Un hombre de honor XVIII #2
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XVIII #2

A trompicones y de forma atropellada, Nicole le explicó todo: la reunión que habían tenido la tarde anterior en casa de Becker con Thomas Clayton, los documentos, las pruebas que señalaban a su padre como responsable de la financiación de un programa de la CIA tan peligroso como oscuro, la noticia de la muerte del funcionario en el aeropuerto, y cómo había encontrado a Becker en su casa.

Hablaba deprisa, en voz muy baja, muy cerca del rostro de Frank, que la escuchaba con atención, sin interrumpirla.

Nicole calló un instante antes de soltar su amarga conclusión.

—No puedo creer que mi padre haya financiado a los que mataron al senador Kennedy, pero todo coincide, Frank, todo...

El que le pegó el tiro es el hijo de la mujer que nos ha cuidado desde siempre.

Y Michael... estaba en el salón del Ambassador la noche del atentado.

No te dije nada porque no estaba segura de que fuera él.

No le di importancia, pero ahora todo cobra sentido.

Hubo un momento de desconcertante silencio entre ellos.

El café se había enfriado y ahora sonaba de fondo «Sway» en la voz de Dean Martin.

El hombre del periódico se había marchado; una pareja de ancianos se había sentado en una de las mesas del fondo, y en la barra otros dos hombres charlaban sonrientes con el camarero.

Frank inspiró hondo y exhaló liberando el aire retenido en sus pulmones.

—Santo cielo —masculló al cabo, tratando de digerir todo aquello—. ¿Has avisado a la policía de la muerte de Becker?

Ella negó.

—He venido a verte directamente. No sabía qué hacer, ni qué decir... —Alzó el rostro hacia el techo como si se ahogara—. Estoy hecha un lío...

—Tengo que avisar para que vayan al apartamento de Becker. Dime la dirección.

—No quiero que me relacionen con todo esto, Frank...

—Estás involucrada en todo esto —le espetó tenso—. ¿No lo comprendes?

Ella lo miró suplicante, el gesto contraído.

—Por favor, Frank...

—Está bien —asintió apartando la vista—, deja que yo lo gestione.

En cuanto le dio la dirección, Frank se levantó y habló con el camarero para que le indicara dónde estaba el teléfono. Nicole lo observaba desde su sitio mientras se tomaba un café ya frío, que encontró amargo.

—He conseguido una visita con Michael —le dijo Frank al regresar a la mesa—. ¿Estás segura de que quieres ir allí?

—Tengo que hacerlo, necesito respuestas.

Él no llegó a sentarse, le tendió la mano.

—Vamos, te llevaré.

Apenas hablaron durante el trayecto. Cuando el coche cruzó el puente de acceso a la isla Rikers, Nicole se estremeció en el asiento y, al advertirlo, Frank le agarró la mano sin apartar la otra del volante.

—Estoy a tu lado, Nicole. No te dejaré sola en esto. ¿De acuerdo?

Ella asintió, conmovida, incapaz de evitar los nervios que le provocaba el encuentro. Se preguntaba qué le iba a decir, qué clase de respuestas encontraría en Michael, qué actitud le mostraría ante su visita. Una gran incertidumbre le oprimía la conciencia herida.

Ya en la isla, callejearon entre los edificios de ladrillo marrón y hormigón gris, rodeados por altas cercas de alambre y torres de vigilancia estratégicamente distribuidas.

Llegaron al bloque C74, en el que Michael estaba internado, y Frank aparcó en la puerta.

Al bajar del coche, Nicole percibió el aire húmedo y salado del East River mezclado con el olor a industria y combustible.

Dejaron atrás varios controles custodiados por guardias de uniforme. La placa de Frank facilitó los accesos. En el último control, antes de pasar a la sala donde se reunirían con Michael, Nicole tuvo que enseñar el contenido de su bolso.

Cuando se abrió la puerta ante ella, se volvió hacia Frank para pedirle que le permitiese hablar con su hermano a solas.

—Está bien, tranquila.

Nicole se adentró en un corredor detrás de un guardia que caminaba con parsimonia, la gorra echada hacia atrás y un manojo de llaves tintineando en la mano.

Las paredes estaban pintadas de un verde pálido, tan frío como un témpano; los fluorescentes del techo parpadeaban insistentes; las pocas ventanas quedaban oscurecidas por las rejas reforzadas con mallas.

A lo lejos se oían voces masculinas y ruidos amortiguados por muros infranqueables.

El vigilante se detuvo ante una puerta metálica. La abrió y se retiró para darle paso.

—Espere aquí. Enseguida traen al recluso.

Nicole entró en una sala de paredes grises, no muy amplia, con un cristal a modo de ventana en uno de los lados, tras el que se veía otra sala similar.

Estaba tan ensimismada en aquel espacio que la sobresaltó el portazo a su espalda.

Se quedó de pie, contemplando el vacío a su alrededor.

Al otro lado del cristal se abrió una puerta, y entonces lo vio.

