XIII #2
Michael se había quedado pensativo unos segundos, encogió los hombros y contestó con una mueca entregada en su rostro.
—Negocios... —balbució con los ojos perdidos en la nada—, caridad, me caía bien.
—¿Ya no? ¿Qué ha cambiado?
—Diane Miller murió hace una semana. Un infarto.
Frank contuvo la respiración, temiendo la posibilidad de que se tratara de otra víctima del fortuito encuentro entre Corsini y aquel hombre en la residencia.
Michael continuó hablando, con una mueca entristecida dibujada en su rostro.
—Cuando la conocí era como esos perros apaleados que agradecen cualquier muestra de afecto.
Le gustaba el dominó... A veces jugábamos una partida.
—En ese momento, sus labios habían insinuado una leve sonrisa—.
Dejaba que me ganase. Se quedaba tan contenta porque sentía que había alguien que estaba pendiente de ella.
La soledad hace estragos en los viejos, detective, por eso a mí no me importa no llegar a viejo.
Me aterra la idea de sentirme tan dependiente y tan solo.
—La otra alternativa es la muerte.
—Es preferible estar muerto que convertirte en un guiñapo.
—Es una opción. —Frank había asentido.
De nuevo el silencio resonó en el aire de aquel espacio gris y frío.
—¿Por qué te llaman Donatti? —preguntó al fin.
Michael dejó entrever una leve risa.
—Es solo un nombre...
—¿Qué sabes de Fabrizio Donatti?
Michael negó con expresión mesurada.
—No sé de qué me habla...
Frank tenía claro que Michael mentía, quizá con la intención de encubrir a alguien más importante en toda aquella trama.
Entre ambos se había prolongado un silencio cargado de tensión. La mente de Frank la ocupaba ahora un solo pensamiento.
—¿Cómo crees que se va a tomar Nicole todo esto?
—No lo sé —había dicho Michael en tono derrotado.
El sonido del teléfono sacudió aquellos pensamientos. Lentamente, Frank se levantó de la cama, se acercó al aparato y descolgó el auricular. La voz del teniente Caddy le despejó la mente.
—Frank, Walter Donaldson está en la comisaría.
Por el tono y el frío silencio que siguió a sus palabras, comprendió que el teniente ya conocía la verdad sobre los Donaldson.
De nuevo se oyó la voz de Caddy.
—Ha venido con su abogado y quiere ver a su hijo. Será mejor que vengas. Ya.
El taxi aparcó a la altura del 1035 de la Quinta. Nicole apenas prestó atención al portero cuando le abrió la puerta. La subida en el ascensor se le hizo eterna. Los nervios a flor de piel, con la tormenta en el ánimo.
Al entrar en la casa, Nicole se encontró con Dolores, que, con paso renqueante, se dirigía hacia la cocina. Al verla, se le iluminaron los ojos.
—¡Bendito sea el cielo, Nicole! ¿Dónde te habías metido?
—¿Y mi padre?
—Se ha marchado hace un rato. Tu madre está en la sala. Algo muy grave ha pasado. Está muy preocupada.
—¿Y tú cómo estás? —preguntó en tono de dulce reproche—. Te han mandado reposo, deberías estar en la cama.
Dolores agitó la mano en el aire.
—Ya reposaré cuando me muera. Además, alguien tiene que hacerse cargo de todo. Ve a ver a tu madre —masculló alejándose hacia la cocina— y cuéntame qué demonios ocurre.
Cuando Nicole entró en la estancia, su madre permanecía sentada en una butaca frente a la ventana, con la mirada perdida en la frondosidad de las copas de los árboles de Central Park.
—Mamá... —susurró con temor a sobresaltarla.
—Ah, hija... —dijo con voz tenue, sin apenas moverse. Nicole se acercó a ella y se sentó a sus pies, sobre la mullida alfombra; le agarró las manos en un gesto de cariño—. Ha sucedido algo horrible...
—Lo sé, mamá.
—¿Cómo lo sabes? —se alarmó—. ¿Es que se ha enterado la prensa?
—No, me lo ha dicho Frank, ha sido él quien ha detenido a Michael.
—Santo cielo... —susurró con un suspiro.
—¿Dónde está papá?
—Ha ido a ver al abogado. Van a intentar sacarlo. ¿Tú sabes por qué lo han detenido? Tu padre apenas me ha dicho nada.
—Los cargos son muy graves, mamá: tráfico de drogas y conspiración para matar... Dicen que Michael encargó el asesinato de cuatro personas, y pretendía acabar con Frank.
Connie trataba de asimilar lo que estaba escuchando. De repente su semblante se ensombreció.
