Un hombre de honor XVII #2
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XVII #2

—Tengo pruebas más que consistentes de que Sirhan Sirhan fue utilizado como cabeza de turco mientras el verdadero ejecutor del senador Robert Kennedy hacía su trabajo.

Ella habló recelosa.

—¿Qué clase de pruebas?

—Creo que programaron a Sirhan para disparar contra el senador Kennedy.

Nicole le observó en silencio unos segundos, valorando si hablarle de la grabación de los trece disparos o del descubrimiento que había hecho en la habitación de Dolores.

—Sé quién disparó al senador Kennedy en la cabeza y sé dónde se encuentra ahora mismo.

Becker se quedó boquiabierto.

—¿Cómo lo has averiguado?

—Eso me lo reservo por ahora.

—¿Por qué no has dicho nada? —preguntó sin salir de su asombro.

—¿Me tomas el pelo? Te recuerdo que me trataste como a una loca. ¿Por qué iba a confiar en ti ahora?

—Joder, lo siento... —dijo con gesto constreñido—. Me vi obligado a hacerlo... Me chantajearon, Nicole...

—Te creo —le cortó ella—. También a mí trataron de callarme en Los Ángeles.

Becker la escuchaba con ojos escrutadores.

—¿Puedo saber quién disparó al senador?

—Primero explícame por qué estoy aquí.

—Tienes razón —dijo él. Guardó silencio un instante, como ordenando sus pensamientos—.

Hace un par de semanas, un tipo me llamó para decirme que tenía una información que podría interesarme.

Al principio no presté demasiada atención, ya sabes, ser periodista conlleva que siempre hay alguien con una gran noticia que contarte.

Le seguí el rollo, me mareó durante unos días y, después de varios amagos, nos encontramos en Battery Park.

Aquello fue solo un tanteo; el tipo tomaba sus precauciones y tenía sus motivos para ello.

—Calló sin quitarle ojo, con el semblante serio—.

Se trata de un agente de la CIA que ha estado involucrado en un programa que no figura en ningún archivo.

—¿Un programa secreto? ¿En qué consiste?

—Desarrollan técnicas de control mental mediante experimentos con drogas, hipnosis y manipulación psicológica, a menudo sin el consentimiento de los sujetos.

—¿Control mental? —Nicole rescató de la memoria su conversación con Mary Sirhan y, después, con Thomas Clayton. Se preguntó si finalmente podría haber algo de verdad en aquello—. ¿Con qué objetivo?

En ese momento, Becker alzó los ojos por encima de su hombro, a la espalda de Nicole, y ella se giró para descubrir a un hombre que los observaba desde el quicio de la puerta que daba al dormitorio.

Unos cuarenta años, muy delgado, con gafas de pasta negra, el pelo oscuro y ralo, con entradas pronunciadas.

Llevaba un traje negro, camisa blanca desabrochada en el cuello y el nudo de la corbata caído.

Sus ojos delataban un profundo cansancio.

Nicole se giró hacia Becker reclamando una explicación.

—Es el hombre del que te estoy hablando, Thomas Clayton. Forma parte de esa unidad clandestina de la CIA.

Clayton se adentró en la sala y se sentó en el sillón, algo más alto.

—Encantado de hablar de nuevo con usted, señorita Donaldson.

Becker escuchaba, atónito. Agitó las manos en el aire.

—¿Se conocen?

—No personalmente —respondió Clayton, sin quitar ojo a Nicole—. Mantuvimos una breve conversación telefónica hace unos meses.

Nicole lo observaba con recelo mientras tomaba asiento.

Clayton empezó a hablar, con voz pausada y ligeramente ronca, respondiendo a la pregunta de Nicole, que había quedado flotando en el aire.

—Con el objetivo de programar asesinos que no recordasen nada después de cometido el crimen.

Ese es el objetivo más sofisticado, pero había otros muchos: controlar la voluntad del individuo para que actuase a las órdenes dadas sin cuestionarlas, conseguir el suero de la verdad para facilitar la obtención de información durante los interrogatorios, manipular y borrar la memoria, provocar confusión, paranoia, con el único fin de romper la mente a una persona, explorar con los efectos de las drogas...

—Un programa muy completo —murmuró Becker.

El recién llegado alzó una ceja y apretó los labios.

—Quiero dejar constancia de que al hablar con ustedes estoy rompiendo un compromiso de confidencialidad que podría derivar en cargos de traición a la patria y llevarme a la cárcel en el mejor de los casos.

Por lo tanto, mi identidad debe permanecer oculta, por mi seguridad y la de mi familia.

No saldrá bajo ningún concepto. ¿De acuerdo?

—Ya le he dicho que puede confiar en nosotros —agregó Becker.

—Por supuesto —confirmó ella.

Clayton continuó hablando, abstraído en su propia mente.

—A lo largo de estos años he supervisado varios de esos experimentos, eligiendo a los médicos adecuados y a los pacientes más apropiados.

Pero en los dos últimos años mi labor se ha centrado en gestionar los recursos económicos, es decir, conseguir fondos.

