XX #2
—Hubo un tiempo en el que hice un juramento de por vida.
No frente a una bandera o un juez, fue en una habitación cerrada, rodeado de matones, testigos de mi compromiso.
Elegí un camino sin salida, atrapado en una lealtad inquebrantable, porque quebrarla supone la muerte, un castigo que no solo me alcanza a mí, sino a todo cuanto me es querido.
En aquellos tiempos yo estaba solo; mi hermana, la única persona que me importaba, también me abandonó, huyó de mí.
No tenía a nadie a quien cuidar o proteger, desconocía lo que significaba amar a una mujer, ignoraba el estremecimiento que se siente al sostener entre los brazos a un hijo recién nacido.
—Perdió la mirada en el altar, antes de retomar su discurso—.
Las cosas cambiaron para mí, pero no para aquellos a los que entregué mi alma.
En ese mundo al que estoy encadenado, cada favor genera un compromiso que no prescribe; puede que nadie te pida nada nunca, pero si llega el momento, debes devolver el favor; se hace lo que se te pide, sin preguntar.
No se trata de dinero, sino de lealtad, de una obligación inexorable.
Lo del senador Kennedy fue tan solo eso: el pago de una deuda que tenía pendiente, nada más... Nada personal.
Nicole lo escuchaba con tanta tensión que notaba el cuello agarrotado. Se removió incómoda, con una mueca dolorida.
—Entonces es verdad... —murmuró sobrecogida—.
Dios santo... Es una locura. —Resopló soltando la indignación que le quemaba la sangre—.
No sé cómo afrontar todo esto. Además de tu hija, soy periodista, eso me compromete a informar de toda esta...
—alzó los brazos y agitó las manos en el aire— basura que nos rodea y que me está asfixiando.
—No podría impedirlo —murmuró sometido a la realidad—. Pero también tú deberás asumir las consecuencias.
—¿Has asumido tú las consecuencias de tus actos, papá?
Dime, ¿lo has hecho con la mujer a la que dejaste viuda hace treinta años?
¿Con el niño al que dejaste huérfano antes de nacer?
¿Con los once hijos de Robert Kennedy, a quienes arrebataste un padre?
¿Con los ciudadanos de este país, a quienes seguramente privaste de un gran presidente?
¿Qué clase de responsabilidad has asumido tú ante todos aquellos a los que destrozaste la vida para siempre?
—Hizo una pausa consciente—. La sombra de los muertos que cargas a la espalda te persigue, y su podredumbre nos salpica a todos.
—Así son las cosas, Nicole, y no puedo cambiarlas.
Se sintió vencida, y sacó del bolso la orden de detención de la Policía de Detroit contra Fabrizio Donatti.
—Hay una viuda y un hijo que llevan treinta años esperando justicia. Pero alguien muy poderoso ha dado la orden de que nadie te toque. ¿Dime qué hago con esto? —preguntó rabiosa, agitando la hoja aferrada entre sus dedos.
Walter Donaldson contempló el papel durante unos segundos, en aparente calma. Su voz rasgada salió de su garganta como si hubiera tenido que atravesar algo espeso antes de poder emitirla.
—Qué sentido tiene la justicia después de treinta años.
La vida ha continuado su curso. Los destrozaría de nuevo, y destrozaría a tu madre...
Lo destruirías todo... ¿Y qué conseguirías?
—Le lanzó una escurridiza mirada, mezcla de escepticismo e ironía—.
Me pregunto si lo que realmente quieres es obtener uno de esos malditos Pulitzer.
¿De verdad merece la pena acabar con todo lo que tienes por un reconocimiento como periodista?
¿Dónde queda tu papel de hija? Formas parte de una familia...
—¿Qué familia, papá, a qué familia te refieres?
—No remuevas el pasado, Nicole, déjalo estar... No te lo pido por mí, hazlo por tu madre.
El silencio entre ellos se hizo eterno e incómodo. Nicole se revolvió y se levantó dándole la espalda, pero antes de dar un paso, la voz de su padre la detuvo.
—¿Te marchas?
Ella se giró hacia él.
—Pensé que en algún momento de esta conversación me pedirías perdón. —Se detuvo, arrugó el ceño y abrió los brazos señalando el entorno—. Estamos en un templo, te encuentras delante del Dios al que tantas veces te he visto rezar... ¿No tienes remordimientos por todo el dolor que has causado?
Walter negó con una expresión serena.
—Hasta los remordimientos expiran —respondió, encogiendo los hombros—.
Otra cosa son los pecados que no se absuelven, uno se los carga en la conciencia para siempre, igual que la sombra de cada muerto que está en mi haber.
Es demasiado tarde para arreglar lo que no se puede cambiar.
—Parecía mendigar un gesto de cariño—. Creo que he respondido a todas tus preguntas...
—Lo único que has hecho es justificarte, ampararte en ideas grandilocuentes para que crea que lo que hiciste lo hiciste porque no tenías más remedio.