—Tenía que ocurrir... —masculló.
—¿Qué es lo que tenía que ocurrir?
Ella le dirigió una expresión de afectada ternura.
—Es una larga historia, Nicole —su frente se arrugó atormentada—, una larga y dolorosa historia del pasado que debería haber permanecido oculta para siempre.
—No entiendo nada —gruñó Nicole, con rabiosa incomprensión.
—Debe ser tu padre quien te lo explique. Yo no... no sabría cómo hacerlo.
Su madre cerró los ojos con una mueca de sufrimiento interior. Su voz salió como un susurro entre sus labios.
—Déjame sola, Nicole, por favor. Me siento tan cansada...
Nicole se levantó y se quedó observando la figura de su madre, la cabeza baja, encogida, las manos entrelazadas sobre los muslos. Sintió una profunda pena por ella.
—Estaré ahí fuera si me necesitas.
Salió de la sala y se dirigió a la cocina.
En el aire flotaba un silencio que parecía vaciar de vida la casa.
Dolores estaba sentada a la mesa con una taza de té entre las manos, los hombros encorvados, alicaída.
No era habitual verla sin hacer nada, sin ir de un lado a otro recogiendo u organizando algo.
Aquella imagen aumentaba aún más la sensación de tragedia que se respiraba en la casa.
Dolores alzó la cara al verla entrar e insinuó una leve sonrisa en los labios.
—¿Quieres un té?
Nicole asintió y se sentó junto a ella. Le sobrecogía pensar en lo que sabía de su hijo.
Había tanta bondad en aquella mujer, tanta delicadeza y tanto amor, que parecía imposible creer que un hijo suyo pudiera llegar a empañar la obra más importante de una madre: la de criarlo y sacarlo adelante.
Le resultaba insoportable ser consciente de lo que aquella mujer ignoraba.
Mientras Dolores le hablaba con la misma dulzura de siempre, vertiendo la infusión en una taza, Nicole apenas podía enfrentarle la mirada sin esquivar aquellos ojos, limpios de toda culpa.
Sentía remordimiento, miedo y tristeza por el hecho de conocer la verdad, de haber sido testigo directo del crimen de César Salazar.
Lo más devastador para Nicole era comprobar aquella inocencia intacta con la que Dolores seguía amando sin reservas a su hijo.
—¿Cómo está? —preguntó la mujer.
—Muy preocupada.
—Por el amor de Dios, niña, dime qué está pasando.
Antes de contestar, Nicole recordó la imagen de Michael en aquel salón del hotel Ambassador, unos minutos antes del atentado contra el senador Kennedy.
—Michael está detenido.
Se hizo un silencio gélido entre ambas. Dolores se irguió desconcertada, como si hubiera recibido un inesperado bofetón.
—Santa madre de Dios... —susurró.
—Los delitos de los que se le acusa son muy graves. —Nicole se tapó la cara con las dos manos mientras hablaba—. Todo esto es una locura. —Soltó una amarga risotada—. Cuando se entere la prensa va a ser un escándalo. No quiero ni pensarlo.
—No justifico lo que haya hecho, pero tampoco puedo culparlo. La infancia deja heridas muy profundas y, si no cicatrizan bien, supuran con el tiempo.
Nicole la miró sin entender sus palabras.
—Fue muy duro para tu hermano perder a su madre y a su hermanita de una forma tan trágica.
Michael adoraba a esa niña. —Arrugó el ceño, sumida en los recuerdos—.
No puedes imaginar cuánto padeció. —Tomó aire y lo soltó en un amargo suspiro—.
No derramó ni una lágrima, se lo guardó todo dentro —dijo tocándose el pecho.
Nicole permanecía impactada por lo que estaba escuchando.
Michael era su hermano de padre, y siempre pensó que el fallecimiento de su madre, la primera esposa de su padre, había sido de muerte natural.
Nada sabía de esa hermana pequeña. Aquellas palabras la desconcertaron.
De pronto se dio cuenta de que nunca había preguntado, de que jamás se había interesado por esa parte de la vida de su padre y de su hermano.
La invadió un súbito remordimiento por haber vivido de espaldas al pasado de su familia.
Su voz salió en un hilo, las palabras ahogadas por el miedo a descubrir una verdad incómoda que siempre había estado ahí y de la que nunca se había preocupado.
—¿Qué le pasó a la madre de Michael? Creía que murió de un infarto.
Dolores le dedicó una expresión entre la lástima y la condescendencia.
—A Matilde la mataron los mismos que prometieron a tu padre que la iban a proteger.