Un hombre de honor XIX #2
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XIX #2

Se dio la vuelta y se alejó. Al salir echó un rápido vistazo a una de las mesas que daban a la calle.

Un hombre, solo, comía unos espaguetis. Cuando lo vio salir, se levantó, se fue hacia el fondo del local, se plantó frente a Russell, extendió la mano y le disparó en la frente.

Inmediatamente después, sin posibilidad alguna de reaccionar, descargó otra bala que impactó en la papada del Gordo Farelli.

Los dos hombres cayeron desplomados, primero contra la mesa, luego inertes, al suelo.

Sin perder la calma y aprovechando el desconcierto y el pavor de quienes los rodeaban, César Salazar los remató con un tiro de gracia en la cabeza a cada uno, antes de darse la vuelta y salir del local con paso rápido, pero sin llegar a correr.

Los clientes se habían tirado al suelo, tratando de esconderse del peligro.

Entre los gritos histéricos se alzaba la melodía de «Maruzzella».

Frank llamó a la puerta del despacho del teniente Caddy.

Abrió y se asomó. El teniente parecía concentrado en algo que le estaban diciendo por teléfono.

Tenía un documento sobre la mesa, y las gafas le pendían del puente de la nariz.

Al verle, hizo un gesto para que pasase.

Frank entró, cerró y se sentó al otro lado de la mesa mientras el teniente continuaba atento a la conversación telefónica.

De vez en cuando asentía con un sonido que le salía de la garganta, sin llegar a abrir la boca. Al cabo, levantó la vista hacia Frank.

—Está bien, lo entiendo... Sí, no se preocupe... Así lo haré.

Colgó y se pasó la mano por la cara como si se quisiera arrancar algo molesto. Resopló y miró el documento.

—¿Qué ocurre, teniente?

—Han acribillado a tiros a Russell Torino y a Luca Farelli. Hace una hora, en el Torino’s, a plena luz del día, con el local lleno de clientes que comían espaguetis boloñesa —añadió con ironía—. Un tipo se ha plantado delante y los ha liquidado. La típica ejecución de la mafia.

—¿Lo han detenido?

Negó con la cabeza.

—¿Tienes alguna idea de quién ha podido ser? —preguntó el teniente.

—Podría ser cualquiera de la organización que se sienta amenazado o afectado por las detenciones.

—¿Has pensado en el padre del detenido?

—¿Walter Donaldson? —Arrugó el ceño—. ¿Qué le lleva a pensar en él?

—Tiene su lógica —arguyó Caddy—. Su hijo está en la cárcel, y no está dispuesto a que los cerebros de todo el tinglado, Torino y el Gordo Farelli, se vayan de rositas, a no ser que el chico los delate, pero si lo hace, lo liquidan. Así que se adelanta, se los quita de en medio y asunto resuelto.

Frank pensaba en todo lo que le había contado Nicole sobre las supuestas actividades de su padre. Resultaba evidente que tras la máscara de un respetado empresario se escondía otra cara más siniestra.

—¿Alguna prueba que lo inculpe? —preguntó en aquel juego de suposiciones que solían manejar entre ellos.

—Ninguna. Son solo conjeturas, nada que se pueda probar.

—No sé, teniente... —Meneó la cabeza, negando con gesto concentrado, mientras trataba de aclarar aquel galimatías—.

No lo veo como un asesino... A cualquiera le puede pasar que le salga un hijo díscolo que se aproveche de su situación.

Nada de eso debería inculparlo; los padres no deberían ser responsables de los errores de los hijos.

—En eso tienes razón, Bernstein —añadió con una mueca distendida—.

Se dice que gran parte de la fortuna de Joe Kennedy procede del contrabando durante la Ley Seca, y este país tuvo como presidente a uno de sus hijos, y otro más habría llegado a serlo si ese Sirhan no se hubiera cruzado en su camino.

Frank escuchaba al teniente con atención. Lo conocía bien y por su expresión sabía que tenía algo importante que decirle y estaba esquivando el momento de hacerlo.

—¿Adónde quiere llegar, teniente? Dígame de una vez qué ocurre.

Caddy cogió el papel que tenía delante y se lo tendió por encima de la mesa.

—Es una orden de busca y captura del estado de Míchigan emitida el 26 de diciembre de 1939 contra Fabrizio Donatti.

El día de Navidad de 1939 asesinó a sangre fría a un agente del FBI en la puerta de su casa, delante de su esposa embarazada de siete meses, a la que también apuntó con intención de matarla.

Por fortuna no lo hizo, y la viuda lo identificó sin lugar a dudas. Donatti se esfumó sin dejar rastro.

Mientras lo escuchaba, Frank fue leyendo la orden de busca y captura número 4178-H contra Fabrizio Donatti, emitida por el Tribunal del Condado de Wayne a solicitud del Departamento de Policía de Detroit; además de sus datos personales y aspecto físico, se le consideraba extremadamente peligroso.

—Vaya —dijo cogiendo el papel—. Este tipo es una caja de sorpresas. ¿Lo hemos localizado? —preguntó con evidente expectación.

El teniente mantenía el semblante serio. Cogió un cigarro y lo encendió con una profunda calada.

—Lo tenemos, Bernstein —dijo asintiendo—, y muy cerca. —Le tendió otra hoja—. Fabrizio Donatti, conocido en la actualidad como Walter Donaldson.

