Un hombre de honor XVIII
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XVIII

Pasó la noche acurrucada entre los brazos de Frank. La había ido a buscar. Ella le pidió que no le hiciera preguntas, y él lo respetó.

Frank le prometió que prepararía una visita a la cárcel lo antes posible.

Durante aquella larga noche, Nicole tomó la decisión de hablar de nuevo con Becker, aclarar todo muy bien, buscar pruebas consistentes, a pesar de que ya le habían mostrado algunas, pero necesitaba más.

—¿Has visto a Becker?

El chico le respondió que no.

Nicole echó un vistazo al reloj colgado en una columna.

Ya debería estar en la redacción, pensó.

Cogió el teléfono y llamó a su casa sin obtener respuesta.

Trató de convencerse de que le habría retrasado el tráfico.

Mientras esperaba, y con la sospecha de que aquel funcionario federal muerto bien podría ser Thomas Clayton, hizo varias llamadas para recabar información sobre el suceso.

Al cabo de una hora consiguió confirmar que, en efecto, se trataba de él; le habían roto el cuello en el interior de uno de los baños del aeropuerto.

Le costó un poco más obtener la foto de Clayton para anular cualquier duda.

Con los nervios a flor de piel, sin saber muy bien cómo actuar, oyó a Sanders, que la llamaba a voz en grito:

—Donaldson, ¿dónde está Becker?

—No ha llegado todavía —contestó desde su escritorio.

El jefe de redacción le hizo una seña con la mano para que se acercase y se metió en el despacho. Nicole fue detrás.

—¿Dónde coño está Becker? —preguntó enfadado en cuanto ella se asomó.

—No lo sé —respondió Nicole molesta por el tono—. Le estoy llamando a su casa y no lo coge. Supongo que estará de camino.

—¿Qué se sabe de la muerte del funcionario que se han cargado en el aeropuerto?

No quiso mencionarle la reunión que habían mantenido. Le correspondía a Becker hacerlo, era con él con quien se había puesto en contacto.

—Se llamaba Thomas Clayton —dijo ella en tono neutro—, le han partido el cuello. Parece que el móvil ha sido el robo. Aunque yo no lo creo —añadió sin pensarlo.

—¿Por qué no?

—No sé... —Encogió los hombros—. Es un presentimiento.

—Sigue tu presentimiento, entonces, y averigua qué pasó. ¿Hay algún detenido?

—Un chico negro que estaba por allí.

—Está bien. ¿Sabemos en qué comisaría lo tienen?

—Todavía no, pero lo averiguaré.

—Saca toda la información que puedas.

Dicho esto, Sanders bajó la mirada hacia los documentos dando a entender que había terminado. Nicole dudó unos segundos antes de abandonar el despacho.

—¿Y Becker? ¿Le espero?

Sanders alzó la cara y apretó la mandíbula, claramente molesto. No soportaba que la gente llegase tarde sin justificación.

—A Becker se le va a caer el pelo. —Miró su reloj, enfadado—. Son casi las doce.

Nicole no dijo nada, salió del despacho, cogió su bolso y bajó a la calle. Tomó un taxi, pero en lugar de darle la dirección del aeropuerto, le dio la del apartamento de Becker. Tenía una corazonada y necesitaba cerciorarse de que todo estaba bien.

En cuanto el taxi se detuvo junto al portal, vio aparcado el coche de Becker en el mismo sitio que la tarde anterior.

Alzó los ojos por la fachada como si esperase verlo asomado a la ventana.

Tragó saliva y entró en el portal con paso firme.

Subió los cinco pisos y, cuando llegó al rellano, se sobrecogió al encontrar la puerta del apartamento de Becker entornada.

Con movimientos muy lentos y el corazón tan acelerado que parecía que le iba a estallar en el pecho, la empujó.

La puerta se abrió dejando a la vista la macabra escena.

Se llevó la mano a la boca para no gritar ante la visión del cuerpo de Becker, tendido boca arriba en el recibidor con un disparo entre ceja y ceja y un charco de sangre alrededor de la cabeza.

Permaneció inmóvil durante un rato, la mano apretada en la boca pretendiendo contener su rabia, impactada por la implacable visión de la muerte, incapaz de retirar la vista de aquellos ojos abiertos y la expresión de sorpresa grabada en la mirada ya sin vida.

Retrocedió un paso, dispuesta a marcharse, salir huyendo, pero pensó en su padre, y miró hacia el interior del apartamento, más allá del cadáver.

Tenía que buscar los documentos que Clayton le había entregado a Becker.

Sin detenerse a pensarlo, sin ser consciente de que se estaba metiendo en la escena de un crimen, se adentró en el recibidor ocupado por el muerto; con cuidado de no pisar la sangre, saltó por encima del cadáver y entró en la sala, oteando todo a su alrededor.

Sobre la mesita permanecían su botella de Coca-Cola mediada, las cervezas y los trozos de pizza.

