XX #4
—Ahora lo entiendo —dijo Sanders rompiendo el mutismo.
Abrió un cajón de su escritorio y sacó un pequeño sobre manila cerrado.
Se lo tendió—. El día antes de su muerte, Becker me entregó este sobre.
Contiene la llave de una caja de seguridad.
Me dio unas instrucciones precisas: si algo le ocurría debía entregártelo a ti personalmente.
Eras tú quien debía decidir qué hacer con lo que contiene esa caja.
Nicole alcanzó el sobre y rasgó la solapa. En el interior había una llave larga de metal con dientes irregulares, unida mediante una anilla a una placa de latón con una numeración de cuatro dígitos.
—Becker me aseguró que tú sabrías dónde estaba esa caja —añadió Sanders ante su silencio.
Ella alzó la cara. Becker le había confesado en una ocasión que tenía una de esas cajas de seguridad en el One Chase Manhattan Plaza, que solía utilizar para guardar documentos comprometidos que necesitaban de custodia.
—Creo que sé dónde es —dijo acariciando aquella llave.
—¿Quieres que te acompañe?
—Será mejor que vaya sola, señor Sanders; si Becker hubiera querido que usted viera conmigo lo que guarda esa caja, se lo habría dicho.
—Tienes razón. —La observó durante un rato, hasta que se decidió a hablar—.
Hay algo que quiero que sepas, Donaldson, Becker creía que tenías madera de periodista —esbozó una leve sonrisa—, y que llegarías muy lejos siempre y cuando no se te cruzase un matrimonio inoportuno que te cortase las alas.
—Calló y la miró fijamente—. Yo también lo pienso.
Sé que la entrevista del senador Kennedy fue labor tuya en su totalidad.
Me lo confesó Becker. Así que, aunque sea tarde, te felicito, hiciste un gran trabajo.
Ella lo escuchaba atónita, abrió la boca para decir algo y no supo qué elegir, si la gratitud, el orgullo de ser reconocida o el alivio de la reparación moral. Al final le salió un tímido gracias, apenas en un hilo de voz, con una mueca que pretendía ser una sonrisa.
Sanders miró su reloj de pulsera.
—Será mejor que vayas —dijo cambiando el tono—. Cuanto antes descubramos qué guardaba Becker en esa caja, antes sabrás qué debes hacer. Estaré a la espera de lo que decidas.
Nicole salió de la redacción y tomó un taxi.
Entró en la oficina del Chase Manhattan y, tras preguntar a varios empleados, dio con la persona encargada de acompañarla a la cámara acorazada.
Se sorprendió porque, al entregarle su identificación, el empleado le confirmó que el titular de la caja le había autorizado para acceder a su contenido.
Tras completar los trámites, el hombre se levantó y le pidió que le siguiera.
Después de atravesar un largo pasillo y descender varios tramos de escaleras, llegaron a la sala previa a la cámara de seguridad.
En aquel lugar, las paredes parecían más gruesas y reinaba un silencio sepulcral.
Había una puerta de robustos barrotes tras la cual se abría la cámara de seguridad, a la que llamaban la bóveda por la forma de la curvatura de su techo.
El empleado abrió la cerradura con un ruido metálico y ambos accedieron a la bóveda, donde las paredes estaban cubiertas de pequeñas cajas metálicas, idénticas entre sí, numeradas. En el centro, una mesa larga y vacía.
Localizada la caja de Becker, el empleado introdujo su llave en una de las dos cerraduras, se volvió hacia Nicole y le indicó con un gesto que hiciera lo mismo con la suya.
Giraron las llaves y se oyó el clic de apertura.
A continuación, el hombre le dijo en voz baja que esperaría fuera de la cámara y se retiró.
Nicole abrió la puertezuela y sacó la caja del interior del habitáculo.
La puso sobre la mesa y levantó la tapa.
Tan solo había una abultada carpeta cerrada, con la palabra «Secreto» impresa en color rojo.
Tenía un precinto metálico en la solapa; lo rompió.
Al abrirlo pudo leer dos palabras estampadas con un sello: Proyecto MKUltra.
Había copias de documentos que ya había visto en casa de Becker, además de otros nuevos.
Uno de ellos se encabezaba con un nombre ya conocido: Proyecto Orpheus, el mismo del que había hablado Thomas en el apartamento de Becker.
El informe describía una operación iniciada en febrero de hacía un año, financiada por W.
Donaldson, e indicaba la cantidad transferida, más de dos millones de dólares.
Nicole alzó el rostro y cerró los ojos, como si aquella cifra junto al nombre de su padre se le hubiera clavado en el corazón.
Inhaló aire y lo soltó en un suspiro largo y pausado, tratando de recomponer lo que parecía desmoronarse en su interior.
Paseó la vista a un lado y otro, agobiada por lo que tenía entre sus manos.
Volvió a meter los documentos en la carpeta, la introdujo en su bolso y salió de la bóveda evitando al empleado.
Subió las escaleras y salió a la calle. Cuando iba a alzar la mano para detener un taxi, notó que alguien, a su espalda, la cogía del brazo. Se giró sobresaltada.
—Papá —dijo sin dar crédito a la imagen que tenía delante—, ¿qué...?
—Sube al coche, Nicole —le ordenó tirando de ella hacia el auto, aparcado en doble fila.
Se resistió.
—¿Me estás siguiendo? —preguntó indignada por la repentina presencia y la orden.
—Será mejor que entres, no nos conviene montar un numerito en la calle.
Ella siguió sin moverse, y él insistió relajando el tono.
—Hablaremos dentro, ¿de acuerdo?
Solo entonces Nicole entró en la parte de atrás de vehículo.
Rocco permanecía al volante, impertérrito; tan solo movió los ojos para mirar a través del retrovisor lo que sucedía a su espalda.
Walter Donaldson se sentó junto a Nicole, cerró la puerta y el coche se puso en marcha, integrándose en el tráfico.
—Papá, ¿qué significa esto?
—Entrégame esos documentos. —La voz de su padre le sonó diferente, como si le hablase un extraño.
—¿Y si no lo hago? —le retó—. ¿Vas a matarme?
Su padre se volvió hacia ella. Su rostro demudado mostraba una profunda preocupación.
—Dame los documentos, por favor.
Ella dudó si desafiarlo. Sabía que no saldría de aquel coche con la carpeta.
Se sentía estúpida, le ardía el estómago como si tuviera una tea encendida.
Con movimientos bruscos, abrió el bolso, sacó la carpeta y se la arrojó, lo que provocó que los folios quedasen desparramados a los pies de su padre. Luego se dirigió al conductor.
—Rocco, para el coche.
El chófer no hizo caso.
—¡Para el coche! —gritó ella sintiendo que se asfixiaba ahí dentro.
En un estremecedor silencio, se oyó la voz grave y taxativa de Walter Donaldson.
—Rocco, deja que se vaya.
Solo entonces, el vehículo fue frenando hasta detenerse junto a la acera.
Nicole abrió la puerta, pero su padre la retuvo sujetándola del brazo.
—Lo siento, Nicole, pero es la única forma que tengo de protegerte.
Ella le fulminó con la mirada, incapaz de expresar lo que sentía. Se zafó del amarre y salió a la calle. Se quedó parada en la acera, observando cómo se alejaba el coche hasta que dobló la esquina y desapareció.
Alzó la vista al cielo, inhaló hondo, llenando los pulmones, y dejó escapar un largo suspiro con los ojos cargados de un llanto de impotencia.