XVI #2
—No delataré a Russell —le interrumpió—. Le debo mucho.
—¿Qué quieres decir?
La mirada de su hijo se le clavó en el corazón como un afilado cuchillo.
—Russell fue el único que cuidó de mí cuando tú me abandonaste. No sé qué habría sido de mí de no ser por él.
Walter Donaldson se mantuvo impertérrito, trató de cambiar el enfoque con el fin de aplacar la situación.
—Tu madre está destrozada.
—¡Mi madre murió! —bramó entre dientes apretando los puños con rabia—. No se te ocurra nombrarla siquiera. —Le señaló con un dedo acusador—. Fue tu culpa, la dejaste a su suerte. —Por primera vez, la voz de Michael se quebró—. Nos traicionaste, nos abandonaste, a Gabriela, a mí..., a mamá.
—¿Eso te ha contado Russell? —preguntó el padre, resentido.
—Esa es la verdad.
Su padre guardó silencio durante unos largos segundos, valorando si debía hablar o guardar silencio. Tomó aire y lo soltó como quien suelta la rienda de algo que ha estado amarrado durante demasiado tiempo.
—Russell Torino no es un hombre de fiar, Michael. Yo me di cuenta demasiado tarde.
Su hijo soltó una risa burlona, pero él mantuvo el gesto serio y continuó hablando.
—Fue Russell quien nos traicionó a tu madre y a mí.
Quería hacerme desaparecer porque me veía como una amenaza para su ascenso personal en la organización.
En el fondo, siempre me ha odiado, a mí y a todo mi entorno.
Estaba enamorado de tu madre, pero ella me eligió a mí; tuve unos hijos que él habría deseado para él, el Gordo Farelli me apreciaba porque era más eficaz y fiable que él...
Russell me quería fuera de combate y lo consiguió: acusó a tu madre de estar pasando información a los federales, pero era él quien estaba en contacto con ese agente del FBI que investigaba los negocios del Gordo.
Cuando volví de Sicilia, Dolores me lo contó todo.
Ni siquiera pude despedirme de tu madre...
El día del accidente, Russell la llamó, le dijo que yo la estaba esperando; ella no se fiaba, Dolores me dijo que tu madre le tenía miedo y no le encajaba mi desaparición repentina...
Sabía que algo iba mal. Por eso se llevó a Gabriela con ella, creyó que la presencia de la cría la protegería; Russell era su padrino, creyó que con ella no se atrevería a hacerle daño.
—Negó despacio, en sus ojos se reflejaba toda la devastación que aquellos recuerdos aún le provocaban.
Mantuvo un silencio denso durante unos segundos, mientras las palabras regresaban de un rincón proscrito de su memoria—.
Pero lo hizo... Fue capaz... Lo hizo... —Alzó la barbilla, el gesto quebrado por el relato.
Tomó aire para llenar los pulmones, se removió y le habló con voz seca—. Ya conoces lo demás.
Michael lo escuchaba casi sin parpadear, noqueado por esta nueva versión de su infancia. Incrédulo aún, apesadumbrado por una dolorosa verdad, tragó saliva antes de hablar.
—Y si sabes todo eso, ¿por qué no has acabado con él? Por mucho menos has ejecutado a otros.
Walter Donaldson sopesó su respuesta unos segundos.
—Tengo motivos más que suficientes para acabar con Russell Torino y con el Gordo Farelli.
Pero hice la promesa de que me alejaría para siempre de la violencia, cualquier tipo de violencia, que os daría una vida mejor que la que tuve yo, que no creceríais con las pistolas apuntando a vuestras cabezas.
He intentado cumplirlo, juro que lo he intentado.
—Resulta evidente que no lo has conseguido... —murmuró—. No has podido cumplir tu promesa.
—Hubo un tiempo en el que creí que podría salir, dejarlo todo atrás, pero ellos no terminan de soltar a nadie.
—No pudo evitar una mueca de decepción—.
Nunca pensé que serías tú quien acabaría en brazos de esos canallas; pero has cruzado la línea, y ahora soy lo único que tienes para mantenerte vivo.
Michael lo escuchaba con una mezcla de indignación por haber descubierto la gran mentira de Russell Torino, sostenida a lo largo de tantos años, y la frustración nacida del deseo de acercarse a su padre y el rechazo que le provocaba su presencia.
Sintió la boca seca; la saliva, amarga. Habló escupiendo un profundo desprecio a todo lo que le rodeaba.
—No te entiendo, papá... Te presentas con tu eterno halo de dignidad, echándome en cara mis delitos, ofendido porque mis actos van a salpicar tu impoluta vida de intachable hombre de negocios de apariencia legal que apestan a corrupción.
—Una mueca de acritud le quebró el semblante—.
Tú, el hombre de honor... Siempre te has sentido más cerca de César que de mí, porque es él quien ejecuta las órdenes para que sigan limpias tus manos...
Si él hablara, acabarías entre rejas, aunque sabes que los dos terminaréis encontrándoos en el infierno.
El aire que flotaba en la sala pareció congelarse.
Walter Donaldson no podía seguir batallando con Michael, no tenía fuerza ni moral para hacerlo.
—Tienes que denunciarlos, Michael. No sobrevivirás en la cárcel, te has convertido en un problema para ellos, te liquidarán.
—Entonces estoy muerto —dijo con aparente serenidad.
Su padre tomó aire procurando recuperar la compostura. Se levantó y habló con gesto huidizo y doliente.
—Ray hablará contigo. Él sabrá cómo sacarte. Pagaré la fianza que pidan. Si conseguimos evitar la prisión preventiva, tendrás que desaparecer una larga temporada, pero al menos seguirás vivo. Me ocuparé de que tengas un buen destino con tu familia.
—Crees que todo se arregla con dinero, y no entiendes que hay cosas que nunca se podrán recomponer ni con todo el oro del mundo; la dignidad, padre, la respetabilidad que uno se gana a lo largo de los años con lo que hace, no con lo que dice. Algo que jamás tuviste..., y tampoco pudiste enseñarme.
El señor Donaldson le dedicó una mueca entre la condescendencia y un profundo disgusto.
—Por encima de todo eres mi hijo, Michael: a pesar de todo te protegeré y velaré por ti.
Pero tu traición... —Negó con la cabeza, se levantó de la mesa con un suspiro y le dio la espalda.
Las últimas palabras llegaron amortiguadas, ya cruzando la puerta—.
La traición de un hijo duele más que la de cualquiera.