Frank se quedó con el brazo suspendido en el aire, como si aquellas palabras le hubieran paralizado cada músculo del cuerpo. Cogió el papel que le tendía el teniente y se dispuso a leerlo. Inspiró hondo y soltó el aire, procesando lo que suponía aquello.

—Hallaron inconsistencias documentales en la identidad de Michael Donaldson. Kravitz hizo algunas indagaciones en el FBI. Ha ido a Rikers a ver al chico... Lo ha contado todo.

Frank escuchaba aturdido. Alzó la barbilla y enarcó las cejas.

—Habrá que detenerlo —dijo al fin, convencido.

—¿Lo harías? —preguntó el teniente con incredulidad—. Se trata del padre de tu novia... Si os llegáis a casar, se convertiría en tu suegro.

Molesto por el comentario, Frank torció el gesto con una mueca mohína.

—Dejemos a Nicole a un lado en esto, ¿de acuerdo?

El otro asintió condescendiente. Entendía la situación complicada que se le había planteado. Respiró hondo y su semblante se relajó.

—De todas formas, no hay de qué preocuparse. Walter Donaldson seguirá con su vida sin que nadie le toque un pelo.

—No entiendo...

—Me acaban de dar la orden de que no movamos un dedo en el asunto de Fabrizio Donatti. Al parecer, el padre de tu novia es un intocable.

—¿Un intocable para quién? —Le molestaba su relación personal.

—Para alguien con mucho poder, Bernstein. —Caddy trataba de ser prudente.

—¿Nos vamos a quedar con los brazos cruzados?

El teniente aplastó el cigarrillo en el cenicero.

—La orden ha sido tajante. Si hacemos cualquier movimiento, estamos jodidos...

—Jodidos estamos siempre, teniente, no creo que lo notemos demasiado.

Caddy le sostuvo la mirada mientras apoyaba los brazos en el escritorio y entrelazaba los dedos de las manos.

—Bernstein, me jubilo el mes que viene. Tendré un buen retiro y una buena pensión.

Pienso marcharme lejos de esta ciudad sucia y ruidosa, buscar un lugar cálido y tranquilo e instalarme allí a vivir la vida.

En cuanto a ti, has hecho un gran trabajo, has desarticulado una red de contrabando de heroína muy arraigada, han caído los peces gordos; has detenido a los responsables de la muerte de Corsini.

Tu nombre está en todas las portadas de los periódicos del país, sales en las noticias, te has convertido en un héroe nacional.

—Usted sabe que todo eso es humo. Dentro de unos días nadie se acordará de mi nombre, y mucho menos de mis logros.

—Tienes razón —añadió el teniente—. Pero tú no lo olvidarás. —Se detuvo unos segundos antes de continuar—. Te han propuesto para una medalla y un ascenso, lo que supone aumento de sueldo.

—¿A cambio de qué? ¿De obviar la ficha de un asesino porque lo ampara el sistema? —Negó con la cabeza, contrariado—. Todo esto es absurdo.

El teniente quebró el gesto, empezaba a impacientarse.

—Bernstein, quédate con lo bueno, aférrate a los resultados que has obtenido y sigue adelante. Además, te libras de tener que lidiar con que el padre de tu chica quede señalado. Todo lo malo suele tener un lado bueno para algo o alguien.

—No sé si eso es bueno o malo —masculló Frank.

Caddy sonrió ensimismado.

—Recuerdo que un día mi abuelo me dijo que buscar la verdad era valiente, pero no tenía por qué ser inocente.

—Hemos hecho nuestro trabajo, pero el sistema se impone y nos vuelve a joder.

Caddy se irguió con la clara idea de dar por finalizado aquel incómodo encuentro.

—La entrega de la medalla será el martes, a las diez en punto, en la sede central, en Park Row. Lleva a la tintorería tu uniforme de gala, para la foto. —Ladeó la cabeza con una sonrisa—. Y no te olvides de la gorra.

Frank alzó la orden de busca y captura.

—Esto me lo quedo... De recuerdo.

Se levantó y se dirigió a la puerta, cabizbajo, pero antes de llegar a tocar el pomo, le detuvo la voz amigable del teniente.

—Se nota que esa chica te ha tocado hondo, céntrate en ser feliz con ella. Sé listo. Olvida este asunto.

En el rostro de Frank se reflejaba la profunda decepción.

—No me pida que olvide, teniente, no me pagan lo suficiente para eso.

Salió del despacho con una extraña sensación de pesadez.

Sabía que, en muchas ocasiones, se utilizaban las alabanzas y ciertos honores para callar bocas; la entrega de la medalla al valor en una sala pequeña, sin público ni prensa, la miserable subida de sueldo por un ascenso que nada cambiaba, y la posibilidad de un traslado a otra comisaría.

Todo aquello ya lo había vivido con otros compañeros que habían hecho un «buen trabajo».

Fijó la vista en la orden de detención que tenía en la mano. Por fin había conseguido arrojar algo de luz sobre el lado oscuro de Fabrizio Donatti. Lo peor era que debía mostrárselo a la mujer a la que amaba.

Era muy temprano cuando el taxi de Nicole se detuvo frente al número 1035 de la Quinta Avenida. En cuanto lo vio, el portero se apresuró a abrirle la puerta y esperó a que Nicole terminase de pagar al conductor.

—Buenos días, Eddie.

—Buenos días, señorita Donaldson, ¿cómo se encuentra?

—Bien, bien...