XV
Licata, Sicilia, durante la Segunda Guerra Mundial
Salvatore Farelli, hermano mayor de Luca «el Gordo» Farelli, fue quien acogió a Fabrizio Donatti en Licata. Se adaptó muy pronto al ritmo calmado de aquella aldea costera del sur de Sicilia dedicada a la pesca, la agricultura y a la exportación de azufre, ya en decadencia.
La muerte de su esposa lo había llenado de dolor e impotencia durante mucho tiempo. Hasta ese momento confiaba en que su amigo había conseguido librar a Matilde de su sentencia. Era consciente de que el accidente no había sido fruto de la casualidad.
Russell le había ocultado la muerte de la pequeña Gabriela, convencido de que la luctuosa noticia le podría llevar a cometer una locura y regresar, exponiéndose no solo él, sino a toda la organización.
Era mejor así. Asumir la pérdida de Matilde le resultaría más fácil sin el insoportable lastre de la niña.
Nada podía hacer al respecto, eso creyó Russell.
Por tanto, durante mucho tiempo Fabrizio lloró la muerte de su esposa y del nonato que llevaba en su vientre, sin saber que también lloraba la muerte de su hija, a quien creía, junto a su hijo mayor, al cuidado de su amigo.
Don Salvatore le trató como a un hijo desde el primer momento.
El carácter recto, ecuánime y leal de Fabrizio, su educación exquisita, su curiosidad y su disposición para todo lo que se le proponía deslumbraron al viejo Farelli.
Había enviudado hacía dos años y la presencia de Fabrizio aportó un nuevo aliciente a su vida.
Oficialmente, don Salvatore vivía de la tierra.
Tenía arrendadas varias parcelas de trigo y olivos que otros trabajaban por él.
Firmaba contratos, adelantaba dinero para semillas, prestaba mulas cuando hacía falta.
En los papeles era un uomo di rispetto , un intermediario rural más, aunque sus mayores ingresos, el respeto que infundía entre la población, incluso el miedo que generaba su sola presencia procedían del orden que él mismo garantizaba al margen del estado.
Si un campesino tenía un problema con el propietario, don Salvatore era el que intermediaba; si alguien robaba una cosecha, don Salvatore se enteraba antes que los carabinieri y se encargaba de impartir justicia; si un comerciante necesitaba protección para un cargamento que «no debía retrasarse», don Salvatore cobraba una comisión y la carga llegaba en plazo.
No era un hombre violento. Su poder estaba en la palabra dada y en la memoria larga.
Nunca alzaba la voz; le bastaba con guardar silencio para que alguien supiera que había cometido un error.
Vivía de manera sobria, casi con austeridad.
Se levantaba antes del amanecer, rezaba en silencio, comía poco.
No fumaba ni bebía más de un vaso de vino.
Su única hija, Concetta, era la que se encargaba de la gestión de la casa al mando de varios sirvientes de la máxima confianza: la limpieza y el orden, la comida a su hora, la ropa lavada y bien planchada.
Se mantenía en un segundo plano, siempre diligente, obediente y discreta en presencia del patriarca.
Don Salvatore compartía con Fabrizio sus asuntos de negocios, sus preocupaciones y sus proyectos; también largas charlas mientras caminaban por el campo o al calor del fuego de la chimenea; cosas que, en su opinión, incumbían solo a los hombres de la familia.
Cuando veinte años atrás Mussolini llegó al poder, don Salvatore ya se había convertido en un uomo fatto , miembro plenamente iniciado y reconocido de la Cosa Nostra siciliana.
En un principio, había observado el fulgurante ascenso del Duce con distancia, casi con curiosidad.
En Sicilia, los gobiernos siempre habían venido de fuera.
Sin embargo, la sombra del fascismo pronto se convirtió en una brutal represión contra los hombres de la mafia; el Duce no toleraba poderes paralelos.
Don Salvatore aprendió a hacerse invisible, redujo el número de sus hombres a los imprescindibles, dejó que otros dieran la cara, permitió que algunos fascistas locales creyeran que mandaban.
Nunca se afilió con entusiasmo al Partido Fascista, se limitaba a cumplir con lo imprescindible: asistía a determinados actos, colgaba la bandera en fechas señaladas, hablaba bien del Duce en público.
En privado, nunca opinaba de política. Aun así, pagó un precio; su único hijo varón fue detenido sin cargos y, antes de que pudiera hacer nada por liberarlo, murió de unas fiebres en una cárcel de Palermo.
Desde ese día, el afán de venganza se le metió en la sangre.
Para ello puso en práctica una de sus grandes virtudes, la paciencia, y esperó el momento adecuado.
Ese momento llegó con la guerra. Salvatore Farelli se volvió de nuevo necesario.
Una mañana de principios de abril de 1943, una destartalada camioneta se detuvo ante la cancela de la casa de don Salvatore. Se trataba de un encuentro previamente anunciado por el notario del pueblo.
Fabrizio fue el encargado de recibir al visitante.
Del coche descendió un hombre con traje que se dirigió a él en actitud cordial hablando en italiano, aunque su acento lo delató de inmediato.
