XIX
Avanzaba a poca velocidad por la calle Hudson hasta que divisó el parque con dos cañones oxidados.
Torció hacia el río y aparcó. No se veía a nadie en las inmediaciones.
Apagó el motor y bajó del coche. Se estiró para desentumecer los músculos agarrotados.
El Ford Falcon había resultado ser una antigualla incómoda en la que nadie se fijaría.
Lo había alquilado en Monterrey a un conocido que no hacía preguntas y que accedió a guardar su precioso AMC Javelin rojo recién estrenado.
Las instrucciones habían sido muy claras: no debía llevar un coche que estuviera a su nombre, y mucho menos un modelo nuevo que llamase la atención.
No había tenido ningún problema para cruzar la frontera, su pasaporte norteamericano facilitaba las cosas.
Estuvo muy atento a no exceder los límites de velocidad en ningún momento.
Había conducido durante diez horas al día, atravesando ocho estados desde Texas hasta Nueva Jersey, durmiendo en hoteles de carretera que no requerían documentación, hasta llegar a los muelles de Hoboken.
Le había sorprendido la llamada recibida una semana antes.
No la esperaba después del trabajo de Los Ángeles.
Le habían advertido que no pisara Estados Unidos bajo ningún concepto.
No podía negar que el encargo le había fastidiado, un sentimiento que se guardaba para él.
Judy estaba a punto de dar a luz y quería estar a su lado.
La idea de ser padre le entusiasmaba y al mismo tiempo le provocaba vértigo.
Quería proteger a ese niño, mantenerlo al margen de la agresividad con la que él había crecido.
Quería que su hijo tuviera una vida feliz, sin sobresaltos.
Se lo había prometido a Judy, por eso se enfadó tanto cuando le dijo que tenía que volver para un trabajo.
Ella no lo entendía; las mujeres no comprenden que los hombres deben asumir compromisos ineludibles.
Eso había ido pensando durante los cinco días que había conducido en completa soledad atravesando el país.
Tenía que hacerlo, se lo debía todo a don Fabrizio, él le ayudó cuando su vida estuvo a punto de derrumbarse; le debía la vida.
Fabrizio Donatti le había tendido la mano cuando más lo necesitaba.
Tenía diez años cuando se encontró en la calle con su madre, viuda y sin un centavo.
Fabrizio acababa de casarse. Su flamante esposa estaba embarazada y necesitaba a alguien que le ayudase en la casa.
La señora Donatti contrató a su madre, y él se convirtió en el chico de los recados de don Fabrizio.
Era su sombra, lo acompañaba a todos los sitios, le cubría las espaldas.
La señora Donatti se empeñó en que fuera a la escuela, y don Fabrizio le pagó los estudios básicos; había demostrado ser hábil con la contabilidad y los negocios, era astuto y leal, pero carecía de iniciativa, y prefería estar bajo el mando de alguien a quien obedecer.
Cuando se enteró de la precipitada huida de su jefe y de la muerte de su esposa y de la pequeña Gabriela, se marchó a California.
Sabía que, si algo le pasaba, tenía que irse de Detroit, se lo había advertido don Fabrizio.
En Los Ángeles podría sobrevivir gracias al dinero que su jefe le había ido ingresando en una abultada cuenta bancaria.
Esto le había permitido sobrevivir aquellos siete años de ausencia.
Cuando regresó de su exilio en Sicilia, Fabrizio Donatti le había hecho una visita en California; compró un casino, situado en Pasadena.
Donatti le entregó la dirección del negocio, lo que le permitió prosperar con las ganancias del juego.
Hacía tres años que había conocido a Judy; se enamoró de ella nada más verla.
Ella tuvo más reticencias por la diferencia de edad que los separaba, aunque se le pasaron de un plumazo cuando comprobó su cuenta corriente.
No le importaba demasiado esa circunstancia, estaba a gusto con ella, le había rejuvenecido y le iba a dar un hijo.
No le podía pedir más a esa relación. Pensaban en casarse cuando recibió de nuevo una visita de don Fabrizio para hacerle un encargo delicado, así se lo había planteado.
Debía ponerse bajo las órdenes de un médico, un psiquiatra de una clínica de San Bernardino.
Todo había salido perfecto a pesar de las dificultades que entrañaba atentar contra un senador rodeado de gente, y depender de que aquel pobre chico (ahora condenado a muerte) hiciera lo que se esperaba de él bajo el control de Judy.
Los testigos incómodos habían sido apartados y desmontados los testimonios y pruebas que pudieran haberle incriminado a él como verdadero autor del disparo que acabó con la vida de Robert Kennedy.
Su único temor aquella noche y en las horas siguientes hasta que pudieron salir del país con Judy había sido aquella chica que se encontraba a su espalda.
Estaba convencido de que le había visto disparar a la cabeza del senador.
Con estos pensamientos, y sin dejar de admirar el horizonte, consultó de nuevo su reloj.
Dio el último bocado del sándwich. Se levantó, tomó aire y lo soltó estirando los brazos por encima de la cabeza.
Bebió un poco de leche, abrió el termo y echó un trago del cálido café.