Le temblaron las piernas. Se acercó a la silla situada frente a la ventana y se sentó sin dejar de observar a su hermano, acompañado de un guardia que ya le retiraba los grilletes de las muñecas.

Su abundante pelo había desaparecido, rasurado casi el cero.

Llevaba unos vaqueros anchos y una camisa azul igualmente holgada.

Michael odiaba los vaqueros; nunca le había visto con unos.

Calzaba unas toscas botas negras. Cuando sus miradas se cruzaron, Nicole solo percibió rendición y desesperanza.

Una descuidada barba le sombreaba las mejillas, profundas ojeras hundían su rostro y una herida en la ceja derecha comenzaba a cicatrizar.

Michael se sentó al otro lado de cristal.

—¿Cómo estás? —preguntó ella mientras lo hacía.

Él alargó el brazo y cogió un teléfono colgado en la pared. Le indicó que hiciera lo mismo. Nicole reparó entonces en el aparato que había a su lado. Descolgó el auricular, notó que pesaba más de la cuenta y se lo pegó al oído.

—Michael, ¿cómo estás? —repitió señalando la herida de la ceja—. ¿Qué te ha pasado?

—¿A qué has venido, Nicole?

La voz llegaba deformada y hueca a través de aquel teléfono, como si hablaran dentro de una cueva.

—Te vi en el hotel Ambassador la noche que atentaron contra Robert Kennedy. También vi a César Salazar disparar a la cabeza del senador.

—No tendrías que haber estado allí.

—Lo sé todo, Michael, los proyectos que papá financia...

Él le interrumpió con un gesto brusco. Miró a un lado y otro, inquieto.

—No puedes hablar de eso, joder... —dijo con voz ronca, rabioso—. Aquí no...

—¿Qué tienes que ver con todo eso, Michael? Necesito respuestas.

—De todos los hombres de Nueva York, te fuiste a enamorar justo del menos conveniente. Y lo complicaste todo.

—Pagaste a alguien para que lo matara, Michael —le reprochó indignada—. ¿Cómo pudiste...?

Michael movió la cabeza con expresión relajada, casi amable.

—Ese tipo te debe la vida, Nicole; si no se hubiera cruzado en tu camino, estaría criando malvas desde hace tiempo.

—No puedo creer que mi hermano mayor se haya convertido en un... —La palabra se le trabó en la garganta. Tragó saliva y lo soltó con una sensación de desgarro—. Eres un asesino... Un monstruo...

Una sombra amarga cruzó el rostro de Michael.

—Los monstruos no aparecen de la nada, hermanita.

Ella no apartaba la vista de aquellos ojos, tan reconocibles antes, ahora tan infinitamente distantes.

—Todo lo que pasó en Los Ángeles... Mi declaración esfumada, el acoso a mi coche, esos dos hombres del hotel...

—Tenía que protegerte, eres mi hermana...

, mi única hermana. —Aquellas palabras se quebraron en su garganta, y Nicole entendió su dolor—.

Papá no sabía que estabas involucrada. Tenía miedo de que se enterase y te...

—Se mostró inquieto y acongojado. Le dedicó una mirada rota—.

Temía que te hiciera daño también a ti...

Las lágrimas acabaron por vencerle y aquel llanto irrefrenable sacudió a Nicole como una dolorosa punzada.

Instintivamente, plantó la mano abierta sobre el cristal con la vana intención de atravesarlo.

Durante unos segundos, Michael se mantuvo inmóvil, dejando el llanto resbalar por sus mejillas, hasta que alzó la mano libre y la posó en la ventana que los separaba, pegadas las palmas, sintiendo el tacto mutuo, hechizados en la imagen del otro.

Todo se rompió cuando, a la espalda de Michael, la puerta se abrió y entró el guardia. El tiempo se había terminado.

Conminado por el guardia, Michael se levantó, pero sin apartar la mirada de Nicole ni el auricular de su oreja.

—Aléjate de todo esto, Nicole —acertó a decirle, forcejeando con el guardia para no soltar aún el teléfono—. No es tu mundo... No perteneces a él... No te quedes... o acabarán con todo lo bueno que tienes.

El guardia consiguió arrancarle el aparato de la mano y procedió a esposarle.

Los dos hermanos seguían enlazados por la mirada.

Nicole no había retirado la mano del cristal, estremecida por la imagen de los grilletes en las muñecas.

Cuando lo empujaron hacia la salida, se resistió, aferrado a la presencia de su hermana.

En ese instante, Nicole volvió a reconocer en el rostro de Michael aquella expresión de confianza, de cariño, de protección que siempre la había acompañado.

Él dijo algo que ella no alcanzó a oír, pero sí leyó sus labios.

—Te quiero, hermanita. Te quiero mucho, no lo olvides...

Desapareció por el corredor y Nicole se quedó allí inmóvil, incapaz de reaccionar, todavía atrapada en la imagen de su hermano, en sus palabras mudas. El sonido de la puerta a su espalda rompió el embrujo y echó a correr el tiempo de nuevo.

Frank la esperaba fuera. Ella no le dijo nada, él no preguntó. Salieron del edificio y dejaron atrás la isla.