Un hombre de honor XVII
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XVII

La noticia de la desarticulación de la red de narcotráfico de Hoboken saltó a los medios al día siguiente del arresto de Michael.

Al llegar a la redacción, Nicole percibió una recelosa curiosidad por parte de sus compañeros. Sin embargo, había decidido que, por muy incómoda que se sintiese, no se dejaría amedrentar por aquellas ojeadas henchidas de prejuicios.

Becker estaba sentado en su escritorio. Alzó los ojos al oír el taconeo de sus pasos.

—Sanders nos espera en su despacho —dijo mientras se levantaba y se ajustaba la corbata.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella sin ocultar su preocupación.

Becker le dedicó una mueca de ironía.

—¿Estás de broma?

Sin más, arrugó el ceño y echó a andar por el pasillo. Nicole lo siguió.

Philip Sanders los hizo pasar en cuanto llegaron.

Sobre la mesa tenía uno de los miles de ejemplares que ya circulaban por toda la ciudad.

Los ojos de Nicole se posaron en el titular.

No pudo evitar un escalofrío: «Detenido en Manhattan el hijo del prominente empresario Walter Donaldson, acusado de narcotráfico y conspiración para el asesinato».

Además del rostro demacrado de su hermano Michael en una foto policial, también salía una fotografía de archivo de su padre.

—¿Cómo han conseguido la ficha policial? —preguntó señalando el periódico.

Sanders encendía en ese momento un cigarro y, sin pretenderlo, echó una rápida mirada a Becker. Nicole se volvió hacia él.

—¿Has sido tú?

—Cualquiera puede conseguir ese tipo de fotografías —dijo Sanders apoyando su dedo con el cigarro pinzado sobre la foto del periódico—, y más tratándose de quien se trata.

Frank le había dicho a Nicole que intentaría evitar que la foto policial de su hermano se difundiera, pero era evidente que alguien en la comisaría la había filtrado.

Becker se mantenía en un expectante silencio. El redactor jefe se mostró grave y algo distante.

—Donaldson —dijo Sanders manteniendo el dedo sobre el periódico—, esto te afecta directamente; se trata de tu familia, la sombra de la sospecha recae no solo en tu hermano, sino también en tu padre, como dueño de la conservera BestBeef en aquella vista ante el tribunal, se presentó el fiscal Skanett, milagrosamente recuperado de su dolencia; la defensa solicitó una fianza de cien mil dólares, alegando falta de antecedentes, trabajo, arraigo familiar y residencia fija para evitar la prisión preventiva.

A pesar de que el fiscal no se opuso a la concesión de la fianza, el juez la denegó atendiendo a la gravedad de los cargos y decretó prisión preventiva.

Así fue como Michael acabó en la isla Rikers.

Durante aquellos primeros días, padre e hija se habían evitado. Walter Donaldson centró su atención en su hijo Michael, obsesionado con sacarlo de la cárcel como fuera, al menos hasta que se celebrase el juicio. Ya habría tiempo para aclarar cosas y dar explicaciones.

Nicole tampoco quiso verlo, necesitaba tiempo para digerir todo lo ocurrido.

La mayor parte del día se la pasaba en la redacción, concretamente en el archivo, donde no había ojos escudriñando cada uno de sus gestos.

Le sorprendió gratamente la llamada de Brooks Sheridan preocupándose por ella; fue una conversación corta, pero muy reconfortante.

Muchos días, en lugar de ir a su casa, se dejaba envolver en los brazos de Frank.

El 17 de abril de 1969 el jurado declaró por unanimidad a Sirhan Bishara Sirhan culpable de asesinato en primer grado de Robert Francis Kennedy, senador y candidato a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Demócrata, además de varios cargos por asalto con arma mortal con intención de asesinato contra las cinco personas que resultaron heridas.

Seis días después, el juez lo condenó a muerte en la cámara de gas.

Aquella sentencia aún pesaba en el ánimo de Nicole cuando, semanas después, a las siete menos un minuto de una tarde de mayo, llegó al 633 de la Once Este.

Accedió al portal e inició el ascenso hacia la quinta planta.

Harold Becker le había citado en su casa en cuanto apareció por la redacción esa misma mañana.

Se había mostrado muy sigiloso. Tenía que hablar con ella de algo importante, en privado.

Le notó esquivo y preocupado el resto del día.

Tenía curiosidad por saber cuál era el motivo de aquella enigmática cita.

A pesar de que había subido despacio, al llegar al rellano del quinto notaba el pulso acelerado por el esfuerzo.

Tomó aire y llamó al timbre. En apenas unos segundos, sintió que unos ojos la observaban por la mirilla y, a continuación, la puerta se abrió.

Becker la hizo pasar y se apresuró a cerrar en cuanto estuvo dentro.

—¿Qué ocurre, Becker? —preguntó mientras le observaba echar los cerrojos como si pretendiera atrincherarse tras la puerta—. ¿De qué tienes miedo?

—Es un tema delicado. Pasa, tenemos que hablar.

Accedieron a una especie de sala de estar, despacho y cocina, todo en la misma estancia.

Estaba atiborrada de cosas: pilas de libros por los rincones, rimeros de periódicos, revistas y carpetas con folios en su interior amontonados en un frágil equilibrio sobre el escritorio, en el suelo, en las sillas.

En la mesita situada en el centro de las dos butacas y un sofá de dos plazas, además de un cuaderno de notas abierto y varios lapiceros, había dos botellas de cerveza mediadas y dos trozos de pizza, uno de ellos mordisqueado.

No se veía sucio, solo había un gran desorden.

—Perdona el desbarajuste... —se disculpó ante la evidencia—. Llevo días tratando de poner en orden algo que me ha llegado y que no sé cómo gestionar...

Se le notaba inquieto y cansado, con profundas ojeras y con una incipiente barba que oscurecía su siempre impoluta barbilla.

Llevaba el mismo pantalón y la misma camisa de la mañana, la chaqueta y la corbata descansaban en el respaldo de una silla.

Le hizo una seña hacia uno de los dos asientos que rodeaban la mesita.

—Siéntate, por favor... ¿Quieres tomar algo?

—¿Tienes Coca-Cola?

Becker abrió la nevera y sacó una botella. Se la tendió. Nicole dio un trago sin dejar de analizar la actitud de su jefe, que se había sentado frente a ella, en el borde del sillón, con los codos sobre las rodillas y el cuerpo inclinado hacia delante, en tensión.

—¿Cómo va lo de tu hermano?

Ella se removió incómoda.

—No creo que me hayas llamado para preguntarme por mi familia —respondió seca—. Dime por qué estoy aquí.

Becker se tocó la cabeza, nervioso.

—Lo que tengo entre manos es muy espinoso y no sé muy bien qué debo hacer, si hacer algo o no hacer nada... Y tampoco me atrevo a compartirlo con nadie más.

—¿Y conmigo sí?

—Sé que tú me creerás y, además, te afecta directamente. —La respuesta de Becker sonó ronca y sincera.

—¿En qué sentido?

Él habló lento, con voz grave, como si sus palabras fueran de plomo.