Volvió al coche y emprendió la marcha, tomando la calle Hudson para dirigirse al túnel Holland en dirección a Manhattan.
El Gordo Farelli entró en el Torino’s cinco minutos antes de la cita.
Iba con un puro habano en la mano, balanceándose a cada paso, con la respiración acelerada por el esfuerzo de moverse.
Llevaba un traje hecho a medida, y una corbata perfectamente ajustada a su cuello que reposaba en su prominente barriga, además de cubrirse con el habitual borsalino gris oscuro con una cinta de color plateado que parecía flotar sobre su enorme cabeza.
Russell Torino permanecía al fondo del local, sentado en su mesa de siempre. Estaba en mangas de camisa. Fumaba y leía el periódico con una cerveza sobre la mesa.
Al reparar en su presencia, se levantó solícito para recibirlo.
—Hola, jefe.
—¿No ha llegado? —preguntó Farelli mirando a un lado y otro.
—Debe de estar al caer. El tráfico de esta maldita ciudad es cada día más insoportable.
Sin llegar a sentarse, el Gordo Farelli echó una ojeada a su alrededor.
—¿Dónde están tus hombres?
Russell hizo un gesto hacia el fondo de la barra.
—No están a la vista. Lo ha pedido así.
—Encima con exigencias —masculló molesto.
Cuando el Gordo Farelli tomó asiento, Russell observó que acababa de entrar al local.
—Ahí está —dijo alzando la mano.
Donatti llegó hasta ellos, los saludó con respeto y se sentó entre ambos. Era la hora de la comida, el local estaba casi lleno y se oía el bullicio de la clientela. De fondo sonaba «Arrivederci Roma», la música melodiosa en la voz de Claudio Villa.
El camarero se acercó a una señal de Russell.
—A mí tráeme un buen vino —dijo el Gordo Farelli—, no ese vino barato que dais a los clientes.
—Trae el Gaja Barbaresco —le ordenó Russell—. El de 1961.
El camarero asintió y desapareció.
—¿Cómo está el chico? —preguntó Russell.
—No está en un paraíso, que digamos.
—El fiscal Skanett está haciendo todo lo posible para sacarlo de la cárcel —añadió Russell mientras servía el delicioso vino en cada una de las copas—. Ese soplón de Fogerty lo ha complicado todo, pero hay formas de hacerlo callar para siempre.
El Gordo se llevó el puro a la boca. Dio una larga calada y soltó el humo viciado de su boca. Dejó el puro sobre un cenicero para probar el vino. Dio un trago y lo degustó como el que está catando algo exquisito.
— Mamma mia... questo vino è pazzesco. È spettacolare!
—Vale la pena pagar lo que cuesta la botella —dijo Russell petulante. Luego, hizo una indicación al camarero para que sirviera la comida.
—Tienes que estar tranquilo, Fabrizio —prosiguió el Gordo Farelli con voz sosegada—, nosotros nos ocupamos de todo.
La voz de Donatti sonó gruesa, se lo veía incómodo y enfadado.
—Este asunto perjudica a mucha gente.
—Lo sé, lo sé... —dijo el Gordo conciliador—, entiendo tu malestar y lo arreglaremos.
—Habéis manchado mi nombre y mi reputación.
El Gordo Farelli y Russell soltaron una risotada burlona.
—¿Cuál de ellas? ¿La de «Fabrizio» o la de «Walter»?
—inquirió el Gordo sin borrar la sonrisa sarcástica de su boca—.
Vamos, vamos, Fabrizio. —Señaló a Russell y a él mismo—.
Somos nosotros. Aquí no tienes que hacerte el digno.
—Agitó la mano en el aire y continuó hablando—: Pondremos a trabajar a la prensa para lavar tu imagen, y no te preocupes tanto por ese grupito de tipos ricos con los que te juntas, son una panda de corruptos con corbata de seda que están de mierda hasta el cuello.
Deberías alejarte de ellos, esos sí que te arrastrarán cuando se vayan al infierno.
—No necesito tus consejos, Gordo —le espetó cortante.
Farelli le dedicó una mirada retadora durante unos segundos. Le disgustaba que se le hablase en ese tono. Con parsimonia, puso los codos en la mesa, cogió el puro y se lo llevó a la boca para darle una calada, mientras calibraba cómo actuar.
Esbozó una mueca que quería ser una sonrisa y decidió dejarlo pasar para centrarse en lo que les ocupaba.
—Hay que encargarse de Fogerty. Quel bastardo no puede llegar vivo al juicio.
Sin su declaración, desaparece la acusación de conspiración para el asesinato.
De las escuchas y demás cuentos se ocupa Skanett, que para eso le pagamos.
Con el tema de la heroína habrá más capacidad de maniobrar a nuestro favor.
Fabrizio Donatti lo escuchaba en silencio, impávido ante aquellas palabras que sabía vacías. Se levantó despacio.
—Tengo que marcharme.
—¿No te quedas? —dijo el Gordo con una mueca burlona—. Invito yo.
—No quiero nada tuyo, Gordo.