—No podía elegir, Nicole, si no cumplía lo que me pedían habría vuelto a perder todo lo que en verdad me importa en este mundo, a tu madre, a ti...
—Su rostro se ensombreció de repente—. Nunca me perdoné haber dejado sola a la madre de Michael, jamás he podido perdonármelo. No podía cometer el mismo error.
—En realidad, has elegido, papá. Ahora me toca a mí decidir cómo actuar.
—Piénsalo bien, Nicole, el daño que puedes llegar a causar es mucho más importante que tu verdad...
Ella tomó aire y lo soltó, se dio la vuelta y avanzó hacia el pasillo. Antes de iniciar la marcha, lo miró una última vez. Sintió que aquellos ojos le suplicaban un perdón que no había sabido expresar. Acusó un latigazo en lo más profundo de su corazón.
Se alejó con pasos lentos, contraídos los hombros, la mano aferrada a la bandolera del bolso, con un frío interior difícil de explicar.
Delante de la puerta del apartamento de Frank, Nicole alzó la mano y la sostuvo unos segundos en el aire, la cabeza gacha, turbada aún por la endiablada conversación que había mantenido en un lugar sagrado; aspiró aire para llenar los pulmones, cerró el puño y golpeó con los nudillos dos veces.
La puerta se abrió. Los dos se observaron unos instantes, escrutando el tormento en los ojos del otro.
Nicole dio un paso hacia él, apoyó el rostro en su pecho y se dejó envolver en sus brazos; pegada a su cuerpo, sintiendo la seguridad que le ofrecía, la calma de los latidos de su corazón, aspirando su aroma, percibiendo la calidez de su aliento.
Le brotó el llanto reprimido desde su salida de San Patricio, un llanto de impotencia, de duda, de confusión.
Sentados en el sillón, uno frente al otro, con un te caliente en la mano, Nicole le contó con voz queda la conversación y su estado de ánimo.
—Ha muerto gente por ocultar este asunto, Frank. Debería pagar por sus crímenes..., pero... —Se le atascó la voz en la garganta—. Es mi padre...
Frank la miraba con arrobo, escuchándola sin interrumpirla, atento a cada una de sus palabras, de sus sensaciones. Le agarró la mano y le habló con una dulce convicción.
—Cada mañana salgo a jugarme el pellejo para perseguir a los que se saltan la ley, los que delinquen, los que asesinan o roban...
He llevado a la cárcel a rateros que atracan para comer o para drogarse, o porque nunca aprendieron otra forma de vida.
A veces he sentido pena por muchos de ellos, en el fondo buenos chicos, torcidos por malas compañías o circunstancias difíciles...
—Hablaba con una concentrada vehemencia—.
Otra cosa son los delincuentes que visten con traje impecable, pisan moqueta gruesa y frecuentan los locales más exclusivos de la ciudad.
Hombres respetables con sonrisa de benefactor.
Tipos que lavan dinero obtenido por medios ilegales, que destruyen vidas sin ensuciarse las manos.
Ese tipo de gente a quien no se toca. El ratero que roba para sobrevivir no tiene abogados, ni amigos influyentes, ni llamadas mágicas que hagan desaparecer pruebas.
El poderoso, sí. Y tengo la sensación de que el sistema parece construido para protegerlo.
Temo convertirme en la pieza de una maquinaria que castiga al débil y absuelve al fuerte.
Me pregunto si es justicia cumplir la ley cuando la ley está amañada, si es honesto arrestar al pequeño delincuente sabiendo que el gran criminal camina libre, protegido por el mismo sistema que juré defender.
Ella replicó, reflexiva.
—Tal vez el conflicto no está entre el bien y el mal, sino entre dos males distintos. Uno es visible, es cotidiano, incluso está dentro de la ley. El otro es invisible, se encuentra incrustado en el sistema, y ese es el intocable.
—Los hombres como tu padre no están fuera de la ley... Están sentados justo encima de ella.
—¿Y qué se supone que debo hacer?
—Eres la única que puede sacar a la luz todo este asunto.
—¿Quieres que denuncie a mi padre?
—Es una opción...
—Tú eres el policía. Deberías hacerlo tú... Y no podría reprochártelo.
El rostro de Frank se ensombreció, vencido por una poderosa fuerza que le aplastaba.
—Si presento esa orden de detención en cualquier comisaría, acabará en la trituradora de papel y mi carrera de policía habrá terminado para siempre.
Sería un gesto inútil por mi parte, porque no se movería ni un dedo contra nadie salvo contra mí y contra mi teniente, que perdería su pensión y destruiría su vejez; podría con lo mío, pero no voy a perjudicar a un hombre como el teniente Caddy, él no se lo merece.
—Lo que me pides va más allá de entregar a un hombre a la justicia.
Es dinamitar mi mundo, es ver caer a mi madre, cómplice por ignorancia o por elección.
Supone perder el apellido, la casa, la seguridad.
Me convertiría ante el mundo en una apestada, no solo por el hecho de que mi padre sea un asesino, sino porque sería la hija que destruyó a su propio padre.