XX #3
Nicole no pudo evitar pensar en que, hacía tan solo un año, había estado dispuesta a someterse al deseo de su padre y unirse a un hombre al que no amaba, renunciando a sus sentimientos, a la vida que imaginaba para sí, incluso a su propia manera de entender el mundo.
Sin embargo, ahora el destino la enfrentaba a un dilema del que no podía refugiarse en la obediencia; tenía que ser ella la que afrontase el peso insoportable de elegir por sí misma.
—Si eliges la justicia podríamos irnos lejos, donde nadie te eche en cara nada. Empezar una nueva vida juntos, nuevo trabajo, nuevos proyectos, tendríamos hijos, formaríamos una familia, y nos podríamos mirar a los ojos cada noche, y nuestros hijos estarían orgullosos de nosotros...
—Suena bien, Frank, muy bien.
Sabía que su dilema no era elegir entre su padre y la ley, sino en qué clase de persona se convertiría ella después de tomar la decisión, consciente de que, hiciera lo que hiciera, nadie saldría indemne.
Frank le retiró de la cara un mechón que se le había soltado de la coleta y lo enrolló entre sus dedos, acariciándole suavemente la mejilla.
Él también tenía sus propios demonios. No haber sido capaz de darse cuenta de la traición de Corsini había llevado a la muerte a su confidente y a su hermana, dos inocentes a quienes no supo proteger.
Tampoco se sentía orgulloso de no haber denunciado a Corsini; de haberlo hecho, quizá habría podido salvarlo...
o salvar a aquella chica, Maddy, otra desdichada a quien también falló.
—Comprendo cómo te sientes, Nicole —le hablaba en un tono dulcificado intentando mostrarle su apoyo—. Pero la decisión es solo tuya.
Ella se removió, soltando un largo suspiro.
—Está claro que hacerlo público es la única vía para que un intocable como mi padre deje de serlo. —Se detuvo unos segundos, el gesto reflexivo—. Si lo saco en el periódico, las puertas del paraíso para Fabrizio Donatti se cerrarán para siempre.
—Eso supondría arrojar a tu padre a un escarnio público.
—Ese es el problema —murmuró cabizbaja—. No estoy segura de que sea capaz de hacerlo, Frank.
—Ahora mismo, sería la única manera posible de hacer justicia.
—Frank hablaba en tono frío, analizando las posibilidades y sus consecuencias, tratando de ser lo más objetivo posible en un asunto muy delicado para ambos—.
No solo estamos hablando de tu padre; al publicarlo, dejarías al descubierto las prácticas de la CIA con ese maldito programa, éticamente inadmisible, que ha estado utilizando a gente inocente de forma aberrante, negándoles dignidad y derechos básicos en nombre de fines estratégicos, y que seguirá haciéndolo si nadie lo impide.
—Guardó silencio y le sonrió mientras le hablaba con dulzura—.
Nicole, está en tu mano la posibilidad de hacerlo.
—¿Crees que saldría indemne de todo esto si fuera yo quien lo sacase a la luz? —Nicole negó con un movimiento claro de la cabeza—. Acabarían conmigo, Frank, no lo consentirían... Me hundirán...
—Nada es en vano en todo esto. Y soy consciente de que corres ese riesgo. Pero piensa en la periodista en que te convertirías si ocultas este asunto. Estoy convencido de que tarde o temprano otro reportero lo sacará a la luz, y entonces no tendrás posibilidad de redención.
Nicole le escuchaba con atención. Frunció la frente y movió la cabeza, la expresión sombría de su rostro indicaba la aflicción de su conciencia.
—No estoy segura, Frank —vaciló ella—, se trata de mi padre...
—Walter Donaldson no ha dejado de ser lo que es por cambiarse de nombre, Nicole.
Tu padre es Fabrizio Donatti, un mafioso que ha tratado de lavar su imagen para enriquecerse de otra manera, más cómoda, si quieres, menos violenta quizá...
Sus negocios están plagados de corrupción y amaños. Nada en él es limpio, salvo tú.
—Me dices que no puedes permitirte perjudicar a tu teniente... —Despuntaba en su voz la espina del enfado—. ¿Has pensado a cuántos inocentes dañaría saber la verdad? ¿Qué pasa con mi madre? Para ella sería un golpe mortal.
—Tu madre sabía con quién se casaba, y lo sabía porque su padre también era un mafioso. Es un mundo del que no se sale, no se puede, y ella lo sabe.
—Entonces a mí también me consideras una mafiosa.
—Tú no elegiste a tu padre, no elegiste vivir la vida que tienes. Ahora sí debes hacerlo, debes elegir si quedarte dentro o apartarte definitivamente.
—¿Y si no te gusta lo que elijo, Frank?
Él le dedicó un gesto tan frío que Nicole se sobrecogió. Sin embargo, el tono de su voz sonó dulce y entrañable.
—Te amo demasiado para reprocharte cualquier decisión que tomes. Hagas lo que hagas me quedaré a tu lado.
Ambos permanecían atrapados en la mirada del otro, unidos en una dulce intimidad.