—Mi nombre es Matt Sorrentino. ¿Puedo hablar con el señor Farelli?
—Depende... —respondió Fabrizio en tono seco.
—Soy representante comercial. —El recién llegado trató de justificar su presencia—. Me gustaría ofrecerle mis respetos.
—¿Es usted norteamericano?
El hombre asintió azorado. Sudaba a mares y se enjugó la frente con un pañuelo.
—Nací en Minneapolis, Minnesota. En realidad, mi apellido es Carlson, pero aquí uso el de mi madre, napolitana por los cuatro costados; me abre más puertas. —Ante la inmovilidad de Fabrizio, Sorrentino esbozó una sonrisa e insistió de forma educada—. ¿Puede anunciarme al señor Farelli?
Aquel fue el primer encuentro con el hombre que cambiaría el destino de Fabrizio para siempre.
Lo llevó ante su mentor, que se encontraba en la parte de atrás de la casa, sentado a la grata sombra de un limonero, enfrascado en la lectura de un libro.
Ante la presencia de aquel extraño, don Salvatore no se levantó. No hizo ningún gesto para recibirlo. En Sicilia, quien necesita algo es quien da el primer paso.
—Dicen que usted conoce esta tierra —dijo Matt Sorrentino plantado delante de Farelli.
Don Salvatore no respondió enseguida. Miró al cielo, como si midiera el tiempo.
—Esta tierra no se conoce —contestó al fin—. Se soporta.
—También dicen de usted que es un hombre razonable. Nosotros tenemos un pequeño problema y no queremos hablar con las autoridades.
Fabrizio se dio cuenta de que era un tipo listo. No querían al Estado, y eso suponía pisar su propio terreno.
—Dígame a quién representa —dijo don Salvatore.
Sorrentino esbozó una mueca taimada.
—Vengo a solicitar su ayuda, señor Farelli. Trabajo para una empresa americana que pronto necesitará mover materiales por esta zona. Nada ilegal, tan solo... delicado. El hermano de mi madre siempre decía que aquí, en Sicilia, las cosas se arreglan hablando con las personas correctas.
—Tenía razón su tío —añadió don Salvatore satisfecho.
El americano no habló de política. No mencionó a Mussolini ni el fascismo, ni siquiera al Ejército de Estados Unidos. Habló de caminos secundarios, de puentes, de qué pueblos obedecían a quién. Habló de silencio.
Le confesó que pronto habría un desembarco, que Licata era uno de los puertos importantes, y que los Aliados necesitaban hombres que supieran quién mandaba realmente cuando el Estado se derrumbaba. No pidió armas, tampoco reclamó soldados.
—¿Qué es lo que quiere de mí? —inquirió don Salvatore con expresión seria.
—Algo fácil para un hombre como usted. Su gente conoce cada sendero que se extiende desde aquí hasta Agrigento. Sabe quién es fascista por convicción y quién solo por hambre. El Ejército de mi país está preparado. Necesitamos caminar como invitados, no como invasores.
—¿Y qué gana mi gente?
—Memoria, don Salvatore... Estados Unidos siempre recuerda quiénes son sus amigos.
Don Salvatore se levantó y se alejó unos metros, con pasos lentos y gesto abstraído. Fabrizio observaba la escena, impertérrito. Sorrentino prendió un cigarro y esperó en silencio mientras fumaba.
En aquel momento resultaba evidente que el fascismo se precipitaba hacia la derrota, y don Salvatore siempre había sabido situarse en el lado adecuado justo antes de que un poder cayera. Regresó y se plantó delante del norteamericano.
—Ustedes vendrán por el mar, y yo haré que esta tierra se vuelva de algodón bajo sus botas. Estas son mis condiciones, ningún soldado aliado entrará en mi casa y, cuando todo termine, yo decidiré a quién se obedece en Licata.
—Será como dice —concedió Sorrentino.
—Y recuerde una cosa: en Sicilia los favores no se pagan una vez, se pagan siempre.
El americano sonrió mostrando los dientes.
—Don Salvatore, creo que nos vamos a entender muy bien.
Los dos hombres se estrecharon la mano.
Cuando los Aliados llegaron en julio de 1943, las calles de Licata se mantuvieron tranquilas y vacías.
Las campanas no sonaron. Los disparos fueron pocos.
Algunos de los oficiales fascistas no estaban, otros habían huido.
Los caminos correctos estaban despejados.
Los soldados estadounidenses pudieron avanzar más rápido de lo esperado.
En los informes oficiales se habló de «resistencia mínima».
Nadie escribió el nombre de don Salvatore, pero todos sabían que había sido necesario, y eso en la posguerra era una forma de inmunidad.
Al terminar la guerra don Salvatore no celebró nada.
Sabía que cada favor crea una deuda, y durante aquel tiempo había surgido una gran oportunidad no tanto para él, sino para su descendencia.
Consciente desde hacía tiempo de que Fabrizio había puesto sus ojos en su hija Concetta, y que ella le correspondía con la prudencia que le debía al respeto paterno, planeó el cobro de su deuda.