XVII #3
Nicole cogió aquella carpeta de color sepia, la abrió y ojeó copias de libros contables, extractos bancarios, cheques cruzados entre fundaciones científicas y farmacéuticas, y contratos con el Gobierno parcialmente censurados; todo con destino a una misma cuenta.
—En esos documentos se muestra el flujo de varias de las operaciones de las que les he hablado, pero hay muchas más; solo hay que tirar del hilo para llegar al origen.
Becker cogió otra carpeta y la abrió.
—Desde que nuestro amigo Clayton se puso en contacto conmigo, he podido hacer averiguaciones, y he localizado a dos de los pacientes que se sometieron a ese tipo de experimentos en un hospital de Toronto, en Canadá.
También a los padres de un chico que pasó una larga temporada ingresado en una clínica de Pittsburgh por un problema de conducta; en todos los casos manifiestan que les devolvieron a «un ser sin alma», eso me dijeron.
Están dispuestos a hablar y revelar sus nombres si sacamos a la luz toda esta basura.
Le tendió alguno de los informes de pacientes, con los nombres tachados, sometidos a los experimentos. Nicole apenas pudo atisbar su contenido.
—Hay archivos a los que no he podido acceder —intervino Clayton—, expedientes incompletos, numeración de documentos no correlativa... Informes que deberían estar y que han desaparecido.
—Memorandos clasificados, contabilidad paralela... —Becker se detuvo un instante sosteniendo los papeles en las manos—. Pruebas contundentes que dejan al descubierto un sistema perfectamente ensamblado para no dejar rastro.
Hubo un silencio tenso.
—¿Qué pretende que hagamos con todo esto? —preguntó Nicole, mirando desconcertada a uno y a otro.
—Son periodistas, su deber es revelar aquello que el poder pretende ocultar en perjuicio del interés público. Cualquier poder. Incluso el de un padre.
Aquellas palabras le cruzaron el rostro a Nicole con la violencia de una bofetada.
Clayton comprobó su reloj y se levantó.
—Mi cometido llega hasta aquí —concluyó—. Debo irme. Mi avión sale en tres horas. El señor Becker conoce mis condiciones.
Mientras se ajustaba el nudo de la corbata dirigió sus ojos a Nicole. Aquella mirada le heló la sangre, sintió un escalofrío y apartó la vista, inquieta.
Cuando se quedaron solos los embargó un mutismo incómodo, hasta que Becker lo rompió. Su voz sonó áspera.
—¿Qué hacemos con esto?
—Me cuesta creer que mi padre haya tenido algo que ver con esta aberración —dijo arrojando la carpeta a la mesa.
Becker, tenso, señaló con un dedo los documentos desparramados.
—Nicole, llevo días analizando cada una de estas pruebas. —Se detuvo sin dejar de observarla, su gesto serio y grave—. Y todos los documentos apuntan a la misma persona, Walter Donaldson.
—Necesito pensar —masculló ella. Un temblor interno la desestabilizaba.
—No tenemos tiempo, nos ha dado una semana para que todo esto se publique. De lo contrario, nuestro amigable Clayton le entregará toda la información al Washington Post . No podemos dejar escapar esta exclusiva. Yo al menos no quiero hacerlo...
—Se trata de mi padre.
—Lo sé... Y lo siento.
—Deja que hable con él..., por favor.
Becker la miró fijamente, alzó la mano mostrando dos dedos.
—Dos días, Nicole. El viernes entregaré todo esto a Sanders.
Ella se levantó aturdida y cogió su bolso. Becker no se movió del sitio, centrado en los papeles y notas que tenía delante. Le habló cuando ya se dirigía a la salida.
—¿Me vas a decir ahora quién mató al senador Kennedy?
—Su nombre es César, César Salazar. Y vive en Ciudad de México.
—¿Tienes pruebas?
—Es el hijo de la mujer que sirve en mi casa desde hace años.
—Se mostró turbada ante la evidencia, y le tembló la voz—.
Ese hombre trabaja para mi familia. —Se fue hacia la puerta, pero antes de abrir se volvió hacia él.
Becker permanecía de espaldas a ella, inmóvil—.
Mañana en la redacción lo analizaremos todo. Necesito despejar la mente.
—Habla con tu padre, Nicole.
En cuanto se quedó solo, Becker apuntó en un bloc de notas el nombre que Nicole le había dado; encendió un cigarrillo con los ojos clavados en aquel dosier de documentos de Clayton.