—Si lo haces..., si te quedas a mi lado y yo permito que mi padre se salve, estarías traicionando todo aquello en lo que tú crees.
Él esbozó una sonrisa.
—Yo creo en ti, Nicole; creo en el amor que nos une y creo en el futuro que podríamos construir juntos. Incluso los principios más firmes guardan una fragilidad que nos resistimos a aceptar. Por eso, nadie está libre de traicionarlos alguna vez.
Ella lo escuchaba con atención. Luego, desvió los ojos hacia el vacío, absorta en la maraña de incertidumbres que le agitaba la mente.
Frank respetó su silencio. Se levantó y se acercó al tocadiscos, sacó un single y lo puso en el plato.
A los pocos segundos, empezó a sonar la música de Creedence con «Bad Moon Rising», haciendo estallar la tensión que se respiraba en el ambiente.
Se dio la vuelta con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón.
—La decisión está en tu mano, Nicole —afirmó con voz queda.
Ella le sostuvo la mirada, se levantó también, cogió su bolso, se acercó a él y le besó en los labios, un beso suave. Frank se dejó hacer sin sacar las manos de los bolsillos.
Sin casi separarse de sus labios, Nicole le susurró un «te amo» intenso y cargado de intención. Frank le dedicó una dulce sonrisa. Entonces fue ella la que le dio la espalda y se marchó.
El funeral de Harold Becker fue un acto emotivo e íntimo, apenas una docena de amigos y compañeros. Cuando Nicole leyó la noticia de su muerte se le cerró el estómago. Se publicó en la tercera página y, al igual que con Clayton, se apuntaba a un robo como causa probable del asesinato.
Le dolió especialmente que el sacrificio de un periodista en el ejercicio de su profesión quedase en el olvido.
Era consciente de que, en ocasiones, Becker había sido injusto con ella; aun así, reconocía que a su lado había aprendido mucho sobre el rigor, la independencia y la honestidad de un periodista.
Miró el escritorio vacío de Becker, y luego a su alrededor para comprobar cómo cada cual continuaba a lo suyo en la redacción, desterrada en su memoria la muerte del que había sido su compañero hasta hacía unos días. Unas lágrimas de impotencia le nublaron la vista.
Su nombre sonó por encima del ruido. Era Sanders, que la llamaba desde la puerta de su despacho.
Alzó el brazo y, con un leve gesto con la mano, le indicó que se acercara.
Nicole se levantó con desgana y avanzó por el pasillo hasta llegar al despacho.
Se asomó al interior. Sanders permanecía de pie, detrás de su escritorio, sin chaqueta, con un cigarro en la mano, el nudo de la corbata algo caído y el gesto serio.
—Pasa y cierra la puerta —dijo al verla aparecer.
Nicole hizo lo que le pidió; con movimientos lentos cerró la puerta y se quedó de pie al otro lado de la mesa, sintiendo sobre ella la mirada del redactor jefe.
Sanders se dejó caer en la silla.
—Siéntate, tenemos que hablar —le dijo, y esperó a que lo hiciera antes de seguir hablando—. Donaldson, sé que Becker andaba detrás de una exclusiva de alto impacto y sé que te lo iba a contar a ti.
Ella inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
—Es cierto, y esa ha sido la verdadera causa de su muerte, y también la del agente federal asesinado en el aeropuerto. Era su fuente.
—Sabía que estaba en contacto con ese agente federal —dijo sin dejar de observarla—. ¿Qué sabes de la investigación de Becker?
Nicole sentía que aquel hombre la estaba examinando.
—La tarde que lo mataron estuve en su apartamento; también estaba su fuente, de allí salió hacia el aeropuerto.
—Hizo una breve pausa antes de proseguir—.
Me hablaron de un programa... —Dudó unos segundos—.
Un proyecto secreto dirigido por una sección de la CIA dedicado a promover experimentos poco éticos...
—Apretó los labios con gesto reflexivo—. Algo sobre cómo controlar la mente.
Sanders le prestaba toda su atención.
—Conocía a Becker desde hace años y no termino de comprender qué razón le llevó a hacerte partícipe a ti de todo este asunto.
No era propio de él. —El tono de su voz era de cautela—.
Este tipo de investigaciones no las solía compartir con nadie salvo conmigo.
Eras su ayudante —abrió las manos, perplejo—, nunca se le ocurriría meterte en esto a menos que existiese un motivo de mucho peso.
Ella tragó la saliva que se le acumulaba en la boca y que se había vuelto pastosa.
—Señor Sanders —dijo con un hilo de súplica en la voz—, se trata de... —se removió incómoda, buscando las palabras adecuadas—, es algo que me concierne personalmente.
Él se irguió en su asiento, alerta.
—Lo que hablemos en este despacho no saldrá de aquí..., si tú no quieres.
Ella asintió con la cabeza, conforme.
—Becker me convocó en su apartamento porque en la información que manejaba aparecía el nombre de mi padre como uno de los responsables financieros de ese proyecto secreto. De hecho, por los documentos que me mostraron, llevaba años siendo su principal financiador.
Sanders la observó un largo rato, el gesto grave, contraída la mandíbula.
Nicole le sostuvo la mirada.