Un hombre de honor XV #2
78%

XV #2

El mismo día de la muerte de Mussolini, Fabrizio le había pedido a don Salvatore la mano de su hija.

El patriarca aceptó. La boda se celebró a finales de agosto en la catedral de Santa María.

Hubo fiesta para todo el pueblo, a la que no faltó el norteamericano, Matt Carlson Sorrentino, con quien Fabrizio había entablado una estrecha relación de amistad.

A finales de noviembre de aquel 1945, Sorrentino se presentó en la casa de don Salvatore, donde los recién casados se habían instalado.

Le recibieron Fabrizio y Salvatore Farelli.

—Vengo a despedirme —dijo Sorrentino dirigiéndose a los dos hombres—. Mi cometido aquí ha finalizado. Mañana emprendo regreso a mi país.

Fabrizio esbozó un mohín contrariado.

—Me alegro por ti, Matt.

—¿No te gustaría volver a Estados Unidos?

Fabrizio echó una mirada rápida a don Salvatore, que se mantenía atento, el gesto serio y sereno.

—Bueno, allí tengo a mis dos hijos, a los que no veo desde hace casi siete años. La niña tenía meses cuando me fui. El mayor no sé cómo me recordará, o si me recordará siquiera.

En ese momento, habló don Salvatore.

—¿Te gustaría reunir a la familia?

Fabrizio actuó con prudencia, temía ofender con sus sentimientos la generosidad de su mentor.

—No creo que mis hijos se acostumbrasen a esta vida...

—En eso tienes razón —puntualizó don Salvatore—. No me refiero a reuniros aquí. —Torció el gesto—. Reconozco que me costaría mucho separarme de mi hija, y del nieto que ya está en camino, aunque soy consciente de que el tiempo empuja, los hijos deben abandonar el nido y emprender su propia vida.

Fabrizio permaneció unos segundos en silencio, escéptico, tratando de analizar lo que, en apariencia, le estaban planteando.

Hacía una semana que se había confirmado el embarazo de Concetta y hacía tiempo que se había hecho a la idea de que su esposa nunca dejaría a su padre, ya muy débil y anciano, al menos hasta su muerte.

—No entiendo... —balbució desconcertado.

—Es fácil, ¿no te gustaría vivir todos juntos, con tu esposa, en familia?

—De todas formas, es un asunto que no depende de mí. —Dirigió su mirada a Sorrentino—. Tengo mis razones.

—Es cierto —añadió el norteamericano—, pero estoy seguro de que ese asunto tuyo con la justicia podría arreglarse.

—¿Qué quieres decir?

Los gestos entre Sorrentino y don Salvatore le indicaron a Fabrizio que aquel asunto lo habían hablado previamente entre ellos.

—Mi querido Fabrizio —dijo su suegro—, estos años difíciles que has permanecido a mi lado te has portado como un hijo leal y atento.

Nada habría sido igual si no hubiera contado con tu compañía.

Yo estoy viejo, mi tiempo en este mundo se acaba.

—Le sonrió—. Quiero una vida mejor para mi hija y mis futuros nietos, y soy consciente de que en esta maldita tierra no la tendrán nunca.

Fabrizio permaneció atónito varios segundos, sin terminar de creerse lo que se le estaba planteando.

—¿Voy a poder regresar a Norteamérica?

—¿Prefieres otro destino? —inquirió don Salvatore jocoso.

—Yo... No sé qué decir... ¿Podré reunirme con mis hijos? —preguntó expectante.

—Pero no en Detroit —puntualizó don Salvatore—.

Será en Nueva York donde empezaréis una nueva vida.

Desde allí todo será más fácil. Mi hermano Luca lleva tres años instalado en Manhattan, el negocio le va mejor allí.

Tendrás todo lo necesario para establecerte y empezar a funcionar sin problema: dinero, contactos, una casa en una de las zonas más bonitas de la Gran Manzana, hombres a tu cargo para protegeros a ti y a los tuyos. Solo te pongo una condición.

Se detuvo unos segundos. El semblante hierático, la mirada sobria.

Fabrizio, con el corazón en un puño, le instó, impaciente.

—Pídame lo que quiera, don Salvatore.

El viejo alzó el dedo y le señaló. Su voz sonó solemne.

—Debes hacer de tu vida un ejemplo para tu esposa y tus hijos. —Se detuvo unos segundos y escrutó su rostro con una estremecedora intensidad—. No ejerzas la violencia gratuita... Nunca olvides lo que significa ser un hombre de honor.

Fabrizio asintió y sonrió.

—Así lo haré, don Salvatore —musitó incrédulo aún—, le juro que antepondré la felicidad de su hija a cualquier otra cosa.

El norteamericano intervino entonces.

—Los servicios secretos de mi Gobierno están dispuestos a compensar la ayuda recibida por don Salvatore Farel­li y por ti, mi querido amigo.

Estamos haciendo todo lo posible para que puedas regresar a Estados Unidos.

—Se dirigió a don Salvatore—. Agradezco su apoyo; su colaboración ha salvado muchas vidas.

—Eso tan solo lo sabe el Dios del cielo —añadió el anciano.

Sorrentino le tendió la mano.

—He de irme. Gracias por todo, don Salvatore. —Luego se dirigió a Fabrizio y ambos hombres se estrecharon en un abrazo de camaradería—. Volveremos a vernos, hay muchas cosas interesantes por hacer en Norteamérica, espero contar contigo en el futuro, podemos formar un buen equipo.

—Estoy seguro de ello.

Cuando quedaron solos, don Salvatore habló a su yerno.

—Fabrizio, hay algo que debes saber. —Su voz parecía haberse apagado y su rostro ensombrecido auguraba una mala noticia—. Ni siquiera para un hombre que lo ha visto todo resulta sencillo confesarle a un padre que esa hija que cree viva lleva ya casi siete años muerta.