XII #8
—No, no se preocupe, detective Bernstein.
Prefiero caminar, así me canso. —Apretó la caja contra su pecho, reteniendo el llanto.
Dio un largo suspiro antes de continuar con voz débil—: Hemos vuelto a recibir el reclutamiento de mi hijo...
Están empeñados en llevárselo a Vietnam.
No lo soportará... —musitó derrotada—. Es un buen chico...
, estudioso y muy listo... —Le hablaba como si quisiera aferrarse a algo seguro—.
Está pensando en cruzar la frontera a Canadá...
Si no lo hace es porque teme que la gente me señale diciendo que mi hijo es un cobarde, un antipatriota, una vergüenza...
—Calló unos segundos, bajó la vista a las cosas de Carlo—.
Este país no se merece la valentía de mi hijo...
No se la merece... Quería que usted lo supiera...
Le dio la espalda y se alejó con pasos cortos, los hombros inclinados hacia delante, abrazando contra su pecho la caja con las cosas del hijo perdido, murmurando palabras.
Frank se quedó petrificado, sin lograr articular algo coherente. Cuando la señora Corsini desapareció de su vista e hinchó los pulmones del aire que parecía faltarle, un policía le interrumpió.
—Detective Bernstein, el detenido ha terminado su declaración —dijo tendiéndole los folios manuscritos—. ¿Lo trasladamos a los calabozos?
Frank asintió con un gesto.
—Llévenlo abajo.
Luego, se fue hasta el despacho del teniente Caddy. Llamó y se asomó.
—Tenemos la declaración de Fogerty. Hay que llamar al fiscal.
—Estamos de suerte —dijo ufano el teniente Caddy—. Skanett está de baja desde el domingo, por lo visto tuvo un pequeño accidente jugando al golf. —Sonrió ladino y alzó las cejas—. Permanece en cama con un fuerte lumbago. Es una gran noticia.
Frank lo escuchaba aún sobrecogido por la imagen y las palabras de la señora Corsini. Su boca esbozó una sonrisa rota, asintió y habló con voz blanda, casi un susurro.
—Sí que lo es, teniente, una gran noticia.
Tonny Fogerty estaba inquieto. Tenía la frente perlada de sudor frío y en la camisa se le había formado un cerco bajo las axilas.
Un agente le estaba colocando un diminuto micrófono unido a una grabadora minúscula, adherida a la piel con esparadrapo.
—Se va a notar —protestaba nervioso.
—Has tenido la sangre fría de matar a un policía, Tonny —le reprochó Frank—, no me vengas ahora con remilgos.
—Si me descubre, estoy muerto.
—Si no lo haces, también. Esta es tu única oportunidad.
El fiscal había formulado una declaración jurada de cooperación que Fogerty aceptó en todos sus términos, manifestando que la firmaba sin coacción y con pleno conocimiento de sus derechos.
Señaló a Donatti como el hombre para quien trabajaba, aunque él siempre lo llamaba «jefe».
El fiscal le propuso llevar una grabadora en un encuentro con Donatti para sonsacarle información que pudiera incriminarlo.
Para ello, Fogerty tuvo que hacer una difícil llamada el día anterior.
No necesitó fingir su turbación, aunque ese era precisamente el objetivo.
—Jefe —dijo al descolgar—, tenemos que vernos.
Al otro lado de la línea se oyó la voz ronca de su interlocutor. Parecía enfadado.
—¿Dónde cojones te has metido? Me ha dicho tu hermana que llevas sin aparecer por la heladería desde ayer.
—Mejor que no me deje ver, al menos por ahora.
Escúcheme bien, ese poli, el compañero del fiambre chamuscado...
—Fogerty tragó saliva porque tenía a su lado a Frank, a Kravitz y al fiscal, que escuchaban la conversación con auriculares y los ojos clavados en él—, ha estado haciendo preguntas sobre mí.
—¿Estás seguro?
—Claro que lo estoy, joder, el que se juega el cuello soy yo. —Fogerty alzó la cabeza y se encontró con los dos agentes, que lo observaban en silencio—. No sé qué hacer. —Se le quebró la voz. Sabía que no debía hablar demasiado por teléfono, por eso insistió—: ¿Podemos vernos?
La línea mantuvo un tenso silencio hasta que se oyó la voz taxativa de Donatti.
—Mañana, a las nueve, donde siempre.
Se cortó y Fogerty dejó el teléfono. Le temblaba la mano y unas perlas de sudor le resbalaron por la frente.
El encuentro sería en la parte trasera de la famosa pastelería Ferrara, en la calle Grand.
El fiscal le había ofrecido quince años de prisión en el correccional de Leavenworth, en el estado de Kansas; con buen comportamiento podrían quedarse en la mitad.
Además, le proporcionarían una nueva identidad, al igual que a su esposa e hijos, incluso a la familia de su hermana.
Todos ellos se trasladarían a vivir a Lawrence, cerca de la cárcel y alejados del peligro.
Allí tendrían la oportunidad de empezar una nueva vida.
Fogerty caminaba despacio, con el temor a que el aparato pegado a su cuerpo se cayera o se moviese y quedara al descubierto.
Torció desde Mulberry para enfilar la calle Grand.
Antes de entrar en Ferrara se palpó el pecho.
Algunos clientes acodados en la barra tomaban el primer café de la mañana.