Era consciente de que aquello podría convertirse en la exclusiva de su vida, pero también de que destapar aquella trama que afectaba a una parte de la CIA, que vulneraba los derechos civiles más elementales de ciudadanos indefensos frente a la maquinaria gubernamental que debía protegerlos y no utilizarlos como conejillos de Indias en abyectos experimentos, era un arma de doble filo.
Sentía el vértigo de hallarse ante una colusión entre el crimen organizado y un sector del Estado.
Contaba con pruebas concluyentes para publicarlo, pero la implicación de la intocable Agencia Central de Inteligencia lo complicaba todo.
Sanders podría mostrarse reacio a sacar a la luz algo tan grave, ya que ello activaría toda la maquinaria gubernamental contra el periódico bajo el argumento de un daño a la seguridad nacional.
A esto se añadirían el miedo a posibles demandas, acusaciones de antipatriotismo y el inevitable deterioro de la imagen del periódico.
Todo eran dudas y temores. Las fuentes parecían sólidas; sin embargo, sabía que probablemente no le dejarían publicarlo en su totalidad.
Siempre quedaba la opción de hacerlo parcialmente: los abusos éticos, los experimentos dudosos y la financiación irregular, eludiendo el papel explícito de la CIA.
Habría que sopesar todas las posibilidades y las consecuencias de cada una.
En cuanto a Nicole, estaba convencido de que le pediría que no publicara aquella información en la que el nombre de su padre salía muy mal parado. No estaba dispuesto a ceder por ella. Ya encontraría el modo de sortear sus reticencias.
Nicole salió a la calle con la sensación de haberse bajado de una montaña rusa, aturdida y algo mareada.
Se encaminó por la Once sin rumbo, como una sonámbula, y transitó las tranquilas calles del East Village.
Atravesó el parque de Union Square y enfiló la bulliciosa Broadway hacia el norte.
Las luces de los escaparates se desparramaban por las aceras, los taxis amarillos avanzaban entre ráfagas de cláxones y vapores blanquecinos brotaban del asfalto como un cálido aliento.
El aire se notaba denso, mezclado con gasolina y humo de alcantarilla.
Caminaba entre aquella corriente humana que parecía moverse con una urgencia ajena a la suya.
Las piernas las sentía extrañamente livianas, como si el suelo bajo sus pies hubiera perdido consistencia.
La información recibida todavía giraba en su cabeza sin terminar de asentarse.
Percibía una sensación viscosa de incredulidad que le provocaba náuseas.
Le parecía que le habían arrancado de cuajo una parte de su vida y la habían sustituido por una siniestra realidad que no reconocía.
La imagen de su padre aferrada con fuerza a su mente, la seguridad de su mano cuando la llevaba a su lado, su voz poderosa y dulce al mismo tiempo, sus risas llenando comidas y cenas familiares, aquel aplomo inquebrantable que siempre había mostrado.
Ahora todo se había contaminado, corroído por las dudas y la desconfianza.
Un grupo de turistas pasó junto a ella entre risas estridentes y conversaciones atropelladas.
Un vendedor ambulante discutía a voces con un cliente.
Aspiró el olor conocido de los puestos de comida.
Todo parecía nítido y distante a un tiempo.
Oyó el chirrido metálico del metro bajo sus pies, el eco de las voces y las sirenas que se abrían paso con urgencia.
La ciudad continuaba respirando con normalidad, brutalmente indiferente al colapso personal que la atenazaba a ella.
Llegó al bullicio de Times Square. Allí, la impresión de aislamiento se intensificó.
Caminó deslumbrada por las pantallas de las fachadas, que parpadeaban con anuncios gigantescos, ajena a las voces superpuestas y a la marea humana que se cruzaba con ella sin verla.
Sintió que el mundo se movía con una certeza de la que había quedado expulsada.
Cada paso le pesaba, como si caminara fuera de lugar, ajena incluso a sí misma.
En su pecho crecía una inquietud sorda, lenta y persistente, con el presentimiento de que había dejado de pertenecer al mundo del que antes formaba parte.
De pronto la embargó una profunda vergüenza. Una vergüenza densa y asfixiante que no le pertenecía del todo y que, sin embargo, se le había quedado adherida a la piel.
Se detuvo ante una cabina de teléfono. Sin apenas pensarlo, se coló dentro, sacó unas monedas y marcó el número. Esperó la señal con la respiración contenida. Cuando las monedas cayeron al cajetín, habló casi sin aguardar la respuesta, como un náufrago pidiendo ayuda.
—Frank, necesito ver a mi hermano. Necesito ir a la cárcel... Tengo que hablar con Michael.