XXI
Un año después...
Nicole revisaba un artículo sobre la masacre sucedida en la universidad estatal de Kent State, en la que habían muerto cuatro estudiantes tras la brutal intervención de los soldados de la Guardia Nacional, en una protesta estudiantil que se celebraba en el campus en contra de la guerra de Vietnam.
—¡Donaldson! —La voz de Sanders se elevó por encima de la redacción.
Nicole alzó la cara y le vio con su postura habitual, que indicaba que debía acercarse de inmediato.
Se levantó y caminó hacia el despacho, extrañada por que Sanders se mantuviera a la espera, apoyado en el quicio de la puerta.
Nicole indagó en su rostro para saber si le iba a echar la bronca por un artículo que le había presentado la tarde anterior sobre el Día de la Tierra, que se había celebrado hacía una semana y que había convocado a cientos de miles de jóvenes por todo el país para promover la concienciación en favor del planeta.
El mero planteamiento de redactar un artículo sobre la base de esa concentración ya le había parecido una estupidez.
—Adelante, Donaldson —dijo el redactor jefe dándole paso con un gesto amable—. Siéntate.
Nicole lo hizo, expectante.
—¿Ocurre algo? —se atrevió a preguntar, mientras él rodeaba su escritorio para tomar asiento frente a ella.
Mantenía en su mano un papel doblado. Lo levantó ligeramente mientras hablaba:
—Acaba de llegar esto. —Se detuvo, jugando con la intriga—. Es de la junta del Pulitzer.
Nicole frunció el ceño sin entender.
—¿Ha habido algo noticiable? —preguntó.
Sanders la observó unos segundos más, como si quisiera asegurarse de que el momento quedara bien fijado en su memoria.
—Así es, Donaldson, una noticia muy importante, sobre todo para ti. —Echó el papel sobre la mesa y abrió una amplia sonrisa—. Te han concedido el premio en la categoría de mejor trabajo periodístico, por tu artículo de mayo del año pasado.
Nicole parpadeó varias veces, abrió la boca y la cerró tratando de procesar lo que acababa de oír.
—Debe de haber un error —dijo entrecerrando los ojos, como si intentara enfocar algo que no terminaba de captar.
Sanders desdobló el papel y leyó su nombre.
—Nicole Donaldson, es tu nombre. —Ladeó la cabeza, sonriente—. Enhorabuena.
Ella dejó escapar un leve gesto de sorpresa.
—Pero yo no... —balbució—. No sabía que era... Ni siquiera sabía que era candidata —acertó a decir.
—No te dije nada, pero tanto el comité de dirección como yo creímos que debíamos intentarlo.
Fuiste muy valiente, Nicole —muy pocas veces la había llamado por su nombre—, y, además de ser un artículo extraordinario —se fijó en el papel que mantenía entre sus manos—, «con una prosa clara, elegante y concisa», los miembros de la junta destacan la «honestidad intelectual del trabajo, que demuestra un notable coraje y el profundo compromiso con el ejercicio del periodismo».
—Levantó la vista, alborozado—. Y mucho más. —Le tendió el documento—. Es tuyo.
Ella lo cogió y lo leyó, contenida.
—Dios mío —murmuró reprimiendo un entusiasmo que todavía no consideraba suyo. Desplegó una sonrisa—. Yo... No sé qué decir. Me siento... me siento abrumada. Gracias, señor Sanders.
—No me las des, Donaldson, para el periódico contar con otro Pulitzer en nuestro haber supone un triunfo, y demuestra que tenemos a los mejores. —Se levantó del asiento—. Ahora, salgamos ahí fuera para que podamos celebrarlo todos contigo.
Nicole obedeció apocada y, como si caminara sobre algodones, se dirigió a la puerta siguiendo al jefe de redacción.
—¡Señores, un momento de atención! —gritó Sanders con voz potente, los brazos en jarras, la barbilla alzada mostrando un rostro radiante.
El sonido seco del tecleo de las máquinas de escribir se fue apagando poco a poco, como si se cerrasen pulsadores invisibles.
—Tengo que anunciar algo importante.
Nicole observaba a la gente que habitaba la redacción. Algunas sillas se giraron. Los redactores más alejados se pusieron de pie. Los que hablaban por teléfono se despidieron precipitadamente y colgaron.
—Nuestra redactora, Nicole Donaldson —la miró con una expresión orgullosa—, acaba de ganar el Pulitzer.
Hubo un silencio breve. La incredulidad parecía suspendida en el ambiente, hasta que, al fondo, se oyeron unos aplausos solitarios, y fue la chispa que hizo estallar la carga.
Los vítores se mezclaban con golpes en las mesas con las palmas abiertas.
Los gritos de enhorabuena se convirtieron en una ovación cada vez más elevada.
Nicole sintió que tocaba el cielo.
The New York Times
30 de mayo de 1969
E MPRESARIO PROMINENTE DESENMASCARADO COMO PRÓFUGO MAFIOSO BUSCADO DURANTE TRES DÉCADAS
Funcionarios federales identifican a Walter Donaldson como Fabrizio Donatti, fugitivo desde 1939 en relación con la muerte de un agente federal
Por Nicole Donaldson
Hacía un año que había escrito aquel artículo, lo hizo con el alma en un puño.
Cada palabra tecleada fue como un disparo al corazón de todo lo que había sido importante para ella, sabiendo que esos disparos destruían todo su mundo.
El día antes de que saliera publicado en todo el país, se lo enseñó a su madre.
Connie lo leyó con una expresión dolorida en el rostro.
Cuando terminó, evitó mirarla, eso fue lo que más le dolió, no tener la posibilidad de enfrentarse a su madre, a su reproche, a su rabia o a su comprensión.
Se sintió desposeída de lo que pensaba, de su valoración.
Era justo lo que había ido buscando, lo necesitaba; su madre lo sabía y se lo había negado.
Connie se había levantado dispuesta a marcharse, pero antes de salir de la habitación, dándole la espalda, le habló en un tono distante.
—Recoge tus cosas y sal de esta casa, Nicole. Este ha dejado de ser tu hogar.
Nicole sintió que le cerraban de golpe la puerta de la infancia.
Al día siguiente de salir el artículo, Walter Donaldson fue detenido en su despacho del Lower Manhattan.
El impacto mediático la expuso de tal forma que la había obligado a refugiarse durante semanas en el apartamento de una compañera de la redacción que le permitió instalarse con ella.
Apenas salía a la calle. Después de verse obligada a entregar a su padre los documentos sobre la financiación del proyecto MKUltra, que había sacado de la caja de seguridad de Becker, había regresado a la redacción, se había sentado a su escritorio, delante de su máquina, y había tecleado el artículo en el que contaba cómo Fabrizio Donatti se había convertido en Walter Donaldson.
Se lo presentó a Sanders y, mostrándole la prueba irrefutable de la orden de busca y captura contra su padre, le puso una condición para dejar que el periódico publicase lo que sería una de las mejores exclusivas del año.
—Tiene que llevar mi firma —afirmó taxativa—. De lo contrario, no tendrá artículo.