XIV
El coche emergió lentamente de las oscuras aguas del río atrapado entre las fauces de la grúa que lo extraía.
Las primeras luces del amanecer ayudaban a iluminar aquel espectáculo dantesco al final de la calle Parkview.
Desde un lado del muelle, Russell Torino observaba las maniobras de rescate.
Se sentía aterido por el viento frío y húmedo que parecía atravesarle las carnes y la conciencia.
Hacía una semana que había trasladado a Fabrizio a Windsor, conduciendo su propio coche por el puente Ambassador.
Antes de acceder al puente, se había deshecho de la pistola con la que Fabrizio acababa de asesinar al agente Elliot McGrover, arrojándola a las profundidades del río.
El hecho de que hubiera dejado viva a la señora McGrover complicaba las cosas, pues le había visto y podría reconocerlo.
Russell se había puesto furioso. La regla era clara y sin concesiones: nunca dejar testigos.
Sin embargo, a sus reproches solo le respondió el estremecedor silencio de Fabrizio.
Salvo aquel espinoso detalle, todo había salido de acuerdo con lo previsto.
—¿Cuidarás de mi familia? —le había preguntado Fabrizio en un tono agónico antes de cruzar la frontera hacia Canadá.
—Estarán bien.
—Confío en ti, Russell —insistió tendiéndole la mano. Al estrecharla, le apretó con fuerza—. Hermanos para siempre, ¿recuerdas?
—Hermanos para siempre...
Aquella frase resonaba en la conciencia de Russell como un molesto martillo pilón.
Sacudió la cabeza, tratando de despejar la culpa; ya encontraría la manera de contarle lo sucedido.
En ese momento tenía otras preocupaciones, y entre ellas no estaba la reacción de Fabrizio, quien, a esas horas, viajaba en un barco mercante que acababa de zarpar rumbo a Europa del puerto de Saint John, en Nuevo Brunswick.
Estaría fuera de combate durante una larga temporada.
Estaba convencido de que la distancia y el paso del tiempo lo aplacarían todo.
El Ford V-8 verde oliva se había precipitado a las frías aguas del río Detroit alrededor de las nueve de la noche, sin que se supieran aún las causas del accidente.
Así lo había afirmado un testigo que pescaba en uno de los canales y que había oído el rechinar de los frenos y, al volverse, vio cómo el coche se hundía en las entrañas del río.
Fue él quien avisó a la policía del accidente.
Se llamaba James Johnson. Russell lo había elegido porque no tenía ninguna relación con la organización y porque tenía una deuda pendiente con el Gordo Farelli, una deuda que quedaba saldada con aquel pequeño trabajo.
De lo que Russell no fue consciente aquella noche fue de la presencia de otros ojos que vieron cómo el camión arrastraba el coche hasta el río, un testigo horrorizado al descubrir cómo aquella mujer desesperada saltaba al asiento trasero para salvar a su bebé mientras el coche se hundía con ellas dentro en las frías aguas del Detroit.
Uno de los agentes de policía se acercó a Russell Torino.
—Hay dos cadáveres —le dijo con voz ronca.
—No puede ser... —musitó aturdido.
—Una mujer y una niña de pocos meses. Las dos estaban en la parte trasera. Parece que la madre quiso salvar a la cría, y se ahogaron las dos.
Russell sintió una punzada tan fuerte en el estómago que apenas le dejaba respirar.
Ya había sido muy duro liquidar a Matilde.
La pequeña Gabriela era su debilidad: había insistido en ser su padrino y la quería como si fuera su propia hija.
Russell no se había casado ni tenía hijos.
En el fondo siempre había deseado la vida de Fabrizio, su familia, sus hijos, la belleza de Matilde, que le había atraído desde el principio, antes incluso de que Fabrizio se fijase en ella y le arrebatase toda posibilidad de conquistarla.
La idea de haber arrastrado a la niña al río le provocó náuseas. No lograba comprender por qué Matilde había decidido llevarse a la pequeña. Estaba convencido de que su plan era perfecto, de que lo tenía todo bajo control, al menos eso creía.
Unas horas antes, Russell la había llamado por teléfono para que acudiera a aquel lugar apartado. Le mintió, asegurándole que allí podría reunirse con Fabrizio, a quien no veía desde el día de Navidad, cuando Russell fue a buscarlo.
Confiada, Matilde había aparcado su Ford en el lugar indicado.
La oscuridad y la calle solitaria formaban el escenario perfecto para el supuesto accidente.
En cuanto detuvo el coche, un camión arrancó el motor y la embistió por detrás arrastrando el vehículo hasta la orilla.
Todo fue muy rápido. Cuando el coche cayó al río, mientras se hundía en el agua, la madre saltó a la parte de atrás con la intención de salvar a su pequeña.
La noticia de la muerte de Matilde le llegó a Fabrizio seis meses después, cuando se había asentado en la ciudad de Licata, en la costa sur de Sicilia. En su carta, Russell se lamentaba de la desgracia y se comprometía a proteger a lo que quedaba de su familia como si fuera la propia.