Capítulo 2
Sabela
C ómo que nuestro nuevo vecino? ¿Este quién se cree que es? A juzgar por sus pintas, dudo mucho que venga a faenar en el mar o a encargarse de alguno de los comercios de la zona. O a lo mejor sí, quién sabe.
—Eres nieto de la Marisa, ¿verdad? La del supermercado.
Siempre habla de un nieto muy guapo que tiene por ahí —comenta Mercedes antes de que yo pueda siquiera abrir la boca—.
¡No, claro! Eres de Julián, uno de nuestros pescadores.
Creo recordar que la semana pasada, mientras echaban la partida en el bar, comentó que iban a venir a visitarlo.
Pues menudo buen nieto tiene, el jodido, qué callado se lo tenía.
Nuestro supuesto vecino sonríe ante las ocurrencias de Mercedes, se ve que hoy se ha despertado con ganas de darle a la lengua. Aunque, bueno, ¿cuándo no es así?
—Lo siento señora, pero a no ser que sea adoptado, no tengo familia en este lugar —le dice con suma educación y su voz, ahora que la he escuchado mejor, es rasgada y decidida.
—Entonces, ¿qué haces aquí? —le pregunto y el guaperas vuelve a clavar sus ojos en mí. Me escanea de arriba abajo sin pizca de educación—. Perdona, amigo , mis ojos están arriba.
—Como dije antes, espero ser vuestro nuevo vecino. Acabo de comprar un antiguo edificio que hay a la entrada. Soy uno de los dueños de una empresa hotelera. Mi intención, y la de mi equipo, es llevar ese viejo edificio a un hotel de lujo.
Si me pinchan, no sangro. No, por ahí sí que no.
—Mira, como te llames…
—Víctor Vázquez a sus servicios, señorita —me corta con una sonrisa y puedo oír cómo Mercedes suspira y babea por él. Madre mía.
—Víctor, no sé quién o quiénes te habrán vendido ese edificio, pero está claro que no saben tu propósito. Este es un pueblo tranquilo, no nos hace falta un puñetero hotel de lujo, así que puedes irte por donde has venido y no pierdas el tiempo aquí.
—Los dueños del edificio saben para qué lo quiero, yo mismo lo especifiqué nada más entablar conversación. Créeme, con la gran suma de dinero que hemos pagado por él, como si les decía que era para una cárcel, me lo iban a vender igual.
—Te crees muy seguro de ti mismo, pero déjame que te diga que ellos habrán babeado con tu dinero, pero la gente del pueblo no lo va a consentir. ¿Verdad, Mercedes?
—¡Por supuesto que no! —grita, captando la atención de varios vecinos que pasean por la zona. Están la mar de entretenidos viendo semejante escena—. A no ser que repartas un pellizquito con nosotros, buen mozo, que el dinero no sobra.
—¡Mercedes! Ni se te ocurra aceptar un euro de este —la regaño y ella suelta una carcajada—. Por cierto, ¿tienes la licencia para construir?
—Dado que el edificio ya estaba construido y solo queremos arreglarlo, sí, tengo la licencia. Pero, aun así, ahora tengo una reunión con el alcalde para hablar mejor el tema.
Una sonora carcajada brota de mi garganta sin que pueda pararla.
Este idiota no sabe que el alcalde es mi padre y que mi hermano es uno de los que lleva el tema urbanístico, ni borrachos de Coca-Cola dejarán a este construir su hotel.
Víctor me mira con cara extraña, como si me hubiese vuelto loca, pero en realidad él no sabe la verdad.
—Mercedes, ¿podrías ocuparte unos minutillos de la tienda mientras yo acompaño al caballero al ayuntamiento? —pregunto a mi vecina. No quiero perderme la cara de derrota de este hombre cuando mi padre le dé la patada en el culo.
—Por supuesto, bonitiña , aviso a mi hija y me vengo para aquí.
Como no hay dónde aparcar por la zona, les pido que den la vuelta y que enfilen la recta hasta casi la salida del pueblo.
