Capítulo 6
Víctor
A pesar de la distancia, puedo escuchar cómo la respiración de Sabela se masifica y cómo su corazón bombea con fuerza. Esta chica es indomable.
—Lo peor de la cuesta es que, cuando llueve mucho, el agua se concentra aquí y es un lío limpiar las hojas y demás. —Mi atención se vuelve nuevamente a Xoán, que me observa con una mueca divertida al darse cuenta de que estaba mirando por donde se ha ido Sabela—. No te lo aconsejo, chico.
Pongo cara de no saber nada cuando en realidad sé muy bien a qué se refiere.
No voy a ser yo quien lo diga en voz alta, pero esta chica es exquisita.
Pelo rubio rizado que parece la melena de un león, cuerpo con curvas de infarto y unas piernas kilométricas que le quitan el sentido a cualquiera.
No creo que haya hombre que no cayese rendido a sus pies. Pero tiene razón, no es buena idea.
—Vayamos dentro, pronto comeremos.
Lo sigo de cerca y me fijo nuevamente en la decoración de la casa.
Es pequeña, pero acogedora. Cuenta con tres pisos y varias habitaciones.
Mi vista se pasea por los innumerables cuadros que hay en las paredes.
En casi todos aparece alguien de la familia, ya sea Xoán con su esposa o sus hijos.
Hay uno de ellos que me llama especialmente la atención.
Sale Sabela, sentada en lo que parece el porche de una casa mientras sostiene una guitarra en sus manos.
Sus labios están entreabiertos y mentira si dijera que no me llaman a gritos. Me pregunto a qué sabrán…
—Bonita, ¿a que sí? —Su voz a mi espalda me trae de nuevo a la realidad.
Me doy la vuelta y la encuentro vestida con un peto vaquero y una camiseta amarilla debajo que hace juego con el color de su cabello.
Su pelo está agarrado en una especie de moño, aunque está tan mal hecho que parece un nido de gorriones—. Es del año pasado.
—¿Tocas la guitarra? —pregunto y me doy cuenta de lo estúpido que he sonado.
—¿Respiras para sobrevivir?
Aunque intente evitarlo, una carcajada brota de mi garganta.
Cuando pienso que viene a hacer las paces, vuelve a sorprenderme con una de sus salidas.
Apenas hace cinco días que conozco a esta chica, pero siento como si la conociese de toda la vida.
Su compañía, aunque ha sido breve, me ha teletransportado a mi infancia cuando no paraba de discutir con mis primos por los cromos de fútbol.
— Touché —le contesto y, cuando espero otra reprimenda por su parte, me sorprende dándose la vuelta y dirigiéndose a la cocina.
Me planteo seguirla, pero prefiero no tentar más a la suerte y me voy al comedor, que es donde están Brais y Pablo hablando de fútbol. Este último tiene un botellín de cerveza en la mano y me saluda con la cabeza cuando me ve entrar.
—¿De qué equipo eres, Víctor? —me pegunta Brais en cuanto tomo asiento—. Yo soy del Barcelona.
—Pues tú y yo nos vamos a llevar mal, soy merengón.
—¡Lo sabía! No debí de dejaros entrar, lo supe en cuanto os vi.
En ese momento, la puerta de la entrada se abre y aparece Enzo junto con una mujer embarazada. Pero que muy embarazada. Me levanto en cuanto se acerca y se presenta como Uxía. Intuyo que será su mujer y, por lo tanto, la cuñada de Sabela.
—Encantada. Estaba deseando conoceros, tenéis a todo el pueblo revolucionado —nos dice con una sonrisa sincera. La verdad es que parece una chica muy agradable. Me recuerda a Mara en cierto punto.
—¿De verdad?
—¡Pues claro! No acostumbramos a tener vecinos nuevos todos los días.