Resultaba evidente que lo habían asesinado poco después de que ella saliera del apartamento.

Se estremeció al recordar las palabras de Clayton: ella no estaba en peligro, la asustarían, pero no le harían ningún daño porque era su padre el responsable de todo aquello.

Con cautela y aprensión, buscó la carpeta con los documentos que habían estado manejando el día anterior.

El dosier había desaparecido, tampoco veía el cuaderno de notas de Becker.

Pese a estar segura de que se lo habían llevado todo, continuó escudriñando en el escritorio, abrió cajones y rebuscó en todos los rincones, tratando de vencer el sentimiento de intrusa que la asaltaba a cada paso.

Plantada en aquella estancia, con el cadáver de Becker a unos metros, tomó aire y lo soltó despacio.

De repente, se dio cuenta de lo que para ella significaba aquella tragedia y no pudo evitar una oleada de alivio.

El plazo se había esfumado de repente. No tendría que escribir ningún artículo.

No tendría que pronunciar en voz alta la pregunta que llevaba horas creciendo dentro de ella: contar la verdad o proteger a su padre; sin esas pruebas, ahora esfumadas, quedaba exento de cualquier responsabilidad.

No quería pensar quién había acabado con los dos hombres, pero estaba claro que no querían que la información saliera a la luz.

Aquel violento encubrimiento la beneficiaba.

Ya no tendría que decidir, no tendría que enfrentar a su padre a un dilema moral que le superaba antes incluso de plantearlo.

Aquella disyuntiva había quedado congelada en los ojos sin vida de Becker.

Sintió un escalofrío. Después de haber tropezado con algo muy peligroso que la atañía directamente, le asaltó un repentino pensamiento: el hecho de que las pruebas hubieran desaparecido no convertía en inocente a su padre.

Se preguntó si tendría el valor de encararse con él, preguntarle y arriesgarse a conocer la verdad.

Le subió un calor por la cara y la invadió una insoportable sensación de vergüenza.

Alguien había decidido por ella. Y había decidido con sangre.

La terrible idea de que su padre podría estar detrás de aquellas dos muertes la atormentaba, y volvió a sufrir un inquietante agobio.

Cogió la botella de Coca-Cola, la vació en el fregadero, limpió la superficie del vidrio con un paño y arrojó el casco a la basura. A continuación, con la mano envuelta en un pañuelo, cogió el teléfono y marcó el número de la comisaría.

—Quiero hablar con el detective Bernstein, por favor —pidió al oír la voz de la centralita al otro lado. Esperó unos segundos que se le hicieron eternos, hasta que volvió a oír la voz de la chica para decirle que el detective Bern­stein estaba reunido—. Le llamaré más tarde.

Colgó y, con cuidado para no pisar el charco de sangre bajo la cabeza de Becker, salió de la casa sin hacer ruido.

Frank acababa de sentarse delante de su escritorio cuando un policía de la entrada se le acercó.

—Detective Bernstein, una señorita pregunta por usted. Está muy alterada. Dice que es Nicole Donaldson.

—¿Dónde está? —se alarmó.

—La he llevado a la sala de espera. Parece muy afectada.

Cuando abrió la puerta de la sala, la vio de espaldas, junto a la ventana; en ese momento, se volvió con el rostro desolado, al borde del llanto.

—Nicole...

La joven se echó en sus brazos y rompió a llorar.

—Lo han matado —susurraba, con la cara pegada a su pecho—. Frank, han matado a Becker... Lo han matado...

Él la abrazó y trató de calmarla.

—Tranquila. —Le acariciaba el pelo—. Cuéntame qué ha pasado.

Ella se separó de su pecho y alzó el rostro.

—Han matado a Becker, he estado en su casa... Le han disparado... Y también al hombre que contactó con él para pasarle una información muy... —La voz se le quebró—. El funcionario que ha aparecido muerto en el aeropuerto... Son los mismos, Frank, sus asesinos los han matado por lo que sabían.

La escuchó atónito. Había visto la noticia de la muerte del funcionario.

—Salgamos de aquí —le dijo pasándole el brazo por los hombros.

En silencio, abandonaron la comisaría, caminaron por la calle, cruzaron un bulevar y entraron en un pequeño café.

Se sentaron junto a la ventana, uno frente al otro, en una estrecha mesa que les permitía estar muy juntos.

No había más clientes en el local, salvo un hombre acodado en la barra que leía el periódico y tomaba un café americano.

De fondo sonaba la voz de Frank Sinatra, y su «My Way» amortiguaba aún más las palabras susurradas.

Antes de sentarse, Frank pidió dos cafés. Nicole había dejado de llorar, pero tenía el rostro tenso. Se mantuvieron callados hasta que el camarero dejó las dos tazas sobre la mesa y se alejó. Solo entonces, Frank cogió a Nicole de las manos y la obligó a mirarle.

—Y ahora, cuéntame todo lo que ha pasado.