—Ven con nosotros y así nos indicas mejor —me pide Víctor poco antes de que empiece a caminar—. Si tú quieres, claro.
Aunque me planteo decirle que no, le hago caso y me subo en la parte de atrás del coche.
En el asiento del copiloto, hay un hombre sentado toqueteando un ordenador portátil.
Levanta la cabeza en cuanto nota mi presencia.
Si el señorito Víctor es guapo, este tampoco se queda atrás.
Tiene el pelo un poco más rubio y unos ojos de un tono marrón bastante parecido.
Estos chicos parecen sacados de un museo.
—Hola, me llamo Pablo, encantado. —Me tiende la mano y me saluda con una sonrisa. Bueno, este no parece tan idiota—. ¿Víctor se ha portado bien?
—¿Acaso eso es posible? —respondo mordazmente, ganándome una sonora carcajada. Me guiña el ojo, como si me diera la razón—. Lo siento por ti, que debes de tenerlo que aguantar muy a menudo.
—Bastante más de lo que me gustaría, soy su abogado.
—Te acompaño en el sentimiento.
—¿Por dónde decías que se va? —pregunta Víctor, interrumpiendo nuestra animada charla.
Le voy indicando el camino, aunque no es difícil; es todo recto y luego a la izquierda. No hay fallo. Le pido que aparque en el vado del ayuntamiento y bajo corriendo sin esperarlos para ver a mi padre antes que ellos.
—¡Papá! ¡Papá!
Mis gritos parecen alertarlo, ya que sale de su despacho como una exhalación.
—¿Qué haces aquí? ¿Estás bien? ¿Mamá está bien? Ay, no me digas, ¡viene el bebé! ¡Enzoooo! ¡Baja! —Su grito hace que me tiemble la cabeza. Joder con sus cuerdas vocales.
—¡No, no, no! ¡Calla, no lo asustes! No es por eso —le pido y se queda en silencio. Gracias a Dios—. ¿Acaso ahora tienes una visita?
—¡Como me vuelvas a dar un susto así, te echo de casa!
—Que sí, que sí. ¡Responde!
—Pues sí, tengo ahora cita un chico llamado Víctor. Creo que se llamaba así, si mal no recuerdo.
—¡En efecto! Ese idiota. Pues verás, viene a pedirte permiso para…
—Construir un hotel. —El susodicho entra por la puerta del ayuntamiento como Pedro por su casa y clava sus ojos en mi padre. Pablo lo sigue de cerca—. Señor, me llamo Víctor Vázquez. Tengo una reunión con usted ahora.
—Sí, sí, perdona a mi hija. Se ve que hoy el paseo matutino le ha sentado mal —le dice mientras intenta salvar un poco la situación y me mira de reojo. Uy, esa mirada no me gusta un pelo—. Pasad, por favor, ahora le digo que se vaya y podremos reunirnos tranquilos.
—Y una porra, yo también entro a la reunión—protesto, pero mi padre me para los pies y no me lo permite. Así que paso al plan B: poner ojos de corderito degollado como cuando era pequeña—. Porfi , papi .
—No te vas a salir con la tuya, Sabela, así que vete para la tienda. Seguro que has dejado a la pobre de Mercedes al cargo.
—No sé de qué me hablas…
—Ya, claro. Venga, luego hablamos, ¿vale? Confía en mí. Sabes que por este pueblo daría mi vida y no voy a consentir que hagan nada que pueda perjudicarlo.
Sus palabras van acompañadas de un apretón en el brazo que me tranquiliza un poco. Quizás mi padre tenga razón y me estoy extralimitando un poco.
—Vale, tienes razón. Pero si alguno de esos dos pijos se mete contigo, me lo dices y vengo corriendo .
—Tranquila toxiño , creo que puedo controlar la situación. Te quiero.
Mi padre desaparece y, a los pocos segundos, Enzo baja por las escaleras y también entra en su despacho. Yo, mientras, cruzo los dedos para que todo salga bien.