Un hombre de honor XVI
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XVI

—Dios santo... —murmuró Nicole horrorizada—. ¿Quién...? —preguntó temerosa y suplicante.

Dolores abrió un cajón de la mesa y sacó una cajetilla de Camel.

—Nunca te había visto fumar —dijo Nicole sorprendida.

—No me has visto hacer muchas cosas, mi querida niña. Tengo muchos años, y tú, muy pocos. —Prendió el cigarro y dio una larga calada—. Fumo poco, solo cuando la vida me ahoga, como es el caso.

Nicole cogió un pitillo y lo encendió.

—No deberías fumar —dijo Dolores con una mueca de complicidad.

—Lo sé. —Dio una calada y exhaló el humo por la boca. Las manos le temblaban y las entrelazó, implorando una respuesta—. Dolores, dime quién mató a la madre de mi hermano. Necesito saberlo.

Ella adoptó un gesto lastimero y negó con la cabeza. A su vuelta de Sicilia, Fabrizio le había pedido encarecidamente a Dolores que guardara silencio sobre su pasado, sobre todo su pasado. Ella lo había prometido por su vida.

—He hablado demasiado, Nicole —musitó fijándose en la espiral de humo que se desprendía del cigarro—. No deberías haber oído lo que acabo de decir.

—¿Por qué? —inquirió indignada—. Formo parte de esta familia, tengo derecho a saberlo.

—Nicole —la interrumpió en tono brusco—, he sobrevivido todos estos años porque aprendí a guardar silencio, y más vale que tú sigas ese ejemplo. Solo te voy a decir una cosa: a veces las personas no son lo que parecen. Las malas compañías pueden arruinar la vida de un hombre bueno.

—¿Te refieres a Michael?

Dolores bebió un sorbo de su té y dio una larga calada. Nicole la observaba con extrañeza, nunca habría imaginado a aquella mujer fumando un cigarrillo.

—No te dejes llevar por los vientos que soplan con fuerza y que tratan de hacer emerger el pasado. No hurgues en lo que sucedió, no preguntes, no intentes comprender, porque lo único que conseguirás es arruinar todo lo bueno que se ha construido hasta ahora.

Arrojó el cigarro al interior de la taza ya vacía y se levantó dispuesta a dar por terminada la conversación.

—Dolores...

—Lo siento, Nicole —la atajó en seco—. Tengo mucho que hacer.

Nicole sabía que no le sacaría ni una palabra más, pero tenía una duda que sí podría aclararle.

—Dime solo una cosa... ¿Mi hermano lo sabe? Lo que me has dicho de la muerte de su madre...

—Tal vez... —respondió alzando una ceja—. Michael también aprendió a guardar silencio.

Walter Donaldson entró en la comisaría acompañado de su abogado, Ray Sisley, pisándole los talones.

En el mostrador de recepción, se identificó y pidió ver a su hijo.

Los recibió el teniente Caddy y, tras informarles de los cargos por los que se le había arrestado, acompañó a los dos hombres hasta la sala de interrogatorios.

—Esperen aquí —les indicó el teniente—. Le subirán enseguida.

Walter tenía el rostro desencajado. Había recibido una llamada de la comisaría informándole de la detención de su hijo Michael. Aquello había sido como un disparo a bocajarro.

Nada más colgar, Donaldson marcó el número al que había jurado no volver a llamar jamás. Apenas oyó la voz al otro lado de la línea, espetó:

—Russell, me acaban de llamar de la comisaría. Michael está detenido. ¿Tú sabes algo?

Al otro lado de la línea se oyó un chasquido seco, seguido de una retahíla de blasfemias farfulladas entre dientes.

Aquello desató la furia en el quebradizo ánimo de Donaldson.

—¿Tienes algo que ver con esto? —insistió alzando la voz.

—Será mejor que te lo cuente él mismo.

Russell cortó la llamada y Walter Donaldson cerró los ojos con el auricular aún pegado a la oreja. Al volverse, a su espalda, Connie le observaba con una tensa preocupación. Intentó esquivarla, pero ella sabía que algo grave estaba ocurriendo y le cortó el paso, interponiéndose en su camino.

—¿Qué ha pasado, Walter?

—Nada que tú puedas solucionar.

—Deja de tratarme como a una idiota incapaz de entender lo que pasa a mi alrededor —le espetó alzando la voz—.

Estoy harta de que me apartes, de que decidas por mí lo que debo o no debo saber.

—Su firmeza fue tan inhabitual que cogió por sorpresa a su marido, poco acostumbrado a esos arrebatos—.

¿Por qué has llamado a Russell? —insistió sin moverse.

Walter se pasó la mano por la cabeza y resopló exasperado. Luego clavó los ojos en ella, que aguardaba en silencio.

—Michael está detenido en una comisaría de Harlem.

Aquello le atravesó por dentro como un golpe seco.

—¿Qué tiene que ver Russell con esto?

—Todavía no lo sé.

Connie sentía la rabia crecer en su corazón, abrasando la sangre en sus venas. Alzó las manos y le propinó varios golpes en el pecho. Walter aguantó impávido los envites, perplejo ante aquella súbita rebelión de su mujer, que siempre había aceptado su autoridad con docilidad.

—Me prometiste que todo eso había terminado —le reprochó furiosa.

—¡Y ha terminado! —gritó iracundo ante sus recelos—. Al menos por mi parte. —Meneaba la cabeza, perplejo—. No sé qué ha podido ocurrir. Russell no me ha dado ninguna explicación.

