Capítulo 3
Víctor
E ntro al despacho con Pablo pisándome los talones. Ni en un millón de años hubiese pensado que mi llegada a este pueblo fuese a ser tan entretenida.
—Disculpen a mi hija, Sabela. Ama a este pueblo más de lo que se ama así misma y a veces los cambios no los tolera bien.
El hombre de mediana edad que nos habla debe de ser el tal Xoán, el alcalde el pueblo.
Vaya, es joven. Me recuerda a mi padre, incluso diría que son de la misma quinta.
Pelo oscuro salpicado de canas, barba de un par de días y complexión alta y algo atlética diría yo.
Este lugar no deja de sorprenderme. Un hombre más joven entra en la sala y se presenta como Enzo antes de tomar asiento junto con Xoán.
—Soy el hijo de este buen hombre y me encargo del tema de urbanismo —nos comenta y deja una pila de papeles sobre la mesa. Lo reconozco al instante: es la propuesta que mandamos hace un par de semanas—. ¿Quieren algo? ¿Café, agua, té…?
—No, gracias. Me gustaría saber qué opinan de la propuesta de nuestra empresa. —Voy al grano, como debe ser. Nunca me gustaron los rodeos y esta situación no iba a ser diferente.
Tanto Xoán como Enzo se lanzan una mirada cómplice y este último sonríe levemente. Algo me dice que les gusta mi determinación.
—La propuesta es muy buena, señor Vázquez, sería muy idiota si dijese lo contrario.
Pero le voy a ser sincero… —Xoán hace una pausa y le lanza una nueva mirada a su hijo, quien asiente.
Estos dos tienen un lenguaje padre e hijo que solo ellos entienden—.
Yo nunca doy el visto bueno hasta que todo el pueblo no está de acuerdo.
Apenas somos 3.000 habitantes y es importante para mí que todos estemos felices y a gusto con lo que tenemos. ¿Me explico?
—Perfectamente.
—Bien, pues a raíz de este comentario, me viene una pregunta: ¿Por qué Laxe?
No suelo quedarme en blanco y menos en momentos así. Siempre sé que hacer o qué decir y, aunque sabía que esta pregunta iba a salir a la luz, siento que todo lo que tenía preparado se ha esfumado de mi cerebro. Pablo me pega un traspiés por debajo de la mesa y me trae de vuelta a la realidad.
—Sé que le puede parecer raro, pero hemos estudiado muchísimo esta zona —empieza a decir Pablo, bajo mi atenta mirada—.
A Costa da Morte es un lugar muy turístico.
Quizás solo sea de paso, por eso queremos entrar en el mercado.
Solo el año pasado, el faro de Camariñas registró casi 4.
000 visitantes en el mes de agosto. ¿Por qué una parte de ellos no querría alojarse en un hotel a pie de playa en esta zona?
Y pongo el ejemplo de ese faro como podría poner el de aquí o el de Muxía.
Son lugares concurridos y que, gracias a la cercanía con Fisterra, que es donde muchos peregrinos terminan el Camino de Santiago, estos últimos años han crecido mucho.
Se dice que alrededor de 14.000 peregrinos terminan el camino allí. Las cifras son interesantes, ¿no cree?
—Lo son, por supuesto. No digo lo contrario, pero Laxe no es Fisterra. Este pueblo es más pequeño y tranquilo. Como pudo comprobar hoy, las calles importantes apenas son cinco.
—Lo sabemos, Xoán, de verdad. Pero no importa, el estudio y los números salen bien parados. Y a nosotros nos encanta el lugar. ¿Verdad, Víctor?
—Mucho. Creemos que tiene mucho encanto y que se puede explotar todo el potencial.
Xoán se queda callado, nos mira y también mira a su hijo, pero no dice nada. Sé que se lo está pensando. En el fondo, tenemos el sí por su parte. Lo malo es que habrá que convencer a todo el pueblo de que nuestra idea es buena.
—Permíteme que le recuerde que el hotel generará muchos puestos de trabajo, que seguramente la juventud agradezca.
—Mis palabras consiguen que me preste atención de nuevo—.
Es un dato muy suculento y más si quieres, como bien dices, que el pueblo esté feliz y contento.
¿Cómo no lo va a estar si vamos a ofrecer tanto trabajo?
—El viernes haremos el pleno aquí, en el ayuntamiento, a las once. Hoy mandaré circulares a todos los vecinos. ¿Les parece bien?
—Nos parece perfecto, Xoán, tengo la corazonada de que la idea va a salir adelante.
—Por cierto, espero que no quieran modificar mucho la zona. El edificio, como bien saben, cuenta con seis plantas y patio. No queremos obras más allá de cinco metros a la redonda. Hay casas y campos donde están vecinos de toda la vida —nos comenta Enzo, a lo cual nosotros asentimos.
Hemos venido a construir un hotel, no a echar a la gente de sus casas, por el amor de Dios.