Esta clase de programas requieren un presupuesto de muchos millones de dólares, y no es posible pedir al Gobierno dinero si no se dan explicaciones sobre su destino; por eso se busca apoyo financiero fuera del circuito gubernamental.

—¿Tiene pruebas? —preguntó Nicole conteniendo su entusiasmo periodístico—. Si las tiene, podría ser la noticia del año.

—La cosa no es tan fácil —aclaró Becker.

El hombre bajó los ojos a sus manos con una sonrisa lacónica.

—Conocer este asunto es una condena, señorita Donaldson —afirmó sereno—.

Si la opinión pública llegase a descubrir la envergadura de lo que se está haciendo, la carrera de muchos quedaría más que comprometida.

Por tanto, saber de su existencia te convierte en cómplice, rehén u objetivo.

No se castiga lo que se hace, se castiga lo que se sabe.

—¿Por qué nos quiere contar todo esto? ¿Qué pretende?

La pregunta se la dirigió a Becker, quien se dio por aludido.

—Si patino en este asunto, no solo me juego mi carrera, sino mi pellejo.

—¿Tu pellejo? —inquirió con una mueca sarcástica—. ¿Tu carrera? ¿Para qué me has llamado, Becker?

El reportero echó un vistazo agónico al hombre que tenía a su derecha, solicitando su ayuda.

—El señor Becker quiere decir que usted cuenta con una ventaja que ni él ni yo tenemos.

Nicole arrugó el ceño, sorprendida. Se dirigió a Becker, que la observaba con atención.

—¿Qué quiere decir? ¿Qué ventaja puedo tener en todo esto?

—No le harán daño, la asustarán, la presionarán para que se aparte de este asunto, pero no irán más allá.

Su familia se encarga de ello, más concretamente su hermano Michael, hasta que fue detenido.

Lo habrá podido comprobar usted misma. Durante todo este año, antes de su escandalosa entrada en la cárcel, Michael Donaldson se ha encargado personalmente de alejarla de este asunto.

A los dos hombres que los visitaron a ambos en Los Ángeles los envió su hermano, señorita Donaldson.

Ella lo escuchaba estupefacta. Soltó una risa sarcástica.

—¿Qué es lo que me está queriendo decir? —preguntó, reticente—. ¿Qué tienen que ver mi padre y mi hermano en todo este asunto?

—Su padre es el mayor financiador del proyecto, señorita Donaldson, y puso especial atención en la preparación de un paciente en concreto para una acción específica.

Sirhan Bishara Sirhan fue uno de los sujetos del llamado Proyecto Orpheus, programado para atentar contra la vida del senador Robert Francis Kennedy.

Aquello caló como una lluvia fina en terreno seco; de pronto las piezas se iban colocando. Pero Nicole se resistía a creerlo.

—¿Por qué iba a hacer mi padre algo así?

—Eso tendrá que preguntárselo usted.

Ella sabía que el hecho de que el nombre de su padre hubiera saltado a los titulares de los medios había tenido algún efecto en la irrupción de Clayton.

—Qué casualidad —dijo con cierta suspicacia—, justo ahora que mi padre está bajo los focos de la opinión pública, nos viene con toda esta... historia que no se sostiene. ¿Qué razón le mueve a hacerlo? Precisamente ahora.

Clayton mostró una mueca molesta.

—He pensado mucho si dar este paso... Me juego mucho más que usted, señorita Donaldson.

—No valore lo que yo me juego: se trata de mi padre, de mi familia. Sus acusaciones son muy graves. —Su tono era desairado—. Dice que pertenece a la CIA, ¿por qué tendría que creerlo?

—Que me crea o no es su problema, no el mío.

Le aseguro que lo que le pase a usted o a su familia me trae sin cuidado.

—Moduló la voz—. Apreciaba mucho a Bobby Kennedy, era un buen amigo, buen padre y, si no le hubieran metido un tiro en la cabeza, habría sido un gran presidente para este país.

Merece que se haga justicia. ¿No opina usted lo mismo?

Un estremecedor silencio precedió a la revelación que se abría paso en la mente de Nicole.

Todo empezaba a encajar en el lugar adecuado como una sagrada epifanía.

La presencia de su hermano Michael en el salón del Ambassador, minutos antes del atentado contra el senador, adquirió de pronto una claridad aterradora.

El hijo de Dolores disparando a la cabeza de Robert Kennedy; la desaparición de su declaración ante la Policía de Los Ángeles; la manipulación de las pruebas para incriminar solo a Sirhan, a pesar de otros testimonios y evidencias que apuntaban a un segundo tirador.

Cada una de las piezas se le presentó con una nitidez descarnada.

—Soy periodista. No voy a formarme una opinión sin ninguna prueba que respalde sus palabras. —Se revolvió.

Clayton cogió una de las carpetas que había en la mesa, llena de documentos.

—Aquí las tiene. Estas son algunas de las pruebas de lo que estoy diciendo, ingresos millonarios de diversas empresas pantalla vinculadas a su padre, donaciones privadas, contratos federales adjudicados gracias a la influencia del congresista Douglas Sheridan.

Todo bajo la supervisión de quien dirige todo esto, Matt Carlson Sorrentino.