XX
La catedral que tenía delante, tan cercana y tan presente, le había pasado desapercibida, alienada por la apresurada vida de Manhattan.
El sol de primavera parecía rozar la piedra caliza marcando sombras en cada arquivolta y en cada escultura.
Las dos torres se erigían hacia el ocaso del cielo como antiguos guardianes.
A su alrededor, modernos edificios de la Quinta Avenida, rectilíneos, de vidrio, piedra y acero, custodiaban la majestuosidad del templo.
Las puertas centrales de bronce permanecían cerradas.
Nicole consultó la hora en el reloj de su muñeca, tomó aire y lo soltó en un largo suspiro, armándose de fuerza.
Su padre la había citado en aquel lugar, y ella no había tenido inconveniente, convencida de que era el más adecuado para una especie de sagrada confesión.
Subió los cinco escalones mientras se cruzaba con algunos fieles que salían por las puertas laterales del templo; la mayoría de las mujeres con trajes de chaqueta o vestidos rectos de corte clásico.
Instintivamente, se tocó el cuello de la camisa de flores y se palpó el pantalón vaquero de bajo acampanado que tapaba, en parte, los abalorios de sus sandalias doradas, que dejaban al aire parte de sus pies.
Se ajustó la correa del bolso al hombro.
Inspiró hondo, llenando de aire sus pulmones, y lo soltó en un intento de calmar los nervios que le aceleraban el pulso.
Se adentró en el recinto sagrado y, al hacerlo, el bullicio de la ciudad quedó apagado a su espalda.
De inmediato la envolvió el olor a cera vieja y a piedra húmeda; el aire, más fresco, invitaba al recogimiento.
No pudo evitar sobrecogerse en aquel espacio luminoso que obligaba a elevar la mirada a las monumentales bóvedas de crucería, erigidas sobre las columnas de mármol y bañadas por la luz filtrada de las vidrieras de colores.
Apenas había una docena de devotos desperdigados por la hilera de bancos de madera alineados a lo largo de la nave central; cuerpos estáticos, con las rodillas clavadas en el reclinatorio, bisbiseando favores o solicitando perdones, con el rostro concentrado en sus plegarias.
Entre ellos, localizó la figura conocida, la espalda recta, la nuca erguida y bien rasurada, la cabeza compacta. Su quietud resultaba casi escultórica.
Avanzó por el pasillo central oyendo el resonar de sus pasos en el mármol, consciente de la solidez del suelo bajo sus pies, un suelo que sostenía su fragilidad con firmeza.
Llegó a la altura de la bancada en la que aguardaba su padre.
Se detuvo y él giró la cabeza. Se observaron unos segundos.
Ella accedió al hueco entre bancos, sorteando la tabla del reclinatorio.
El perfil de su padre seguía hierático, tan solo movió los ojos un instante hacia ella, cuando Nicole quedó sentada a su lado, ni muy juntos ni muy separados, envarada también.
Posó el bolso sobre sus rodillas y los flecos de la solapa se desparramaron por sus muslos.
Ninguno de ellos rompió el silencio, dirigida la mirada hacia el altar, arropados ambos por aquella quietud que invitaba a apaciguar el espíritu.
Durante ese largo rato, Nicole pensó en una aptitud de su padre que siempre había admirado: la capacidad que tenía para escuchar, su serenidad al afrontar las cosas, la acertada contención tanto en sus palabras como en sus silencios.
Siempre había tratado de aprender esa capacidad de control.
Le llegó a la nariz la fragancia Pour Monsieur y cerró los ojos, evocando tantos abrazos impregnados de ese aroma.
Durante unos segundos, lo escrutó de soslayo; impecablemente vestido con un traje gris marengo hecho a medida, camisa blanca, una discreta corbata de seda y pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, zapatos limpios, brillantes, con los cordones anudados en una lazada perfecta.
La primera en hablar fue ella, en voz muy baja, acorde con el entorno de recogimiento.
—Dicen de ti que eres un hombre frío, distante y calculador; sin embargo, yo siempre te he defendido, convencida de que tus silencios estaban llenos de decencia.
Ahora siento que me equivoqué en la forma —en ese momento giró la cara hacia él—, no estoy segura de haberme equivocado en el fondo.
—Contempló aquella cabeza regia, altiva, casi arrogante, que se resistía a mirarla—.
Llevo días preguntándome quién es mi padre...
¿Fabrizio Donatti o Walter Donaldson? Tengo que elegir a uno, debo elegir a uno...
Pero no sé cuál de ellos es real y cuál tan solo un espejismo...
, y temo elegir este último y quedarme sola, sin padre...
, no huérfana, eso supondría llorar sus recuerdos, sino sin una figura a la que aferrarme como hija.
Me siento traicionada y culpable al mismo tiempo, como si quererte hubiera sido una forma de complicidad, aunque fuera involuntaria, como si cada momento familiar se hubiera erigido sobre unos cimientos espurios, abyectos; todo en ti se me antoja ahora fingido.
