Un hombre de honor XII #9
72%

XII #9

—Ninguno —farfulló antes de darse la vuelta y salir del local.

Fogerty pasó el aviso a su cuñado mediante una llamada de teléfono en presencia de los agentes.

Aquella noche Frank y Kravitz siguieron discretamente al cuñado hasta una zona deshabitada de la Ciento cincuenta y ocho, al oeste de Harlem.

Establecieron un dispositivo de vigilancia; la intervención tendría lugar al día siguiente, a la misma hora a la que detendrían a Donatti en el Ferrara.

El fiscal en persona acudió a solicitar al juez una orden de entrada y registro del almacén.

El operativo de la pastelería tuvo que organizarse a toda prisa. El teniente Caddy se implicó directamente en la operación.

Un camarero que recorría el local con la bandeja era un agente de policía encubierto; también lo era un cliente que aparentaba leer el periódico sentado a una mesa junto a la escalera, y otro, apoyado en la barra.

Había agentes de policía camuflados desperdigados por la calle como meros viandantes o repartidores.

En una de las furgonetas de reparto aparcadas al otro lado de la calle, esperaba Frank, junto al teniente Caddy, el inspector Kravitz y el fiscal que se había hecho cargo del caso.

A través de los cristales tintados de la furgoneta, Frank vio a Fogerty entrar en la pastelería a la hora convenida.

La idea de detener al hombre a quien llevaba persiguiendo más de un año y que había ordenado su asesinato mantenía a Frank en un estado de máxima alerta.

El camarero camuflado que pululaba por las mesas se acercó para tomar la comanda de los recién llegados. Pidieron dos cafés. En cuanto estuvieron solos, Donatti se sacó un sobre del bolsillo interior de la chaqueta y lo dejó encima de la mesa.

—Quiero un trabajo perfecto —le dijo a Fogerty—. Sin fisuras.

Fogerty examinó el sobre. Llevaba la grabadora pegada al cuerpo, y había sido aleccionado acerca de lo que debía decir. Comprobó el contenido sin llegar a cogerlo. Sonrió con una mueca sarcástica.

—¿Está seguro de que quiere que me cargue a ese Bernstein?

La voz de su jefe sonó gruesa.

—No me falles, Tonny, o lo lamentarás.

Fogerty alargó el brazo en un amago de hacerse con el sobre. Justo entonces, el agente camuflado como cliente se levantó; el camarero se acercó y su contundente voz retumbó en el local.

—¡Policía! —Mostró la placa mientras obligaba a Donatti a levantarse—. Queda detenido por conspiración para asesinar a un agente de la autoridad.

Inmovilizó a Donatti retorciéndole el brazo a la espalda y empujándolo contra la mesa. El otro agente encubierto tomó el sobre con el dinero. Un equipo irrumpió en la escena con las armas en ristre para cubrir la detención.

Donatti apenas se inmutó ante aquel despliegue. Fijó los ojos en Fogerty, que se había levantado y observaba la escena con apariencia de sorpresa.

—Estás muerto, Tonny —masculló despectivo mientras el policía le esposaba y le leía sus derechos como una cantinela.

—¡Púdrete en el infierno! —le espetó él.

Un agente de paisano sacó del local a Fogerty, con las manos aherrojadas a la espalda.

Frank abandonó la furgoneta seguido de Kravitz y del teniente Caddy. Vio a lo lejos al recién detenido, ya esposado, mientras los agentes lo introducían en el coche patrulla para trasladarlo a la comisaría.

Se felicitaron por el operativo. Todo había salido bien. El laboratorio clandestino de la droga había sido intervenido y habían arrestado a una veintena de personas. Todos felicitaban al detective Bernstein.

—Esto hay que celebrarlo —dijo el teniente Caddy echándole el brazo por encima del hombro, eufórico—. Tu tesón te va a valer una medalla, Bernstein, y a mí, una jubilación de oro. Cuando Skanett se entere, va a poner el grito en el cielo.

—¿El fiscal de distrito no sabe nada?

—Está de baja, ¿recuerdas? Reclamé a la fiscalía máxima discreción, no podía permitir que Skanett volviera a aguarnos la fiesta.

Al cabo de un par de horas regresaron a la comisaría. Nada más entrar, uno de los agentes le entregó una carpeta manila con el expediente del detenido. Frank vio el nombre escrito a lápiz en la pestaña y arrugó el ceño.

—¿Este es el detenido de la pastelería Ferrara?

—Así es.

—¿Dónde está?

—Abajo, en el calabozo —le indicó como algo obvio.

Frank abrió la carpeta para comprobar los datos recogidos.

Desconcertado, bajó la escalera que le llevaba al sótano.

En cuanto le vio, el policía de guardia le abrió la cancela de acceso, y Frank penetró en el lúgubre pasillo, donde había tres celdas separadas por barrotes en las que se retenía a los arrestados hasta su traslado.

En ese momento, el único habitante de aquel tétrico lugar era el hombre a quien Frank quería ver.

Permanecía cabizbajo, sentado en el banco de piedra, con su traje impoluto, pero sin corbata ni cordones en los zapatos, lo que le daba un aire indefenso.

Los pasos retumbaban en aquel desolado espacio. Llegó a la celda, portando en su mano la carpeta con el expediente del arrestado. Los dos hombres se miraron de hito en hito durante un largo rato, en un estremecedor silencio.

—Detective Bernstein..., por fin nos vemos las caras...

Frank sintió que las piernas perdían la consistencia necesaria para sostenerle y tuvo que sentarse.