre toda la tienda. No es que sea muy grande, pero tiene de todo. Desde chucherías y caramelos, hasta un montón de peluches, juegos y todo tipo de revistas y cromos. Que no se diga que no hay para todos los públicos.
Se detiene delante de un peluche rosa de conejito que lleva una cesta con chocolates en sus brazos. No puedo evitar fijarme en cómo sonríe mientras lo coge.
—Mara me va a matar cuando descubra el chocolate, pero creo que podré soportarlo —me dice mientras deja el peluche en la caja—. ¿Me recomiendas algo más?
—Creo que tengo algo. Dame un segundo.
Voy hacia el almacén, ese donde le haría de todo al señorito estirado, y ojeo una de las últimas cajas de mercancías que llegaron la semana pasada.
Creo recordar que en una de ellas venían unos estuches rosas de unicornios.
Rebusco en una de ellas y voilà , los encuentro.
No sé en qué momento llegué a pedirlos, pero en mi defensa he de decir que son muy monos.
No sé si a la niña le gustarán o qué edad tiene, pero, bueno, es rosa y tiene purpurina.
No creo que tenga que dar más explicaciones.
Se lo enseño y él se limita a asentir y a sacar la cartera del bolsillo de sus pantalones. Me sitúo en la caja y paso los objetos por el lector.
—Son trece con cincuenta, ¿efectivo o tarjeta? —Me señala el datáfono y yo introduzco el importe—. Puedo envolverte los regalos, si quieres. Y tengo unas bolsas de princesas que puede que sean el broche perfecto para el regalo.
—Si no es mucha molestia, te lo agradezco.
Me tomo mi tiempo en coger un papel de regalo adecuado y escoger bien la bolsa.
Al final, me decanto por un papel de ositos y una bolsa donde sale Cenicienta.
Si yo fuese niña, me caería de culo con semejante regalo.
Víctor no me quita el ojo de encima mientras envuelvo los regalos y, aunque jamás vaya a admitirlo en voz alta, ese gesto me pone nerviosa.
Tanto que poco más y me llevo un dedo con el cortador de celo.
—Gracias, Sabela, ha quedado precioso.
—Para eso estamos.
Se despide de mí en cuanto le entrego todo y me guiña un ojo antes de salir por la puerta. Tampoco voy a admitir que me ha dejado con las piernas un poquito temblando.
∞∞∞
El día pasa rápido. Los clientes son los mismos de cada día: a primera hora, los marineros que vienen a comprar el periódico y alguna chuche para sus nietos.
A media mañana, todas las señoras del pueblo vienen a por sus revistas de cocina y, en especial, a cotillear.
Incluso Mercedes deja su tienda desatendida durante cinco minutos para venir a enterarse de cosas.
Esta mujer es de lo que no hay. Y luego, a la hora de comer, justo antes de cerrar, vienen varias madres antes de recoger a los críos en el cole a comprar algunos sobres de cromos.
Lo de siempre y como siempre. Este pueblo es así.
Como en casa y me debato si ir a la playa o al faro, pero como siempre, el faro gana por goleada. Bajo un momento al supermercado para comprar un paquete de patatillas campesinas (mis favoritas de siempre) y una botella de agua. Pongo rumbo a mi lugar favorito del mundo.
Llego al faro poco después y ocupo una de las mesas que hay en la zona.
Hace unos años, construyeron pequeños castros de piedra por toda la ladera que hay delante del faro y también pusieron una mesa de piedra con sus respectivas sillas del mismo material.
Si antes la zona ya era bonita, ahora lo es más.
Me coloco mis auriculares en los oídos y le doy al play para que La costa del silencio de Mago de Oz empiece a sonar. Se puede decir que es una de mis canciones favoritas, aunque no puedo ser objetiva con este grupo. Me encantan todas.
—Hola, Sabela. —Una voz que parece lejana llega a mis oídos. Con la música a todo volumen, normal que no haya oído llegar a nadie. Me giro y mi sangre se hiela al instante. ¿En serio está este aquí ahora?—. ¿Qué tal estás?
—Estaba genial hasta que te he visto —bufo como respuesta y vuelvo a mirar a otro lado. A pesar de la música, puedo escuchar cómo coge y expulsa aire con fuerza. Qué le den—. No estoy de humor para hablar contigo ahora, Álvaro.
—Ni que estuvieses de buen humor algún día —protesta y yo me armo de valor y respiro profundamente porque es eso o levantarme y meterle un buen bofetón.
—No te vi quejarte de ello durante los años que estuvimos juntos, salvo por el pequeño detalle que preferiste el humor de otra antes que el mío —contraataco y, por su expresión, sé que le acabo de dar donde más le duele. La culpa de que no estemos juntos es suya, no mía.
—Ya te dije mil veces que eso fue un error.
—¿Te crees que nací ayer? Estuviste poniéndome los cuernos durante seis meses, Álvaro, ¡SEIS PUTOS MESES! ¿Y tienes los cojones de volver a decirme que fue un error?
—¡Porque es la verdad, lo fue!
—¡Me importa un pimiento! Qué te vaya bien, Álvaro. Y por favor, no vuelvas a cruzarte en mi camino.
Recojo todo a regañadientes. Tengo claro que él no se va a ir, le encanta el drama y montar espectáculo. No entiendo cómo, después de un año, sigue con esta tontería. Ya sé que soy insuperable, pero chico…, valórate un poco.
Como no me apetece ir a casa y sigo con ganas de asesinar a alguien, camino hacia el muelle. No es tan bonito como el faro, pero he vivido tantas historias en este lugar que no tengo dedos suficientes en el cuerpo para contarlas.
Mi abuelo fue pescador desde siempre. Empezó a trabajar con trece años y aquí mismo, en este muelle, conoció a mi abuela.
Fue amor a primera vista, o eso es lo que ellos me contaron.
Mi abuela falleció hace mucho, cuando yo tenía catorce años, pero por desgracia, mi abuelo nos dejó en enero de este año.
Y no hay día que no me acuerde de él. Su voz, su colonia, su pasión por el mar…
Normal que me guste tanto este sitio; llevo la salitre en las venas, igual que él. Y no hay cosa que me haga sentir más orgullosa de mí misma que eso .
Voy tan ensimismada mirando para el mar cuando me doy de bruces contra un obstáculo que no debería estar aquí. Mi torpeza sale a la luz y mi culo termina en el suelo.
—Mierda, qué dolor —protesto mientras me acaricio la nalga derecha, que es la que más ha amortiguado la caída. Mis ojos se elevan y se encuentran con unos de color miel que conozco más de lo que me gustaría admitir—. ¿Es una afición tuya chocarte con chicas guapas y hacer que se caigan al suelo?
—Suelo causar ese efecto en las mujeres, sí. —Una sonrisa socarrona se asoma en sus labios y me tiende una mano para ayudarme—. ¿Y quién dijo que tú eres guapa?
—Lo sé, no hace falta que nadie me lo diga. Además, veo cómo me miras cada vez que nos encontramos.
—¿Y cómo te miro? —pregunta con curiosidad mientras sus comisuras se vuelven a elevar ligeramente.
—Como si quisieras desnudarme con la mirada.
—Tú estás un poco chalada, ¿te lo han dicho alguna vez?
—Demasiadas, pero ya me acostumbré. Qué vaya bien el paseo, vecinito , tengo mejores cosas que hacer que discutir contigo.
Y, sin esperar respuesta y con la cabeza bien alta, sigo mi camino. Me permito sonreír con malicia al notar cómo su mirada se clava en mi espalda. Este hombre no sabe con quién se está metiendo.