Al oír sus palabras, Walter Donaldson cerró los ojos y alzó levemente la barbilla. Había sido un golpe directo y seco, un hachazo que le dejaba sin defensas.
Su voz sonó ruda y quebrada a la vez.
—No hay nada espurio ni abyecto entre tú y yo, Nicole; nada es fingido.
Si de algo puedo sentirme orgulloso es de haber sido tu padre, de quererte como te quiero.
Te aseguro que lo más sincero que hay en toda mi vida es el amor que siento hacia ti, un amor herido, forjado desde la pérdida, desde el dolor de la ausencia de lo que pudo ser y no fue.
Nicole sintió una sacudida interior al comprender que aquellas palabras de su padre contenían el dolor por la hija muerta. Entrelazó las manos y retorció los dedos ahogada en una sensación entre la aflicción y la impotencia.
—Quise cambiar —continuó él—, quise cerrar un pasado que me marcaba como un asesino miserable y sin corazón.
Había que sobrevivir. No elegí ese mundo.
Nací en él, formé parte de él desde el día que vi a mi padre caer acribillado a balazos...
Tenía seis años, pero jamás he podido borrar de mi memoria esa imagen...
, el estruendo de los disparos..., el golpe seco de su cuerpo al desplomarse contra el suelo.
La vida me obligó a aprender que el miedo puede destruirte o protegerte, depende de quién lo inspire.
Y yo decidí inspirarlo. —Hizo una breve pausa—.
Sé que tienes muchas preguntas que ahora mismo te atormentan, pero tal vez las respuestas te duelan mucho más.
Ella lo recriminó, airada.
—Soy tu hija, tengo derecho a la verdad, aunque luego no sepa qué hacer con ella.
—Tienes razón —musitó él—. Trataré de responderte con honestidad.
—Por dónde empezar... —susurró envuelta en una niebla mental que le impedía pensar con claridad—. ¿Alguna vez te planteaste contármelo?
Walter Donaldson negó con la cabeza.
—Mi mayor deseo ha sido dejar atrás a Fabrizio Donatti, enterrarlo junto a todos sus muertos, alejarlo de mí y de vosotros.
Se oyeron los pasos de alguien que se acercaba desde atrás; una anciana avanzaba por el pasillo central de camino al altar; los rebasó y, al llegar a la primera bancada, se arrodilló con algo de dificultad y hundió el rostro entre las manos en actitud orante.
—Mataste a un hombre delante de su esposa embarazada... —susurró Nicole, como si estuviera pronunciando un sacrilegio con sus palabras.
—Ni un solo día de mi vida he olvidado la mirada de esa mujer, la imagen de sus manos protegiéndose el vientre...
Dios santo —susurró cargado de pesar. Tras una breve pausa, continuó hablando—: Lo único que quería aquel maldito día era salvar a la madre de mis hijos...
Matilde... —pronunció apenas, como si invocara un recuerdo—.
Yo amaba a esa mujer... La amaba de verdad.
—Su voz tembló. Guardó silencio durante unos segundos y movió las manos, como si estuviera revolviendo entre sus recuerdos—.
Me convertí en un asesino antes incluso de saber que lo era.
Extorsioné a gente, di palizas a hombres indefensos, maté a inocentes solo porque me lo ordenaban; lo convertí en una forma de vida.
Durante la guerra, en Sicilia, maté por primera vez sin cobrar nada a cambio; lo hice por un país que ni siquiera era el mío.
Entonces comprendí que el crimen y la patria se parecen más de lo que nadie quiere admitir.
Cuando conocí a tu madre quise cambiar, dejar atrás mi pasado violento, quería que tú y tu hermano vivierais una vida distinta a la que yo había tenido.
Quería una vida mejor para todos. Funcionó con tu madre y contigo; en cuanto a tu hermano...
resulta obvio que he fracasado estrepitosamente.
—¿Tuviste algo que ver con la muerte de Robert Kennedy? —preguntó ella al fin—. Sé que fue el hijo de Dolores el que disparó al senador. Yo lo vi.
—¿Cómo que lo viste? —preguntó estupefacto.
—Yo también te mentí, deben de ser los genes. No fui a Nueva Orleans como te dije. Estaba en la cocina del hotel Ambassador cuando César Salazar disparó a la cabeza de Kennedy. En ese momento no lo reconocí. De todas formas, mi testimonio no sirvió de nada. Michael se ha encargado de taparlo todo.
—¿Michael sabía que estabas en Los Ángeles?
—Según su versión, trató de protegerme.
Walter alzó la vista, intentando encajar una realidad con la que no contaba.
—Estás jugando con fuego, Nicole.
Ella no pareció escucharle e insistió en buscar explicaciones.
—¿Tuviste algo que ver con la muerte del senador?
Tras un largo silencio, su padre le habló por fin en tono pausado.