Poco después de las presentaciones, nos dirigimos a la terraza, que es donde vamos a comer. Hay que aprovechar que hace buen día. Fátima coloca dos fuentes de marisco en el centro de la mesa y Xoán descorcha una botella de vino tinto. Una vez estamos todos sentados, empezamos a comer.
—Madre mía, está de muerte —comento una vez pruebo una de las nécoras. Hacía años que no tomaba un marisco tan rico—. Intuyo que será de la zona, ¿no?
—Casi, estas vienen de la zona de Noia. Pero sí, son gallegas —me contesta Xoán mientras les hinca el diente a los berberechos .
Para mi sorpresa, la comida es tranquila y amena.
Desde que mis padres se separaron, no he vuelto a hacer ninguna comida familiar.
Ni siquiera en Navidad. Para mí, esto es algo de otro mundo y me sorprende que esté a gusto.
Fátima me pregunta sobre mi familia y Enzo sobre mi trabajo.
Brais a veces suelta alguna que otra pregunta sobre fútbol y su madre le recrimina que no sepa hablar de otra cosa.
Me río tanto con sus ocurrencias que, cuando llega el postre, me duele el estómago.
Y no sé si es porque he comido todo lo que como en tres días o de tanto reír.
Sabela apenas ha abierto la boca más allá para pedirle algo a sus padres o hermanos.
Apenas me mira y, para mi sorpresa, me molesta.
Me gustaría que me dedicase, aunque fuera, una pizca de atención.
Pero me parece a mí que no voy a tener esa suerte.
Por lo menos, no me ha lanzado ninguna pullita. Ni yo a ella, claro está.
Una vez terminamos de comer, Pablo y yo nos despedimos y ponemos rumbo hacia la casa que he alquilado para pasar unos meses hasta que la reforma esté un poco encaminada.
Mi amigo, como no iba a ser de otra manera, el lunes volverá a Madrid junto a su familia, pero a mí me espera un tiempo en este lugar.
Y no me quejo, diría que incluso lo necesito.
La casa es pequeña y acogedora, se nota que la acaban de reformar hace poco.
Está a cinco minutos de la playa, como casi todas las de la zona y tiene un pequeño patio con una zona chill out que usaré para trabajar en los días de verano.
También cuenta con una cocina-salón-comedor, un baño con bañera y dos habitaciones.
Para mí solo, llega de sobra. Ayer me instalé y mañana me llegará todo lo necesario para esta temporada, ya que apenas me traje un par de mudas para estos días.
—¿Cómo estás? —Pablo viene a mi encuentro desde el interior y trae consigo dos vasos con whisky . Parece mentira que el alcohol fuera lo primero que compramos en este pueblo—. Te noto pensativo.
—Me estoy haciendo a la idea de mi nueva vida.
—Solo serán unos meses, luego volverás al bullicio de Madrid, como a ti te gusta.
—Sí, lo sé, solo que es raro construir el hotel aquí. Sabes que mi padre se empeñó y fíjate…, lo ha conseguido. Lo que no sé es por qué, si lo quería tanto, no vino él.
—Sabes que estos días está ocupado con la inauguración de Sevilla, no se lo tengas en cuenta.
Pablo siempre lo defiende. Y ojo, no me quejo de mi padre, pero me hubiese gustado que fuese él quien estuviese aquí. Aunque viéndolo por el lado bueno, si yo no estuviera aquí, no habría conocido a Sabela. Una sonrisa empieza a asomarse en mis labios y mi amigo se da cuenta.
—Pensando otra vez en esa chica, ¿eh? Te gusta. A mí no me engañas, amigo.
—Di lo que quieras, yo a esa loca no la toco ni con un palo.
—Pues yo creo que tu palo sí quiere tocarla.
Se ríe de su propia broma mientras yo suelto un gruñido y me bebo todo el contenido del vaso de golpe. El alcohol baja por mi garganta y me aleja de esos pensamientos. Espero que Sabela no se pasee mucho a la cabeza, sino mi hígado no va a dar mucho de sí.