Capítulo 5
Sabela
E ntro en el único pub que hay a once kilómetros a la redonda, seguida de Olalla y Antón. Nos abrimos paso entre la gente porque está hasta la bandera. Nerea nos saluda desde uno de los taburetes que hay pegados a la barra.
—¡Hola! —La abrazo con cariño en cuanto llego a su altura. Para que luego digan que no soy cariñosa. Esto de trabajar lejos y que no podamos vernos es una mierda—. ¿Qué tal estás?
—No tan bien como tú —bromea y me mira de arriba abajo—. ¡Estás cañón, amiga!
No puedo estar más en desacuerdo con ella, apenas llevo un vaquero del año de la polca y un top negro de hace ya varias temporadas. Mis amigos la saludan y luego nos pedimos unas copas.
El día de hoy lo supero con dos cosas: tirándome al acantilado o emborrachándome. Y yo creo que se nota que he escogido la segunda opción. Avanzamos hasta una de las esquinas del local y conseguimos, no sin mucho esfuerzo, una mesa y cuatro sillas.
—Bueno, cuéntame, ¿es verdad que los chicos del hotel son tan guapos como dicen?
—La pregunta de Nerea no se me pasa desapercibida.
Medito entre si contarle la verdad o una trola, pero termino decantando por la sinceridad.
No he abierto la boca cuando ella contraataca—.
Por tu silencio y la cara que has puesto, lo son.
—Se puede decir que no están mal.
—Pero ¿¡cómo dices eso!? No le hagas ni puñetero caso a esta, tiene el día torcido. Son dos pivonazos y no hay más que hablar. —Ese es Antón, el hombre del grupo al que le gustan los hombres. Valga la redundancia—. Lo que pasa es que nuestra amiga Sabe está picada porque le gusta Víctor.
—Pero ¿¡cómo me va a gustar ese imbécil!? ¿Acaso te ha hecho efecto el cubata tan pronto o es que te está dando una embolia?
—Puedes protestar todo lo que quieras, amiga, pero ambos sabemos que ese chico es un Dios griego y que su actitud de machito te puso cachonda.
Lo que me faltaba…
Pongo los ojos en blanco y me bebo media copa de golpe. Lo que sea para no aguantarlos. Escucho las carcajadas de Nerea y Olalla mientras el gin-tonic baja por mi garganta. A este paso me van a tener que sacar a rastras.
—Voy a tener que ir a visitaros pronto para poder catarlo con mis propios ojos.
—Te digo yo que vas a caer rendida a sus pies, amiga. —Olalla parece que babea por él. Estoy segura de que no lo ha escuchado abrir la boca—. Por cierto, cuando el hotel abra, podremos anotarnos para buscar empleo, ¿no? Estoy deseando cambiar de aires .
Olalla lleva desde los doce años trabajando en el supermercado de la familia.
Tanto ella como su madre y su tía se encargan de llevar el supermercado y, a veces, se deja caer su abuela Marisa, que fue quien lo abrió hace varias décadas.
Es normal que diga eso. Ella ha estudiado ADE y, por desgracia, no hay mucho empleo de eso por aquí.
Antón, por otro lado, sí que trabaja de lo que siempre soñó: médico.
Se sacó la carrera, posteriormente el MIR y ahora es uno de los médicos de familia del centro de salud del pueblo.
La gente está encantada con él porque, además de ser un encanto, es buenísimo en su trabajo y se nota que ha nacido para ello.
Nerea, sin embargo, no ha tenido tanta suerte.
Lleva años moviéndose de un lado a otro, buscando su lugar en el mundo.
Sus padres murieron cuando ella tenía diecisiete años y fue un gran palo para ella.
Pero es la persona que más admiro porque ella sola se ha ido sacando las castañas del fuego.
Y puede que la llegada del hotel no sea tan mala idea para ella.
—¿Vamos a por unos chupitos? —La voz de Olalla me saca de mis pensamientos porque es escuchar la palabra «chupito» y me vengo arriba—. Los de mango de la última vez estaban brutales.
Nos acercamos nuevamente a la barra y pedimos cuatro chupitos. En cuanto uno de los camareros nos los pone delante, cogemos cada uno antes de brindar.
—Por nosotros y porque vengan muchas más noches como esta —propongo y elevo mi vasito por encima de mi cabeza. Nerea se ríe y me secunda, levantando también el suyo. Olalla hace lo mismo y Antón sonríe con picardía .
—Porque Sabela admita que el ricachón está como un tren y se lo tire de una vez por todas.
Le lanzo una mirada asesina mientras los tres se ríen a mi costa. Pero no me importa, lo que de verdad me hace feliz es estar con ellos. Y no pienso dejar de Víctor me arruine esta noche.
∞∞∞
Son las seis de la mañana cuando Antón me deja en casa.
Cada fin de semana que salimos, a uno le toca fastidiarse y no beber.
Esta vez, le tocó el turno a mi querido amigo.
Me ayuda a bajar del coche porque, al final, fueron varios los gin-tonics que degusté.
Me pregunta si quiere que me acompañe a casa, pero niego; puede que esté perjudicada, pero no tanto.
Me tiro en cama nada más entrar en mi habitación y conecto el cargador de mi móvil, el cual murió mientras volvíamos a casa.
Miro hacia el techo y mis ojos se cierran, aunque no es solo por cansancio.
El día de hoy ha sido un cúmulo de emociones y no todas han sido positivas.
Sé que no voy a llevar bien lo del hotel y que, por desgracia, me lo voy a comer con patatas.
Lo único que puedo hacer es hacerle la vida un poco menos fácil al estirado de Víctor.
∞∞∞
Me despierto desorientada lo que me parecen diez horas más tarde.
