Un hombre de honor XIX #4
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XIX #4

—Tu padre y yo merecemos un respeto, Nicole —alzó el dedo y la señaló, amenazante—, y no te voy a consentir que pases las noches por ahí como si fueras una furcia.

Aquellas palabras rebotaron en la mente de Nicole como bolas de billar chocando entre sí.

—Me pides respeto... —masculló Nicole tratando de controlar su profunda indignación—. ¿Y yo? ¿Es que yo no me merezco respeto por vuestra parte?

La mujer se irguió, alertada.

—En esta casa siempre se te ha tratado como una princesa —replicó con aplomo.

—Como una princesa estúpida a la que se oculta la verdad...

—le recriminó llena de soberbia—. Se te llena la boca de decencia, de moralidad...

, de lo que está bien o de lo que es pecado mortal...

Precisamente tú..., que te casaste con un hombre no solo corrupto, sino un inmoral que camina por la vida dejando un reguero de muertos.

El rostro de su madre palideció. Lanzó una rápida mirada a Dolores, y ella, comprendiendo al instante, dejó lo que estaba haciendo y abandonó la cocina en silencio.

Cuando quedaron las dos a solas, Connie se enfrentó a su hija, que no le quitaba ojo, analizando sus reacciones, sus gestos. Necesitaba averiguar qué sabía, qué pensaba en realidad y por qué razón había entrado en aquel macabro juego.

—¿Qué sabes tú de tu padre?

—Todo, mamá... —Su voz tenue cayó como un mazazo en la conciencia de Connie—. Lo sé todo. Sé quién es, y también lo que hizo...

—¿Te lo ha contado ese policía judío con el que te acuestas?

Aquello fue un golpe bajo.

—No te permito que hables así de Frank...

—Que no me permites... —La madre se fue hacia ella como si fuera a pegarle, pero se paró en seco, como si entre ella y su hija se hubiera alzado un muro infranqueable.

Nicole permaneció impasible, el gesto altivo, mientras su corazón herido buscaba desesperadamente respuestas capaces de aliviarlo.

Connie tomó aire, tratando de calmar los ánimos. Negó para sí, mientras se frotaba las manos con evidente nerviosismo.

—No sé qué te han contado, pero tu padre es un buen hombre, buen padre, buen marido, ama a sus nietos. No tienes ningún derecho a destruirlo.

—No lo defiendas, mamá, no puedes...

—¡Lo defenderé con uñas y dientes! —bramó encolerizada—. Y tú deberías hacer lo mismo. Es tu padre, Nicole... Tu padre...

—Es un asesino...

La bofetada le llegó rápida y seca. Nicole se llevó la mano a la mejilla, incrédula más que herida.

Las dos quedaron inmóviles, atrapadas en una tensión insoportable, respirando un aire crispado.

—No se te ocurra volver a decir eso, ¿me oyes?

—No puedes ocultar la realidad, mamá. Por mucho que lo intentes, ya no funciona, al menos para mí.

—Hablas sin saber —le recriminó con voz ronca.

—Explícamelo tú.

Connie negó con la cabeza. Le dio la espalda y se dejó caer en una silla, derrotada.

—Es... es muy complicado... Cuando conocí a tu padre era un hombre con el corazón herido.

Sé lo que fue, sabía lo que había sido...

Fui muy consciente de que me enamoraba de un hombre hecho, un hombre de honor, igual que lo fue mi padre...

—Se giró un poco hacia ella—. Tu abuelo Salvatore, al que no llegaste a conocer, también era uno de ellos, hombres de honor cargados de una dignidad criminal.

—Son dos palabras incompatibles, madre —le dijo con frialdad.

—Qué sabrás tú —murmuró ella con desdén. Bajó la vista a sus manos inquietas—. Da igual el precio que hayas pagado; por mucho que te resistas, por mucho que intentes alejarte, esos malditos siempre acaban reclamando la eterna deuda.

—¿Quiénes son ellos?

Su madre la miró con una escalofriante gravedad. No había vuelto a pronunciar esa palabra desde que salió de Sicilia.

—La mafia, Nicole... —Un sabor acre le subió por la garganta—. De eso se trata...

Nicole se sintió mareada, como si estuviera subida en un tiovivo que no dejaba de girar. Se agarró a la encimera, procurando recuperar la cordura perdida en aquella conversación.

—Y ahora yo... —balbució insegura—. ¿Qué se supone que debo hacer? Ni siquiera sé quién soy.

—Tú no eres como ellos, Nicole, igual que no lo soy yo. No pudimos elegir.

—Esto nos salpica a todos, mamá, sobre todo a ti, que sabías la verdad.

—He hecho todo lo que ha estado en mi mano para alejar a tu padre de ese mundo, todo lo que una mujer enamorada puede hacer por el hombre al que ama. Puedes echarme en cara mi fracaso, si eso te consuela.

—No se trata de consuelo, mamá. —Se llevó la mano al pecho, el gesto contraído—. Me duele... me duele el alma... Santo cielo... Se trata de mi padre.

Connie le dedicó un semblante más amable.

—Debes perdonarlo, Nicole —le conminó en un tono casi suplicante—. Si yo lo hago cada día..., tú también puedes hacerlo.

Nicole buscó en los ojos de su madre algo a lo que aferrarse, pero solo encontró un inmenso vacío. El corazón le golpeaba en el pecho; le faltaba el aire, se ahogaba.

Salió de la casa como quien lucha por emerger a la superficie de un pozo profundo y oscuro. Se vio en la calle. Cruzó hacia Central Park y durante mucho tiempo deambuló sin rumbo por senderos y caminos, dejándose arrastrar por sus pasos.