Un hotel con vistas al mar Capítulo 4
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Capítulo 4

Sabela

—Me cago en todo. —Salgo de la cama a regañadientes y protesto cuando mis pies tocan el helado suelo de mi habitación—. Necesito una alfombra calentita con urgencia.

Coloco la dichosa sábana y me tumbo de nuevo, tapándome hasta la nariz. Me encanta esta sensación de que fuera haga algo de fresquito y taparme como si fuese un esquimal.

Un ruido fuera me sobresalta, pero no le hago caso. Será el gato del vecino, siempre viene a hacer la ronda nocturna a nuestra casa.

Cuando ya llevo así unos minutos, desisto de mi empeño y me incorporo.

Busco a tientas el móvil, que descansa sobre mi mesilla, y abro la aplicación de Instagram.

Tecleo «Víctor Vázquez» en el buscador, pero como es evidente, hay cientos de ellos.

La cierro, abro Google y ahí sí que encuentro lo que busco.

Abro el primer enlace y lo primero que veo es «V.V.

Hoteles». Empiezo a leer y me sorprendo tras ver la cantidad de franquicias que tienen en ciudades conocidas: Vigo, Santiago, Madrid, Barcelona…

Y la lista sigue con unas cuantas ciudades más.

¿Qué se les ha perdido aquí? No lo entiendo.

Sigo bajando por la noticia y una foto toma toda mi atención.

En ella, aparece el señorito Víctor al lado de su amigo y de otro hombre más mayor.

No lo conozco de nada, pero solo hay que verlos unos segundos para darte cuenta de que son padre e hijo.

Aquí no hay prueba de paternidad posible, son dos gotas de agua.

Pelo corto oscuro, los mismos ojos y esas facciones varoniles la mar de sexis. Madre mía, hasta el padre está cañón.

Rebusco un poco más, pero todas las noticias dicen lo mismo: que si son muy famosos, que si se están expandiendo… Aburrido.

Cuando estoy a punto de cerrar el móvil y dejarlo donde estaba, un titular llama mi atención: «El hijo del famoso Víctor Vázquez es visto con una modelo por las calles de Madrid. ¿Nueva conquista de la semana?».

Joder con Víctor, se ve que las mata callando.

Esto sí que es información de la buena. Entro y leo como si me fuese la vida en ello.

La imagen que tengo de él no mejora. Vale que en las noticias se miente y se exagera mucho, pero…

Ahora sí que dejo de leer, porque noto que la rabia me empieza a subir por el estómago.

A menudo elemento vamos a tener por aquí…

Que se vayan preparando todas las mujeres, Víctor Vázquez anda suelto .

Me dirijo a la cocina con sumo sigilo y me preparo un café con leche de soja porque, si no, no soy persona.

Me lo bebo de pie, apoyada en la encimera mientras veo el mar desde la ventana.

Dicen que el dinero da la felicidad, pero a mí la felicidad me la da esto.

Estas vistas, esta tranquilidad… No hay tráfico, ni contaminación lumínica, ni ruidos ensordecedores.

Aquí, si abres la ventana, solo escucharás las voces de los vecinos, los pájaros o el mar.

Nada más. Y con eso somos felices todos los del pueblo.

Solo espero que nuestro querido amigo no termine con todo esto.

Tras mi paseo matutino y el desayuno con la familia, ponemos rumbo al ayuntamiento tras dejar a Brais en el instituto. El pobre protestó lo más grande para asistir al pleno, pero no tiene la mayoría de edad, así que se tiene que aguantar e ir a clase.

Al llegar al ayuntamiento, decenas de vecinos se encuentran a las puertas, entre los cuales están mis dos queridos amigos entablando conversación con Mercedes. Bueno, ya sabemos para quién irá el voto de la señora, a juzgar por cómo los mira y los presenta a sus amigas. Menuda cotilla está hecha.

—Podemos entrar todos a la sala, pero en orden, por favor.

Mi padre dirige la muchedumbre y, poco a poco, conseguimos pasar.

Mi progenitor ocupa su preciado puesto en la mesa principal, delante de todos lo demás vecinos.

Mi hermano se sienta a su lado. Yo me limito a quedarme de pie a su derecha, más que nada por si hay que saltar encima de alguno, tener más facilidad a la hora de moverme.

Antes de empezar, mi padre me hace un gesto para que me acerque a él y no hace falta ser muy inteligente para saber qué me va a decir :

—Como la líes, te pongo coliflor una semana para comer, tú verás.

Suelto un suspiro, resignada. Mejor estoy calladita porque seguro que lo cumple. Ya me lo hizo una vez y no tengo ganas de que vuelva a cumplir su promesa.

Víctor y su abogado se sientan en la primera fila, a escasos metros de mí, lo cual es genial. Así podré ver, en primer plano, sus caras de fastidio cuando haya mayoría de votos en contra.

Cuando todo el mundo está en la sala, bien sentados o de pie, mi padre da por comenzada la asamblea y expone brevemente el punto del día que ya todos saben: la aprobación o reprobación de la construcción de un nuevo hotel.

—Si mis cálculos no fallan, ahora mismo sois unas doscientas personas las que estáis hoy aquí. Muchos sois los o las representantes de la unidad familiar, pero para que no haya líos, haremos los votos colectivos —explica y luego le cede el turno a mi hermano.

