Un hombre de honor XIII
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XIII

Cuando dejó la zona de calabozos, Frank tuvo la sensación de que acababa de emerger de las profundidades del infierno. El teniente Caddy se cruzó con él.

—No tienes buen aspecto, Bernstein —le dijo preocupado.

—Estoy bien —farfulló aturdido.

—¿Has podido sacarle algo nuevo a ese tipo?

Frank no quiso contestar, no podía hacerlo, debía procesar lo que había descubierto. Un profundo hastío se reflejaba en su rostro.

—¿Cómo ha ido la batida del laboratorio? —preguntó agotado.

—Un éxito rotundo —contestó el teniente rayando la euforia—. Se han incautado al menos veinte kilos de morfina base, lo que supone unos dieciséis kilos de heroína pura...

—Que pueden multiplicarse por diez una vez cortada para la calle —agregó Frank.

—Con una ganancia de entre doscientos y trescientos mil dólares netos. Un negocio redondo.

Frank se mantenía apático, sumido en su propio desconcierto. El teniente Caddy le puso la mano en el hombro y le habló en un tono afectuoso, casi paternal.

—Has hecho un gran trabajo, Bernstein. Vete a casa, invita a tu chica a un buen restaurante y celébralo. Te mereces un descanso.

Frank asintió. Cuando se quedó solo, se dirigió al teléfono, pensativo. Tenía que hacer esa llamada. Se frotó el entrecejo y descolgó el auricular. La conversación fue rápida. No quería contar nada por teléfono. Necesitaba hablarle en persona.

—Nicole, tenemos que hablar... —le dijo con voz grave—. Estaré en mi apartamento, te espero allí.

Cuando Frank le abrió la puerta, Nicole se arrojó a sus brazos, ansiosa de su presencia.

—Te he echado tanto de menos —le dijo, melosa y efusiva.

Frank la envolvió en un abrazo apasionado, los ojos cerrados, deleitado en el momento, postergando todo lo demás.

—Todo ha sido muy complicado... —musitó Frank con voz ronca.

Nicole no atendía a sus palabras, pegada a su cuerpo como si temiera volver a perderlo, con el rostro en su pecho, ávida de su latido. Levantó la mirada hacia él y le sostuvo el rostro entre las manos.

—No imaginas las ganas que tenía de abrazarte —susurró, rozando sus labios—. Necesito tanto tus besos...

Sin dejar de besarse, Frank la alzó en los brazos y la llevó hasta la cama. Se arrancaron la ropa a trompicones, la respiración acelerada, excitados por el deseo desatado, palpándose los cuerpos desnudos, entregados a una ciega pasión.

Quedaron rendidos, uno junto al otro, jadeantes y satisfechos del amor entregado y recibido. Hacía un rato que la lluvia caía con fuerza en la calle, golpeando los cristales, apartados del mundo que quedaba al otro lado.

Frank se levantó, buscó su pantalón y sacó una cajetilla de Marlboro. Necesitaba aferrarse a algo para hablar. Encendió el cigarrillo sin dejar de observarla mientras ella le observaba a él, tendida, sonriente y desnuda, con la melena alborotada.

—¿Te he dicho alguna vez lo preciosa que eres? —le preguntó Frank, exhalando el humo de la primera calada.

—Me gusta que me lo digas —susurró ella.

Frank desvió los ojos y una sombra de preocupación transformó su rostro.

—Tengo algo importante que contarte, Nicole, y no sé cómo hacerlo.

Ella se incorporó y arrugó la frente con expresión de extrañeza.

—¿Qué ocurre?

La miró con fijeza antes de hablar.

—Se trata de la operación de narcotráfico que tenía entre manos desde hace más de un año. —Esbozó una mueca de complacencia antes de continuar—. He conseguido desarticularla.

—Vaya, enhorabuena —dijo ella con una sonrisa.

Frank dio otra calada a su cigarro, cogió un cenicero y se sentó a los pies de la cama, para quedar uno frente al otro.

—También hemos atrapado al tipo que ordenó el asesinato de Corsini.

—Son todo buenas noticias —dijo ella alzando una ceja—. ¿No es cierto?

Frank sentía el palpitar desbocado en su pecho.

—Tu hermano Michael está en los calabozos de mi comisaría. Yo mismo lo he detenido esta mañana.

El rostro de Nicole se demudó.

—¿Michael? —Una mueca de incredulidad quebró su boca—. No entiendo...

—Está acusado de tráfico de drogas y conspiración para cometer varios homicidios en primer grado, incluido el de Carlo.

Además... —le costaba hablar, como si la saliva se le hubiera espesado en la boca—, Michael...

ha pagado a un hombre para que me mate...

—Por fin consiguió tragarse una angustia que le rasgaba la garganta—. Nicole, tu hermano me quería muerto.

Nicole parpadeó aturullada, deseosa de borrar las palabras que acababan de irrumpir en su conciencia antes de que se grabaran en ella.

El silencio se hizo tan pesado que consumió el aire. Nicole no dejaba de mirarlo, tratando desesperadamente de encontrar en sus ojos alguna lógica a sus palabras. De repente, se cubrió el pecho con la sábana, sintiendo una inconsciente vergüenza de sí misma.

—Me cuesta mucho creer que Michael pudiera hacer algo así... —balbucía, intentando articular algo con sentido—. Estoy convencida de que es un error..., de que lo han engañado, o alguien que quiere perjudicarlo le ha tendido una trampa.

