Un hotel con vistas al mar
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Capítulo 1
Sabela
E l agua del mar baña mis pies, provocando que un escalofrío suba por todo mi cuerpo.
Me estremezco, pero eso es lo que de verdad me hace sonreír.
Levanto la mirada y miro hacia el puerto, ese que veo todas las mañanas antes de abrir la tienda.
Apenas ha amanecido, teniendo en cuenta que son las siete de la mañana.
Pero el sol lucha a lo lejos con colarse entre las nubes.
Un ladrido a mi espalda me trae de vuelta a la realidad.
Me giro y Simba, con la lengua de fuera, corre a mi encuentro.
Siempre le gustó recorrer toda la playa de cabo a rabo y a mí me hace feliz sacarlo cada mañana.
Además, me hace compañía durante este ratito que me sabe a gloria.
Acaricio su suave pelaje una vez está a mi lado y él me lame el dorso de la mano, dándome a entender que le gustan mis cariños.
—Eres el mejor perro del mundo —le digo y me mira como si entendiese mis palabras, pues salta sobre mí, llenándome entera de agua, algas y arena—. ¡No, Simba! ¡Bájate, me estás poniendo perdida!
El pobre me hace caso y se baja al instante, pero ya es tarde. El vaquero ha pasado a mejor vida .
—¡Y yo que te iba a dejar venir conmigo a la tienda! —bufo como protesta y me dirijo a la zona de arena seca para ponerme las zapatillas—. Vamos, Simba.
Paseamos el escaso tramo que hay desde la playa hasta mi casa, no son más de quince minutos. La calle está prácticamente desierta, salvo en la zona de la lonja, que es donde se empieza a ver un poco de movimiento a estas horas.
Llegamos a casa y, sin hacer mucho ruido, le doy de comer a Simba y me dirijo a mi cuarto de puntillas. Pero no es hasta que llego a la altura de la habitación de mis padres, que está justo antes de la mía, que no escucho sus voces. «Qué raro que estén despiertos», ironizo para mis adentros.
En esta familia, todo aquel que se despierte más tarde de las ocho de la mañana —haya que trabajar o no— no es bienvenido.
Yo llevo despertándome antes de las siete de la mañana prácticamente toda mi vida, para desgracia de mis padres.
A su favor, he de decir que ellos hacen igual.
Mi hermano mayor Enzo siguió su mismo camino, al igual que su mujer.
El único que nos salió un poco rana en ese sentido es el pequeño Brais, mi hermanito pequeño, que él alarga un poco el horario hasta las ocho y cuarto.
Pero, bueno, como es el niño mimado de la casa, se lo permitimos.
Aunque en estos momentos se encuentre en plena efervescencia hormonal y esté insoportable.
No he abierto la puerta de mi habitación cuando la de mis padres se abre y mi madre sale con una sonrisa y vestida con el uniforme del trabajo .
—Buenos días, toxiño —me saluda antes de abrir sus brazos y permitir que yo me refugie en ellos.
El apodo toxiño lleva conmigo desde que nací, según me cuentan mis padres. Significa «persona poco cariñosa», aunque no tiene mucho sentido decírmelo cuando estoy entre los brazos de mi madre. Pero sí, admito que a veces me paso de seca.
Aunque a mí me gusta llamarlo «persona que no va dando abrazos a diestro y siniestro», como bien podría hacer Uxía, mi querida cuñada.
No hay persona más cariñosa en la faz de la Tierra que ella.
Aún recuerdo el día que mi hermano nos la presentó.
En un periodo de cinco minutos, creo que recibí diez abrazos y veinte besos en la mejilla.
No sé cómo sobreviví a tal infamia, pero ahora me he acostumbrado a sus muestras de afecto.
—¿Has desayunado? —me pregunta mi querida madre y yo niego con la cabeza. Sus ojos bajan de mi rostro hasta mi ropa y una mueca de asco asoma entre sus labios—. Simba, ¿no?
—Correcto.
—Nunca cambiará. Vete a cambiar y luego baja, papá estará a punto de salir y en breves habrá que levantar a Brais.
—Pff, que se encargue él. Yo ya lo intenté despertar ayer y casi me arrea con el despertador de la mesilla —protesto y abro mi habitación para cambiarme. El vaquero se me empieza a pegar a la piel y es supermolesto.
—No sé a quién habrá salido de agradable —contraataca mi madre, pero decido no entrar al trapo. Mis pantalones ahora mismo necesitan toda mi atención .
Cinco minutos más tarde, vuelvo a la cocina, donde reina el olor a café recién hecho y a tostadas. Da gusto vivir en casa y tener todo esto cada mañana: un buen desayuno en familia antes de empezar el día.
—Buenos días, toxiño . —Mi padre aparece por detrás y besa mi pelo, como hace siempre en cuanto me ve.
¡Y dale con el apodo! Al final voy a creer que lo soy de verdad.
Luego besa a mi madre como si no hiciese cinco minutos que no está con ella y se sienta a mi lado—. ¿Ya has sacado al bicho a pasear?
—Sí y me tuve que cambiar por su culpa… otra vez —protesto y mi padre se ríe—. No te rías tanto. Los próximos vaqueros que me estropee, los vas a pagar tú.