El sol se cuela por la ventana y maldigo para mis adentros por no haberme acordado de bajar la persiana.
Le echaré al culpa a los gin-tonics. Me fijo en el reloj que tengo en la pared del otro extremo de la habitación y compruebo que pasan unos minutos de las once de la mañana.
Madre mía, apenas he dormido cinco horas.
Me planteo si seguir durmiendo o dejarlo pasar, pero cuando doy un par de vueltas y no consigo encontrar la postura, suelto un sonoro suspiro y me levanto de un salto.
La cabeza aún me da vueltas, pero nada que no pueda solucionar con un café.
Los sábados y los domingos, tanto Enzo como yo, nos turnamos en la tienda.
Así ambos podemos disfrutar del fin de semana.
Bajo a la cocina y me encuentro con mi padre leyendo el periódico con una taza humeante de café al lado. Qué raro, eso suele hacerlo a las ocho de la mañana, no tan tarde.
—¿Todo bien, papá? —Camino hacia donde está y le doy un beso de buenos días.
—Sí, ya sabes que los sábados el periódico llega más tarde. —Tiene razón—. ¿Qué vas a hacer hoy?
—Creo que voy a bajar un rato a la playa, me apetece nadar un poco.
Mi padre suelta un bufido y me mira de reojo mientras me sirvo mi taza a rebosar de café.
—¿Qué pasa?
—Aún estamos en mayo, hija, el agua está a diez grados como mucho. Vas a coger una pulmonía.
—Me vendrá bien para que se me vaya la resaca. No te preocupes, será breve .
Me visto en cuanto termino de desayunar y salgo corriendo de casa mientras escucho de nuevo las protestas de mi padre. Él no lo entiende. No logra comprender que el mar es mi vida y que da igual que sea invierno, primavera o verano. Yo siempre lo voy a necesitar.
Dejo las cosas en la arena, a un par de metros de la orilla. Hay varias personas paseando por la playa, pero dada la inmensidad de la playa, apenas parece que haya nadie.
Camino hasta el mar y, una vez mis pies tocan el agua fría, se me escapa una sonrisa.
Si no muero congelada, habrá merecido la pena.
Estoy por asegurar que, las pocas personas que hay por aquí, me miran como si estuviese loca.
Y puede que lo esté, pero el sentimiento de libertad que siento es mucho más grande que el de frío. Os lo puedo asegurar.
Me adentro hacia la zona profunda y noto cómo dejo de sentir los dedos de mis pies.
—Joder, sí que está fría —protesto para mis adentros, pero continúo caminando hasta que me llega por la zona del pecho—. Creo que hasta aquí será suficiente.
Me quedo unos minutos quieta, contemplando el mar y el horizonte mientras las olas me mecen.
—¡Sabelaaaa! —Mi nombre suena detrás de mí y me giro para contemplar a mi hermano mayor, quien me mira desde la orilla. Pero ¿cuánto tiempo llevo aquí? Si Enzo está en la playa, es que ya ha terminado el turno—. ¿Qué haces dentro del agua, loca? ¡Aún estamos en mayo!
—No seas como papá, anda, que no te pega .
Salgo a regañadientes y me seco a todo correr. Tiene razón, no es que haga especial calor, pero es que me apetecía. Y no hay más que hablar. Paso de ponerme la ropa porque la mojaría, así que me abrazo bien a la toalla y cojo todo antes de seguirlo.
Al llegar a casa, entro por la puerta de atrás para no salpicar todo y tener que escuchar los gritos de mi madre. Creo que, por hoy, las reprimendas las tengo cubiertas. Cuelgo la toalla para que se seque y escucho unas voces que se acercan.
—Y esta es la terraza. No es muy grande porque la cuesta ocupa mucho, pero para nosotros seis nos da de sobra.
—La voz de mi padre llega hasta donde me encuentro.
¿Y este con quién habla? Dejo la toalla y me acerco, pero mis pies frenan en seco cuando me doy cuenta a quién se dirige.
Unos ojos castaños me miran con picardía y unos blanquísimos dientes me dan la bienvenida—.
Ah, estás aquí. Como puedes ver, mi hija no está muy bien de la cabeza. Se acaba de ir a bañar en pleno mayo.
—Papá, no empieces, anda —protesto, intentando no hacerle caso a nuestro invitado que noto cómo me recorre el cuerpo con los ojos. Creo que incluso puede notar cómo los pezones se me endurecen, pero le echaré la culpa al frío—. ¿Por qué el señorito Víctor nos regala su compañía?
—Mamá los invitó ayer a comer, así que pórtate bien.
Víctor suelta una risilla entre dientes mientras fulmino a mi progenitor con la mirada. ¿Acaso no se les ocurrió avisarme antes?
—Genial, muy amable por su parte. Si me disculpáis, me voy a vestir, no quiero coger frío y perderme esta agradable comida .
Avanzo hacia el interior y noto cómo mi brazo se roza con el de Víctor en cuanto paso por su lado.
Nuestros ojos se encuentran y, ahora que lo tengo muy cerca, percibo ciertas motas doradas alrededor de su iris.
Corto el contacto visual como un fogonazo y corro hacia mi dormitorio, que es el único que se encuentra en la buhardilla de la casa.
No voy a admitirlo, pero soy afortunada de tener este espacio para mí.
Aquí arriba tengo todo lo que quiero: mi tocadiscos junto con un gran estante con mis discos de vinilo, una ventana pequeña que da al mar, mi cama de dos metros —me encanta dar vueltas y vueltas en ella— y mi pequeño escritorio, donde me gusta componer de vez en cuando.
Se puede decir que soy feliz con poco, pero me encanta.