XIX #3
Era consciente de que el hombre conocía el escándalo que había estallado en la familia con la detención de su hermano Michael, sin embargo, Eddie en ningún momento mostró ni interés ni curiosidad, ni mucho menos recelo, y actuaba como si nada hubiera pasado, o como si a él no le importaran las vicisitudes que afectaban a los habitantes del edificio, a los que cada día saludaba con amabilidad.
Por esa razón, Nicole le dedicó una sonrisa agradecida y se adentró en el portal.
Frank la había ido a recoger a la redacción.
Había pasado la noche en sus brazos, una larga y complicada vigilia cargada de palabras difíciles y silencios incómodos, sumida en un enrevesado desconcierto del que no podría salir si no se enfrentaba a su padre.
Llevaba en el bolso el papel maldito, la copia de la orden de arresto emitida por la Policía de Detroit contra Fabrizio Donatti por el asesinato en primer grado de un funcionario federal, cuyos datos personales aparecían detallados en el documento.
Cuando Frank le mostró aquella orden, una pregunta empezó a acosarla sin descanso: ¿quién era su padre?
¿Qué clase de hombre había detrás de aquella figura a la que tanto amaba, ese al que tanto había admirado y respetado?
Desconocía todo sobre su pasado, sobre su vida en Detroit, incluso apenas se había preocupado de conocer algo más de la existencia de la madre de Michael, del dolor de su pérdida, con la figura materna sustituida.
Reparó entonces en el sufrimiento que podría haber anidado en el corazón de su hermano, en el de su padre, incluso en el de su propia madre al hacerse cargo de un niño con una herida tan profunda en el corazón.
Se daba cuenta de que nunca había tenido la más mínima curiosidad porque siempre había sentido que todo lo que le rodeaba era lo suficiente sólido para no dudar de nada, ni de nadie. Ahora comprendía lo equivocada que estaba y que, en realidad, había estado conviviendo con desconocidos.
No había aplacado sus miedos el hecho de que Frank le hablase de la orden que le había llegado al teniente Caddy.
«El intocable», había murmurado ella con un profundo pesar.
Esa orden de detención vigente hacía treinta años no se podía ejecutar porque el prófugo volvía a quedar al margen de la justicia amparado por un poder superior.
Entre los dos, y con la información que Nicole había recibido de Becker y su fuente, habían atado cabos.
Si el nombre de Fabrizio Donatti salía a la luz, también quedaría al descubierto su vinculación, bajo la identidad de Walter Donaldson, con la célula de la CIA encabezada por Sorrentino, tal y como le había señalado Clayton en uno de los documentos que pudo ver en el apartamento de Becker, una red de intereses oscuros y sobre todo secretos que no convenía airear.
Entró por la puerta de servicio. Encontró a Dolores en la cocina, pelando patatas. Al verla, Nicole sintió una punzada en el estómago. Se preguntó si aquella mujer sabía que su hijo era un asesino.
—¿Dónde estabas? —inquirió Dolores—. Buena tienes a tu madre. Eso de que pases las noches fuera de casa lo lleva muy mal.
—Hola, Dolores —dijo, ignorando las preocupaciones de su madre sobre lo que hacía o no hacía con su vida—. ¿Cómo te encuentras?
—Voy tirando —respondió rebajando el tono, sin dejar sus tareas en la cocina—, aunque es cierto que este cansancio no se me quita de encima... En lugar de andar, me voy arrastrando, pero ya se pasará.
—Deberías descansar —dijo Nicole sin dejar de observarla—. ¿Qué hay de ese viaje a México del que me hablaste?
Ella negó con la cabeza y frunció los labios.
—Bah, este hijo mío ni siquiera me ha contestado. —Su voz sonó como un quejido. Hablaba sin despegar los ojos de sus manos—. Además, no puedo dejar a tu madre así, ahora... Ella me necesita. Mi jubilación puede esperar.
—Dime una cosa, Dolores, ¿qué tal es tu hijo César?
Ella se volvió hacia Nicole, extrañada, sin detener el cuchillo.
—Quiero decir —añadió Nicole para centrar más una respuesta que no sabía si quería o si necesitaba, por inoportuna—, es tu único hijo, no viene mucho a visitarte, de hecho, yo no le conozco. ¿Cómo es como persona?
—Alguna vez ha venido, pero eras muy pequeña.
César siempre ha sido muy despegado. Eso sí, a tu padre lo adora, si le dice que se tire por un barranco, va y se tira, sin dudarlo.
Le tiene en un pedestal. —Calló y negó con la cabeza—.
Conmigo es distinto, reconozco que me dediqué más a tu hermano que a él.
Es un buen hombre, obediente, trabajador, listo, pero poco cariñoso, muy desprendido.
Hemos vivido más tiempo separados el uno del otro que juntos.
Cuando tu padre lo envió a la costa oeste, se alejó aún más...
Cosas de los hijos. Yo me conformo con que sea feliz.
Nicole la escuchaba con atención, observaba su perfil, hablando sin dejar de pelar y cortar las patatas para echarlas luego en un bol.
¿Qué podía decirle?, pensó. Ni quería ni debía herirla con una verdad que seguramente ignoraba.
No veía la necesidad de abrir semejante abismo en la relación con su hijo.
—¿Está mi padre en casa?
—Se ha marchado hace un rato. Tu madre está en su habitación, apenas sale a la calle si no es para ir a la iglesia.
Como siga así va a caer enferma. —Se volvió hacia ella mientras llevaba el bol de patatas al fregadero y las metía bajo el chorro de agua—.
Esta casa parece un cementerio desde que Michael está en...
Bueno, está donde está. ¿Sabes que Samantha se ha llevado a los niños a Boston con sus padres?
—Su tono era de reproche—. Esa bruja... No ha ido a visitarlo siquiera...
La que sí ha llamado es la abogada esa que anda con él.
Al final, la querida anda más preocupada que la propia esposa.
Tuvo que callarse porque en ese momento Connie apareció en la cocina.
—Vaya —dijo al descubrir la presencia de su hija—, dichosos los ojos. Últimamente no se te ve el pelo —le reprochó.
—Lo siento, mamá —masculló—. He tenido muchas cosas que hacer.
—Ya... —le espetó su madre cada vez más soliviantada, muy tiesa, encarada a su hija. Se llevó la mano al bolsillo y sacó algo que horrorizó a Nicole—. ¿Me podrías explicar esto?
Mientras preguntaba, agitaba en el aire el blíster de sus píldoras anticonceptivas. Dolores observaba la escena con espanto, y Nicole enrojeció avergonzada.
—¡Has estado hurgando en mis cosas! —dijo rabiosa.
—¿Esto te enseña ese sucio judío?
Nicole se precipitó hacia su madre con la intención de arrebatárselas, pero Connie las escondió a su espalda con un rápido movimiento.
Madre e hija quedaron frente a frente, desafiantes.
—Devuélveme eso, mamá.
Connie se volvió y arrojó el blíster a la basura.
—No tienes ningún derecho...
La madre se encaró con ella.