—Mi padre te advirtió que te mantuvieras alejado de él —afirmó con acritud—. Esa gente nos traerá la ruina.

El rostro de Connie se endureció, y Walter sintió que se le helaba el alma. Esquivó sus ojos y negó con la cabeza.

—No es tan fácil, Connie —replicó algo más sosegado—, tú deberías saberlo.

—Esto es como una maldición —murmuró ella con impotencia.

Walter le dio un beso en la frente y le habló con voz suave.

—Deja que yo arregle esto a mi manera, ¿de acuerdo?

Ella le había dado la espalda y salió del despacho.

Solo entonces, Walter Donaldson había llamado al abogado, consciente de que tenía que actuar con rapidez y sangre fría.

Michael entró en la sala de interrogatorios flanqueado por un agente uniformado. Llevaba las manos esposadas por delante. Tras ellos, apareció el teniente Caddy.

—Quítele las esposas —ordenó.

Mientras el policía procedía a abrir los hierros alrededor de las muñecas, padre e hijo se sostuvieron una mirada penetrante, como si cada uno quisiera leer el pensamiento del otro.

Cuando los policías los dejaron solos, Walter se dirigió al abogado, que hurgaba en su cartera, colocada en una de las sillas.

—Ray, espera fuera. Necesito hablar con mi hijo.

El abogado obedeció y abandonó también la estancia.

Michael se dejó caer en la silla con los brazos extendidos sobre la mesa metálica.

—¿Puedes explicarme en qué mierda te has metido? —preguntó por fin el señor Donaldson ante el mutismo de su hijo.

Michael le dedicó una mueca sarcástica, impertinente.

—Me pregunto si alguien te planteó eso mismo cuando empezaste a ser lo que realmente eres.

—Conmigo no juegues, Michael —le espetó con autoridad—. Se te acusa de tráfico de heroína y de conspiración de asesinato. —Abrió los brazos tratando de afrontar la situación—. ¡Por el amor de Dios! ¿En qué coño andas metido?

Michael tenía los ojos fijos en sus manos, nervioso, el rostro ensombrecido ante la conciencia del futuro incierto que se le venía encima.

—Espero que no te hayas molestado en venir para fingir lo mucho que te importo.

—Claro que me importas. ¿Por qué dices eso?

Michael soltó una risa seca cargada de amargura.

—Se te da muy bien soltar palabras huecas para demostrar al mundo que eres el padre perfecto, el amante esposo, el abuelo entrañable, el empresario de éxito. —Hubo un tenso silencio. Michael bajó el tono—. Un hombre de honor.

El señor Donaldson desvió la vista con un largo suspiro.

—¿Por qué, Michael? —preguntó volviendo a enfrentar la mirada de su hijo.

El joven se mostró reflexivo durante unos segundos, tratando de encontrar una respuesta.

—Tal vez quería demostrarte que yo también sé hacer cosas por mí mismo, que soy capaz de hacer negocios por mi cuenta...

—¿Pretendías demostrarme que eres capaz de hacer negocios traficando con heroína? —La pregunta pesaba como el plomo—. ¿En tan poca consideración me tienes?

—¿Consideración? —replicó con el resentimiento reflejado en sus ojos—. Nunca me has hablado como un padre, nunca me he sentido como un hijo. Para ti soy tan solo el chico de los recados.

—Eso no es cierto... —murmuró el padre, dolido por aquellas palabras. Se sentó y trató de descifrar la expresión de su hijo—. ¿Tiene algo que ver Russell con todo esto?

Las sospechas en torno a Russell Torino se acrecentaban a medida que Walter Donaldson iba asimilando lo sucedido, consciente de que su hijo no podría haber hecho algo tan grande solo.

—¿Ha sido él quien te ha metido en esta mierda? —insistió ante la falta de respuesta.

—Déjalo, papá, afrontaré lo que me venga.

Se sobresaltó cuando el padre dio un golpe seco con el puño en la superficie de acero, que sonó como un disparo.

—Esta basura no solo te perjudica a ti, nos afectará a todos, a tu mujer y a tus hijos, y a mí; en cuanto los buitres de la prensa se enteren, arrastrarán nuestro nombre por el fango y la mayoría de los negocios que tengo entre manos quedarán arruinados.

—Eso es lo único que te importa, lo único que siempre te ha importado, tu propio interés, tus beneficios, tus negocios, todos somos para ti parte del negocio.

El señor Donaldson hizo una mueca de hastío.

—Ah, no me vengas con moralinas. —Mantuvo unos instantes de silencio antes de hablar—. Hijo, quiero ayudarte, pero necesito saberlo todo. Dime qué papel tiene Russell en todo esto.

Michael le observó reflexivo; luego suspiró y asintió con un gesto.

—El negocio lo dirige el Gordo Farelli.

Durante los siguientes minutos, Michael contó a su padre cómo empleaba la infraestructura de la conservera para traer la droga desde Tailandia y Turquía, cómo llevaban la carga —siempre cajas bien numeradas— del muelle de Brooklyn a uno de Hoboken y de allí a un almacén, desde donde lo iban sacando al laboratorio para su preparación.

Las dosis se vendían por todo Manhattan, pero sobre todo en Harlem; era allí donde tenían la mayor demanda.

—Russell se encargaba de blanquear el dinero a través de sus heladerías —concluyó.

—Tienes que delatarlos. Colabora con la fiscalía, podríamos llegar a un acuerdo...