Pasó por delante de ellos y giró a la izquierda, sabía adónde tenía que dirigirse.
Donatti estaba sentado en la mesa de siempre; leía el Washington Post con su habitual aspecto impecable: traje a medida azul oscuro, un discreto pañuelo blanco en el bolsillo, camisa azul clara y una sobria corbata de color pastel con un perfecto nudo Windsor.
Al ver a Fogerty, plegó el periódico y lo dejó sobre la mesa.
Tenía un café largo y una sfogliatella riccia a medio comer.
Fogerty no pudo evitar que la boca se le hiciera agua, adoraba las sfogliatelle ; las rellenas de ricota eran sus favoritas.
Mientras él se sentaba, Donatti dio un bocado al dulce.
—Llegas tarde, Tonny —masculló sin dejar de masticar—. Sabes que no me gusta esperar.
Cerca de la pastelería, una furgoneta sin distintivos permanecía aparcada entre dos camiones de reparto.
En su interior, Frank y Kravitz, acompañados de un técnico de la fiscalía, concentraban su atención en las voces que les llegaban de los dos hombres.
Apenas sin espacio, el habitáculo resultaba claustrofóbico: cables colgando, una grabadora de carrete que giraba despacio, auriculares grandes, como los de un piloto de avión.
El sonido entraba con interferencias; en ocasiones se perdía entre el ruido del local, y había que ajustar el volumen para distinguir palabras.
Cuando Fogerty se movía, el sonido chirriaba por el roce de la ropa.
Kravitz anotaba todo en una libreta; Frank no apartaba los ojos del vúmetro, que vibraba con cada frase.
El tono de voz de Fogerty era desesperado; no fingía, su miedo era real.
—Estoy acojonado, jefe, ese detective hijo de puta me está pisando los talones.
—¿Qué falló, Tonny? Dímelo... —Se le notaba enfadado—. ¿Qué coño hiciste para que ese tipo ande detrás de ti?
—No lo sé... —Se removió tratando de armar una justificación—. Creo que alguien vio el coche de mi cuñado...
—¡Joder, Tonny! ¿Cuántas veces te he dicho que ese coche canta mucho? Tu cuñado y tú os vais a meter en un lío por eso, y lo peor es que podéis joderme a mí.
—¿No pretenderá que vaya en metro? —se indignó.
—No digas estupideces, Tonny. Sabes a lo que me refiero.
—Claro que lo sé, jefe; usted tiene las manos limpias mientras que el pringado de Tonny Fogerty carga con los muertos, eso sí que es una estupidez y de las gordas.
—Nunca te he puesto una pistola en el pecho para hacer los encargos.
—Ya —replicó Fogerty, que se había venido arriba con aquel tipo—, pero le recuerdo que el soplón que acabó en el Hudson en junio se me revolvió y a punto estuvo de rebanarme el cuello. —Se llevó la mano a la garganta, visiblemente alterado—. El que se arriesga soy yo.
Los dos policías se miraron. No solo había eliminado a Corsini y a la chica del bufete, Fogerty era el asesino de Mike Ramírez, el confidente de Frank, y posiblemente lo fuera también de su hermana Norma.
Frank sintió vértigo al ser consciente de que estaban muy cerca de atrapar al responsable de aquellas muertes.
—Y te pago muy bien por ello —decía Donatti en esos instantes.
—Aún me debe lo de la abogadita... —Chasqueó la lengua.
—Te dije que solo la asustases.
—Y se asustó, vaya si lo hizo —dijo sarcástico—, y si no llego a apretar el cable para que no gritase, se habría enterado todo el barrio del susto que tenía.
Hubo un silencio.
—Te daré quinientos.
—Por el poli me ha pagado diez mil.
—Ese tipo lo valía —se le oyó decir—. La chica era prescindible, la liquidaste porque te dio la gana. Además, quiero hacerte otro encargo, y por este te pagaré el doble. Pero tiene que ser un trabajo limpio, sin fisuras.
—¿De qué se trata?
—Cuando la amenaza se convierte en un problema, hay que liquidarla de cuajo.
Fogerty lo miró, y su rostro se iluminó con una sonrisa ladina.
—¿Quiere que me cargue al detective Bernstein?
—¿No es a eso a lo que has venido?
—Sí, claro... A ese poli hijo de puta tenía que habérselo quitado de en medio desde el principio. Si me hubiera hecho caso, nos habríamos ahorrado cuatro fiambres.
—Y tú no habrías cobrado doce mil de los grandes por ellos.
—Se metió en la boca el resto de la sfogliatella .
Bebió un sorbo de café y cogió el periódico sin llegar a desplegarlo—.
Mañana te quiero aquí a la misma hora. Te daré la mitad; el resto cuando ese judío esté bajo tierra.
Piensa muy bien cómo vas a hacerlo. Si fallas, me encargaré yo mismo de hundirte en la mierda.
Donatti abrió el periódico y desapareció tras él, dando por terminada la reunión.
Fogerty se levantó dispuesto a salir cuanto antes de allí, pero Donatti asomó la cara tras el diario para añadir algo.
—Ya que estás aquí, avisa a tu cuñado de que vaya a la Cúpula. Hay una partida completa lista para su distribución; esta noche a las diez. ¿Lo has entendido?
Fogerty estaba contrariado. Aquello incriminaba directamente a su cuñado.
—¿Algún problema? —le espetó Donatti.