—No teníamos pensado, pero no está de más que lo recuerde.
—Pues ahora que está todo aclarado, nos vemos el viernes entonces. —Xoán se levanta y nos estrecha la mano mientras nos sonríe. Este hombre es más bueno que el pan—. Gracias por la propuesta y por venir a nuestro precioso pueblo.
—Gracias a vosotros por recibirnos.
Nos despedimos de ellos y salimos por donde hemos venido. Una vez pongo un pie fuera del despacho, una cabellera de rizos me sobresalta.
—¿Acaso me estabas espiando?
Un gruñido sale de sus labios y me provoca una risotada. Esta chica es de lo que no hay.
—No eres el centro del mundo, Víctor. —Dice mi nombre con un retintín que, aunque no quiera admitirlo, me sabe a gloria—. ¿Os ha dado mi padre la patada ya?
—Si con «darnos la patada» te refieres a que tenemos un trato, sí, nos la ha dado.
Su rostro pasa de la soberbia al miedo absoluto. Puedo notar como el humo empieza a salir de sus orejas.
—Estás de coña, ¿no? ¡Mi padre nunca dirá que sí a eso!
—No es tu padre quien va a decir que sí, sino el pueblo. Te espero aquí a las once el viernes para el pleno, vecina .
Y sin más, empiezo a caminar hasta la salida mientras escucho cómo entra en el despecho y cierra de un portazo.
—¿Por qué eres tan malo con ella? —Pablo y su buen carácter. Menos mal que uno de los dos es decente, sino a ver qué hacíamos.
—Te recuerdo que empezó ella.
—Ya, sí, claro, como si a ti no te gustase chincharla.
—En absoluto.
Nos metemos en el coche y ponemos rumbo a Muxía, que es el lugar donde nos hospedamos.
Quisimos hacerlo a las afueras de este pueblo por si nos linchaban o algo.
Hombre precavido vale por dos. Conduzco en silencio y, poco antes de llegar, cojo el desvío que lleva al faro.
No es el más espectacular de todos, pero tiene algo que lo hace sumamente especial.
Mis padres veranearon muchos años por la zona del Grove, pero mi madre siempre tuvo curiosidad por las rías Altas y mi padre la sorprendió trayéndola a conocer la zona.
Se enamoró por completo. Tanto que, en su casa de Valladolid, sigue conservando todas las fotos de este lugar que nos hicimos los tres, a pesar de que ellos ya no estén juntos.
Salimos a dar un paseo y no me equivocaba cuando decía que este lugar tiene encanto y mucho turismo. Para ser pleno mayo, está hasta la bandera. Se pueden ver cómo hay dos autobuses turísticos en el parking .
El olor a brisa marina y a salitre me gusta más de lo que pensaba. Aunque, sin duda, el único pero —y el más importante— es que el agua de aquí es prohibitiva. ¿Quién soporta meterse en un mar a 10 °C? Porque yo no.
Damos un pequeño paseo por la zona, que no es mucho más que rocas, mar y arena y volvemos a nuestro hotel. Durante el trayecto, Pablo habla con su mujer, aunque la voz de mi sobrina postiza también hace acto de presencia.
—¡Hola, papi ! —Andrea es la alegría hecha niño. Tres años y noventa centímetros de puro nervio. Trae de cabeza a sus padres, pero aun así, no hay niña más cariñosa que ella—. ¿Está el tito contigo?
Sonrío en cuanto escucho mi apodo. Yo nunca fui mucho de niños, pero es cierto que la pequeña me robó parte del corazón el día que la conocí.
—Sí, está aquí a mi lado. ¿Quieres verlo?
—¡Sííííí! —Un sonoro grito se cuela por el teléfono móvil y, justo en ese momento, mi amigo mueve su móvil para que ambos podamos vernos—. ¡Titoooo!
—¿Cómo está mi chica favorita?
—¡Bien! Hoy no fui a la escuela porque tenía muchos mocos y mami me dijo que, si iba, mis compañeros también se pondrían malitos. Y yo no quiero que pase eso.
—Sabes que mami es una mujer lista, así que tienes que recuperarte para volver pronto al cole. —Mara aparece detrás de la niña y me guiña el ojo con cariño—. Hola, Mara.
—Hola, Víctor. Ya me contó Pablo que la reunión fue bien.
—Aún quedan un par de pasos hasta alcanzar la meta, pero sí, diría que vamos por buen camino.
—Sois los mejores. Bueno, os tengo que dejar, que a la pequerrecha le toca el jarabe. Despídete de papi y del tito, cariño.
La pequeña nos lanza dos sonoros besos y mueve su manita despidiéndose de nosotros.
—¿Qué me dices? ¿Mañana en el spa ? —me tienta Pablo en cuanto llegamos al hotel. No pinta nada mal.
—Has tenido una idea cojonuda, amigo.