—Para que se apruebe la construcción del hotel, se necesitan el 80% de los votos, ni uno más ni uno menos. Así que, de doscientos, ciento sesenta tiene que positivo. Y ahora, vamos a dejar que Víctor, uno de los dueños de la cadena, nos explique un poco el proyecto.

Enzo le cede la palabra y el señorito, antes de ponerse de pie, me lanza una mirada de lo más arrogante. «Tranquilo, cariño, quien ríe último, ríe mejor». Se coloca dando la cara a los vecinos y puedo escuchar algún que otro suspiro. Qué hora más larga va a ser esta…

—Buenos días a todos y a todas. Me llamo Víctor y soy uno de los dueños de V.V. Hoteles, una cadena bastante famosa que se ha ido expandiendo desde hace más de ochenta años …

Desconecto cuando empieza a hablar de temas profundos.

Me giro y contemplo la playa. Aquí no importa dónde vivas o dónde trabajes, casi todos los lugares miran hacia el mar. Y eso es maravilloso. No sé cuánto tiempo pasa hablando, pero solo sé que vuelvo a la realidad cuando escucho mi nombre.

—¿Verdad, señorita Sabela?

¿Cómo sabe mi nombre? Que yo recuerde, no se lo he dicho. Seguro que ha sido Mercedes, estoy segura.

—Disculpe, señor Víctor, no le estaba escuchando. —Remarco la palabra señor y sonrío como si no hubiese roto un plato en la vida—.  ¿Qué me decía?

—Que si no cree que es maravilloso que haya un nuevo hotel que genere turismo y más empleo.

Vale, ahí sí que me ha pillado. Sé de sobra que el trabajo escasea y que muchas personas se mueven a los pueblos vecinos para trabajar, pero no le voy a dar el gusto de decirle algo positivo a eso.

—Puede.

Me guiña el ojo y sigue hablando hacia los demás. No me quiero girar y mirar a mi padre, seguro que me echa una de sus miradas asesinas y no estoy preparada para ellas.

—Bien, vecinos, ya habéis escuchado a Víctor. Ahora iremos diciendo vuestros nombres y diréis «Sí» o «No». —Mi padre prepara el acta y se la tiende a mi hermano antes de dirigirse a Víctor—. Suerte, señor Vázquez.

Este asiente con la mirada y toma asiento junto donde estaba, no sin antes lanzarme una mirada fugaz que logro esquivar .

Mi padre empieza a llamar, y mientras mi hermano anota el veredicto de cada uno, mis piernas empiezan a convertirse en gelatina ante la cantidad de «Sí» que estoy escuchando. No me lo puedo creer… A mitad de sondeo, se dicen los resultados: 78 votos a favor y 22 en contra. Esto no pinta bien.

Cuando llega mi turno, mi hermano me mira con una sonrisa porque sabe lo que voy a decir.

—¡No! —grito orgullosa y levanto la barbilla. Aunque no salga bien la cosa, que se note que yo desde un primer momento he estado en contra de esta locura.

A falta de dos votos, esto ya está visto para sentencia. Hay 32 en contra y el resto a favor, por lo que da igual lo que opinen estas personas. El proyecto del hotel va a salir adelante.

—Vecinos, damos por concluida la votación. Señor Vázquez, enhorabuena y bienvenido al pueblo. Esperemos que nos haga caso y que el hotel sea próspero para todos.

No quiero escuchar más y salgo pitando de la sala. Debería ir a la tienda y abrirla, pero no me apetece. Así que me dirijo al único lugar en el que soy yo misma: el faro.

Este faro ha sido testigo de mi primer suspenso en el instituto, de mi primer beso, de mi primer desamor, de mi tristeza tras la muerte de mis abuelos… He pasado tantas cosas aquí que, si pudiese hablar, se quejaría de lo pesada y dramática que soy. Pero como no puede, que me aguante.

Al poco tiempo, escucho unos neumáticos acercarse por la grava y no me hace falta levantar la vista para saber que es mi madre. Es la única que conoce mi paradero, muchas veces ha tenido que venir aquí a buscar mientras yo solo hacía llorar a lágrima viva.

—Sabía que te encontraría aquí —susurra una vez se sienta a mi lado, en la piedra. Besa mi pelo y acaricia mi espalda con cariño—. Sabes que no es tan malo como lo quieres ver, ¿no?

—Mamá, sí que lo es. Somos un pueblo pequeño que no necesita más. Vale que los puestos de trabajo y demás no es mala idea, pero como empecemos así, este pueblo será un Madrid más lleno de edificios, caos y contaminación. Y no quiero eso.

—Tesoro, eso no va a pasar porque no vamos a dejar que suceda. Es solo un hotel y el chico ha prometido no hacer cambios a los alrededores. Vamos a darle un voto de confianza. Además, es muy guapo. —Acompaña sus palabras con un ligero toque en el costado que me hace sonreír.

—Pues a mí me parece horrible —contraataco, aunque ni ella y yo nos creemos esa mentira—. Tanto que no lo tocaría ni con un palo.

—Espero que sigas diciéndolo el tiempo que esté por aquí.

Y sin añadir nada más, me da un abrazo y se aleja por donde ha venido, dejándome sola con el murmuro de las olas de fondo. Espero que mi madre tenga razón. Menos en lo de Víctor, ese pensamiento no va a desaparecer jamás.