Dos golpes en la puerta consiguen que no pueda protestar más.
Nadie se levanta a abrir, sabemos que es mi hermano y que tiene llaves de casa.
Siempre llama para tocar las narices y ver si alguno de nosotros muerde el anzuelo.
A los pocos segundos, dos nuevos golpes se escuchan desde la cocina y volvemos a hacer caso omiso.
No hay una tercera vez y la llave se escucha entrar en la cerradura.
Enzo y Uxía aparecen en la cocina, el primero serio y la segunda con una sonrisa de oreja a oreja. Y muy embarazada, cabe destacar.
—Da gusto que la familia te reciba en casa —protesta mi querido hermanito antes de darle un beso a mi madre y un apretón en el hombro a mi padre—. ¿Qué tal, enana ?
Pongo los ojos en blanco porque, si el apodo de toxiño me gusta poco, el de enana me gusta mucho menos. Y lo peor es que lo sabe, pero me lo hace para chinchar .
—Muy bien, ¿y tú, tonto del culo? —contraataco, ganándome una carcajada de su parte—. De verdad que no sé cómo Uxía te aguanta.
La susodicha se ríe entre dientes y toma asiento entre mi hermano y yo. Está embarazada de ocho meses y tiene la barriga más grande que he visto en mi vida. Yo ya les dejé caer hace un par de semanas si estaban seguros de que venía solo un bebé o una manada de elefantes.
Me levanto y me agacho para quedar a la altura del que será mi ahijado.
—Aún no me creo que vaya a ser madrina de este chiquitín —comento mientras acaricio la barriga de mi cuñada. Ella pone su mano sobre la mía y la aprieta con cariño.
—Vas a ser la mejor madrina del mundo —me dice y mis ojos se empañan un poquito. Pero solo un poquito, ¿eh? Madre mía, cómo quiero a esta chica.
—La más loca, seguro. —Y ahí está mi hermano, que siempre tiene que joder el momento bonito.
Desayunamos en familia y luego es papá quien se encarga de despertar a Brais.
Como todas las mañanas, mamá se va a la farmacia en compañía de Uxía, a pesar de que —tanto ella como mi hermano y yo— le aconsejamos que se quede en casa a descansar.
Según ella, se aburre, así que va a la farmacia y, por lo menos, está sentada echando un cable y dando conversación a mi madre y a las clientas.
Enzo se va con mi padre para el ayuntamiento y yo acerco a Brais al instituto, que no es que le quede muy lejos, pero el tío es un vago.
Además, luego tengo que dejar el coche en casa de nuevo.
No me gusta ir al trabajo conduciendo y perderme otro buen paseo por la playa.
∞∞∞
Son las nueve en punto cuando corro la verja y doy por iniciada mi jornada de trabajo. El olor a chuchería inunda todo el lugar y yo me siento como una niña pequeña cada vez que entro aquí. Limpio y ordeno los estantes con las últimas cajas que llegaron ayer a última hora.
Ya tengo las primeras visitas de la mañana cuando muchos señores del pueblo, los de toda la vida, vienen a comprar el periódico. Mentiría si dijera que no los compro para ellos. También se acerca alguna señora en busca de algún chocolate o paquete de chuches para sus nietos. Lo típico.
Laxe es un lugar tranquilo. Es verdad que estos últimos años ha crecido bastante a causa de un nuevo hotel que han abierto y que, para mi gusto, no debería estar ahí.
No obstante, los dueños son muy agradables y en todo momento han respetado al pueblo y a la gente. Solo por eso merecen una oportunidad.
Estoy debajo del mostrador, ordenando las últimas cajas de chicles sabor tropical, cuando el ruido de un motor —que no he escuchado en mi vida— me sobresalta. Los chicles salen volando y mi rostro se crispa en una mueca de enfado.
A ver quién es el imbécil que viene aquí a tocar las narices con su coche de marca .
Salgo como una exhalación de la tienda y me doy de bruces con un deportivo negro, el cual está aparcado en la puerta de la tienda. Tiene los cristales tintados, tanto los de adelante como los de atrás, por lo que no se puede ver quién o quiénes están en el interior, pero sí se intuyen sus figuras.
«Madre mía», pienso para mis adentros, «otro pijo gilipollas que se ha confundido de lugar y ha acabado aquí».
Avanzo hacia el vehículo y, cuando estoy a un par de pasos, la puerta de abre y sale un hombre trajeado que, para qué mentir, impone lo suyo.
No es que yo sea baja, mido metro setenta, pero este hombre me saca una cabeza.
Decir que es el hombre más asquerosamente atractivo que he visto en mi vida se queda corto.
Pelo negro, ojos marrones pero con un toque de verde, piel dorada…
Mercedes, la dueña del Todo a cien de al lado, está paseando por la acera cuando clava la vista en el hombre. Frena en seco y, si a mí ya me parece alto, a ella —que mide metro cincuenta— le ha de parecer un rascacielos.
—Válgame el señor —suelta y se santigua, como si hubiese visto al mismísimo Jesús—. ¿Y tú quién eres, mozo?
El susodicho sonríe de medio lado en plan canalla y clava sus impactantes ojos en mí.
—Espero ser vuestro nuevo vecino.