Frank la escuchaba con una triste dulzura.

—La red de contrabando se movía a través de una empresa de conservas de carne que surte a nuestras tropas en Vietnam.

El viaje de retorno de los palés vacíos se aprovechaba para traer heroína, que luego se preparaba en un laboratorio, al que llamaban la Cúpula, para convertirlo en miles de dosis.

Era un negocio perfecto. —La voz de Frank inundaba el dormitorio.

—Y esa empresa ¿qué tiene que ver con mi hermano? —preguntó buscando alguna salida, algo que le permitiera huir de aquella realidad insostenible.

—Michael me ha dicho que pertenece a tu padre, además del congresista Douglas Sheridan y Matt Carlson, un agente de la CIA al que llaman Sorrentino.

—Mi padre tiene muchas empresas, Frank, eso no le convierte en un delincuente.

—Eso me ha dado a entender tu hermano. Que tu padre no tiene nada que ver en esto.

Ella se removió como si esa idea aliviara parte de la presión que sentía.

—Tiene que ser un error, Frank. Michael es incapaz de hacer lo que dices...

—Ojalá fuera así... —Su ánimo se desplomó, vencido por una bruma espesa que le embotaba la mente.

Nicole no conseguía asimilar la realidad que se le estaba presentando. Se aferraba a que todo respondiera a un error, una coincidencia, un cruce de datos malintencionados con el fin de acabar con el buen nombre de su padre.

Sumida en un abismo sin fondo, su voz surgió de entre sus labios, frágil, temblorosa, acosada por el miedo.

—No puedo creerlo... No lo creo, no es posible... No...

—Lo que hayan hecho tu padre y tu hermano no tiene por qué afectarte a ti.

Fue en ese momento cuando estalló la indignación que Nicole había reprimido.

—¡Se trata de mi familia, Frank! Claro que me afecta, para lo bueno y para lo malo, me toca de lleno.

Él era consciente de que se había abierto un abismo entre ellos. Trató de acercarse, pero lo recibió con un respingo, como si su tacto, antes tan dulce y grato, fuera ahora una dolorosa descarga eléctrica.

—Nicole..., no sé qué decir ...

Tras unos segundos en silencio, con aquellas palabras de Frank flotando en el aire, Nicole se levantó, recogió su ropa y se metió en el baño. Al poco rato, salió abrochándose la camisa.

—Tengo que ir a casa. Si es cierto lo que has dicho de Michael, mi padre estará... —Se movía nerviosa de un lado a otro, buscando algo. Se detuvo ante él, como si lo hubiera descubierto de pronto.

—¿Quieres que te lleve?

Negó y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No entiendo nada —musitaba con voz trémula—. Necesito...

Él la atrapó entre sus brazos. Ella hizo un amago de resistencia, pero cedió y se dejó acunar.

—Lo siento, Nicole —dijo reteniéndola contra su pecho—. Lo siento mucho.

Nicole se deshizo del abrazo, cogió su bolso y se marchó en silencio.

Frank se mantuvo de pie unos segundos, con la esperanza de que regresara. No quería que se fuera, no en ese estado. Se sentía culpable por haber dinamitado de aquella forma la vida de la mujer a quien tanto amaba.

Se dejó caer en la cama, cabizbajo, sin energía, repasando mentalmente la conversación con Michael en el calabozo.

—Mi padre y sus socios son los dueños de la empresa, pero soy yo el que gestiona todas las operaciones para transportar las conservas de carne con las que se alimentan nuestros soldados en Vietnam —le había confesado Michael.

—Un negocio redondo gracias a la inestimable colaboración del congresista Sheridan. Sus influencias inclinaban las licitaciones a su favor y les permitían enriquecerse a costa de las miserias de la guerra.

—Las guerras son un gran negocio, detective, una oportunidad para ganar dinero, por eso existen. Si no hubiera beneficios, acabarían todas las guerras del mundo.

—Suena deleznable.

—Alguien tenía que hacerlo. El negocio de mi padre es absolutamente legal.

Puedes buscar donde quieras, que no encontrarás nada que achacarle, salvo que está ganando mucho dinero.

—Michael había inclinado la cabeza y fruncido el labio inferior, pensativo.

Su actitud se volvió fría, distante—. En mi caso, la historia es diferente.

Mi padre confiaba en mí, me cedió el control sobre la conservera.

Por eso he podido utilizarla como tapadera para mi propio negocio; hasta que decidiste entrometerte y tuvimos que tomar decisiones complicadas.

Frank había mantenido los ojos puestos en la carpeta del detenido, en aquel rostro impávido de la foto tanto tiempo buscado. Alzó la cara para preguntarle:

—Cuándo dices «tuvimos», te refieres a Russell Torino, el mafioso.

Michael había sonreído a sabiendas de que había hablado de más. Negó con la cabeza.

—Es una forma de hablar —había mascullado.

—¿Y el fiscal de distrito? ¿Qué se lleva de todo esto?

—A Skanett le gusta vivir bien.

Frank entendió que no diría una palabra al respecto, por eso había llevado la conversación en otra dirección.

—¿Qué pasa con la señora Miller?

—Diane Miller fue fundamental para crear la empresa en su día.

—¿Qué razón te llevaba a visitarla a la residencia?